Esta es la historia de un referente.
De uno de esos momentos en los que, siendo pequeño, hojeas un libro, miras por la ventana, encuentras una imagen, un sonido, un objeto, que encaja perfectamente con lo que te va a llevar al siguiente paso.
Como si dieras un paso hacia algo.
Como si comenzara un cambio.
Y a mí me pasó con Monstruos, dioses y hombres de la mitología griega de Giovanni Caselli.
En concreto, con esta imagen de Artémis.

Esta fue la primera vez que la vi, y que pude leer una parte de sus historias, mitos y leyendas.
Viviendo una infancia de interiores, en la que apenas veía nada más allá que mi habitación, la terraza de mis abuelos, de los bosques de mi pueblo, en el que no había ningún tipo de contacto o visión de animales, ver esta imagen, en la que todos los ideales de belleza y libertad se unían, se quedó en mi retina para siempre.
La belleza de esta ilustración es abrumadora, sobre todo por la sensación de ligereza y tranquilidad que tiene tanto animales como diosa. Están trotanto por el bosque.
Es imposible compararse con una ilustración en la que una mujer de facciones perfectas, con pendientes y diadema en forma de luna, un pelo negro de rizos perfectos, un vestido vaporoso y favorecedor, armas que no parecen amenazantes, corre rodeada de animales desproporcionados (el jabalí tiene el tamaño de un ave).
Yo quería ser Artémis solo por esa imagen, pero me ha resultado extraño como, con los años, lo que llamamos instinto, tiene algunos aciertos curiosos e inesperados. Porque esta diosa tiene muchos más mitos e historias que los de una simple diosa de la caza.
Sus mitos crean un referente tan complejo, contradictorio y rico, que casi es una pena que no sea real.
Para empezar, Artémis tiene un hermano, Apolo, que nació escasos minutos después que ella. Leto primero parió a su hija y, en este mito, se habla de como había ciertas complicaciones en el parto, de modo que, Artémis, su recién nacida (aunque ya sabéis que los dioses nacen «adultos» en mitologías occidentales) la ayudó en el alumbramiento.
Quizá por haber tenido una función tan marcada nada más nacer, quizá por adelantarse a los acontecimientos, pero desde ese momento Artémis fue reconocida como diosa de los partos, de las asistencias. Fue comadrona y doula desde su primer aliento.
Siendo todo un mito, todo vale y todo cuenta, pero aunque ella estuviera de responsable en este momento de la vida, según se cuenta, pidió a Zeus, dios y padre, que la ayudara a mantenerse siempre virgen, como modo para prevenir un posible embarazo.
Artémis nació, vio un parto y dijo NO WAY JOSÉ.
Con ella no hay por qué hablar de un contexto, ya que era una diosa, estaba por encima de cualquier mentalidad mortal y, si encontraba lugar a discusión, tenía armas para acallar otros puntos de vista.
Eso suele disgustar mucho de personajes como Artémis y Atenea, y suele encantar a los hombres con personajes como Marte, dios de la guerra. Supongo que es mucho más peligrosa una mujer que vive en el bosque, rodeada de belleza y naturaleza pero capaz de asesinar a sangre fría a cualquier hombre que pretenda abusar de ella, antes que un hombre con armas que incita al homicidio político a base de reclutar hombres menos
privilegiados que ellos para que mueran por iniciativas que no les competen.
Puede parecer una decisión limitada e inmadura, e incluso que «luego se arrepentiría», y eso se completa con una de las grandes teorías sobre Artemis, que es la de ser una adolescente, de no llegar a ser una diosa adulta como podrían ser Hera, Démeter
o Afrodita.
Una diosa adolescente especializada en los cambios.
Está claro que dar importancia a esta historia en concreto nos ayuda a potenciar el hecho de que Artémis, si se diferencia de otros dioses es, precisamente, por ser una diosa de los cambios, de las intersecciones, de los cruces de caminos.
De los caminos y los pasos.
Artémis ayuda a los adolescentes y niños a dar el paso a la vida adulta.
