Ese momento ha sido ahora.
Hace unos escasos segundos me he dado cuenta de que sí, de que siempre lo supe y que lo contaba en las historias que escribía.
El inconsciente no me ha llevado a la infancia, al momento en el que empezaba a escribir poemas o relatos cortos, aunque algún día debería abrir ese melón, pero hoy donde me ha llevado, ha sido a las clases de guión cinematográfico en la Escuela de Cine de Madrid, un lugar en el que pasé todas mis mañanas durante tres años, convencida de que, algún día, escribiría películas o series.
Mucho antes de este momento de hoy, que no llamaremos revelación, o sí, pero puede que no lo sea, pero mucho antes, supe que no sería guionista, aunque no quise darme cuenta. Creo que lo tuve claro al comenzar tercero, cuando dije, sin ningún tapujo, que tenía dudas sobre dedicarme al guión. El profesor agradeció mi sinceridad y muchos compañeros también, menos competencia.
Sin embargo, ese mismo año escribí «El humo de Paula», mi proyecto de tercero de guión, de fin de carrera, el final a mis estudios como guionista, un largometraje que, algún día, llevaría a algún sitio… De hecho, muchos años después me encontré con el mismo profesor a la salida del cine de Moonlight Kingdom y me preguntó qué fue de ese guión. Me avergonzó decirle que no llegó a ningún sitio y que había estado intentando dirigir cortos, trabajar en rodajes, y que no llegaba ninguna oportunidad de guionista, así que creo que le mentí, le di las gracias, le dije que haría algo y simplemente me fui.
«El humo de Paula» no trataba de una mujer que no quería tener hijos, sino de una mujer que vivía su vida y tenía una trama entera sin tocar el tema en absoluto.
Basada en ciertas historias de mi familia, Paula vivía con su madre porque era muy mayor y había vivido mucha precariedad laboral y no se había podido permitir vivir sola. Tenía una relación con un músico, se querían mucho, pero no querían «nada serio» o habían decidido, simplemente, no vivir juntos… Eso tampoco importa mucho.
El caso es que el detonante es la llegada de un cáncer y de su sobrina, que se ha ido de la casa de su hermano en el pueblo para buscar trabajo en la ciudad y que su tía la ayude.
La tía la ayuda, ve en ella a una Paula joven, ambiciosa, apasionada por la música, con ganas y entereza para ser cantante, y con cierta fascinación con los hombres más mayores como SU NOVIO, quién, claro, está bastante expuesto a tener un desliz con la SOBRINA DE SU PAREJA que, además, ya es MÁS MAYOR, MENOS ATRACTIVA y, total, lo debe entender y cuando puede, también tiene otro flirteo con otro conocido (lo escribí con 25 años en el 2009, que nadie me juzgue con demasiada dureza).
La historia de Eva al desnudo, pero en música, en los inicios de los 2000 y con conflictos familiares y denunciando los serios problemas de salud de una mujer sin hijos a la que, prácticamente, dan por perdida porque, ¿para qué? Más allá de que cuide de su madre, el mundo puede seguir adelante sin ella, ¿no?
Pese a todo, y aunque hay cosas que a día de hoy no admitiría ni de lejos (NO A ENAMORARSE DE SEÑOROS ROCKEROS, POR FAVOR, Y SI SON PRÁCTICAMENTE TUS TÍOS, pero ¿en qué puñetas estaba pensando? ¿Qué clase de notas estaba cogiendo en esas clases por las que pagué un dineral?), me sigue gustando mucho pensar que pude escribir un largometraje entero en el que esa mujer, como en Qué bello es vivir, aunque siente que no tiene un lugar en el mundo, ve a través de los demás, cómo es necesaria e imprescindible, y aporta algo. No necesita ser demasiado trabajadora, o la cuidadora abnegada de su madre o por ser un referente para su sobrina (la cual es una némesis de la que me arrepiento y que refleja mis propias inseguridades hacia compararme con otras mujeres), sino por su propia existencia.
Es hija, amiga, trabajadora, familiar. Y todo eso la hacía única. Y aguantaba una trama entera. Y pude contar mucha desesperanza hacia las mujeres y la enfermedad.
Y lo hice porque, aunque tampoco me diera mucha cuenta, tenía muchos referentes de mujeres sin hijos a mi alrededor, más de los que me daba cuenta.
Y gracias a ellas, salió el personaje de Paula.
No sé dónde puede existir una copia de esta historia, creo que se ha perdido entre las mudanzas, y entre los pedazos y huecos de la vida misma. No creo que se recupere ni que vuelva, pero me gustaría reescribir su final y darle uno muchísimo más esperanzador.
Darle el final que tanta gente no quiere darle, uno en el que le dan buenas noticias, y en el que mantiene esta relación que le hace feliz y en la que las convenciones no acaban de pasar filtros morales pero, ¿a ti qué te importa? y en el que su sobrina no es su némesis, solo lo parecía porque ambas estaban perdidas, pero se encuentran y celebran las buenas noticias.
Un final en el que las tres generaciones pudieran unirse y celebrar la no linealidad de las familias, las uniones, y sus vidas, con y sin pretensiones, con y sin triunfos concretos.
Porque el triunfo y el final feliz eran esas tres mujeres tomando el sol en una terraza. Ahora lo tengo claro.
Pensar en ello, recordar esta historia, me ha llevado a recordar las otras, sobre las que comentaré algo en próximas entradas.
Y sí.
Eran historias de mujeres en las que la maternidad no tenía ningún rol.
Eran historias escritas desde el 2006 hasta el 2018, una época en la que, estoy convencida, no había una intención tan clara por parte de la ultraderecha en volver al conservadurismo más rancio, y en el que había una menor presión a las mujeres para hacerlo TODO, tener hijos, tener carrera y ser perfectas.
Tendré que seguir pensando en ello.
Qué suerte ese día en el que estaba haciendo ejercicio e hice un parón para seguir leyendo Harpy de Caroline Magennis, y el capítulo cuatro me hiciera recordar ese guión, y todos los demás.
Qué suerte tener el hueco de ponerme a escribir esto.
Qué suerte que sea ahora mismo.
Qué suerte que alguien pueda leerlo y, quizá, le venga bien saber que hay más gente cuya vida no gira alrededor de la maternidad.
Una respuesta a “Cuando me di cuenta de que mis guiones siempre habían sido «childfree»”
wow!! 89No quiero tener hijos está claro, pero tampoco quiero ir a cenar tataki
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