Esta historia la he leído demasiadas veces.
Una mujer.
Una mujer que cuida.
Una mujer que cuida, que empieza cuidando a su madre.
Una mujer que cuida, que empieza cuidando a su madre y acaba cuidando a su suegro y a su suegra.
Una mujer que cuida, que empieza cuidando a su madre y acaba cuidando a su suegro y a suegra a cambio de nada. Porque es verdad, a cambio de los cuidados no viene nada. A lo mejor sientes que eres una de esas personas que se sienten bien cuidando de los demás, que se sienten completas dando cariño, acompañando, dando, dando, siempre dando. Pero, en estos casos, no estamos hablando de una mujer que hace un voluntariado un par de días fuera de su casa. Hablamos de la imposición de una realidad brutal de la que no hay manera de escapar.
Bueno, sí la hay, pero pensad en esa mujer que cuida, que no para entre una persona mayor que necesita cuidados, entre una, la segunda y la tercera. ¿Cómo escapa? ¿Con qué fortaleza decide que ha sido suficiente y que alguien más es quien debería ocuparse de estas personas? ¿Qué sucede si se marcha, quién se queda al mando?
Esta mujer que cuida y que se ahoga, y que pese al refrán «Dios aprieta pero no ahoga», sólo existe porque la idea es sobrevivir, aguantar y ser capaz de sacar adelante todo lo que se te impone. La idea es seguir respirando, y no quejarse demasiado por el camino.
Y en esas suelen estar, en sobrevivir, en aguantar los cuidados, en dejar que tu vida sea la otra persona durante 24/7, para que llegue alguien y te diga que mejor tengas hijos ya, para no arrepentirte, para sentir el amor, para ser feliz. Y estas mujeres, porque empezamos con una perso sabemos que son muchas, aquellas que no quieren maternar (porque otras, seguramente pese a todo, aun quieran) dicen que no, dicen que no quieren, que no pueden, que no quieren seguir cuidando, que solamente esperan llegar un día en el que, en vez de ser cuidadora, puedan cuidar de sí mismas, puedan estar tranquilas, puedan tener independencia y tiempo.
Y es entonces cuando, tras años de dedicarse a los cuidados, vienen los juicios de valor, en los que es juzgada por no ser una persona cariñosa y generosa (habiendo dejado claro que ha pasado años cuidando de otras personas), viene la condescendencia de un relato infantilizado en el que la maternidad es el único elemento que puede hacer felices a las mujeres y, por si fuera poco, la insistencia. Porque tampoco podemos dejarlo ahí ¿no?
A veces imagino estas escenas con animales, no sé por qué. Supongo que por ser una mujer sin hijos que se permite tener una imaginación infantil en aquellos momentos en los que el neoliberalismo no me hunde en la miseria… Pero me imagino a esta mujer como un cervatillo herido, y a esas personas que juzgan, critican y, desde luego, no ayudan, como cazadores, solo que ellos no lo saben. Se ven como cuidadores, como alguien que va a salvar al cervatillo, pero… No lo hacen.
Perdonad una metáfora tan básica pero estoy convencida de que todas esas personas que han sacrificado más de seis años de sus vidas a cuidar de otros a cambio de nada, saben lo que quiero decir.
Y saben que sus argumentos son desoídos, porque, si no fuera suficiente con la condescendencia, luego viene la culpa: ¿Por qué no lo hiciste de otra manera?
Y ahí, ahí es cuando no solo se aprieta, sino se ahoga. Cuando culpabilizas a alguien de su propia miseria. Asumimos enseguida que esa mujer que ha dedicado tantos años a los cuidados, tenía capital económico para delegar en otra persona; o que los servicios sociales no están tan ahogados como se nos cuenta en numerosas manifestaciones y comunicados en los que hablan de recortes salariales y de jornadas imposibles (y si ya estás en la comunidad de Madrid ni te cuento); o que al final todo el mundo podría pagar una residencia que suele costar más de 1200 euros al mes en un clima económico en el que las casas no son accesibles y hay una desigualdad salarial acojonante de la que, te dicen, es imposible salir.
O asumimos que esa persona no tuvo a nadie que le ayudase porque algo malo le tenía que pasar. Si era soltera porque «nadie estaba con ella» y si tenía pareja y esta no se implicó en los cuidados para ayudarla, sería porque «tendría que aportar otras cosas». ¿Por qué las mujeres nunca pueden ser las que aportan otra cosa? Y, aún así, ¿por qué una mujer que cuida no tiene derecho a parar cuando puede hacerlo por fin?
Mil cosas, juicios, pensamientos y morales de familias nucleares porque el sistema es un fracaso. Porque una mujer que pasa por cuidar a toda su familia recibe más juicio que comprensión, y porque nunca se agradecerá lo suficiente que estuviera cuando tuvo que estar, ni se remunerase tampoco, porque, claro, es algo que haces porque tienes que hacerlo…
Todas hemos visto a una mujer en nuestra familia cuidando. Y si no lo has visto, es que eras tú.
Esa mujer no tiene por qué ser una santa y no tiene por qué aguantar hasta el final de su vida. Ni siquiera tiene por qué caerte bien.
Pero, si no la vas a echar una mano, al menos, déjala en paz.