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  • Las Gilmore Girls: Mrs Kim y Lane

    septiembre 6th, 2023

    ¿No es la serie de las chicas Gilmore un lugar seguro de paz y tranquilidad, una serie que ver cuando quieres estar tranquila, cuando no tienes ganas de sobresaltos y solo esperas ver algo insustancial y con diálogos rápidos y divertidos?

    Yo también lo pensaba… Pero no lo es.

    Hay algo muy oscuro que yace debajo de la amabilidad, los tonos pastel, Stars Hollow y la sonrisa de Lorelei Gilmore, y es la presencia de una maternidad tóxica y despiadada que parece haber infectado a todos los personajes maternales de la serie (a excepción, precisamente, del personaje de Lorelei).

    En el universo de Stars Hollow la maternidad tiene un sinfín de conflictos divertidos en los que madres como Mrs Kim, Emily, la madre ausente de Paris, la manipuladora Sherry, la irresponsable (y a veces con tintes desequilibrados) hermana de Luke. Si la creadora de la serie, Amy Sherman-Palladino, pretendía reflejar que la maternidad no es perfecta, está más que conseguido, y quizá, sin pretenderlo, hemos puesto un marco bonito y divertido a ciertos maltratos psicológicos, represión y anulación maternal y nos ha creado un espacio al que volvemos pasada la adolescencia para sentirnos en casa.

    Pero también es «normal», porque vivimos esa vida en la que no se contempla una opción de no maternidad, y sin embargo campa a sus anchas ciertos modelos de maternidad que no parecen muy sanos, recomendables, ni tampoco deseados.

    Lo más parecido a una mujer sin hijos de la serie yace en la posibilidad de los personajes de Babette y Miss Patty, y porque apenas sabemos nada de ellas, pero no se menciona a posibles hijos, así que, PUEDE SER que estos dos personajes compongan todo el universo de mujeres sin hijos que haya en Gilmore Girls. (también Rachel, una ex de Luke, pero eso es otra historia)

    ¿Y cómo son? Tremendamente excéntricas y sin conexiones ni ningún tipo de protagonismo en la serie porque, ¿qué importancia van a tener si no han tenido hijos y la serie va sobre las fases de la maternidad?

    Si hasta en la segunda parte Roree y Paris (SPOILER) tienen una trama al respecto.

    ¿Es que no se ve la oscuridad bajo las tortitas y el delicioso café en el bar de Luke?

    Pero la que se lleva la palma es Mrs Kim, casi más que Emily Gilmore.

    Tiene todas las características de una madre tóxica y aterradora de la que salir corriendo. Lane huiría de su casa en cada capítulo de la serie. Lane vive con una mujer «dura» pero (asumimos) de buen corazón.

    El contexto, el tono y las relaciones en los personajes nos hace imposible creer que una mala persona viva en Stars Hollow, o que las acciones tengan mayores consecuencias que una buena carcajada.

    Todos nos reímos muchísimo cuando Lane se tiñe dos veces el pelo en el mismo capítulo porque quiere rebelarse pero, después, se da cuenta de las consecuencias que puede tener con su madre que… No sé, ¿qué más aparte de ya vivir como una de las vírgenes suicidas?

    ¿Quién no se ha reído muchísimo con el estereotipo de Mrs Kim en la televisión?

    ¿Quién no se ha reído al ver como Lane y Roree inventan planes imposibles para intercambiar cds?

    Incluso, ¿quién no ha visto a Lorelei disculparse con Mrs Kim por haber juzgado su conducta excesiva, y se ve claramente como Lorelei acepta que ella es la mala madre y Mrs Kim la auténtica madre preocupada?

    Aceptamos la conducta fanatista, represiva e insensible de Mrs Kim como matriarca de la familia, pero me da la sensación de que su personaje no puede ser menos heteropatriarcal, y que si la cambiásemos por un personaje masculino veríamos claramente la oscuridad que yace en esta relación, familia y abuso de poder.

    Mrs Kim no podría ser un personaje masculino en la serie ya que aparecería de una manera más realista y abusiva la gravedad de su comportamiento, pero la cruda realidad es que, con o sin risa, con o sin la gracia de no entender una cultura, etnia y raza diferentes a la blanquitud americana, Mrs Kim es una madre de pesadilla y, aunque nos cause comicidad, si la tuvieramos como madre, viviríamos aterrorizadas.

