Vuelven a mí en muchas ocasiones las palabras de Rodrigo Cuevas en un concierto gratuito que dio en El Prat de Llobregat hace algunos años. No le conocía y, desde alegro, celebro haber tenido la oportunidad de verle cada día, no solo por su música, sino por estas palabras:
«Se puede ser muy maricón en Malasaña, pero hay que ser muy valiente para ser el maricón en Covadonga»
¿Me equivoco en algunas palabras? ¿En los pueblos? ¿Dijo Ribadesella en vez de Covadonga? ¿Estuvo alguien allí que pueda atestiguar que me quedé bien con la información?
En cualquier caso, es algo que, cuando vivimos en la ciudad, no nos preocupa y damos por sentada una mentalidad urbana que, en realidad, si miramos las redes sociales y los pueblos, no es exactamente lo que habíamos pensado. O lo es, y más. No lo sé.
Tampoco pretendo saber lo que sabe o piensa toda la sociedad.
Volviendo a los pueblos, y viniendo mi familia de un pueblo, entiendo más o menos lo que quiere decir ser «el del pueblo» y «veraneante».
Cuando eres veraneante, si no encajas en un pueblo, no pasa nada, porque soléis ir un mes y luego volver a la ciudad. Tu vida no se desarrolla allí.
Vale que ser una persona diferente siempre es difícil, ya sea en el instituto, en una empresa corriente, en el capitalismo extremo, pero ya en los pueblos…
Dicho esto.
¿Cómo es ser la mujer sin hijos en un pueblo?
Diríamos que no tiene una representación clara, que «pues no conozco a ninguna» o «no se puede generalizar» (mi frase favorita cuando no quiero decir nada y, a la vez, no quiero dar la razón).
Sin embargo, me vienen a la cabeza algunos ejemplos que he visto. En el cine, por ejemplo:



No es que tenga nada de malo ser Vanessa Redgrave, Helena Bonham-Carter o la Donna Reed en la realidad paralela de Qué bello es vivir, pero para aquellos que las han querido representar, para los que buscaban crear una imagen, para los que nos han cedido un imaginario, hay que reconocerles una capacidad limitada y centrada en el estereotipo de una mujer rechazada por la sociedad y, además, con razón.
Nunca olvidaré cómo viendo Qué bello es vivir, James Stewart se lleva las manos a la cabeza al ver que su mujer, en una dimensión paralela en la que él no existe, es algo tan deleznable como una SOLTERONA aunque salen de sus palabras el inolvidable: BIBLIOTECARIA.
…
Por supuesto, la idea de que una mujer en el pueblo sea soltera y tenga un oficio, era entonces en los Estados Unidos, algo digno de lástima amplia y notoria, pero no nos pensemos que ahora la mujer del pueblo que no tiene hijos es un modelo a seguir o a envidiar.
Bueno, o sí, pero no nos adelantemos.
No pensemos que la componente de una pareja que vive en un pueblo y no tiene hijos es algo entendible o que se pueda dar por hecho. Hay una idea asentada en todas las mentalidades, apoyada por APP’s y publicidad que te ayudan a imaginar cómo serían los bebés de una pareja.
Esto no viene siempre de las personas mayores de los pueblos.
Se habla de cómo las personas mayores te insisten en la idea de los niños, tus padres.
¿Les vamos a culpar a ellos y a su aburrimiento o al sistema?
Estas personas han visto suficiente en la vida como para entender que no van a entenderlo todo y que, incluso, saben que existen situaciones de la historia reciente, y de la vida, que no dan para pensar en hijos.
Y ahí están, tomándose un refresco en el bar del pueblo sin molestarte.
En mi opininión, es mucho peor la generación de cryptobros liderada por Elon Musk entre los 30 y casi 50 que ven a estas mujeres una amenaza que llega a cualquier parte, incluso a aquellos lugares en los que se sentían reyes y señores.
Así que se invalidó su aporte social y la convirtieron en motivo de lástima.
La solterona.
Igual ahora ese término nos da la risa, pero igual no.
Igual no estamos en una situación socioeconómica y de salud mental para que nos resbale el continuo ataque velado de psicologías positivas o neoliberales que te exigen que quieras cosas que no quieres.
Y a veces no las quieres.
Y no te queda más remedio que convertirte en esa figura de lástima y crítica sobre la que se construyen historias tristes.
