Si tuviera que elegir un sentimiento o reacción más habituales frente a la no maternidad, sería la incredulidad. La idea de que verbalmente se confirme el no deseo de ser madre ha de ser algo transitorio, circunstancial y efímero. Al final y al cabo, ¿quién decide un «no»?
Hay una idea generalizada acerca del bienestar con una familia y una casa en propiedad. Supongo que viene tras la generación de nuestros padres por haber vivido en la transición y ser la primera generación tras la guerra, creyendo en una falsa transición democracia que encontró buenos argumentos apelando a los bienes materiales para abandonarnos a uno de los sentimientos clave en la vida: el miedo al abandono.
Y este miedo, no es culpa nuestra. Viniendo de una guerra y un aislamiento, la novedad y un mundo enorme, debían dar miedo.
Este miedo viene impuesto desde el sistema desde el día uno, a nivel social, económico y político. Decir que estamos supeditados y que solo podemos depender de nosotros mismos, sería decir poco.
No tener a nadie y no tener un techo no es lo mismo que tener a alguien y tener un techo, ambos en propiedad, pero si no te sientes seguro con el sistema de alquiler o la familia sin hijos, es cierto que el sistema hará todo lo posible para que te sientas aislado e indigente.
Es el todo o nada. Si tienes una familia propia, no habrá más soledad y esa transición que llega cerca de los casi 40 en la que hay un abandono social de los grupos de amigos para centrarse en el trabajo, familia y nuevas incorporaciones en la vida que viven mucho más cerca, será más sencilla y agradable, incluso lógica. Ya se sabe, tienes una edad, el transporte va mal, la gasolina está cara, el domingo madrugas y ya no te desplazas salvo en ocasiones especiales.
Al cumplir 18, edad en la que en España se asume que eres suficientemente adulto como para tomar decisiones democráticas, laborales y sociales tras haber recibido, normalmente, una educación mediocre e insuficiente, muchas veces, viniendo de hogares precarios en los que nadie les ha dado tiempo ni posibilidad para dedicarte, tomar el transporte público es un símbolo de libertad.
Sin embargo, cerca de los 40, cualquier indicio de movilidad que no suponga coger un avión a Tailandia en vacaciones, da una pereza increíble. Una semana de lujo compensa una vida de… Felicidad, ¿no? Porque has elegido la familia y la adquisición de la propiedad para ser feliz.
¿Por qué no te hace feliz?
La mayor parte de mis amigos con hijos echan mucho de menos a sus amigos. A todos, pero sobre todo a aquellos que les recordaban el pasado previo a sus familias con hijos. Insisten en que necesitan quedar con ellos, hablan de la pérdida de su identidad como algo natural y lógico, ajustar horarios y agendas es imposible ya que son las vuestras de adultos y las de los niños… Y pasa otro año sin veros.
Es lógico, forma parte de lo que algunos han dicho en voz alta como «sacrificios». Y eso me revuelve, porque yo entiendo el sacrificio como algo que es obligatorio hacer, como ese punto en el que tú no eres la prioridad porque se la das a alguien, normalmente a Dios, si eres creyente… Pero, claro, si hablamos de que tu elección de tener familia es el sacrificio que has hecho… ¿Dónde queda la felicidad?
Ciertamente toda decisión anula otra posibilidad. Hacer una cosa, te quita otra. Pero entonces, siendo una elección, ¿por qué elegiste esa si solo hablas del sacrificio y nunca de la felicidad?
¿Qué da la felicidad? ¿La idea de la propiedad nos da la felicidad o nos da la tranquilidad porque, sinceramente, no nos han dado ninguna opción ni posibilidades de hacer otra cosa? Y aquí no hablo de hijos, hablo de propiedad en exclusiva.
¿Por qué compramos pisos? Porque queremos. Queremos algo nuestro. Es eso, ¿verdad? Decimos que así será algo para el futuro, para nuestros hijos, y sin embargo no veo a nadie de mi generación esperando en un piso de alquiler para ir al piso de sus padres. Tampoco veo a aquellos que se despiden de sus padres yéndose a vivir allí.
Y eso desde la gente que puede comprar un piso, accediendo a todos los intereses de los bancos basados en unas leyes de Mercado que podemos resumir en «te pondré las condiciones que quiera y a ver si te apañas». Pero cierto es que no soy una experta en economía pero sí soy una experta en amigos con mucho nivel adquisitivo o un paupérrimo nivel adquisitivo, en mesas de reunión en las que la gente se va moviendo porque se sienten francamente pobres en comparación con la conversación de al lado. En nuestras propias mesas tomando un café hemos visto caer la clase media. Y nos está dando igual.
