Cuando le das tu habitación propia a otra persona…

Hace poco empezaba a documentarme, aunque no sabía muy bien sobre qué. Puede que ni siquiera ahora, mientras escribo estas palabras, sepa aún si me estoy documentando, ni en qué.

Tras buscar podcasts, libros, ensayos, conversaciones con amigas, conversaciones con mi madre, conversaciones con mi abuela, lecturas incómodas de Twitter y scrolling incontrolable en Instagram, me di cuenta de que no estaba preparada para hacer entrevistas a nadie sobre el tema de la no maternidad. No podía hacerlo. No quiero hacerlo.

La idea de poner un post, buscar a amigas de amigas y hacer partícipe al mundo de mis dudas, mi búsqueda y mis preguntas era algo que necesitaba asentar primero conmigo. Y es que es un tema del que no es fácil hablar.

Pensé que podía ir a los medios Mainstream para encontrar referentes narrativos de ficción, más allá del documental MY SO CALLED SELFISH LIFE.

Quizá allí estaban las respuestas que andaba buscando. Quizá la respuesta estaba en Netflix, Vogue, Filmin, Amazon o HBO. O quizá quería todo lo contrario, buscar algo completamente opuesto para confirmarme como especial, única en mis pesquisas, como si fuera la única persona en el mundo que estuviera buscando este tema en Internet. Como si fuera un explorador descubriendo un continente. Y debo decir que, por mi propio entorno, a veces cuando toco el tema, siento que podría entender esa sensación de soledad, de búsqueda; como si viviera en ese momento en el que no se encuentra nada, en el que aún no se sabe si ningún tesoro será encontrado, si ni siquiera hay tesoro.

Me da miedo convertirme en ese aventurero que vuelve a casa con las manos vacías y el corazón roto.

Al buscar en las últimas tres, hubo grandes vacíos, dibujos animados, una recomendación acerca de un debate sobre personas negras teniendo hijos y alguna referencia a episodios aleatorios de Game of Thrones, entre otras, con la palabra “niño” en el título.

En la revista al menos encontré un artículo de Violeta Valdés, hablando de la descortersía y confusión con las preguntas relacionadas. Se titulaba “¿Puede todo el mundo dejar de preguntar PARA CUANDO la maternidad?” y pensé que ahí estaba la clave, y ciertamente hay muchos puntos en el artículo muy interesantes, como el hecho de que la elección de la maternidad se haya convertido en un tema social aceptado y amable, como si no fuera un tema quizá demasiado personal y demasiado sensible. Es una pregunta, además, de la que solo se puede esperar una respuesta, el SÍ, dando por sentado que el prisma o punto de vista de las mujeres no fuera tan extenso como el que creo que es, y como si no fuera a haber más posibles respuestas que un sí rotundo.

Dicho esto, en el artículo, una de las imágenes de enlace a otros artículos relacionados era a Las historias de la maternidad de Rigoberta Bandini, una de las grandes reivindicadoras de la maternidad, creadora de canciones, autora de libros y que ha concedido múltiples entrevistas en las que ha hablado su experiencia como madre y de la vida anterior, demostrando que las mujeres podemos tenerlo todo si nos lo proponemos… Y que lo que queremos es ser madres.

Pareciéndome muy válida la perspectiva de Rigoberta Bandini como referente y narrativa para todas las madres, pensé en términos más profesionales, realmente era bueno el enlace, y lo era porque, seguramente, en toda la revista, no habría otro artículo más sobre mujeres que no habían tenido hijos. Es así. A no ser que homenajeen a Gloria Steinem, el artículo de Violeta Valdés es toda mi documentación mainstream de Vogue. Muchísimas gracias, de verdad.

El paso a la plataforma excelsior de películas fue, sin duda, el peor. No sólo no encontré nada relacionado con la narrativa que buscaba, sino todo lo contrario. Como todos los usuarios sabemos, los buscadores de esta plataforma están pensados para que, si no encuentras aquello que buscas, encuentres siempre algo que consumir (de ahí que tanta gente haya visto tantas veces la película de Orgullo y prejuicio en vez de la serie), así que no es de extrañar que me salieran varias películas para que no echara a perder la tarde.

Quiero mencionar dos, especialmente:

La vida que queríamos, una película alemana que es, básicamente, un drama sobre una pareja que quiere tener hijos y no puede. Estamos en el tono del drama porque, ya se sabe, cualquier pareja quiere tener hijos, es el motivo intrínseco de todo compromiso humano entre dos seres humanos, tener descendencia y, preferiblemente, rica y aseada, aunque siendo esta película alemana, se permiten no ser tan ideales. Y daré las gracias porque, spoiler, no es una película en la que al final hay un milagro y ella se queda embarazada, o encuentran un bebé, o convencen a su sobrina para que les de sus óvulos, aquí al final comienzan a vivir su vida como dinkies y hasta se les permite sonreír con complicidad, ¿es porque son alemanes y realmente ellos están mejor que en otros sitios con la idea de que haya parejas que no tengan hijos? Puede ser discutible, pero también analizable.

La segunda fue la bofetada definitiva, Together Together. Con tono de comedia y el actor de Resacón en las Vegas, Netflix me recomienda, en mi búsqueda de contenido de historias sin hijos, la historia de un hombre solitario que se hace amigo de la madre subrogada que gesta a su bebé. No sólo no tiene nada que ver con lo que estoy buscando sino que Netflix aquí, en su algoritmo perfectamente controlado, me lanza publicidad subliminal y mensajes contradictorios, o, más bien, que me confundan. Lo que yo quiero no existe: no tener hijos por decisión propia no es una opción, pero ¿sabes cuál es una opción que sí existe? La subrogación.

No hay mujeres que no quieran ser madres, pero hay mujeres que son madres para ellas y para otros, y por dinero.

No importa que sea una opción cuya legalidad dependa mucho del país y sociedad en la que se encuentre, esto tiene una narrativa, y tiene una narrativa aceptable, y además, desde hace ya tiempo, ¿o alguien puso el grito en el cielo cuando Phoebe tuvo los tres bebés de su hermano?

Los números no me dan la razón. A mí alrededor hay mujeres sin hijos, pero la mayoría no han sido por decisión propia, otro porcentaje nunca ha hablado del tema y el resto tienen hijos, vidas acomodadas y ven mi elección como parte de una personalidad excéntrica que no comprenden y que solo aceptan al ver que tengo una pareja del mismo parecer. De no ser así, tendrían que ponerme junto a las Kariátides para someterme a un careo, supongo.

No solo en los entornos, en los podcasts, en los libros. La definición de “nulíparas”, mujer que no ha dado a luz, sólo tiene 15800 resultados en 0.36 segundos en Google. Por tanto, podemos empezar a dudar de, hasta qué punto, hay narrativas que nos acompañan a estos seres de nombre mitológico que no nos encontramos.

Con esto, me propongo hacer esa búsqueda de la que espero encontrar tesoros, testimonios, información, narrativas que compartir y llenar de esperanza este rol que algunas hemos elegido por voluntad propia.

Y cierro pensando en cuando leí “Una habitación propia” de Virginia Woolf, una autora que, sin ser de mis favoritas, pero cuyo relato hace pensar mucho en el privilegio de tener un espacio para una mujer sola, para crear, para pensar, para ser. Virginia Woolf tampoco tuvo hijos y vivió su vida, entre su soledad, sus problemas de salud mental, su editorial, su círculo de amigos y sus conflictos con su literatura, trabajando en historias como Orlando o Las olas.

Y estoy segura de que en más de una ocasión, más de uno le preguntaría si no se sentía sola y aburrida en esa habitación propia.


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