ANTICONSUMO NAVIDEÑO: IMPOSIBLE

Hablar de anticonsumo en Navidad, es convocar al vacío.

La mera idea de limitar el consumo resulta tan poco sostenible como el propioconsumo. Es la pescadilla que se muerde la cola y llega hasta el páncreas.

Además.

¿He dicho ya que es Navidad?

¿Y los niños?

¿Cómo vas a querer/necesitar/pensar en limitar el consumo cuando HAY NIÑOS?

A ver.

Que haya niños, no significa que el consumo a día de hoy esté a unos niveles desmesurados y que la Navidad suponga un pacto en el que se cuadruplica y se ve como algo completamente natural… Por los niños, claro.

Pero no debería ser normal.

Personas comunes aceptamos el mercado, la inflacción y la subida del precio de los alimentos como autómatas porque, ¿qué vamos a hacer si no?

No vamos a ponernos a pensar, a reflexionar, si eso no sirve de nada.

No vamos a consumir menos….

Porque no vamos a arruinarles las navidades a los niños.

Los niños.

Pues precisamente, me vienen a la cabeza los niños.

Me ha hecho siempre mucha gracia, lo reconozco, de los padres el hecho de que, al tener familia y descendientes, ya no pueden abrazar ningún tipo de miseria activista. ¡Como si antes hubieran liderado la revolución! Como si antes de tener hijos siempre hubieran estado dispuestos a ir a la huelga, a dejar de comer durante días a modo de protesta, a militar en un partido, a hacer un parón en el consumo…

Ninguno, ninguno hemos estado al pie de ese cambio.

Y, vamos, soy yo buena para criticar. Lo que más encuentro en el movimiento childfree que se gesta en Internet es una sobreexposición del mensaje pro-consumo, de nuevo la idea de la happycracia que criticaba Eva Illouz y la acumulación como muestra del éxito.

A ver, lo sé.

Yo también formo parte del puzzle pasivo y complaciente con la rueda capitalista… Y con todo y con eso intento limitar mi consumo al máximo sin dar una chapa moralista woke a mi alrededor.

Porque no soy ajena al subidón que me genera un libro, billetes de avión o un vestido, como consuelo a mi ansiedad vital y a toda la problemática del ritmo de mi vida… Y aun así creo que merece la pena limitar el consumo.

A nivel comunal, puede servir de algo.

Porque aunque se entienda el hecho de los regalos como una muestra de cariño y amor, no lo es. Dan subidón, es algo positivo en una rutina quizá bastante poco satisfactoria, pero la vida es mucho más que una wishlist, y no deberíamos vanagloriarnos de algo que nos muestre como una sociedad solitaria, poco considerada y algo ombliguista, ¿no?

Pero, ¿lo somos?

¿Somos una sociedad en la que compramos los regalos en el último momento y nos damos cuenta de que no conocemos a las personas de nuestras familias tras años y años compartiendo mesa?

¿Somos nuestras wishlists de Amazon?

¿Somos una comunidad en la que no queremos que los niños sean hiper regalados pero que luego compramos regalos con cualquier excusa para ganarnos su cariño?

¿Somos gente que saca una foto con la familia junto al árbol y luego pasa cinco horas haciendo scroll en el móvil?

¿Somos un grupo de individuos tan alienado que nos compramos todos el mismo suéter navideño para la felicitación navideña y obsequiamos a las redes sociales con una foto en la que nuestros ojos lloran y nuestra boca sonríe?

¿Somos un grupo que necesita que haya niños, nuevas generaciones, a los que mirar mientras aprenden a comer y en los que depositar todos los fracasos que hemos acumulado y esperamos que salgan adelante?

¿Y, de verdad, realmente somos creyentes en que los niños prefieren juegos hechos de maderitas antes que un He-Man o Barbie? ¿Pensamos realmente que, si juega con esas maderitas, lo hace porque, de verdad esa ha sido una elección o porque quiere pasar todo el tiempo posible con unos padres a los que siempre ve cansados y precarios a última hora del día?

 

Hummm…

A mí personalmente no me convence, ¿le pasa a alguien más?

Hay algo en la disidencia que hace que, simplemente, las piezas del puzzle no encajen.

Se habla mucho de que la Navidad es para los niños, para que las familias pasen tiempo con niños, de los que se cansan a las dos horas y están deseando que se echen la siesta… Vale, no.

Para que los abuelos y tíos les hagan regalos, que han elegido previamente los padres, que ya no saben qué han comprado unos, otros ni para quién.

Para celebrar tradiciones, para pasar tiempo con la familia, para reivindicar los anuncios de Campofrío y cualquier producto que lleve la imagen de la familia tradicional por bandera y ver Cachitos a las doce de la noche… A no ser que no te hables con la familia, o que tu familia no lo celebre, o que no comas carne, o que te pidan que saques
la foto porque no quedes muy bien en el encuadre…

Todo eso es consumo navideño. Y cuando no te acaba de convencer, es un alivio salir de esa rueda. Y no, no te hace egoísta, se puede tener detalles con tus personas más queridas en cualquier momento del año, escuchar sus problemas,  facilitar soluciones, sin llevar el gorro y jersey oficial ni comprar 40 cosas a tus hijos o sobrinos… La verdad es que, estar cuando hace falta, es el regalo, ¿no?

El tiempo cuesta dinero, pero se paga a plazos. Y no beneficias a Jeff Bezos.

Y, además, no es tan raro.

Cada día es menos raro.

Cada día hay menos personas que celebran algo ficticio y se decantan por abrazar lo que tienen. Y si a veces eso no es la familia, ni los hijos, ni un pesebre que a día de hoy se está descubriendo masacrado de manera diaria, pues bien está.

Porque lo único bueno de estas fechas, diría en mi caso, es que hay vacaciones. Que podemos pararnos a pensar, si queremos.

Y como me paro a pensar, pues pienso en el anticonsumo navideño, aunque no sepa muy bien qué es, qué significa para mí, e intente construir algo sobre un imposible.

Que piense en cómo ganarle en tiempo a la vida para dedicarlo a la gente que está ahí, para los que forman mi comunidad, y en aprovecharlo, no para ser productiva para un sistema que me explotará hasta el fin de mis días (como a todos), sino para acabar el año y pensar:

Vale, ¿y qué traigo a este año? ¿Qué podría hacer dentro de mis limitaciones y posibilidades?

Si tampoco tienes hijos, estás de suerte si te planteas consumir menos, nadie te acusará de hacer infelices a los más pequeños, de quitar las ilusiones a nadie, ahorrarás dinero y podrás valorar qué es lo que realmente necesitas y qué es, en realidad, lo que está
fallando.

Creo. No sé.

Pero podríamos.

Realmente puede ser la mejor época del año.

(O no)


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