Cuando empecé a buscar referentes de mujeres sin hijos, pensaba que estaba destinada a encontrar diversas figuras históricas con las que encajaría como un guante. Y aunque pensaba que eso me iba a pasar con Jane Austen, lo cierto es que no ha sido así. No del todo, al menos.
Para empezar, porque no fue hasta casi los 27 cuando empezara a leer novelas de Jane Austen.
Sí, era consciente de que me gustaba muchísimo Sentido y sensibilidad, la película, su primera novela, pero no, no diferenciaba un libro de Austen de cualquiera de las Bronte, Mujercitas o Regreso a Howards End.
Tampoco soy una gran fan de la época georgiana. Ni de su literatura.
Sin embargo, es posible que Jane Austen sea la mejor cronista de la vida femenina en una familia gentry en la época georgiana. No sólo a nivel económico, también a nivel histórico. En el podcast The thing about Austen hablan de las pinceladas sobre la revolución francesa y el miedo en Inglaterra a estas revoluciones, que aparecen en Northanger Abbey, por ejemplo.
Pese a todo, pienso que su hype, viene de algo que no ha tenido que ver con ella en absoluto, sino sobre la propia romantización que ha hecho nuestra generación de narradores, con ella y con su trabajo.
Hablamos muchísimo de la tensión entre Darcy y Lizzie de Orgullo y prejuicio, pero lo que Austen nos estaba contando realmente es uno de los principales dramas que pudo vivir su familia, o el de las familias amigas:
La necesidad de casar a todas sus hijas para salir adelante y la tragedia que supone para una familia el hecho de criar más hijos de lo que podía resultarles asequible. Porque, a diferencia de tu amiga que te dice “y tú para cuando el segundo” Jane Austen no solo no tuvo hijos, además tenía muchísimas reservas y opiniones pragmáticas y críticas sobre una producción desmedida de progenie.
Creyente en el control de la natalidad, ya fuese “en camas separadas” (como puso en una carta a su hermana Cassandra) o utilizando la piel de vaca a modo de preservativo (lo que también podía prevenir contra la sífils en aquella época), Jane consideraba que había gente que tenía hijos por encima de sus posibilidades y creía que no todo el mundo podía tenerlos. Ella misma sin duda. En otra carta se encontró, al respecto de la crianza de su propia cuñada Mary Austen, Jane escribió «Mary no se maneja tan bien como para que me entren ganas de imitarla. Pobrecilla. ¿Cómo es posible que esté criando otra vez?»
Tal y como estoy leyendo en «Austen en la intimidad», el interés de Jane por experimentar la maternidad, era casi nulo. Y el modo en el que hablaba de ello lo dejaba a la altura de una de las experiencias más desagradables y poco apetecibles que pudiera experimentar. Su correspondencia la acerca más a una bloguera punki que una periodista de investigación bebiendo té en la campiña.
Pero, ¿qué habría cambiado la cosa si Thomas Lefroy, el pretendiente que se le conoce, le hubiera hecho una pedida de mano?
Nada.
¿Jane habría cumplido el destino de sus personajes casándose y…?
Y nada, porque los personajes protagonistas de Jane Austen no tienen hijos.
Los personajes secundarios tienen hijos. Alguno, por novela. Alguno lo tiene durante la novela, alguno carga con un niño pequeño, algunas madres mayores arrastran a sus hijas solteronas a las meriendas en sociedad. No hay ningún final feliz con un nacimiento, y si lo pensamos en serio, encontramos subtramas maternales que suceden como fruto de la estupidez y de la falta de planificación, véase el caso de Lydia en Orgullo y prejuicio o el de Eliza en Sentido y sensibilidad. En todo momento, los personajes de Austen se llevan las manos a la cabeza ante las dificultades económicas que atravesará la pareja y la triste y difícil manutención que tendrá la criatura. Nunca es un motivo de alegría, siempre es motivo de estrés y enfermedad y que ocasiona situaciones tan incómodas como pasar más tiempo con la figura materna.
