Una de las grandes respuestas al «no quiero tener hijos» de buena mañana y, a vece, sin café de por medio.
Contundente e innecesaria.
Una maldición.
Porque no se trata de una simple descripción. Es una catástrofe. Es una tragedia.
Y es algo de lo que no nos libraremos ninguno. Pese a que vivamos la necesidad de permanecer, de mantener un legado, de no ser olvidados, pese a creernos Hércules buscando un manantial de la vida eterna, los vampiros de Twilight o Sauron, no es así.
La vida acaba. Y en el imaginario de muchas personas que lanzan la maldición, el final de su vida acaba en una cama rodeado por hijos y nietos. Y siento decir que, ojalá fuera así, pero estamos más en lo ideal que en lo real. Lamentablemente, cuando las cosas nos van bien, encajamos con las reglas y el sistema nos favorece, sentimos que todo va bien, que somos invencibles y que absolutamente nada malo nos puede tocar. No solo la muerte, tampoco la enfermedad, tampoco las guerras…
Una cosa es ser optimista y otra cosa vivir completamente desconectado de la realidad en España e ignorar cómo están sucediendo los finales de la vida de nuestros, primero abuelos, luego padres, luego nosotros.
Las ancianas y ancianos que mueren en residencias, con familias, sin familias, con nietos, suelen morir al lado de otra persona que han conocido allí, y que seguramente muera allí también. A su lado, personas que nunca han formado parte de su vida anteriormente. Han ido allí para acabar sus últimos días de la mejor manera. Y por mucho que hablemos de los cuidados y la familia, consideramos que la mejor manera es esa, con la separación. Y no hay ningún problema, lo asumimos con normalidad.
Les enviamos ahí porque es lo mejor para ellos. Nos dejamos una pasta como hijos. No tenemos el tiempo ni la experiencia, los cuidados no resultan compatibles con la vida moderna así que decidimos que eso es lo mejor. Sin duda, es lo mejor. Seguramente sea lo mejor. Puede que sea lo mejor.
Ojalá sea lo mejor.
Esa persona, el anciano o anciana, que está en ese proceso del final de su vida, que se despide, puede llegar a tener un tiempo suficiente y crea un nuevo entorno. Esas personas con las que conviven, son personas a quienes puede coger cariño, o no.
Lo mismo sucedería inevitablemente con el grupo de trabajadores que van allí cada día, que firman un contrato laboral para, no solo trabajar, sino ser durante unas horas, la nueva familia que esa gente tendrá en esos últimos días. Porque estas personas están yendo a trabajar, pero los ancianos les ven cada día, hablan de sus cosas, son su comunidad.
En 2020 la estadística, pre-COVID, indicó que los ancianos que recibían visitas (ni siquiera regularmente) eran un 40%.
Sólo un 40%.
Pero, el hecho de tener hijos, te vengan a visitar o no, ¿querías tenerlos o es una manera de aplacar el golpe que nos supone darnos cuenta de que nuestra vida tiene un final? ¿De que llegará un momento en el que nos despediremos de la vida?
Es difícil estar en las despedidas.
Es imposible, en ocasiones, llegar al momento de las despedidas.
Y además, es muy duro despedirse.
Planteando que lleguemos a viejos, planteando que no hayamos sufrido una larga enfermedad, o corta pero mortal, planteando que lleguemos a un momento de despedida en el que sabemos quienes somos, y de quién nos despedimos, estando en el mejor de los casos, mucha gente muere sola, o acompañada por otra gente que no esperaba, que igual apenas conoce, o que igual ni le gusta.
Mucha gente de mi edad recibe una llamada, no tiene tiempo para estar siempre con sus padres, o nunca, o incluso ha tenido una relación de mierda durante toda su vida y, llegados a este punto, no quiere pero debe hacerlo.
Tengo la necesidad de decir que creo que este tema no está relacionado con tener hijos. Esto tiene que ver con lo lejanos que podemos estar de la gente que consideramos familia, y del miedo que nos da esa despedida.
