Si considero que las mujeres somos un tipo de mamífero fuerte y resiliente como pocos, el momento en el que nos encontramos con los cuidados, de sopetón, sin esperarlo y sin un plan, saca nuestra parte más salvaje, sencilla, pragmática, pausada e incluso pacífica.
Porque ante los cuidados, una de las principales prioridades -por no decir la única-, es la de sobrevivir a ejercerlos.
Ya sé.
Las mujeres han sido educadas para los cuidados.
Las mujeres han sido educadas para ejercer y aceptar los cuidados sin rechistar.
Esto era en la época de la Odisea.
En la época en la que Vivian Gornick publicó Apegos feroces.
Esto es hoy.
Una mujer siempre estará mucho más preparada para ello y, aunque no sea el caso, aunque haya evitado una educación heteropatriarcal, el camino ya se ocupará de llevarla hasta los cuidados. Al mismo tiempo, es perfectamente comprensible que un hombre no lleve en brazos a su madre y la ayude a ducharse cuando ella no pueda, pero no se dudará en que una mujer lo haga con su madre, padre, marido, suegra y suegro.
De no hacerlo, podremos pensar que somos lo comprensivos y abiertos que queramos, pero siempre pondremos a una mujer que rechaza llevar a cabo los cuidados bajo tela de juicio. Siempre será señalada por el dedo, porque es lo que siempre se ha contado.
Pero no porque falten hombres que puedan ejercer las mismas tareas. De hecho, los hay. Cada día hay más hombres dedicados a los cuidados de los infantes, es verdad. Quizá la idea de ejercer cuidados más allá de los hijos, sea un ideal poco realista…
No lo es.
Cada vez habrá más hombres, que no solo padres, que elijan ser los cuidadores.
Porque ya existían referentes que no se ponían en primer plano, pero sí en el segundo.
Y hay hombres que están eligiendo un nuevo tipo de modelo y se alejan del viaje de héroe de Ulises para convertirse en Eneas.
¿Y por qué Eneas?
Hay una autora que ha venido a revolucionar la literatura del ensayo, que es zaragozana y con la que coincido en nombre de pila, que es Irene Vallejo, y que hace meses en un artículo hablaba de como Eneas representaba un modelo heroico diferente al que siempre nos habían traído La Ilíada y La Odisea.
Siendo un importante secundario en la historia, Eneas eligió ejercer los cuidados y, en vez de librar batallas, se ocupó de recoger, transportar y cuidar de los enfermos.
Vivian Gornick me descubría la fiera que yace en la hija que cuida, en la mujer que acompaña, la falta de ternura, las conversaciones al límite.
Y quizá por oposición, al terminar de leer Apegos feroces, se aparece ante mí esa imagen de Eneas relatada por Irene Vallejo.
Esa imagen, en ese artículo, debería ser la bandera de la nueva masculinidad, un hombre que lleva en brazos a su padre, que se dispone a huir de la guerra en vez de participar activamente en ella, y que lo único que busca es el bienestar de su familia.
¿Cómo en un mundo en el que conocemos la figura de los refugiados de guerra en los medios desde hace años, cómo es Irene Vallejo de los primeros en ensalzar la figura de Eneas?
¿Es que acaso preferimos la invasión, la guerra?
¿Por qué no elegimos al hombre cuidador? ¿Por qué sigue pareciéndonos ficticio?
Evidentemente, porque no tiene repercusión alguna y es mucho mejor crear la aspiración de convertirse en un nuevo señor tecnofeudal como Elon Musk que ser un superviviente que cuida de su familia…
Aunque todos los números apunten a que tengamos más posibilidades de ser el segundo.
Hay gente que no quiere que los hombres puedan ser como Eneas.
Ni que las mujeres puedan ser como Vivian Gornick.
Nadie quiere entregar la ferocidad a las mujeres y los cuidados domésticos a los hombres pero, ¿no tiene todo el sentido reconocer estos roles más realistas, menos limitantes, en la vida?
Que los apegos se muevan entre lo feroz y lo doméstico.
Quizá no sea nada innovador.
Quizá el libro de Vivian Gornick no dé una nueva perspectiva de los cuidados, y quizá no sea muy creíble esta aspereza entre madre e hija. Quizá una nueva generación de madres coraje, sus hijas y nietas de las mismas, solo vea la cara agradable de la relación. Quizá consideren que no debería existir un libro así, que solo sirve para sembrar la discordia entre mujeres.
Pero quizá el amor y el dolor puedan ir juntos, y la soledad, y el cuidado, y la fiereza. Quizá deban ir juntos y, por mucho que se intente simplificar, sea imposible. Quizá los hombres que no quieren ser Eneas, deban serlo, y quizá las mujeres (y hombres) que desprecian a una mujer como Gornick, no debieran hacerlo.
Ya que igual que Eneas nos trae una masculinidad deconstruida en la época de Homero, Vivian Gornick nos habla de un cuidado más que olvidado: la compañía. La no desaparición de estas dos mujeres por estar en compañía de la otra.
Eneas estaba en la guerra de Troya. Vivian en Nueva York paseando con su madre. Y a mí, sin embargo, estas dos figuras se me aparecen como un rol que merece la pena que tome el primer puesto.
Por variar.
Y quizá así podamos dejar de exigir a las mujeres que cumplan un rol que nos han dado por pura comodidad para los hombres, y que lo ejerzamos todos, ya que, podemos.
Ya lo demostró Eneas.
¿Se nos dará la oportunidad a las mujeres de ser feroces y a los hombres de ser domésticos?