¿Por qué? Porque todos hacemos nuestra vida dentro de lo que buenamente podemos. Si tus padres no llegaron a comprar un piso, seguramente ya te pusiste a ello, o no, o igual no llegas. No compramos porque creamos que haya que comprar, compramos porque el mercado de alquiler nos ha traicionado, humillado, ridiculizado y se ha permitido llegar a unas cotas y unas condiciones vergonzosas, y aunque hay organizaciones trabajando en limitar los precios y en acabar con las condiciones abusivas, ya llegamos tarde. Ya se ha terminado con la clase media.
La ausencia de un sistema igualitario en el que las empresas no decidan más que los Gobiernos, ha hecho que no podamos confiar, y que tras la crisis del 2008, solo pensemos que, al menos con una hipoteca, podemos estar seguros.
El mercado es un factor dominante, y donde el estado y los Gobiernos deberían haber hecho un trabajo para asegurar una vivienda a la ciudadanía, un techo bajo el que vivir, y el cuidado de los mayores basado en una pensión tras una vida de esfuerzo, y que ven descontada cada día más, entendemos que nuestros derechos han sido vendidos. No podemos confiar. Estamos destinados a acabar nuestra vida solos y, si no podemos pagar un piso, además de solos, en la calle.
Así que es una respuesta muy normal subir la apuesta, demostrarles que podemos más. ¿Cómo? Con una gran familia feliz.
Pero, ¿cómo conseguimos esto si no tenemos una seguridad económica? Apostando por trabajos muchísimo más explotadores, más demandantes, que se odian más, en lugares más hostiles, a cambio de más sueldo, encerrándonos en una habitación pensando que el teletrabajo es una maravilla porque algún día podremos trabajar desde la playa (si es que llegásemos a hacerlo) para poder acceder a cuidar a esas familias que, igual nos hicieron siempre una gran ilusión, pero que igual ahora vemos como algo que no nos hace tan felices como nos dijeron, y, sobre todo, para pagar ese piso en un barrio en el que no conocemos a nadie, en el que establecemos nuevas raíces con más de 40 años (y menos capacidades sociales que antes, todas basadas en tus hijos y su desarrollo personal), en el que igual dentro de 10 años la estructura cambia y no nos gusta, pero no te podemos ir, pero es seguro, porque los hijos necesitarán ese piso.
¿Por qué?
Ya no usaré la primera persona del plural, ya que quiero dejar un punto de vista externo.
Siendo honestos, vuestros hijos no entienden si el piso en el que viven es de alquiler o propio. No entienden nada acerca de hipotecas o de pagas extra, solo entienden la felicidad, la tristeza, la ausencia. Se dan cuenta, igual que nosotros somos capaces de recordar aquellas épocas en las que nuestros padres estuvieron mal, en las que estuvieron enfermos, en las que faltó dinero, en las que hubo dolor, no porque faltara algo económicamente pero no, no se dan cuenta de que algún día pueden acabar su vida en soledad o pagando una hipoteca, de eso no nos dábamos cuenta. Y ellos tampoco.
Ellos, en su futuro, incierto, también para nosotros, quizá decidan que van a ser nómadas, o que van a vivir fuera, o que sí, lo necesitan todo de ti, pero ellos tendrán tantas ganas de hacer su vida como tú de hacer la tuya. Y si ellos deciden que no quieren comprar un piso porque no se lo pueden permitir y no quieren entrar en esas competencias, o que no quieren tener familia, también estará bien.
Y si eres tú el que estás bien solo y de alquiler (en serio, en Europa la compra es menos común de lo que sabemos), no caigas en ese miedo al abandono. ¿Por qué deberías?
Y si eres tú el que no está incrédulo ante la respuesta, no te cortes. ¿Por qué deberías?
Y si estás incrédulo ante la respuesta porque no la sueles oír pero te hace algo, te remueve algo, no tengas dudas en permitirte ese espacio. Igual te lleva a una maternidad increíble, o a una no maternidad increíble también.
En serio, si no te ves entrando en esta visión ideal del sistema, si no te ves feliz en esa foto con tu pareja, tus hijos, y un salón con terraza decoradas de Ikea, no lo hagas.
Si es lo que quieres, vale.
Si no eres tú, no eres tú.
¿Por qué deberías?