Disidencia

Cuando era pequeña, no soñaba con ser madre. Nunca soñé con ser madre. Aunque podría haberlo hecho y haberme desencantado por el camino.

Podría haber sido madre. Podría haber tenido hijos y ahora estar desencantada o preocupada por lo que está pasando en el mundo.

Podría estar feliz.

Aunque a día de hoy, no estaría feliz porque, en líneas generales, veo francamente difícil permitirme la felicidad en vez de una preocupación y miedo por este mundo que conocemos y que se desmorona.

Aunque deberíamos admitir que ya se desmoronaba y que un período de entreguerras no podía llegar más lejos y que hemos empobrecido otros territorios gracias a nuestros falsos estados del bienestar (solo para unos pocos), pero bueno…

A día de hoy, lo único que soy es algo que no te enseñaban de pequeña.

A ser disidente.

A señalar aquello que está mal y a desear aquello que crees que está bien y que deseas, a obrar desde otro lugar.

Porque no aprendí a ser madre pero tampoco a que, el no convertirme en una, me convertiría en disidente.

Me hubiera gustado entender que el capitalismo no me haría feliz y que solo me crearía falsos intereses y conversaciones vacías en las que intentaría agradar a personas con las que no tenía nada en común.

Me hubiera gustado entender que aquella vez en la que se rieron de mí porque era radical en mi pensamiento, no es que me faltara razón o que eso fuera lo importante, es que me faltaba valor para asegurarme. Me hubiera gustado entender que los radicales y los disidentes nunca tenemos suficientes argumentos para complacer a las personas que encajan. Qué podremos pasar la vida explicando a nuestros amigos normales por qué algo no nos interesa o por qué se aquellos principios que nos mueven.

O por qué tenemos contradicciones en algunas cosas ajenas al lujo o al consumo (no os pasa que se justifican las contradicciones siempre que haya un consumo detrás). O por qué la inacción a veces gana.

La disidencia no es agotadora de por sí, la gente la hace agotadora.

No tener hijos es tan normal como tenerlos, y más aún en este momento en el que el mundo está inestable a todos los frentes y tenemos a diversos desequilibrados en puestos de poder, financiados por gente aún más desequilibrada.

Gente que, por tener dinero, crea las normas. Crea las religiones, los credos, las modas y decide en nuestras éticas.

Nunca me había sentido tan disidente.

Pero no por el tema de no tener hijos, ahí empiezo a ver más mujeres como yo. Mujeres que salen, que hablan, que crean, y que crecen, que son legión.

Empiezo a verlas.

Mientras algunos gobernantes intentan conquistar nuestros cuerpos, mentes y capacidades, crecemos.

Aunque nos programaran para ser madres, muchas mujeres hacemos lo que elegimos con nuestro cuerpo.

Y nos llaman disidentes porque no entienden que tengamos una agenda fuera de su norma.

Pero algunas la tenemos.

Incluso aquellas con hijos no acaban de encajar con otras voluntades.

Nadie me enseñó a ser disidente, a ninguna, y lo somos.

Así que, ¿para qué fingir?

¿Para qué agradar, por qué negarlo?

Alicia Valdés habla en su libro «Política del malestar» de cómo desear cosas fuera del capitalismo es visto como algo extraño (confirmo) y Caroline Magennis en «Arpías» habla de cómo nadie entiende que no quieras lo que ellos quieren.

Visto desde todos los ángulos, eso es la disidencia. Suena serio y muy político, y puede llegar a serlo, pero puede que seas tú mismo un disidente.

No te ocultes.

Al final, no merece la pena.

Pd: que sí, que hay madres disidentes en su crianza. Puedes leer sobre ellas en Madremente, su podcast y su refugi de les mares en Barcelona. Hay millones de eventos, podcasts, libros, películas y contenidos en Internet. Yo no tengo por qué darles más voz aunque entienda, acepte y aprecie su existencia y naturaleza.


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