Duele tanto que no podemos olvidarlo, ¿verdad? Duele tanto que la maternidad puede ser una vía de escape. Si hay nuevas generaciones merecerá la pena la vida y, sobre todo la muerte, por esa despedida, por ese momento en el que alguien nos mire y nos diga «sí, ha sido real». Merece la pena llegar a viejo para que haya alguien que nos recuerde nuestra vida antes de abandonarla.
Ese «alguien» puede no ser un hijo, no sabemos qué será de la vida de los hijos, ni siquiera sabemos quién va antes. Igual ese alguien es la enfermera que te dio el desayuno por la mañana, tu hijo, tu médico, tu hermana, un transeunte que te dice unas últimas palabras por accidente… Y eso en el mejor de los casos.
La vida puede ser maravillosa, y a veces cruel. Muy cruel.
No sabemos cómo será la muerte, y quizá, por eso, no la sepamos gestionar.
Y si ya tenemos una educación tóxica para la vida, no os quiero ni contar la educación tóxica que tenemos frente a la muerte en lo que es España (no entro a hablar en otros lugares, aunque me gustaría mucho informarme de su gestión precisamente en aquellos otros lugares).
Para empezar, entendemos que es algo en lo que no hay que pensar, que hay que evitar, incluso que podemos evitar, o que cuando llegue, seguiremos ahí. Vivir continuamente en una fábula sobre el manatial de la vida eterna es mejor.
Para seguir, una vez muertos, debemos permanecer vivos. No tenemos suficiente con nuestra propia vida, alguien tiene que mantenernos vivos, otra persona que mantenga vivo nuestro… ¿El qué? ¿Nuestro nombre? ¿Que parezca como si siempre siguiéramos ahí?
¿Vamos a perdurar ocho mil millones de personas?
Y no sólo lo «queremos». Decidimos y sentimos que tenemos el derecho.
Y en el momento en el que podemos ver que nos estamos yendo, cuando se hace real que igual se acababa todo, seguramente sintamos rabia, enfado, seguramente si nos dieran la opción de tener un abogado defensor para defender nuestro derecho a seguir vivos, contrataríamos al más caro, al peor de todos, al más sanguinario, a quien fuera capaz de negociar un rato más, un tiempo más de vida.
¿Existe algún modo de preparar la vida para la muerte? Ni idea. Aunque creo que, tener o no descendencia, condicionará mi vida, pero no mi muerte. Y si lo hago por condicionar mi muerte, y que alguien esté pendiente de mí, pague una residencia etc, ya no lo hago ni por el amor condicional ni por la despedida. Ya sería una decisión práctica, fría y sin sentimiento.
Entiendo que una mano amiga a la hora de pensar que todo se acaba, la mirada de alguien que te quiere cuando todo se acaba, no tiene precio, pero no sabemos qué será lo último que veamos cuando eso pase.
No tenemos ni idea del cuándo, cómo, dónde, con quién o por qué.
Seguramente sí, estaré sola cuando muera. Y me aterra.
Pero aquel que dice esa maldición, tampoco sabe cómo le sucederá. Y su terror, no tiene por qué atacar a otras decisiones.
La vida es única.
Así que tendremos que hacer con ella lo que queramos. Incluso si eso implica decidir no tener hijos.
4 respuestas a “Estarás sola cuando mueras”
Creo que tener descendencia no te evita morir sola, pero gente más joven en tu vida (hijos/as, familiares, amigos/as) sí sube la probabilidad de no estar tan sola en edades avanzadas.
Me gustaMe gusta
Totalmente. Lo que importa es estar conectada con el mundo y las nuevas generaciones, sin duda. Muchísimas gracias por pasarte por aquí.
Me gustaMe gusta
Gracias a ti, por dedicar tiempo a escribir ensayos extensos y, a la vez, profundos, huyendo de extremismos y faltas al respeto. Me interesa varios textos de tu blog. Así que, con tu permiso, puede que te moleste con un par de comentarios más.
Me gustaMe gusta
Los que quieras. Me encanta que se lean y comenten.
Empecé el blog precisamente para eso. ☺️
Me gustaMe gusta