De modo que, para ganar la confianza de un adolescente, es mejor parecerlo, y mejor que parecerlo, es serlo. De modo que Artémis siempre permancerá adolescente y no dará a luz.
Además, porque ese fue su primer pacto. Artémis no será madre, y no dará a luz, y será protegida de ello.
Artémis pidió la anticoncepción definitiva. Se podría hablar de cómo ha habido mujeres que han abrazado el hábito y la vida religiosa, pero Artémis eligió la naturaleza y el mundo salvaje, ajeno a las polis, al cielo y a todo lo que fuera un asentamiento.
Es una rebelde, una hippi, una antisistema hija del privilegio. Y eso acompañado de convertirse en la diosa de la caza, de las mujeres y, en muchos casos, de las causas perdidas (justas, siempre con los perdedores, que solo pueden ser bondadosos acusados de perder por una sociedad altamente y enfermizamente competitiva).
Artemisa ayuda a Eneas. Eso se dice de La Ilíada.
Salvó a Ifigenia, la sustituyó por una corza para que fuera sacrificada y la llevó a una isla.
Esa es la Artémis que os quiero transmitir porque… ¿Por qué todas deberíamos ser Hera, Afrodita, Zeus, Clitemnestra? ¿Por qué no hay mujeres que eligen voluntariamente y primigeniamente la no maternidad?
Si existe en una mitología tan patriarcal como la griega (como si las otras no lo fueran, en fin), ¿por qué no va a guardar el mito alguna semejanza con la vida?
Hay mucho sobre Artémis, muchísimo. Que si Ovidio y Virgilio decidieron que Hécate y Artemisa podían ser la misma, que si era la protectora de los animales, la flor de azafrán, que si absorbía a los dioses locales, que si Worthasia, diosa de la guerra, se asoció con Artémis…
Pero no acabaré con lo más alegre de Artémis, porque hay una parte más que, creo, es
indispensable para su historia, la nuestra, y la de las madres.
Porque Artémis también tenía una relación con la muerte.
Con la muerte en los partos.
A día de hoy, en España, la muerte perinatal está en 1 de 200 niños, y de unas 13 mujeres de 10000 nacimientos. Seguramente en la época en la que se escribieron los mitos, era un porcentaje mucho mayor.
Artémis es una diosa de las transiciones. Y siempre que padecemos una pérdida, un dolor, se nos habla de la muerte como una transición.
No sé si lo habéis pensado, pero cuando no tenemos ninguna muerte cercana, o vivimos en la burbuja de la vida, alejados de la muerte, se habla de de la muerte como el FIN, mientras que las palabras de consuelo se repiten como un loro, con facilidad, con ligereza, ya que no sabemos qué otra cosa decir.
La muerte, si es una transición, es muy dura, porque es la única en la que no sabemos a dónde nos llevarán, y, sin embargo, sabemos que llegará. Incluso a los niños.
Es muy duro pensar en los niños como seres vulnerables, y asumir que no están ajenos a esa transición, pensar que Artémis puede acercarse a la cuna de alguno para comenzar esa transición, sin explicaciones, sin argumentos, sin motivo.
Y eso no la hace buena, ni santa, hay muchas historias chungas de Artémis como una líder femenina aunque totalitaria y radical que me han parecido de lo más chunga pero… ¿Acaso iba a ser un compendio de luz una diosa?
¿Acaso no están llenos de oscuridad los actos de los dioses? ¿Acaso no se les justifica por eso mismo?
¿Acaso no está la vida llena de oscuridad?
Seguramente por eso es tan bonita cuando se llena de luz.
Como cuando todo se parece a esa imagen de Artémis corriendo con todos sus animales en el bosque, cuando esa luz ligera nos alumbra y respiramos como si el acto de respirar no fuera un gran regalo por sí mismo.
A veces no puedes elegir.
Y cada día no es una imagen para enmarcar.
Pero si puedes, y quieres ser esa mujer que corre con sus amigas y animales por el bosque, espero que encuentres pronto a esas amigas.
Hazlo.
Encuentranos.
Una respuesta a “Artémis: diosa y comadrona”
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