    No es fácil escoger entre el arco, los diálogos, las actitudes, los actos que lleva a cabo… Es que Mrs Kim reúne todas las características negativas que se han criticado de las madres y, apenas en un capítulo en siete temporadas, acepta una única cosa en la vida de Lane: al imbécil de Zack.

    Ya sé que Zack es un bonachón, que es como la relación de Sookie y Jackson pero en adolescentes, pero, ¿EN SERIO?

    No se entiende, perdonad si estáis en desacuerdo, pero para mí ese cambio en Mrs Kim es una falta de revisión al personaje más que considerable, y una vez más, la que paga las consecuencias de todo es Lane.

    Vale que encuentra el amor adolescente en Zack, un chico con una cabellera rubia preciosa pero, seamos sinceros, sin apenas un ápice de cerebro e inteligencia y cuyo referente como guitarrista es Kurt Cobain (ni aunque fueran finales de los 90 y se criara con el sonido Seattle, ¿qué guitarrista que se precie no ensalza a B.B. King, Joe Satriani, Jennifer Batten o Jimmy Hendrix, mientras que su gran admiración va a alguien cuyos solos iban a quintas?).

    Zack es un cutre.

    Lane merece algo mejor.

    Es la única vez en la que, si Mrs Kim hubiera dicho «piénsatelo mejor» hubiera estado de acuerdo con ella, pero, seguramente por llevar cinco temporadas y dieciocho años de vida reprimiendo y anulando a su hija, aquí decide que es suficiente, que puede irse con el guitarrista de melena y cintas a tener gemelos y a ser camarera con Luke.

    Esto no solo no hace feliz a Mrs Kim, Lane lleva años, temporadas, toda la adolescencia hablando de cómo iba a ser una gran batería, de sus sueños, de su potencial, y al final, ¿lo deja todo por la familia y estar cerca de su madre? Perdón, ¿hace eso cuando pocas temporadas antes se va de su casa para ser camarera en Luke’s?

    ¿Cómo es que Lane no huye y va a ver mundo como hace Jess?

    ¿Nos están contando un síndrome de Estocolmo en pleno Stars Hollow en clave de sitcom para que normalicemos que, si tu madre te anula durante toda tu vida no pasa nada?

    ¿Para normalizar que tu mayor acto de rebeldía sea quedarte a dos casas de distancia para, en algún momento, que ella perdone tu actitud osada y desafiante y volváis a ser una familia?

    NO.

    A ver….

    No diré que no acaben muchos casos en la vida real así, no quiero decir que el apego maternal incluso a una madre torturadora siempre acabe en una huida, desafortunadamente en los peores casos y relaciones con tu madre, es imposible cortar el cordón pero, en la ficción…

    ¿No creéis que Lane merecía algo más que ser sometida a este futuro mientras su mejor amiga se va a hacer periodismo en la campaña de Obama? ¿Lane, la que huía de su madre y soñaba con New York se queda en Stars Hollow y Roree, que tiene una mamitis inaguantable con 15, 20 y 30 años, no tiene problema en perseguir sus sueños?

    ¿Alguien me lo puede justificar?

    Porque, si es así como Amy Sherman-Palladino ve la maternidad y el modo de sanar una relación tóxica entre madre hija es esta narrativa, MÁS AÚN CUANDO VENIMOS DE LORELEI HUYENDO DE SUS PADRES DESDE EL PRINCIPIO DE LA SERIE, como si Lane no tuviera tanto valor como ella; además Lorelei rechazando una vida acomodada, Lane rechazaría maltrato psicológico y precariedad, probablemente por más precariedad, pero, de verdad, Lane no seguiría el refrán de «más vale malo conocido que malo por conocer».

    Pero para que nos quede claro que, ni Lane es protagonista, ni Mrs Kim, ni vamos a pensar en algo que sane esta vida, casi hacia al final, no solo hacemos que Lane se case con ese Kurt Cobain low cost, sino que Amy Sherman-Palladino hace que se quede embarazada la primera vez qie tiene sexo, y que tenga gemelos, confirmando que en el rebooth, Lane siga cerca de su madre, en Stars Hollow, intentando sacar tiempo para la batería mientras Zack y ella odian a sus hijos.

    El fin para Lane.

    Pero resulta que la creadora de todo este universo no tiene hijos.

    No sabemos si Amy Sherman-Palladino es childfree pero, si no lo es, he visto pocas autoras contar con más crudeza, escepticismo, desparpajo, rencor y dolor, la maternidad a través de la comedia.

