…yo también quería hacer felices a mis padres

«Mi madre se va a poner tan contenta»

«Mi padre va a disfrutar tanto con el peque»

«Mis padres van a ser unos superabuelos»

No soy ajena a los sentimientos, y mucho menos soy inmune a la profunda tristeza que me provoca pensar que mis progenitores puedan sufrir por mis decisiones vitales.

Soy hija única, ¿sabéis lo que eso significa?

Cuando eres hija única te crees el puto culo del mundo en lo que se refiere a la felicidad para tus padres. Llegas a pensar que cualquier decisión en tu vida ha de ser sometida, aprobada o, por lo menos, validada por ellos. Cualquier cosa cuestionable es un paso en falso. Cualquier momento en el que tú les generes cualquier tipo de dolor es imperdonable.

La idea de familia cuando vienes de una familia pequeña es muy frágil. En vez de sentir que sois un equipo y que nada podría romperlo, el miedo a la separación es gigantesco. Una imagen que representa muy bien la de la pelea en una familia pequeña es la de la tortura del desmembramiento. Un poco como esto:

Digamos que esa persona a punto de reventar su sistema óseo contra su voluntad es el núcleo familiar. Y los caballos somos la familia.

Las familias a veces pueden ser cuatro personas tirando en direcciones opuestas.

De hecho, de no haber sido por mis abuelos, no sé cómo lo hubieran hecho.

Y aquí comienza la cadena: con los abuelos.

Los abuelos son muy felices con la llegada de los nietos. That’s a fact.

Sin embargo, este rol de ángel de la guarda que asumen personas en los años de su jubilación y un merecido descanso post jornada laboral eterna y maternidades, a veces se convierte en una segunda maternidad: Abuelos a la puerta del colegio, a la puerta de las extraescolares, sentados en un parque limpiándose las gafas sin saber si están sucias o tienen cataratas, abuelos leyendo el Pollo Pepe, personas en torno a los 60 años siguiendo la jornada laboral de sus hijos.

La gente tiene hijos y eso hace felices a sus padres porque les da una labor, ¿no? Porque, ¿qué harían si no en su largo día de inactividad? ¿Cómo no van a querer repetir la maternidad?

Es cierto que los abuelos disfrutan mucho de los niños, que se ríen con ellos, que les ayuda a conectar más con la vida y la alegría, pero, ¿eso hace que estén preparados para que sea un trabajo diario? Porque a veces lo es.

Huy.

¿Cómo?

Ah…

Vale.

Me llega la voz de la conciencia, el pepito Grillo que me recuerda cómo la gente con hijos está tremendamente superada y no tiene más opción que pedir ayuda… Y además que el Pollo Pepe es uno de los mejores libros de la literatura infantil moderna y que, aunque no imagine a mi padre leyéndolo, no significa que a NADIE le aburra o le canse leerlo 20 veces al día.

Perdón.

Lo que quería decir es que esto es una situación estructural. ¿Sabéis lo de «aprieta pero no ahoga»? Pues yo veo ciertos signos de asfixia.

Si los trabajos son de 9:00 a 18:00 y los colegios de 8:30 a 17:00 está claro que los progenitores, o reducen su jornada (y dime tú si todo el mundo tiene un trabajo en el que puede reducir la jornada y conciliar), o hay que contratar un canguro o llamar a los abuelos. La canguro hay que pagarla y los abuelos salen gratis y, además, están encantados.

Pero… Perdona, Pepito Grillo, es que tengo una pregunta porque, tal y como lo entiendo, cuando llega tu jubilación, llega el momento de abandonar las rutinas laborales y los cuidados. De hecho, con 40 años, yo ya estoy más cerca de pensar en cuidar a mis padres que en que ellos me cuiden a mí o se responsabilicen de mis cosas. ¿Es completamente erróneo el suponer que a los abuelos les gusta ver a sus nietos, quedarse con ellos a veces, regalarles cosas, malcriarles, llevarles al teatro sin adquirir nuevos horarios ni aprenderse de memoria el Pollo Pepe?

Nos puede parecer normal que personas de más de 60 años, que están pendientes de su propia jubilación por cierto (algunos abuelos en España aún no se han jubilado), dediquen estos años a nuestras criaturas. Pero, ¿lo es?

«Lo es.»

Alguien ha decidido que lo es.

Pero, ¿qué hacemos si son nuestros padres quienes necesitan nuestros cuidados?

¿Qué hacemos si ellos mismos están teniendo problemas con sus pensiones y jubilaciones?

¿Qué hacemos si no podemos, ni con ayuda de nuestros padres, pagar esa maternidad?

¿Qué hacemos si no hay hueco para los niños en los colegios?

Y además, ¿qué hacemos si no queremos tener hijos?

Ni Pepito Grillo ni yo tenemos una respuesta, pero diré una cosa.

El sistema no lo pone fácil ante cualquier tipo de carga familiar, ya sea el tener hijos, nietos o cuidar de familiares enfermos, así que no me parece indecoroso decir que no le debemos nada.

Tampoco debemos nietos a nuestros padres.

Esa idea de los abuelos que viene del abuelo de Heidi es un ideal ficticio que sirve de solución y de condición. Genera un acuerdo entre la felicidad de unos y la responsabilidad de otros. Pero no todos los abuelos pueden gestionar una segunda maternidad, y muchas personas no pueden (o no queremos) gestionar la primera.

Aunque algunos sigamos siendo niños deseando hacer feliz a la gente que son (o fueron) nuestros padres. Deseando que sonrían con nuestros logros. Deseando que nos quieran por encima de todo. Deseando su felicidad.

Pero no, eso no se lo debemos a nadie.

Y quizá deberíamos tener una copia del Pollo Pepe por casa.

Realmente está muy bien.


2 respuestas a “…yo también quería hacer felices a mis padres”

  1. Tienes mucha razón con este tema. En mi humilde opinión, los hijos, se debería tener, si se tiene, con recursos (en la medida de lo posible) y sin cargar de trabajo a los abuelos. No me parece una obligación tener hijos, ni un derecho. “Los niños tienen derecho a unos padres, pero los adultos no tienen derecho a unos hijos” (Programa “Eso, no se pregunta”). Creo que nadie tiene derecho a tener hijos, y, por extensión, también puedo defender que nadie tiene un derecho inalienable de tener nietos. Además, pienso que los mayores se merecen tener su vida. Una cosa es tener a los nietos un ratito, y otra cosa es tener una carga.

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