Hasta que llega alguien que escucha tu historia, contada tantas veces, contada por otros tantas veces, y ve que la historia en sí va de otra cosa.
Hay varias mujeres sin hijos en el entorno de mis padres.
Sus historias siempre acaban un paso antes del final de Madame Bovary pero van un poco en esa línea.
Y estaba esta mujer.
Esta mujer a quien yo apenas conocía, a la que debí dejar de ver con 16 años y que solo fue un recuerdo de anécdotas entre familiares.
Era una mujer de buena familia, con varios hermanos, trabajadora y soltera. Aunque en los encuentros que habíamos tenido, siempre con varios niños alrededor, podía pasar perfectamente por la madre de alguno.
No sé si os pasa, pero cuando vas a un evento en el que hay más niños que adultos, para mí, los lazos familiares pierden relevancia.
Los padres de unos y los padres de otros no se organizan en árboles familiares, sino que son un grupo y, por tanto, van en manada.
Nunca me había planteado que los niños que iban a esas reuniones familiares no tuvieran un parentesco maternal con ella. Tampoco me había planteado que iba sin una pareja que la acompañara.
Sin embargo a mi interlocutor le parecía algo muy importante, ya que fue el origen de toda su miseria.
Escuchad el relato.
Esta triste historia de esta triste mujer soltera y sin hijos se remonta a los años 90, época en la que sus hermanos comenzaban a casarse, todos empezaban a encontrar trabajo, todos empezaban a abandonar la casa familiar, todos conocían a sus parejas… Menos ella.
Todos se casaban… Menos ella.
Todos tenían hijos… Menos ella.
Todos se metían en hipotecas… Menos ella.
Todos comenzaron a pagar las casas en las que vivían… Menos ella.
Porque ella, al encontrarse sola y desvalida, recibió una casa de herencia.
Para el narrador de esta historia, los violines acompasaban de una triste imagen con una mujer paseando entre las calles, mirando parejas, carritos de bebé, con una triste chaqueta de lana, pasando de la calle a una triste mirada por una ventana…
Yo no.
Yo veía a una mujer evitando plusvalías, discusiones con el banco y registrándose en lugares para pagar el IBI.
El narrador se vio interrumpido por otro narrador. Como si fuera una novela con Miss Marple, las imágenes de otra historia con la misma protagonista cambiaron y fuimos a un lugar completamente diferente. Y LO RECORDÉ EN AQUEL PRECISO MOMENTO.
Este otro narrador, en otra circunstancia, había coincidido en más ocasiones con esta «triste» mujer.
Una de esas ocasiones fue su viaje a Nueva York.
Un viaje en el que esta triste persona contrató una limousina y viajó con sus sobrinos para que pudieran conocer la ciudad, ya que a ella, tanto le gustaba.
En esta historia, los violines por supuesto habían desaparecido hace un rato y esta mujer abandonaba esa chaqueta de lana triste para ser Carrie en Sex in the city.
Yo ya no podía volver a esa triste historia de esa mujer de pueblo.
¿Y sabéis por qué?
Porque esa mujer, a mis ojos, tenía trabajo, una propiedad, ahorros, sueños, iniciativas, una rica vida familiar y una historia ajena que no le hacía ni la más remota justicia.
Esa mujer, además, no tenía que esperar por nadie. No tenía que aguantar a nadie.
Esa mujer despertó la compasión que a día de hoy puede despertar envidias y rencores.
A día de hoy esta mujer es la pesadilla de los conservadores, las personas que no soportan la idea de que haya mujeres que no elijan los mimos sacrificios, o incluso los eviten. No soportan a las mujeres con poder de decisión, dinero y que no proclamen a los cuatro vientos las ventajas de una vida familiar que no les importa.
Porque igual a ella le importaba, pero igual no.
Igual toda su historia está mal contada.
Igual no somos capaces de contar la historia de las mujeres sin hijos con un final feliz, porque una limousina en Nueva York…
POR FAVOR.
¿A quién no le parece que una mujer independiente bebiendo champagne con sus sobrinos entrando a Nueva York en limousina no es un final más que feliz?
Me he dejado el champagne para el último momento porque, para mí, no era necesario, y porque no quiero que nadie piense que mi modelo a seguir es algo que puede bien ser una Karen de pueblo, pero como sucedió de verdad, pues ¿por qué no incluirlo y acabar con un final por todo lo alto?
Porque a ver…
¿Cuántas veces hemos brindado por una mujer que no tiene hijos?