«Los niños no son una fuerza de trabajo».
Está feo hablar de los niños como una fuerza de trabajo, pensar de ellos que son contribuyentes a la economía, al sistema capitalista y a la sociedad de consumo. Porque son nuestros niños, les protegemos, les cuidamos, son un bien preciado, una joya.
En este momento, todos cerramos compuertas, nos escondemos como un avestruz y nos enfadamos enormemente conmigo, yo incluída.
Pero, lo peor de todo es que, no es mentira.
También nosotros somos una fuerza de trabajo, y cerramos compuertas ante aquellos menos afortunados que nosotros pensando que nadie puede estar peor (SPOILER, se puede).
A nivel individual todo se magnifica. Los hijos son nuestra posesión más preciada, nuestra pareja es nuestro mejor amigo y la persona con la que creamos un proyecto de vida, nuestros amigos siempre son los mejores, los más talentosos e inteligentes, nuestros padres son también nuestros modelos a seguir…
…
Y sin embargo, todos somos conscientes de que, fuera de nuestro rango de protección, todos estamos sometidos a la precariedad, la pérdida, la injusticia, el dolor y el capitalismo.
Aunque, en realidad, el concepto de «fuerza de trabajo» venga de Marx:
Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole.
Pero bueno, ¿qué sabría Marx de la crisis de los tres meses? ¿O de la caída de los dientes de leche?
Algo le contarían, porque Marx no fue precisamente arreproductivo, tuvo siete hijos con Jenny von Westphalen.
Seguro que no estuvo todos los días cambiando pañales, ya que tenía a su mujer y un ama de llaves, pero Marx, que vivía ajeno a convenciones y que se enfrentó a todas las morales para hablar de un sistema distinto al que se venía imponiendo en el mundo, tuvo hijos, y no tuvo problema en entender que los adultos, y los niños, que se convertirían más adelante en adultos, se convertirían en proletarios y en parte del sistema.
No es que me guste pensarlo pero, insisto. ¿Acaso es mentira?
Además, su existencia vive rodeada de toda una industria de consumo de la que es difícil escapar, o eso me dicen.
También hay muchos proyectos e intentos (personales, de colectivos ajenos a ayudas políticas o socioeconómicas para ello) que tratan de fomentar una economía circular ya que están más que concienciados de la falta de recursos económicos que conlleva la crianza; o bien por ganas de ahorrar o de formar parte de un colectivo de mamis.
Pero estamos lejos de acercarnos, incluso así, a un consumo responsable en este campo. Aunque vamos, la huella de carbono y el consumo desenfrenado que fomentan algunas cuentas cómicas childfree tampoco me gustan, no estoy casada con nadie en esto.
Volviendo a lo que quería contar, en el caso de la maternidad, la «ilusión» es una gran fuente de dinero. Y sus receptores, empresas que venden lo que se necesita en la maternidad, están más que aceptados, sean o no necesarios, SE VOLVERÁN NECESARIOS.
Tus tatuajes no son necesarios, pero las maderas Montessori para un niño sí lo son.
Será mucho más fácil criticar a la persona que hace tatuajes para vivir que una empresa que potencia una educación privada (y carísima) como sostenible aprovechándose de la precaria situación de la educación pública.
Criticamos que los artistas sean malas personas, pero nos parece bien que las grandes corporaciones ganen millones de euros con tratamientos in vitro en los que deshumanizan a las mujeres (por voluntad propia en muchos casos, NO CRITICO A LAS MUJERES NI CRITICO A LAS MADRES, ESTOY CRITICANDO A ESTAS EMPRESAS Y EL MODO EN EL QUE SE REALIZAN ESTOS PROCESOS) y normalizan un gasto de 3000 euros antes que la posibilidad de no tener hijos.
Si existen industrias alrededor de cada elemento de nuestra vida, ¿cómo no va a haber una a lo largo de todas las fases de la infancia?
Obviamente ha de ser así.
Obviamente los niños necesitan cosas, quieren cosas, y obviamente nos es fácil la amabilidad con los niños (o no, hay lectoras del blog a las que no les gustan los niños).
Hay algo comprensible en ello, y siempre me molestará mucho más un adulto que insiste en que quiere la nueva Play Station a un niño que quiere la Play Station. Según cómo la reclame el adulto encuentras el resultado de un niño PROFUNDA E INSOPORTABLEMENTE MALCRIADO, uno con límites e incluso uno cuyos padres atravesaron dificultades económicas.
¿Lo podemos identificar a primera vista?
Yo no.
No creo en esas radiografías modernas del juicio a primera vista. Todos somos mucho más complejos que todo, y juzgamos a las personas desde nuestra perspectiva y lo que hemos vivido con ellas, cosa que hace que haya personas con quien no tenga nada en común pero con quien me sienta cómoda y tranquila por el entorno que compartimos y otras con las que haya vivido tantas cosas que su oscuridad supere CON CRECES su luz, por mucha luz que tenga. Es difícil juzgar a las personas si se hace con integridad y una actitud fría.
