Amor incondicional

Siempre que alguien me habla de ese vínculo impepinable que existe entre las madres y sus recién nacidos, me puede el dramatismo, el amor por el cine y mi profundo escepticismo, y recuerdo una escena de «Persona» de Ingmar Bergman.

Que hombres como Bergman, con su narrativa, haya influido en mi relación con la maternidad tiene mucho que ver con mi crianza, relativamente solitaria, con unos padres que sentían más amor por la cultura que cualquier otra cosa y con ganas de compartir el cine y la literatura conmigo, cuanto antes y sin ningún tipo de filtro a mis ojos. El cine y la lectura eran un disfrute, pero ya desde pequeña se me inculcó, quizá se me adoctrinó, para que no me quedara solo en lo más literal, que siempre había una parte más cruda, más oscura, capas por explorar, y que quizá eso es, a largo plazo, lo que se te queda en el subconsciente.

Estoy convencida de que no he visto tantas veces «Persona» como para habérmela aprendido de memoria, sin embargo vi La Sirenita, Grease, Daniel el Travieso, El príncipe de Bel-Air, Family Matters, o Die Hard en numerosas ocasiones y nunca se me ha quedado en el subconsciente.

Sin embargo, si pienso en las relaciones entre madres e hijos, pienso en Alma y Elizabeth.

Si alguien ha visto «Persona» o es conocedora de la obra, y de la biografía de Ingmar Bergman, estoy completamente de acuerdo en una de las posibles cosas que podríamos pensar de él es que, aunque tuvo nueve hijos, no fue un padre de familia.

Con ocho parejas estables y nueve hijos de los que nunca quiso saber nada, Bergman como representación de la paternidad podría ser una gran red flag. ¿Cómo podemos comprar la narrativa de un hombre que nunca dio valor al rol de sus familias en lo que se refiere a las relaciones familiares?

Yo tampoco lo sé.

¿Qué dice eso sobre mí?

¿Qué dice eso sobre mi crianza y mi incapacidad para dar un amor incondicional a mis futuros no hijos?

Pues debo decir que absolutamente nada.

Bergman , o incluso Woody Allen siguen siendo, pese a estar bajo un debate ético y moral, los directores favoritos u odiados de muchas mujeres con hijos. Hay montones de pósters de Annie Hall en sus casas.

Por otro lado directoras como Nora Ephron, Chloe Zano, Agnés Varda o Mia Hansen-Love tienen un séquito de fans que se mueve entre el upper east side conservador de los Estados Unidos y la Europa menos vieja.

DA IGUAL.

Que a mis casi cuarenta años vuelva a Bergman con el monólogo entre Alma y Elizabeth en «Persona» cuando únicamente vi esa película una vez (la vi ya mayor, había visto Fresas salvajes, El séptimo sello y Fanny y Alexander entre el instituto y la universidad) no tiene nada que ver con mi crianza.

¿Por qué? Porque esa fase ya había terminado. Yo ya había decidido o tenía mis propias ideas en mente.

Eso ya había pasado.

Yo ya había desarrollado unos intereses y la maternidad no era uno de ellos.

Pero, sin embargo, algo que me fascina de esa escena es que te muestra una cara sobre la maternidad que nunca veríamos en la vida real.

Si hay algo que me da esa escena, como muchas escenas de teatro de Strindbergh es que no existe la más mínima posibilidad de que suceda fuera de un momento en terapia.

Ese dolor no lo vamos a ver en una comida familiar, ni en el momento más íntimo con tu mejor amiga.

Esa escena, en la que se habla de como un personaje se siente con respecto a su hijo, es tan descarnada, violenta, intensa, íntima, privada, en la que dos mujeres están hablando de algo que no puede salir de allí, que me resulta inolvidable.

Esos dos personajes hablan de lo innombrable, del rechazo de una de las dos a su maternidad, un rechazo que se manifiesta durante el embarazo, se acentúa con el parto y, al nacer la criatura, aún se perpetúa, ya que, ésta ama incondicionalmente a su madre.

