Esta frase no es mía sino de Pablo Messiez, de su obra «Las canciones».
«Las canciones» es una adaptación personal y moderna de «Tres hermanas» de Chejov, y, aparte de una gran experiencia teatral, fue uno de esos momentos de epifanía que no puedes superar fácilmente, de los que igual te cambian para siempre un domingo cualquiera en una sesión de tarde.
O eso es lo que se supone que hace una epifanía, pero quiero asegurarme antes de seguir por ahí y consultaré la página de la RAE.
Una epifanía puede ser, o bien una «manifestación, aparición» o una «festividad que celebra la Iglesia anualmente el día 6 de enero».
Cuando veía la obra, en ese momento, en esa frase, mi niña interior se puso delante de mí y me dijo algo que no esperaba.
Suspiró, se cruzó de brazos y soltó un:
Te lo dije.
Porque ella ya lo sabía y yo lo había olvidado. La había olvidado. No recordaba que dentro de una mujer funcional en los 37 vivía una niña, una niña con flequillo, ojeras, un flequillo difícil y que vestía un uniforme verde oscuro y triste a juego con una mochila también verde oscura que me compraron a juego. Ambas odiábamos esa mochila, y años después esa niña protestaría contra esa mochila por ser de una marca que explotaba a niños en la India.
Pero esa es otra historia porque, en ese momento, esa niña solo quería dejarnos claro que podía pretender todo lo que buenamente pudiera, podría llevarme mil golpes y tener mil aprendizajes: no había madurado. Era algo que, simplemente, no me iba a ocurrir.
Que mi cuerpo había crecido y mi alma seguía siendo la misma. Y en aquel momento, en el teatro Kamikaze de Madrid, yo aceptaba que no podía ser una adulta, solo fingirlo.
Y que, probablemente, muchos adultos en aquella sala, estábamos igual.
Aunque no podamos decirlo.
No es así.
No nos está permitido seguir siendo niños.
Y punto.
En contraste con la relatividad que tiene madurar, no hay ninguna duda: jugar a ser mayores es uno de los mejores entre todos los juegos para niños.
Es normal porque, afortunadamente, cuando somos niños, no entendemos el mundo de los adultos. Solo sabemos que ellos deciden cosas tan importantes como si nos lavamos los dientes o no, si llevamos este abrigo o no, si te quedas con una abuela o la otra… Sabemos que no podemos tomar decisiones, y lloramos a veces por no tomarlas.
No somos conscientes de todo lo que significa ser adulto. Ni siquiera los adultos queremos darnos cuenta de lo que significa ser adulto. De toda la presión que supondrá, y a la vez, de la vida tan maravillosa que podemos llegar a tener. Todo es un lienzo por desarrollar.
Digan lo que digan, tengan razón o no Messiez y mi niña interior, un niño se convertirá en un adulto. O será la sociedad quien le convierta en adulto. El sistema capitalista le convertirá en un adulto que tendrá que ser utilitario y válido para el engranaje que soporta todo.
La infancia dura demasiado poco.
Por eso, cuando pienso en la maternidad, el concepto de la infancia y los bebés me parece que es demasiado corto. Y eso que los bebés humanos son los más lentos en desarrollarse, una gacela podría tramitar su propia declaración de la renta en un año de edad y yo tengo amigas con criaturas que, con esa edad, hablan en meses y se preocupan por si habla, come, anda o hace cualquier cosa en menor medida que otras criaturas de doce meses.
Y se vive en meses. Los planes dejan de existir en maternidades más precarias y se piensa en cuánto durará la lactancia, la crisis de los tres meses, el porteo, la crisis de los ocho meses, la llegada de los dientes, la guardería, el colegio, el carro, la caída de los dientes…
No se puede vivir la maternidad a largo plazo. Es sencillamente imposible.
Pero, ¿y si se hiciera? ¿Cambiaría nuestra perspectiva?
¿Si en vez de proyectar una imagen idílica de los bebés de Annie Leibovitz pensáramos en un adolescente con una camiseta de los Red Hot, o en una mujer adulta corriendo a un autobus para ir a trabajar de dependienta, despertaría ese mismo instinto?
¿Piensan los padres y madres en sus criaturas como adultas?
Los niños no son niños eternamente.
La infancia dura un suspiro. Los niños dejarán muy pronto de ser niños.
No porque quieran, no porque lo sean, no porque el concepto de «adulto» sea algo auténtico, pero les convertirán en adultos.
Nosotros mismos les convertiremos en adultos.
¿Y eso qué tiene de malo, Irene? Es lo más normal… Pensarás la chorrada que sea sobre tu niña interior pero todos nos hacemos adultos, tenemos hijos y no le damos tantas vueltas, hija…
Ok.
Vale.
Quizá he visto demasiadas veces una profunda decepción en la crianza al llegar a la vida más adulta. Un desinterés. El paso del juguete al adulto, el paso de los juegos a las responsabilidades.
Escucho a muchos padres decir «y así 18 años» cuando es a partir de esa edad un momento que puede cambiar el destino de tu hijo al 100% y, si te ha necesitado toda la vida, ¿qué? ¿Ya no hay más?
¿Me vas a decir que te sabes cuándo ha sido suficiente la maternidad o paternidad? ¿Que hay, por suerte, una ley en la que ampararte para decir «cruci» y dejarles porque ya son adultos?
A la gente con hijos: Vuestros hijos seguirán siendo vuestros hijos con 50 años, cuando se operen la vista, cuando les falle la cadera, cuando empiecen a tomar medicación para una dolencia, cuando les rompan el corazón, cuando se vayan a vivir lejos porque no encuentran trabajo.
Y les querréis y estaréis allí para ellos.
Y eso también es la maternidad. ¿O no?
Quizá es uno de los motivos por los que no he tenido.
Quizá ese «amor incondicional» me parece insoportable y tiene un lado cruel que veo con luces de neón tras el disfraz de Frozen.
O puede que lo haya decidido con mi niña interior, no lo sé.
Cuando la vuelva a ver, se lo pregunto.