Porque si salen mal paradas las tramas de maternidad en ciertas novelas de Austen, no os quiero ni contar como salen paradas las madres en sus novelas, moviéndose entre una aspirante a Lady Macbeth o un personaje carente de cualquier tipo de sentido común, cuyo único objetivo, volvemos a decir, es casar a sus hijas.
¿Para que sean felices? No, para que paguen la dote y saquen a las familias de sus dificultades económicas.
¿Para que tengan muchos hijos? No, eso nunca sale. Y si tienen, que sea porque se los pueden permitir.
¿CÓMO ES JANE AUSTEN UN REFERENTE EN TRAMAS ROMÁNTICAS? ¿CÓMO SE LEYÓ ALGUIEN PRIDE AND PREJUDICE Y LLEGÓ A LA CONCLUSIÓN DE PONER A COLIN FIRTH SALIENDO DEL LAGO?
Jane Austen tenía muchos más intereses que la maternidad o el amor romántico.
Como la guerra. O la vivienda. O la ausencia de ella.
Una de las grandes autoras de todos los tiempos, quizá por no contraer matrimonio, quizá por las bases económicas de su familia, nunca tuvo un hogar propio. Al igual que algunos de sus personajes como Fanny o Catherine, vivió por temporadas en Bath, en el colegio de señoritas de Abbey, tras salir de Steventon, volver a Bath, vivir como un anciano del Inserso en el mar, entre otros lugares… Sin tener una casa ni para ella, su madre y su hermana Cassandra.
Cuando llegaron a Winchester, sin apenas dinero, y con una enfermedad que ya la cercaba y de la que fallecería con 41 años, ella todavía lo tenía todo por ganar, y no estuvo para verlo.
Sin embargo, toda su familia ha contado su historia posteriormente y sus libros han llegado más lejos que cualquiera de los negocios que hicieran prósperos a cualquiera de sus coetáneos.
Nuestra spinster, pese a irse joven, pese a ser un bicho raro, no estaba sola. A su lado tenía a su hermana Cassandra, su prima Eliza, su cuñada Mary Lloyd, amigas… Amigas con y sin hijos, creando todas un soporte en el que Austen no tuvo hijos ni se casó sino que escribió y, tiempo después, pasó a la historia. E hizo que sus amigas y su hermana también estén hoy en mi pensamiento mientras escribo estas palabras. Aquellas que criaron y aquellas que no. Todas entre Steventon y Winchester.
No sé si guardaremos, más allá de escribir o no haber tenido hijos, cualquier rasgo en común.
La historia ha convertido a una de las grandes creadoras de heroínas de la literatura georgiana en la referente de las mejores historias de amor.
Quizá no era su intención, pero Austen es responsable de la llegada al mundo de Colin Firth como Mister Darcy, la adaptación al best-seller de El diario de Bridget Jones, los memes de Charlotte Lucas, Keira como Lizzie, aparte de innumerables vídeos de Tik Tok.
Ha pasado por ser, desde una autora respetada y valorada, a un fenómeno pop hasta un fenómeno inmortal más allá de la literatura.
Quizá no hizo mal en dedicar la vida a sus libros y no a tener hijos.
Y quizá ella lo pensaba también cuando comentó esto a una amiga, por carta, antes de conocer a su recién nacido: «Al igual que yo deseo conocer a Jemima, estoy segura de que a ti te encantará conocer a mi Emma, por lo que me llena de alegría mandártela para que la leas con atención».
Seguramente la amiga que leyera esa carta y recibiera EMMA no pensara que esa novela iba a perdurar en la historia más allá de su continente y época, sino que se ofendería pensando en el poco valor que esa escritora raruna le daba a su querida Jemima. Al fin y al cabo, ella era una madre hecha y derecha y su amiga Jane era solo la hija de los Austen, una solterona sin casa, sin hijos y con un futuro incierto.