Pero siento decirte que tu bebé, tu pequeño, esa bola adorable a la que recubres con mantitas, que flipa jugando al cucú-tras, que tiene lengua de trapo, cada día que pasa, se va acercando más y más a convertirse, inevitablemente, en una fuerza de trabajo.
En la que tú estás hoy.
Y en la que normalmente no sientes una gran felicidad ni motivación salvo en ese momento en el mes en el que cobras el sueldo.
Porque estamos sometidos.
Y tú no lo piensas ni lo quieres pensar porque bastante tienes, ¿no?
Ni los abuelos, ni los familiares, ni los amigos lo pensáis.
La gente con mayor nivel adquisitivo, capacidad de decisión, poder económico, social y político, no solo lo tiene más claro, lo tiene más fácil.
Tienen contactos, dinero y facilidad para conseguir lo que se propongan. Y más vale que lo hagan si se han podido permitir no dar un palo al agua en toda su vida.
Traer niños al mundo, implica también el paso a la vida adulta, lo he dicho muchas veces, y me parece muy bien que lo hagáis, pero debe haber algo intermedio entre el «amor incondicional» y el «ya se apañará».
No creo que sea lógico pasar de la magia y Disney a cerrar los ojos ante su llegada a lo precario. Algo tendrás para ellos, ¿no?
Sé que lo tienes más atado de lo que creo, que no tendrías dos hijos si no supieras que vas a poder dejarles algo preparado por si, por ejemplo, quieren estudiar, o si necesitan dinero para su piso, igual que tú se lo has pedido a tus padres.
Porque tu status va a marcar el suyo.
Ojalá puedas recurrir entonces a los abuelos.
No me entiedas mal, sabes que no estoy en contra de que existan los niños, ni la maternidad, pero ciertamente estamos soportando un sistema en el que mientras hay niños mimados y con Play hasta los 25 años, hay otros que cosen zapatillas, viven guerras y entierran a sus padres con 4 años.
Me parece genial que, una vez leas esto, sigas amando a tus hijos por encima de todas las cosas. Incluso que no quieras creer que esto pasa, aunque sepas que pasa, aunque tú mismo te plantees qué va a ser de ellos en el futuro.
Hace poco mi pareja, que siempre ha disfrutado mucho el cine bélico, ha comenzado a pasarlo mal viéndolo. Y eso sucede precisamente por el amor que sentimos hacia nuestros niños de alrededor, no podemos soportar pensar que puedan estar en esa situación más adelante. No puedo dormir pensando que una niña a la que le he dado una clase de inglés y ha aprendido a decir building block conmigo vaya a acabar en un barco, rumbo a lo desconocido, sin sus padres, llorando, o cosiendo zapatillas para que una influencer en otro lado del mundo se haga un vídeo promocionado por una marca que no tiene ningún interés en ninguna de las campañas de sostenibilidad que anuncian, porque no tienen moral.
Porque el dinero va antes que la moral.
Porque hay mucha gente que dice amar a los niños, que dice amar la vida, pero cierran compuertas ante las muertes perinatales, ante el dolor de la pérdida de las madres, ante los niños problemáticos, ante las guerras y las desigualdades sociales.
Primero va el dinero, y luego, si conviene, la moral, aunque solo sea para quedar bien.
Yo no considero que mi elección sea la mejor por negarme a dar fuerzas de trabajo a un sistema como este. Pero todos deberíamos preocuparnos en que TODOS tuviéramos una mejor vida, y ahora, porque mañana ya es tarde.
Que tus hijos apañen más adelante, es una realidad, que sea tu pronóstico es preocupante. Lo hecho, hecho está, me parece muy bien ante un corte de pelo o un cambio de trabajo o de una decisión, pero, ¿ante una nueva vida?
Porque las cosas no cambiarán simplemente porque no sean justas.
Cambiarán porque alguien se esfuerce en cambiarlas, porque haya colectivo, porque alguien proteste, grite y haga todas las cosas que se critican en las mesas navideñas.
Porque todos hablamos del sistema en el sofá.
Yo misma estoy escribiendo en el sofá.
Tranquila, cómoda, en silencio.
En realidad, padres, podéis estar tranquilos. Seguramente os pase lo que a todos, que veáis siempre a vuestros hijos en esos recuerdos idílicos en los que dijeron una palabra mal, se lanzaron a darte un abrazo, te dieron ese amor incondicional, te llenaron de momentos mientras el mundo se hundía alrededor, pero bueno, solo se vive una vez.
¿Qué importa? Total, el mundo se acabará, o ya llegará otro que lo arregle.
NO.
Salgamos TODAS (las personas) a arreglarlo.