Fijaos si está tan poco validado el discurso o la defensa de las mujeres que no quieren tener hijos que, si entras en cualquier conversación mundana en la que no hay estudios psicológicos, sociológicos, demográficos, políticos o económicos de por medio, saldrá uno de los argumentos más contundentes, simplistas y molestos que podemos encontrar: es lo natural. Una mujer que quiere tener hijos es lo natural, por supuesto, se refieren a lo más aceptado, supongo que en cuanto a porcentajes se refieren. Hace relativamente poco escuché en el podcast de Chris Williamson que un 80% de las mujeres que no han tenido hijos, querían tenerlos, pero no han encontrado una pareja con la que estuvieran de acuerdo o han tenido problemas para llevar adelante su gestación o embarazo. Lo que no sé es, si en ese 80%, subyacen también mujeres de escasos recursos económicos que no pudieron afrontar desde fecundaciones in vitro hasta la manutención standard de un bebé (en Valencia el gasto mensual de un bebé es de 600 euros, y con gasto me refiero a todo lo que implica mantenerle con vida en unas condiciones mínimas).
Yo detesto los porcentajes, detesto que la humanidad, desde la llegada de la crisis del 2008 se pusiera a hablar en números, además, en números de los que nunca se había hablado, se hablaba de intereses, de cosas que no formaban parte de nuestra realidad y se volvieron parte de la misma. ¿Recordáis como lo natural en 2008 en España era comprarse un piso? ¿Recordáis que, mientras se empezaba a hablar de la crisis del ladrillo, todo el mundo tenía conversaciones sobre hipotecas e intereses que no entendía pero alguien se lo estaba explicando? Ese alguien solía ser un comercial de Tecnocasa. Claro está que a día de hoy todo ha cambiado, y es escuchar crisis, recesión, Tecnocasa, tipo fijo y pandemia y algo se remueve en nuestros cuerpos. Hemos perdido muchas esperanzas. Y aún así, seguimos comprando casas, porque, en algún sitio tendremos que vivir, algún lugar tendremos que dejar a nuestros hijos… Ah… La propiedad como confirmación de una existencia exitosa. Formar parte de ese porcentaje del éxito o quedarte fuera o, incluso peor aún, formar parte de ese porcentaje que no interesa a nadie, que existe, que sufre, pero que no interesa a nadie: la gente sin recursos, sin privilegios y sin propiedades. Como cuando empezó la pandemia, que uno de los dramas sobre los que más leí, fueron las crisis de cuidados, como los padres pasaban más tiempo que nunca con sus hijos porque no podían llevarles al colegio, ni con sus abuelos, ni traer una canguro. Es fácil entender que esa pérdida absoluta de espacios en los que eres madre y eres mujer, y descubrir en tu propia casa que lo que temías era cierto, realmente tu pareja se ocupa de la mitad de los cuidados que tú… (También hay otros espantosos porcentajes al respecto) pero hubo mucho menos sobre el cuidado de los ancianos, la crisis de trabajo, salvo quienes estuvieran en los ERTES. De repente desapareció la información sobre la inmigración, ¿qué hicieron? ¿Realmente se pararon las guerras también con la pandemia? ¿La gente que vivía una situación irregular de papeleo fuera de su país de origen pudo seguir adelante con sus procedimientos? ¿Se pararon los desahucios? ¿Dónde vivió la gente que vivía en la calle?
Todas esas preguntas no las voy a contestar yo, pero aún menos las parejas que aprovecharon el confinamiento para buscar el embarazo, la gestación, esa esperanza de “saldremos mejores” que se comentaba.
A lo largo de ese período en el que, en mi casa, se leyó, se comió, se trabajó online mientras otro cobraba un ERTE, se escribió, se grabaron cosas, se estudió y se tuvieron simpáticos vermús de domingo en la terraza a través de un móvil, estar aislado trajo paz al privilegio que ya teníamos: una casa de un tamaño suficiente, con luz, una terraza, una buena relación de pareja… Pero en ningún momento nos planteamos que esto fuera a ir a mejor, que la pandemia traería unas consecuencias propicias para la raza humana. Todo lo contrario. Los primeros días tras ponerse vacunas en Israel, volvieron los asedios en Palestina. En cuando se empezó a abrir la mano, todos mostraron su verdadero ser, y el positivo, el bueno, el que traía ganas de vivir, fue el baby boom pandemmial.
Tener hijos era la mejor de las posibilidades, incluso algunos lo vieron como un acto casi activista, levantarte contra el sistema y decirle, me da igual lo difícil que me lo pongas a mí y a mis hijos, yo puedo proyectar, materializar y decirte que todo irá bien. Y será cierto, que a algunos les vaya bien, no significa que a la humanidad le vaya bien, además, ¿qué importa la humanidad?
Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre busca una esposa, y que una esposa tiene una matriz en la que gestar las esperanzas llegadas con un pan bajo el brazo.
Hace poco, leí que Gloria Steinem dijo que no todas las mujeres tenían por qué tener hijos y que, igualmente las cuerdas vocales no nos convertían a todos en tenores, las matrices no nos convertían en madres. Y es cierto que, con este ejemplo, la verdad trajo una cosa más: el entrenamiento.
Entendemos perfectamente que los tenores y sopranos entrenan sus cuerdas vocales, su respiración, su musicalidad, día a día, profesionalmente, para su trabajo, del modo que también entendemos el entrenamiento mental que se hace con las mujeres cuando son niñas para prepararlas en la labor de ser madres. ¿O no recordamos los Nenucos que teníamos para practicar con un bebé? ¿O las Nancys que nos preparaban para hacer la comunión? ¿O las Barbies que nos preparaban para ser jóvenes y bonitas forever?
Ayer sin ir más lejos, en clase de inglés con unos niños de 5 años, vi la situación clara. Un grupo de 7 niñas y 1 niño. En la historia que contamos en clase, el niño de la historia tiene una hermana pequeña. Esta hermana llega a casa y él quiere tenerla en brazos, así que, al contar la historia, hice el gesto circular con los brazos por el cual acunaba un bebé. Por supuesto, las niñas enseguida supieron que hacer y todas acunaron el bebé invisible sin pestañear y sin error. Si hubieran tenido un muñeco en brazos podrían haberle dado un biberón de mentira a la vez sin temor a que se cayera. El niño, sin embargo, pese a que lo hizo muy bien, tardó un poco más en coger el ritmo.
No estamos exagerando si hablamos de que, dentro de “lo natural”, hay ciertos aprendizajes y entrenamientos instaurados dentro de lo que hemos establecido como “lo natural”.
Un momento.
¿Es por eso por lo que estoy en el 20% de las mujeres que no han tenido hijos por decisión propia, porque me faltó el Nenuco, la Nancy y la Barbie? ¿Por qué tuve un cerdito de juguete y pin y pones? ¿Si hubiera acunado un Nenuco a la edad adecuada habría entrado en las expectativas sociales?
Es una verdad mundialmente reconocida que no todas las mujeres tienen hijos, sea o no su voluntad, y que queda mucho por contar sobre ellas.