¿La idea era hacer un club de lectura o vernos?

Hace tres meses, Caroline Magennis, en un gesto inesperado y muy considerado, hizo que su editorial, me enviase una copia de la versión en castellano de «Harpy: A manifesto for Childfree Women».

Ser de las pocas mujeres en España que pone cara y nombre a la no maternidad no suele tener muchos regalos u obsequios a cambio, pero claro, cuando los hay, te los llevas. Y no os imaginais la ilusión que me supuso que llegara un paquete a mi nombre desde Irlanda con un libro para que lo compartiera con mi comunidad. WTF?

Nadie me pidió nada a cambio, obviamente pero, ¿no os pasa que a veces cuando os hacen un regalo sentís que tenéis que hacer algo para corresponder al detalle? Puede que no, pero a mí me pasa. No puedo dejar simplemente que suceda el detalle, hacer un vídeo dando las gracias a la editorial, a Caroline y recomendándolo.

No.

Vivo en una sociedad capitalista que no me gusta, y en parte es porque vivo con intensidad esa sensación de que tengo que hacer algo más, de que me estoy perdiendo algo, de que esto que tengo delante es una oportunidad que tengo que aprovechar, que todo va mucho más allá que este momento y este regalo.

¿Una oportunidad de qué? pensaría una persona más tranquila y madura, y se plantearía opciones, pensaría, pasearía y no decidiría hacer un club de lectura en el momento en el que llega el libro. No decidiría que va a hacer todo lo posible para que este libro sea leído por toda aquella con quien pueda hablar. No se haría a sí misma una voz de algo que… Chica, que no hace falta.

¿Aires de grandeza o inseguridad milenial?

De modo que el día que abro el paquete, una amiga me graba en video, lo edito y comparto, en vez de leer el libro, dar las gracias a Caroline y la editorial, y luego buscar un lugar en la estantería, decido que tengo que hacer algo más.

Lo explico así porque, aunque a veces quieras hacer algo, sabes que no estás con la energía, pero lo haces de todos modos.

Y… ¿Está bien eso? ¿Es como debe ser?

Por un lado me apetecía muchísimo tener una excusa para poder quedar con las mujeres sin hijos que había conocido en MeetUp y algunas de las que he conocido por Instagram, así que fue un momento perfecto y una excusa ideal. Me hizo mucha ilusión crear el grupo, poner los detalles y recibir confirmaciones de asistencia.

Y por otro lado, era consciente de que estaba demasiado cansada y haciendo demasiadas cosas como para hacerlo. Dejo claro que nadie me pidió nada, las mujeres del grupo tienen agencia para quedar sin mí, para escribirse, para organizar cosas, la editorial tampoco me dijo nada, Caroline por supuesto me agradeció que hiciéramos el encuentro pero, seamos sinceras, nadie me dijo que tenía que ponerme a la espalda organizar un club de lectura en este momento de mi vida.

Podría haber esperado unos días. Unos meses. Podría incluso no haberse hecho.

Aunque menos mal que se hizo porque mereció la pena.

Y, a la vez, no era el momento.

Pero, lo hago. Y lo hago porque una parte de mí está deseando conocer a estas mujeres, compartir momentos con ellas, incluso generar un grupo, tener un grupo de amigas como en Sex in the city, o en el instituto.

Y también lo hago porque una parte de mí tira de donde solo hay cansancio y tristeza para hacer esto. Pero no por hacer un club de lectura.

Ayer lo vi claro.

Porque hablamos poquísimo del libro (aunque si me lee la editorial, que sepan que se lo compraron cuatro personas para el encuentro, y si me lee Caroline, es un libro que nos gustó mucho).

Y hablamos poquísimo del libro porque ninguna estábamos allí solo porque nos lo hubiesemos leído. Estábamos allí porque queríamos conocernos, queríamos estar con más mujeres, conocer a más personas.

Eso es lo que prevalece, la necesidad de conexión.

El club de lectura fue un buen punto de partida para juntarnos, pero creo que estará bien simplemente vernos. Porque creo que es lo que necesito en este momento, investigar sobre el tema, escribir, y conocer más amigas con las que conectar en esto.

Una barrera que sucede con las amigas con hijos es que, por sus propios horarios, quedar solo para cenar o tomar un vermut y contarnos la vida ya no es posible. La conexión espontánea ha desaparecido.

Ahora de vuelta en Madrid me doy cuenta de que hay muchas personas capaces de improvisar un encuentro en el mismo día, y otras tantas que dan audiencia con dos semanas, y otras que no te contestarán porque, en este momento, no les viene bien conectar contigo. Y otras que te dicen que sí y cinco minutos después recuerdan que tenían un plan.

La conexión y las amistades se han vuelto tan complejas que siento que los clubs de lectura o encuentros para escritura, ir al cine, teatro, escalada, etc, son los nuevos cursos de idiomas, las nuevas universidades, esos momentos de la vida que, para aquellos que nos sentimos más solos, nos dan la esperanza de que aún podemos conectar, que no hemos sido rechazados ni por el tema de las criaturas o por cualquier otro. Que aún podemos formar parte de algo.

Y esa esperanza bien vale la pena el cansancio.

Ojalá vuelva la conexión espontánea y las cenas sin un plan detrás.

Hay una frase que me resuena de «Arpías», que es «La gente quiere que quieras lo mismo que ellos».

Me parece importante porque puedes ser la persona que no quieres lo mismo, o puedes ser la gente, que no se plantea hasta que punto sea invasiva o expansiva con sus deseos.

¿Tú cuál eres?

Gracias por leerme, porque siendo una mujer sin hijos que no os cuenta lo maravillosa que es su vida, que no viaja a todos los continentes para demostrar mi nivel de vida, que no va de nada especial, aún así entráis a leer.

Y lo agradezco más aún porque cada vez siento que hay que compartir menos en lugares como Instagram o Facebook. Las redes sociales empiezan a ser un pozo neoliberal en el que no hablo el lenguaje y, además, siento que no merece la pena hablarlo.


Deja un comentario