Creo que debo empezar esta entrada hablando de cómo dormir tiene mucha importancia en mi vida. No tanto porque duerma demasiado, sino por cómo me siento ante la privacidad del sueño, tanto mía, como ajena.
Y es que cuando alguien me comenta que no puede dormir, lo paso mal.
Cuando alguien habla de que tiene dificultades para dormir, lo paso mal.
Cuando me hablan de que existe medicación para dormir, lo cual lleva de nuevo a no poder dormir, lo paso mal.
Eso me lleva a mucha comprensión hacia mis amigas madres, como es lógico. Porque están en esa etapa de la vida en la que padres y madres renuncian a su sueño (no es un juego de palabras, aunque podría serlo) para velar por su criatura.
Se da por sentado.
Sí, sí, es un hecho. Es lógico.
Se entiende.
Incluso en los blogs de mamis (no lo digo despectivamente, los nombres han sido elegidos cautelosamente y os aseguro que tienen mucha más repercusión, marketing y aceptación que algo como nomo) no se puede obviar esta situación, pero hablan de cómo hay que sobreponerse, salir adelante y, sobre todo, disfrutar de ese tiempo tan único y especial con tu criatura.
Estamos a un paso de lo que tanto critica Eva Illouz y estoy empezando a leer en El murmullo de Belén Gopegui. Estamos a un paso de vender la autoayuda como si no lo fuera, como si todo dependiera únicamente de que tengas una mejor actitud. Si tienes una mejor actitud, acabas viendo que el problema no era para tanto. Lo normalizas. Y acabas teniendo un montón de madres que no pueden dormir y que no pueden decírselo a nadie, ya que, total, si se lo dicen, les dirás «pues qué esperabas» «es lo que hay» «no te queda otra» o incluso, la peor de todas «pues el mío sí que duerme TODA LA NOCHE». Y al día siguiente tendrán que ir a trabajar, ver a sus familias y fingir que todo va bien, son madres, madres perfectas, pero no demasiado, o sí, o que se note, pero solo la parte buena.
Por suerte para las madres, no siempre es así. Lo del no decírselo a nadie, lo de dormir sí que parece que llega al 90% en el caso de las nuevas maternidades.
Meses sin dormir.
Años sin dormir.
Y además, en trabajos precarios, uniendo la privacidad del sueño con la jornada laboral, con mantener la pareja, con mantener a la criatura viva y bonita de cara a los demás, mostrar ese éxito a cambio de todas las carencias. Si no me creéis o pensáis que es una reflexión propia de una persona que no tiene sentimientos maternales, podéis leer Maternidades precarias de Diana Oliver.
Volviendo al «no decírselo a nadie» quiero hablar de un caso personal que servirá de luz a las madres.
Entre mi 95% de amigas con hijos, hay una que tuvo a su criatura hace tres años, nada más acabar el COVID.
Estamos en Barcelona 2020 y me cuenta que está en un grupo de madres por WhatssApp en el que se dan consejos, hacen preguntas y se dan apoyo.
Una noche, una de las madres no consigue dormir a su criatura y escribe, desesperada, por el grupo.
Silencio.
El silencio de otra noche sin dormir y de una mujer pensando cómo es posible que no haga nada bien, cómo pudo acabar en esta situación, preguntándose si algún día será capaz de…
Pero antes de que pueda seguir el devenir del pensamiento catastrófico, entra otra mujer, otra madre. Su salvadora esta noche. Y que ya haya una salvadora aunque sea una única noche, ya nos importa bastante.
Le da ánimos, le recuerda que «ella es todo lo que su bebé necesita». Le pregunta qué estás haciendo. Se hablan. Le dice algo que ha probado y no funciona. Le recomienda algo. Quizá tampoco llega a funcionar. Quizá estoy mezclando historias en este punto. Quizá entra otra madre en ese momento a dar un poco más de feedback.
Eso no importa porque allí, es allí donde se inicia algo.
Se inicia una amistad.
En persona.
No una «comunidad online». Nos vamos al caso más clásico y físico de las amistades y estas madres inician una amistad.
Una amistad que perdura hasta hoy, Septiembre 2023. Y son varias familias, varias madres y padres y niños que comparten las maternidades, que han tenido la suerte de hacerse amigos y de ser apoyo. Gracias a esta comunidad, pese a todo, hay un hilo de esperanza y luz en las vidas de todos.
Tengo un 95% de amigas con hijos y ninguna más me ha hablado de esto.
Ninguna más está viviendo su maternidad en colectivo, y pienso… ¿No es así cómo debería suceder? ¿No es esa la única manera en la que, hasta que el estado y el Gobierno o la propia sociedad gestione la vida de una manera digna, las maternidades no acaben con las madres?
Todavía no he escuchado por parte de esta amiga que su grupo y ella vayan a hacer un sindicato de madres, que vayan a ir a presentar demandas, que vayan a hacer una huelga de consumo, pero las veo más cerca de ponerse a ello que a muchos grupos y colectivos que están más preocupados por su merchandising, podcast y beneficios que el cambio social.
Porque es urgente el cambio social.
Porque es lo más urgente de todo.
Casi más que dormir.
Dormir debería ser un derecho.
Y ojalá la amistad fuera otro derecho.
Porque si hay algo que saco de esta historia de mi amiga es que nos (me) falta la sensación de grupo.
Es así, anoche no pude dormir.
Y no eché de menos tener hijos. Eché de menos hablar con alguien.
Me senté e intenté leer varios libros para ayudarme a dormir.
No funcionó.
No podía dormir porque estaba rodeada por mis pensamientos intrusivos, mis pequeños fracasos a lo largo del día, mi eco ansiedad, mi agenda imposible, y más pensamientos intrusivos, que si alguien no se acordó de mi cumpleaños, que si he tenido que volver a escribir yo a estos amigos, que si tendría que estudiar, que si la he cagado en el trabajo, que si he sido yo la responsable…
Ya sabéis cómo funcionan los pensamientos intrusivos.
¿Vosotras llegaríais a vuestras amigas con hijos a hablarles de que tampoco habéis podido dormir? ¿Os atreveríais o hay algo en el código social que te recuerda que es ella quien no duerme?
¿No hay algo en el código social que indica que, cuando no tienes hijos, tus preocupaciones son inmaduras y tu salud mental vale menos?
¿No hay algo de ese momento en el que ella te pregunta «y tú qué tal» en el que dudas si contarle tus problemas y finalmente te callas y hablas de cualquier otra cosa o le das poca importancia?
Entiendo que la soledad, el aislamiento, la privación del sueño por la frustración y la ansiedad no son motivos para hacer una huelga.
Pero ¿y si el origen de todos esos sentimientos sí fuera motivo para hacer colectivo e ir a la huelga?
¿O será el sueño?
Voy a tomar otro café antes de ir a trabajar y a fingir que el mundo, tal y como está, va bien,