Que Bergman cuente esta historia es revelador, y también lo es que cuente su propio rechazo a la paternidad a través de personajes femeninos.

Las mujeres siempre han estado ahí en sus historias más crudas y oscuras, siendo partícipes y activos en sus sentimientos más contradictorios, inesperados y socialmente poco aceptados, tal y como ya pasaba con los autores que le influenciaban.

¿Autores como quién?

¿Os suena Ibsen?

Ibsen ya revolucionó los personajes femeninos con el portazo de Nora marchándose de su familia, de su casa, de las mentiras, de su vida, al final de «Casa de muñecas». Se habla de cómo Ibsen trajo un feminismo rompedor al teatro contemporáneo con esta obra hacia finales del siglo XIX.

Puede que Bergman lo hiciera por dar trabajo a sus actrices, quienes siempre eran mujeres de las que se enamoraba y desenamoraba (Harriet Andersson, Bibi Andersson, Liv Ullmann), tal y como hizo también Woody Allen (Louise Lasser, Diane Keaton, Mia Farrow) quien siempre intentó emularle. Hombres emulando a hombres. Artistas emulando a artistas. Pero volviendo a Bergman, ¿por qué quería contar una historia sobre una mujer que fue el peor caso de una madre arrepentida?

En serio, si has leído «Madres arrepentidas» de Orna Donath, un libro buenísimo y muy revelador, no está al nivel de crueldad de este monólogo de 3 minutos. Quizá porque Orna Donath no pretende ser cruel, pretende ser compasiva, pretende dar perspectiva, pretende que veamos un punto de vista de un modo más documental y periodístico.

El cine de ficción no es documental, aunque le intentemos dar esa idea, y aunque yo misma pueda decir que Elizabeth es el propio Bergman, incapaz de sentir el más mínimo interés por ninguno de sus hijos, incapaz de crear ese vínculo, sigue sin ser documental.

Aunque crea que Bergman no tiene la sensibilidad para hablar del dolor que puede sentir una mujer en este caso, creo que sus actrices sí, y creo que la escritura también, y que el hecho de que lo haga tan cinematográfico y teatral al mismo tiempo, tan realista y tan artificial, tan doloroso, es lo que lo hace tan auténtico, tan inolvidable y, a la vez, tan plausible.

¿Hablamos de un exiguo porcentaje aquí? ¿Es posible tener un hijo y, tras nueve meses de embarazo, sentir que no existe ni las más mínima conexión con él y que se vea la madre obligada a fingirla y forzarla durante el resto de su vida?

¿Y cómo puede hacer eso sentir a una madre, la mayor esperanza y la figura más importante para cualquier recién nacido, cualquier persona?

¿Qué puede hacer una madre en esa situación salvo vivir la vergüenza, el sufrimiento y una soledad absolutas?

La mayor parte de las madres que hablaron con Orna Donath sobre este tema ya habían pasado por una vida de silencio, de aceptación, incluso de buenos momentos, pero con la absoluta certeza de que podrían haber estado fuera del club de las madres. Ellas esperaron toda una vida para sacarse eso del pecho.

¿Hasta cuándo puede durar el dolor de un amor no correspondido? ¿De ese amor «incondicional» no correspondido?

El problema de la narrativa es que se escribe desde lo humano, y tal y como escribía Bergman, desde lo más oscuro, vergonzoso y oculto del ser humano. Aunque no queramos ver esa oscuridad y pretendamos taparla al mundo, existe.

¿Y qué se hace entonces?

¿Qué podemos hacer?

Os daré el único consejo que se me ocurre: Si no crees en la conexión incondicional entre madre e hijo, tienes dudas, sientes que no es tu momento, sientes que se te echa el mundo encima, que hay montones de cosas que quieres hacer y esa no es una de ellas, que hay alguien que está tomando esa decisión y ese alguien no eres tú… Piénsatelo.

Y no veas «Persona».

O sí.

Haz lo que quieras, básicamente.

Haz lo que quieras.


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