Mucha suerte, Mónica

Hoy se conmemoran 30 años desde que, una vez más, un hombre, con mucho poder, quiso culpabilizar a una mujer de sus propios actos.

Y cómo, en aquel momento, lo consiguió.

Contando con todo su poder, dinero y control mediático, encontró las maneras de salvaguardar su imagen y perjudicar la de ella hasta convertirla en una de las primeras víctimas del ciberacoso.

Este no es otro que Bill Clinton. Y ella no es otra que Mónica Lewinsky, claro.

Os pongo en contexto.

Clinton tiene 47 años y Lewinsky 22. Él es el presidente de los Estados Unidos y ella entra a trabajar de becaria en la Casa Blanca.

Tienen una totalidad de nueve encuentros sexuales en los que ella le practica sexo oral.

Esto sucede entre 1995 y 1997. Pero es en 1998 cuando sale todo a la luz.

Mónica, quien había ocultado el «romance» (quiero entrecomillar mucho una relación sentimental en la que hay una diferencia de 25 años y él es un líder del mundo libre casado y con hijos), es traicionada por Linda Tripp, una compañera, quien graba sus conversaciones y las filtra para publicar un libro.

Pero eso no se debió todo al salseo, todo lo contrario. Porque, aparte de los intereses, dinero y reconocimiento, Tripp y toda la Casa Blanca estaban en plena investigación porque Paula Jones había acusado a Bill Clinton de acoso.

Mónica, obviamente, iba a mentir en su declaración. Por amor.

Pero claro, Linda no iba a mentir.

Y la verdad salió a la luz.

Y Clinton hizo lo que se esperaría de cualquier hombre casado que ha tenido una aventura: lo primero, mentir.

Lo segundo, encontrar el modo con todo su Gabinete político para desprestigiar la imagen de ella y hundirla.

Lo tercero, encontrar algo con lo que crear una distracción y tratar de salvar su imagen.

Todo el mundo estaba de parte de Bill porque, ¿cómo iba esa niña objeto de deseo de un hombre como Bill Clinton?

Ese caso hundió la carrera de Clinton.

El demócrata de pelo blanco, seductor, encantador, el nuevo Kennedy, cae en encuestas, y el partido castiga proponiendo a su vicepresidente Al Gore en las siguientes elecciones, y que gana… Ah, no, perdón, que «ganó» George Bush. (Las comillas han venido para quedarse)

Y claro, todos odiaron a Mónica.

Ella había hundido la carrera de Clinton.

Así es la sociedad del clickbait. Los crímenes contra la humanidad que puede ejercer un presidente, dando permiso y dinero para armas, guerras, invadiendo supuestas bases militares, siendo investigado por financiaciones cuestionables, se quedan en un segundo plano porque su trabajadora pudo confirmar que era su semen el que estaba en su vestido.

Y, de hecho, ¿no fue su participación bélica lo que le hizo recuperar su posibilidad tras el «escándalo» pese a todo?

Así que, bombardear un país, ok, adulterio, no ok.

¿Y qué fue de Paula Jones?

¿Qué fue del Whitewater en el que los Clinton fueron investigados por participar en un fraude immobiliario, uno de los motivos por los que empezaron a investigar en la Casa Blanca?

¿Qué fue de Irak?

¿Nadie recuerda que una buena cortina de humo para el escándalo que llegaron a llamar el Monicagate fueron los ataques a Irak? ¿A nadie le preocupa que la invasión de un territorio lave la imagen de un presidente? ¿Vale más el adulterio que la invasión?

Esto ubica a Mónica Lewinsky como la Helena de Troya del siglo XX, justificando la guerra entre Esparta y Grecia.

Nos sirve su imagen, su caso y su idea para ver cómo, de cara a la galería, no importan los horribles que sean los actos del hombre, no importa lo sanguinario de sus decisiones ejecutivas políticas, lo que importa es su moral sexual.

Y lo que vino de Estados Unidos, se lo comió la prensa internacional y nacional, ignorando por completo el asunto bélico para priorizar la moral de la relación del presidente y su mujer, porque parecía que eso sería la ruptura de los Brangelina de la política: ¿cómo podía pasar eso entre Hillary, que nos gustaba tanto, y Bill, que nos gustaba aún más?

Era importante que, esta mujer, Mónica Lewinsky, nos gustara mucho menos.

Sus «malas artes» eran una buena excusa para sacar los tanques a la calle, que debían estar cogiendo polvo con la de petróleo que había por allí; pero no podíamos quedarnos solo en eso, había que desprestigiarla, como ya se hizo con Helena, insultar su sexualidad, su moral, su conveniencia y, ya que estábamos en los comienzos de Internet, su imagen.

