En realidad me lo pasé muy bien.
De camino de vuelta a casa me centré en lo bien que me lo pasé.
Fuimos a un sitio agradable y bonito, de esos a los que vas cuando quieres subir la apuesta en una de esas quedadas que tardan tanto en salir adelante. Vas a un sitio que está un poco por encima de lo que solías pagar por ir a tomarte algo y para el que te arreglas también un poco más de lo que harías normalmente porque, quieras o no, lo que antes era cualquier tarde de vermut, ahora es una ocasión especial.
Me gustaría culpar al pisco sour. Como no soy una persona acostumbrada a beber alcohol, quizá una bebida tan fuerte pudo tener un efecto algo más contundente del que esperaba. Y es que es una debilidad. Además es una bebida que tiene su gracia, ¿sabes? Se prepara con pisco y zumo de limón. El término sour viene de pertenecer a esa familia de cócteles que emplean el limón como parte de la receta y es un importante refrigerio tanto en Chile como Perú. La gracia es que ambos lo consideran su cóctel nacional, su marca de identidad, como una propiedad exclusiva. El pisco sour es un referente único en dos lugares, y coexiste como bebida tradicional en ellos. Quizá eso me va bien, ya que llevo 10 años en Catalunya y yo misma ya no sé si soy patrimonio de un lugar o del otro, de ambos o de ninguno, o quizá el efecto del pisco sour me hace ponerme existencialista.
Tiene gracia que ese elemento fuera de los momentos más importantes de un encuentro que llevábamos esperando bastante tiempo. Un encuentro al que llegué y en el que, aunque ya lo sabía, iba a tener bastante poco que aportar.
Y es normal, la vida estas dos parejas de amigos dista bastante de la mía y, desde hace unos años, decidieron formar sus familias, casi a la vez. Entre cuatro adultos tienen cinco hijos pequeños. Los niños tienen entre seis meses y cinco años. Esta vez no les acompañaron, uno estaba con sus abuelos y otro en la compañía de una niñera. Era una ocasión única. Cuando tus amigos tienen hijos, comienzan a formar parte de tu vida también, y son divertidos, adorables y graciosos, pero hay momentos en los que la comunicación previamente establecida, sus antiguas vidas, sus antiguas conversaciones, buscan un hueco por donde volver. Y ahí estoy yo.
A lo largo de la comida hablan de cosas importantísimas para los cuatro. La dificultad en la crianza, la imposibilidad de combinarlo con el trabajo (para lo cual tienen niñeras, abuelos, un círculo de amigos con hijos que se apoyan los unos a los otros), a falta de sueño, el estrés, la soledad, la depresión post-parto, el cambio de cuerpo, el gasto, como esta comida es un evento que va presupuestado de manera independiente ya que tampoco se lo pueden permitir cada dos por tres, ¿o sí y estoy proyectando mi propia condición de asalariada de clase trabajadora en la que esta comida y pisco sour se salen por completo de mi presupuesto pero no me importa porque es un día especial?
Pero en realidad los cuatro llegan a la misma conclusión, todo merece la pena porque ese amor incondicional no es comparable con nada más en el mundo. Creo que ese momento me pilla dando el penúltimo sorbo de mi pisco sour. Miro a mi alrededor y me da la sensación de que los colores se reinvierten, que el cielo es color gris del cemento del suelo, y el espacio bajo nuestros pies es de un azul inmenso. Mis amigos ríen y lloran, están felices y a la vez están tremendamente asustados y tienen una inseguridad al respecto al futuro que les pesa más que las nuevas responsabilidades, pero están felices, se entienden, están solos y a la vez no están solos. Y siento cómo he empezado a descomponer mi propia piel y empiezo a verme fuera de la escena, como si estuviera sentada sola en otra mesa, como si me estuviera tomando el pisco sour yo sola, en otro lugar, como si ni siquiera les conociera pero estuviera prestando atención a una conversación en la que no participio. Pero en realidad estoy, y sí que estoy participando, y sí que voy cogiendo todas esas responsabilidades y voy sumándolas, viendo la montaña delante de mí: el trabajo, la falta de sueño, los gastos, las responsabilidades, el miedo… ¿Dónde colocan el amor y la felicidad? pienso.
¿Por qué no encuentro el lugar de la montaña en la que han colocado todo esto?
