«Puedes opinar lo que quieras, pero…»
Creo que esta es la frase que más nos encontramos en general con respecto a la vida adulta en lo que es la vida posterior a las redes sociales.
Tengo más de cuarenta años y he vivido una vida bastante larga sin Internet y WiFi.
Internet llegó a mi casa con 16 años y medio para ver el trailer de «Lord of the Rings» con mi padre y para adquirir un correo electrónico y escribirme con un chico del que me había enamorado el verano pasado. Ambas cosas llenas de ilusión y posibilidad. La peli funcionó, lo del chico no. Y menos mal.
El WiFi lo probé por primera vez en casa de unos amigos con 27 años en Berlín. Supongo que mis amigos en Madrid tendrían WiFi en algún caso, pero no era tan común.
Era la época en la que apareció WhatsApp y los smartphones, a la que llegué unos meses tarde.
Yo siempre llego tarde a las cosas.
Aunque tarde, también fue increíble y creo que entré en un trance lleno de posibilidades.
Spoiler: ha acabado siendo demasiado y ahora mismo relacionamos el tener una mejor salud mental con el tiempo que pasamos alejados de nuestro teléfono.
Las redes sociales también aparecieron y nos colocaron en el mismo lugar en el que Beyonce y las Kardsahian hablaban de sus desayunos o podías escribir a los actores de la serie de Skins.
Twitter, Facebook, Fotolog, Myspace o Tuenti aparecieron y nos daban una excusa a los menos populares para dar a conocer nuestros gustos y opiniones desde la tranquilidad de nuestro hogar, sin tener que hacerlo en un círculo público, sin enfrentar el posible rechazo. También los chats, fuente de ilusión para muchas de mis amigas, y de mucha ansiedad para mí, llegaron para anunciar que, algún día, podríamos saltarnos toda la ansiedad de las comedias románticas y conocer a nuestra persona ideal a través de un nick falso y la imagen de nuestra actriz preferida.
No esperábamos que todo aquello nos reventaría en la cara.
No creo que siquiera aquellas personas que se han lucrado con la precariedad de otros, supieran que ibamos a llegar a esto.
Sin embargo, alguien lo propició. Es así porque hubo personas como Zuckerberg o Musk que aprovecharon recursos y trabajadores para crear espacios que han resultado ser inseguros de cara a la privacidad y, casi aún más preocupante, al debate y al sentido crítico.
La llegada de las redes sociales vino perfecta para jugar al veo veo y entretener en casa, de manera gratuita, a todos aquellos que… A todos.
Todos podíamos combatir la soledad, la frustración y la falta de casito que nos generaba la sociedad, el trabajo, la familia, algunos amigos de mierda y… ¡Las propias redes sociales!
Ha habido muchos trabajadores y extrabajadores de redes sociales que han explicado en multitud de contextos y espacios, como las plataformas de redes sociales están creadas para la adicción y para crear una sensación de abandono que fomente la inseguridad y el consumo.
Y, bueno, si fomenta que te conviertas en un troll, eso ya no entra en sus competencias, pero tampoco les importa ni se plantean regularlo. Siempre y cuando aquellos que les financien estén de acuerdo o no con el troll.
Y aquí es donde empieza a perderse el sentido crítico y la capacidad del debate, porque hemos perdido la vergüenza del directo y la educación del espacio físico. Además de que su consumo propicia una sensación de adquirir el derecho de opinar, el derecho de insultar y casi el derecho de atacar, como si alguna de las tres fueran un derecho de por sí.
Mejor para las empresas, ¿no? Si estamos entrando a trapo a criticar un tweet polémico de una persona, sentimos que hacemos algo, que llega a algún sitio, que hay una repercusión que es falsa, inútil y no cambia nada. Mientras que hemos perdido la capacidad de ver a la empresa y sus privilegios como algo a lo que enfrentarnos.
Por suerte, esto puede cambiar, ya que en las redes sociales también hay colectivos dedicados a cierto activismo, online o físico, en el que se puede participar y en el que, seguramente, aunque no mucho, se cambien más cosas que con un tweet.
Que sí, que a veces funciona.
Pero si «funciona» y no nos ayuda a ser capaces de entender que las cosas son más complejas que un mero zasca, ¿de qué nos sirve?
¿De qué sirve una comunicación centrada en hundir al adversario?
¿De qué sirve toda la información que hay, si solo buscas la que tú ya crees?
La burbuja es real, no me la he inventado yo.
Por cosas como la burbuja hay lecturas tan naives como lo que sucede con las elecciones en ciertas capitales de España. En vez de leer sobre la ley electoral, en vez de que haya partidos trabajando en políticas que ayuden a los barrios que no les votan, los más marginados o los pueblos, en vez de intentar ir más allá, se escriben tweets asumiendo que esas personas (que pueden ser un colectivo de 6 millones de personas) simplemente son tontas, contradictorias, y se hace una lectura simplista y de manual a la que podamos acceder y en la que podamos opinar todos en nuestros tweets. Así, algo hemos hecho, porque militar, protestar, participar activamente… Pufff…. Qué rollo…
Es mejor criticar.
Y lo malo es que también estamos criticando en esa superioridad moral de nuestro libre albedrío basado en nuestra propia burbuja.
Y así, acabamos a leches.
Y sí, así acabamos gente con hijos versus gente sin hijos.
Mis amigas con hijos leen el blog porque son buenas amigas, tienen sentido crítico y pueden ver más allá de su propia experiencia, igual que entiendo que para ellas ha tenido sentido la maternidad.
Pero lo hacen porque ponen de su parte.
Porque muchos nos hemos olvidado de poner de nuestra parte.
Incluso, a raiz de escribir el blog, he sabido de personas que consideran ciertos aspectos negativos e incluso peligrosos sobre las personas sin hijos. Incluso sobre mí, cuando he participado activa y económicamente en cosas para sus hijos, he pasado tiempo con ellos de motu propio, he aportado recursos económicos en cosas para ellos, e incluso, son personas pequeñas que puede que hayan llegado a ser importantes para mí…
Aún así, basta el blog, una entrada, un pensamiento crítico que no les afecta para ponerse en guardia.
Y si es un blog que defiende la no maternidad lo que te pone en guardia, y no las políticas del partido de tu comunidad al respecto de la educación y futuro de tus hijos, si ves más preocupante cancelar cuentas en redes que lo que ellos hacen, si te haría incluso feliz pensar en mi desgracia a largo plazo… Quizá ahí el problema no es mío.
Quizá ni siquiera es de las redes sociales.
Y quizá el libre albedrío lo estamos enteniendo todos jodidamente mal.
Quizá ni existe y es un modo más aún de discutir sobre abstracciones antes que salir a hacer algo concreto y que cambie para siempre este lugar en el que malvivimos algunos, peorviven otros, superviven otros casos y hay gente cuya preocupación es sobrevivir a algo como una guerra.
¿Qué podemos hacer?
¿Qué harías tú?