En 2014 Mónica Lewinsky reconoció, y fue reconocida, como la paciente cero del ciberacoso. Pero hasta 2014 lo que vivió Mónica Lewinsky fue la imposibilidad de tener una vida normal.

Clinton intentó culpabilizarla de todo aunque mucho tiempo después reconociera que estuvo ahí. Lo cual sucedió ya con la prueba de ADN que demostraba su participación en esas relaciones sexuales, unas relaciones QUE HABÍA NEGADO incluso en juicio.

Y aunque fuera así, el daño hacia Mónica ya estaba hecho.

Desde 1998 hasta 2014, Mónica Lewinsky, intentó dedicarse al trabajo, intentó centrarse en su trabajo como cualquier mujer abandonada por su amante, solo que este amante le lanzó a la prensa y la opinión pública de los conservadores norteamericanos, y del mundo.

Y ni siquiera pudo.

Años después, se ha sabido que no pudo acceder a diversos puestos de trabajo en Marketing, que su línea de bolsos apenas pudo salir adelante y que, sobre todo, sufrió un escarnio a nivel mediático y también personal.

Se marchó de Washington, se puso a estudiar, intentando vivir casi a escondidas durante años estudiando en Londres.

En una entrevista confesó que quiso acabar con su vida, como tantas personas que han sufrido ciberacoso. Y que, a día de hoy, está, a sus 50 años, saliendo adelante.

Durante treinta años ha sido un hazmerreír y es ahora cuando salen sus fotografías como modelo, se hace un poco de eco de sus artículos en revistas de moda, de sus estudios, se habla de su «resurrección».

Es decir, estamos contando en positivo que la prensa, los Clinton y la opinión pública no consiguieran que se suicidara.

Y que, por fin, después de tantos años, sea una Mónica más normativa, líder contra el acoso en redes, productora, activista, mujer Renacentista.

Hablamos en positivo porque, no sé, gracias a su familia salió adelante, gracias a su fortaleza salió adelante…

Pero, ¿era necesario que pasara por todo eso?

¿Es necesario que las mujeres jóvenes, trabajadoras, ambiciosas, paguen a nivel social por malas decisiones de alcoba mientras los hombres invaden territorios por dinero y poder?

Clinton ha seguido siendo Clinton. Ha seguido gustando. No ha vuelto a ser investigado por el Whitewater, su mujer hubiera sido presidente si Estados Unidos hubiera sido capaz de ver más allá del naranja fosforito neoliberal de los republicanos, ha lavado su imagen y ha mantenido buena parte de su status.

Mientras que Mónica, lo único que ha hecho, es resucitar de un escándalo del que ella era quien menos responsabilidad podía tener, por experiencia, status y relación entre poderes.

¿Y a qué viene Mónica Lewinsky en este blog? ¿No estamos hablando de mujeres que no quieren tener hijos?

Ciertamente, podría decir que leí en un artículo que Mónica siempre había querido tener familia e hijos, y que «no pudo ser».

Mónica Lewinsky, quizá esté a tiempo de hacerse una fecundación In Vitro, y quizá no. Pero las circunstancias por las que no ha podido ejercer la maternidad esta mujer, han venido por parte del machismo.

El machismo que insiste en la importancia de las mujeres teniendo hijos, insistiendo en nuestra responsabilidad, también elige qué mujeres deben ser vapuleadas y castigadas. Qué mujeres sobran.

Celebro hoy, 30 años después, que no acabaran con Mónica Lewinsky, la mujer a la que los medios presentaban como fresca, mala y gorda, la única mujer que veía en las revistas de mi abuela y pensaba que se parecía más a las chicas mayores de mi instituto, a las profesoras, a las mujeres del entorno de mis padres.

Pero claro, seguramente serían todas frescas, malas y gordas.

Y por eso hoy lo quiero celebrar.

Porque nunca podrán con nosotras, por frescas, malas y gordas que nos vean. Porque siempre habrá alguien que no se crea que Helena de Troya fue la causa de una guerra inminente entre Esparta y Troya, o que Mónica Lewinsky hundió la carrera de Clinton.

Y aunque me queda el resquemor de sentir que tantos como Clinton andan por el mundo cometiendo crímenes contra la humanidad, violando leyes internacionales, y apareciendo en libros de historia como héroes de guerra, me quedo con la historia de la fresca, mala y gorda como si esta fuera una de mis últimas esperanzas.

Como si su supervivencia pudiera desafiar el discurso de los falsos héroes y tiranos.

Mucha suerte, Mónica.


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