Quizá lo estoy imaginando mal y es más bien como una balanza. Y el amor y la felicidad pesan tanto o más de los quintales que está pesando todo lo que me cuesta pero yo… No lo veo. ¿Por qué no lo veo?
Hace dos años que empecé a intentar visualizar la montaña, la balanza, lo que fuera. La única montaña que veía era la de avalancha de amigas, conocidas, familiares que se quedaban embarazadas y comenzaban una familia. Debí mandar millones de felicitaciones en menos de dos años. Vuelvo allí, a los mensajes, a pensar en si eso ya lo había vivido antes, en si me pasó con 32, 35, ¿cuándo dejaría de pasar?
Pero vuelvo. Vuelvo al momento presente y estoy en la mesa, y lo entiendo, claro que lo entiendo. Les digo que lo entiendo. Abrazo a mis amigas. Abrazo a mis amigos. Les doy ánimos. Les digo que todo irá bien, aunque no lo sepa porque, entiendo, eso es lo que les tengo que decir.
Cuando estoy volviendo a casa, me doy cuenta de que sigo en cierto estado de ensoñación y que tengo abiertas varias pestañas abiertas en el móvil en los que busco palabras como «childfree» o «encuentros» o «reuniones de personas sin hijos». No he encontrado mucho, aunque sí de solteros, clubs de lectura, visitas guiadas, senderismo y cerámica. Me apunto a un par de senderismo.
Pero no me lo he pasado mal. De verdad que no.
También ha habido espacio para mí. Hemos hablado de mis cosas, de qué tal me va el trabajo, de cómo está mi casa, de qué he hecho últimamente. Y eso ha sido lo peor, porque claro, cuando me han preguntado qué he hecho últimamente no he sabido por dónde empezar. Estaba completamente fuera de mi zona de comfort, y había gastado toda mi energía en entrar en su mundo para entenderlo, hablarlo, comprenderlo… Y ahora de vuelta.
No sé muy bien qué les cuento pero lo reciben con ilusión. Hablan de su vida de antes, de cómo eran como yo, de cómo me va genial, de cómo tengo que organizar mis vacaciones ya porque van a subir los precios y ellos cuando no tenían hijos lo hubieran tenido todo organizado ya, de a dónde tengo que ir, de cuándo y cómo.
Entiendo que ellos echan de menos su vida de antes y que proyectan esa vida de antes en mi vida de ahora. Lo que no entienden es que esa es la vida que va a seguir, que no necesito ir hacia ese lugar, que tengo una vida bastante plena y que no necesito establecer comparaciones. Entiendo que ellos quieren que siga formando parte de sus vidas, y todos estamos buscando cómo hacerlo.
¿Está mal que busque un lugar más para mí? ¿Está mal que piense que puede haber más gente como yo, más gente en este presente sin hijos que esté construyendo un futuro distinto? No, ¿verdad?
Apago el móvil. No he encontrado nada ahora.
Y llegan las fotos y los vídeos de los niños de mis amigos.
Realmente son muy graciosos. En sus vídeos abrazan a su hermanito, o leen un cuento, nunca vomitan o se hacen pis en el sofá nuevo, o dibujan la pared, o gritan hasta tener la cara morada. Pero sé que eso existe. Y no puedo evitar pensarlo también cuando les vea. Pero pongo caritas sonrientes y me río. Me alegro por ellos. Y por mí.
Llego a casa y bebo agua mientras me quito los zapatos y miro por la ventana. Todavía entra un poco de luz por la ventana.
No tengo las mejores vistas pero ese ratito de paz y ese horizonte que puede durar hasta la hora de cenar no es soledad. Puede ser paz.
Un millón de pensamientos, ideas y planes pasan por mi mente y me siento a dedicarles un espacio. ¿Por qué tengo la sensación de que mis amigos tienen más vida social y conocen más gente que yo? Han hablado de un montón de padres del cole, del parque, danza, fútbol, la academis de inglés…
¿Dónde puedo conocer más gente yo?
El móvil parece una solución, y también una condena. Tiene todas las respuestas y ninguna.
Quizá me ponga las zapatillas y salga a dar un paseo. O quizá coja un libro y le dedique un rato hasta la hora de cenar.
Y pienso que es lo mejor para mí mientras el silencio y la calma inundan la habitación.
Eso sí, es el último pisco sour que me tomo.