Cuando empezaron las vacaciones, comenté a mi pareja que iba a intentar pasar la semana que estábamos fuera, sin entrar a mis cuentas personales de Instagram. Que, a lo sumo, guardaría enlaces de sitios que quería visitar pero estaría alejada de la vida digital y, sobre todo, no publicaría fotos de dónde he ido.
No es que tenga nada en contra de que la gente lo haga pero hay algo en la contemplación de la vida de los otros y la exposición de la tuya propia que han hecho que no haya sido capaz de pasar del blog y algunas historias de Instagram que hago para hablar de cosas que me importan y que veo relevantes para las mujeres sin hijos.
Y tras unos días sin hacerlo, lo tengo claro.
No es para mí.
Me siento liberada al estar ajena al mundo de los demás. (No me entendáis mal, leo las noticias y veo videos en Youtube, no es poco)
Empecé a pensarlo hace meses, cuando comencé a sentir una morriña indescriptible hacia 2011. Vivía fuera, en una ciudad que me apasionaba, estudiando idiomas, apañando proyectos artísticos, y había blogs.
Blogs.
Aún no estaban los smartphones y las redes sociales a las que me haría completamente adicta desde 2014 a 2026.
Siempre existe el mismo motivo. El de la visibilidad.
Para el blog, me hice un Instagram. Para los proyectos de teatro, otro. Y en el trabajo, tenía dos.
Y no me sentía atrapada pero había algo que no funcionaba. Hay algo que no funciona.
Y con el movimiento childfree más consumista y de clase media alta que llena la red, que genera ideas sobre la idea de vida de persona rica y despreocupada a cualquiera que no tenga hijos, me empecé a incomodar.
¿De verdad en una época en la que la desigualdad se ha incrementado hasta extremos inimaginables somos todas las mujeres sin hijos ricas?
Cuando lo comenté, ¿sabéis quién fue la única persona que me escribió? Solo una mujer con hijos para recordarme que era mucho más caro tener criaturas.
La conversación no parece que empiece allí… Tras varios años, creo que no.
Sé que no.
Además, es muy molesto que aquellas plataformas que odiamos sean las que nos sirvan para la promoción. (Hablo por mí)
Detestamos Instagram pero allí está el «público», mi chico, músico, con un canal de YouTube, sabe que es muy probable que tenga que subir su disco a Spotify, pese a lo degradante que es el trato económico a los artistas y sus vergonzosas e inhumanas decisiones políticas.
En cualquier caso, ¿qué hacemos si no es Instagram? ¿Cómo nos informamos?
Estoy pensando cosas, y vienen de un lugar desde el que me siento cómoda después de mucho tiempo sin haberlo estado.
Ojalá leas esto.
Ojalá nos veamos pronto.