Cuando era adolescente, no fui de esas chicas que no tenía problema en aislarse del mundo viendo películas y leyendo libros, como Maeve en Sex Education o The Perks of being a Wallflower. Para mí era un problema ser una de esas personas con dificultades para ser popular, tener un grupo de amigas o no meterme en amistades tóxicas en las que siempre salía mal parada y con un profundo sentimiento de fracaso.
En cualquier caso, me gustaría mucho que alguien me dijera que su adolescencia fue algo realmente maravilloso y que le ayudó a comenzar un camino de felicidad y, a día de hoy, este camino le ha convertido en una persona adulta y funcional y que, dentro de lo que cabe, es feliz. Hay pocos, pero ciertamente me parece que podría llegar a ser un número mayor de personas en este caso que mujeres que hayan dicho en público que no quieren ser madres.
Yo también he evitado decirlo. Ayer sin ir más lejos, en un entorno que no era hostil, con mujeres, mujeres jóvenes y agradables, al aire libre, caminando, surgió un momento en el que pude salir de la dinámica de hablar de «lo que toca» (por supuesto fue un momento en el que se comentaban las maternidades generalizadas en sus grupos de amigos, de las que no eran parte, pero confirmando que, a ambas, les llegaría un día en el que sería «lo que toca») para plantear más posibilidades en la vida, ver más puntos de vida, quizá incluso hacer la conversación un poco más profunda, no lo hice.
A veces tengo esta sensación que comenta una amiga, de estar predicando en el desierto. Es una imagen que me viene muy bien para entender cómo me siento, dado que el desierto es un espacio de soledad, de un espacio árido, seco, en el que buscas un oasis para tu supervivencia, y en el que sueles estar cansado, quemado y tratando de protegerte a toda costa. Y es exactamente eso lo que sucede a veces en estas conversaciones, y por eso las evitas, porque te quemas y, mientras te cansas, intentas protegerte de una doctrina que lleva intrínseca en la sociedad desde, no desde que el mundo es mundo, sino desde que alguien decidió que el mundo siempre había fomentado una natalidad desmesurada.
Creo que, si ese fue el caso, también fue porque se vio posible a nivel social y político. Cuando las sociedades empezaban a sedentarizarse y abandonar el modo de vida nómada, incluso antes, había que poblar esas ciudades, había que crear una industria, realmente había espacios que llenar, se podía dar a entender un motivo… Aunque si eso te parece lógico, la teoría del instinto se cae de bruces en favor de algo utilitarista para el mantenimiento de la sociedad.
No quiero caer en la simpleza porque cada día en el que intentamos hacer los mensajes más simples y negamos el hecho de que algunos temas tienen cierta complejidad para dejarlos en lo básico, nos va peor. Siempre que alguien espera conseguir algo de los otros, una de las cosas más importantes que había que conseguirse era que, esas personas de las que querías algo, pensaran que fue idea suya.
No me lo invento yo, lo han dicho muchos, Maquiavelo, Shakespeare, Maggie O’Farrell. Si consigues convencer de que algo sale por puro instinto y lo asocias con unos valores positivos y le das un propósito en el que, inventando datos, supone algo que es bueno para la sociedad, ¿cómo no vas a entrar en ello? ¿Cuánta gente no se ha vuelto vegana como medida medioambiental? ¿Cuántas huelgas de semanas se hacen como medida para proteger los derechos laborales?
Estas dos medidas me parecen, de hecho, bastante positivas, pero cuando hablamos de lo que se requiere de las mujeres, entran patrones mucho más exigentes y es casi un mujer contra mujer, el sí o el no, el convertirte en salvadora de la sociedad o en la destructora de la misma a ojos de gentuza como Elon Musk.
A día de hoy, el mejor modo de convencer a los enemigos debe ser el de invisibilizarlos, aislarlos, que sientan que el mensaje no exista, que sean conscientes de que su blog no lo lee nadie y que sus opiniones no interesan. Si fueran interesantes, en las conversaciones laborales, todo el mundo estaría interesado en escuchar lo que tiene que decir esta persona. Si es invisible, es porque se lo merece, ¿no?
Realmente, evitar todo durante la adolescencia como medida de prevención, me hizo invisible, a muchos ojos, a muchos oidos. Por eso empecé a escribir, supongo, porque una hoja de papel no era invisible, un libro nunca era invisible, el formato físico le protegía, y si alguien lo cogía, no podría ignorarlo.
No es un mensaje que a día de hoy me consuele, ya que se ha abandonado mucho el formato físico, hay una crisis de papel horrible que encarece cada libro que sale y cada vez la gente joven lee menos.
Si entonces me creía invisible y pensaba que, por ese motivo, lo mejor era pasar desapercibida, a día de hoy creo todo lo contrario… Pero me da miedo ser invisible y que este mensaje, realmente, no sea compartido por nadie.
Así que tendremos que trabajar en ello.