No quiero tener hijos está claro, pero tampoco quiero ir a cenar tataki

Mi mudanza está durando eternamente y me está trayendo menos alegrías de las que hubiera esperado.

Para empezar porque, en una época en la que todo el mundo vive con un FOMO y prisas descontroladas, mi marido y yo hemos tenido que desarrollar paciencia y espera. Mucha espera.

Y ya que nadie me lo dijo a mí, os lo digo yo: no os mudeis en verano.

Pensaréis, como yo, que es buena idea, que en vacaciones es más fácil pero si, en un proceso tan catártico como una mudanza, has de depender de empresas de mudanza y alquiler de coches, no importa el dinero que pagues o lo que te digan, tardarán lo que decidan y, de repente, hasta el verano es una excusa. El verano tiene la culpa, y tú también por hacerlo en verano. Shame on you una vez más.

Demasiadas sorpresas.

Y descubrimientos.

Estoy descubriendo más cosas de las que quisiera.


Estoy descubriendo que puedo escribir en un autobús interurbano.

Y que puedo prestar atención a un podcast.

Y dormir.

Y que estoy muy mal acostumbrada a estar en todas partes a la vez.

Y que ya no quiero estar en todas partes a la vez.

Estoy descubriendo el pudor de volver a estar en mi lugar de origen con todo lo que he cambiado. Como si hubiera estado jugando a ser otra persona durante diez años, como si ahora hubiera dos personas dentro de mí que necesitan coexistir para no destruirse.

Hace unos años escribí una obra en la que un personaje decía «todo está a un paso de su propia destrucción». Casualmente, o no, también estaba haciendo una mudanza, mi segunda mudanza en Barcelona, una que anunciaba ser bastante definitiva y que me alejaría de las cosas que yo quería entonces.

Esta mudanza me ha pillado igual, poco preparada y con el corazón que está conmigo pero no deja de apuntar hacia el mar y los amigos.

Pero también estoy descubriendo que aquellos amigos hacia los que apunta el corazón también están a la distancia de un WhatsApp, que entienden mi tristeza tras los GIFs, que siguen ahí, que aún están.

Y que gracias a ellos también encontré mi lugar en el mundo como amiga, como no madre, como dramaturga y compañera. Y que la nostalgia, la tristeza y la ilusión conviven, aunque parezca imposible.

Y claro, caemos en el tema de siempre.

Pero desde la compasión.

He descubierto que suscito mucha compasión.

Hay ciertos elementos tristes y vulnerables no sólo en mí, en todas. Siempre fue así, pero el capitalismo los ha acentuado. Antes podía intervenir lo sentimental. Ahora interviene la clase.

Y qué mal.

Qué mal por… Todo.

Si vivo en Barcelona porque no vivo en Madrid.

Si vivo en un pueblo porque estoy lejos.

Si escribo teatro porque poco se gana con el teatro.

Si no tengo hijos porque me faltan.

Y seguramente haya mucho de mi propia inseguridad pero también la de todos aquellos lanzando sus inseguridades como una metralleta y la de todos aquellos que estamos avergonzados por nuestra propia falta de interés o de vínculo con sus aspiraciones.

Y es que a veces es difícil, y en muchos aspectos. He conseguido que todo mi entorno respete y entienda que no quiero tener hijos, pero no que no me gusta ir a restaurantes pijos a comer tataki o que si voy al cine o un concierto no es por la «experiencia» fomistica sino porque me gusta la película o el grupo.

Supongo que como no está bien visto decir que no tengo interés en ser madre y nunca lo estuvo, no estoy acostumbrada a opinar buscando un «¿A qué sí?».

Pero lo voy a cambiar.

Ya que he cambiado en tantas cosas, que sirva de algo.

Así que no me llevéis a cenar tataki porque es un plato completamente sobrevalorado, ¿A qué sí?


Deja un comentario