    Es casi una maldición.

    La maldición de Mrs Kim y Emily Gimore.

    No queda duda viendo esta serie de que tu madre no podía ser tu mejor amiga. Lo que no me convence que no quede tan claro es que la maternidad es algo de lo que no se pueda escapar.

    Y Lane debería haber escapado.

    Al menos en ese momento y en esas circunstancias.

    Porque Lane se merecía escapar de verdad, irse a Nueva York, ser suplente en una banda, coger autobuses, probar, equivocarse, ser el personaje valiente que está esperando a salir al mundo en cuanto su madre se despiste.

    Lane era mucho más valiente de lo que le permitieron ser. Mrs Kim y Amy Sherman-Palladino la dejaron crecer lo mínimo.

    Que luedo vuelve a Stars Hollow y decide que quiere quedarse allí, que prefiere trabajar con Luke porque le deja tiempo para la música, que se reencuentra con Zack como adulta y deciden que lo suyo funciona y que pueden incluso, tener una familia, VALE.

    Pero ni siquiera lo habrá podido intentar. Habrá seguido la misma narrativa de su madre, igual que muchas seguimos las narrativas que nos han sido previas.

    En la vida es mucho más difícil que en la ficción.

    Si Lane no escapa de Mrs Kim, ¿cómo lo haremos las demás de nuestros propios destinos?

    Y si Lorelei pudo, ¿por qué no Lane?

    Tal como dice Emily Gilmore en el capítulo trece en la tercera temporada «no tenerlo no es una opción». Quizá sea la voz de la autora, atrapada en un mundo en el que no tuvo hijos y en el que no existía la opción, quizá ella tampoco sabía hablar de ello, igual que me pasa a mí en multitud de ocasiones, pero no pasa nada.

    Estamos aprendiendo a encontrar la narrativa de las mujeres sin hijos.

    Y yo siempre apreciaré, pese a Mrs Kim y Emily Gilmore, esta serie, que fue para muchas de nosotras. Fuimos muchas las que pasamos las tardes en Stars Hollow, soñando con una madre como Lorelei Gilmore.

    Quizá aún seguimos por ahí, con o sin hijos, tomando un café en Lukes.

    Yo estoy por ahí hablando con Lane. Estamos organizando su huida mientras tomamos la segunda taza de café del día.

    ¿Y tú?

  • ¿Es dormir un derecho?

    septiembre 1st, 2023

    Creo que debo empezar esta entrada hablando de cómo dormir tiene mucha importancia en mi vida. No tanto porque duerma demasiado, sino por cómo me siento ante la privacidad del sueño, tanto mía, como ajena.

    Y es que cuando alguien me comenta que no puede dormir, lo paso mal.

    Cuando alguien habla de que tiene dificultades para dormir, lo paso mal.

    Cuando me hablan de que existe medicación para dormir, lo cual lleva de nuevo a no poder dormir, lo paso mal.

    Eso me lleva a mucha comprensión hacia mis amigas madres, como es lógico. Porque están en esa etapa de la vida en la que padres y madres renuncian a su sueño (no es un juego de palabras, aunque podría serlo) para velar por su criatura.

    Se da por sentado.

    Sí, sí, es un hecho. Es lógico.

    Se entiende.

    Incluso en los blogs de mamis (no lo digo despectivamente, los nombres han sido elegidos cautelosamente y os aseguro que tienen mucha más repercusión, marketing y aceptación que algo como nomo) no se puede obviar esta situación, pero hablan de cómo hay que sobreponerse, salir adelante y, sobre todo, disfrutar de ese tiempo tan único y especial con tu criatura.

    Estamos a un paso de lo que tanto critica Eva Illouz y estoy empezando a leer en El murmullo de Belén Gopegui. Estamos a un paso de vender la autoayuda como si no lo fuera, como si todo dependiera únicamente de que tengas una mejor actitud. Si tienes una mejor actitud, acabas viendo que el problema no era para tanto. Lo normalizas. Y acabas teniendo un montón de madres que no pueden dormir y que no pueden decírselo a nadie, ya que, total, si se lo dicen, les dirás «pues qué esperabas» «es lo que hay» «no te queda otra» o incluso, la peor de todas «pues el mío sí que duerme TODA LA NOCHE». Y al día siguiente tendrán que ir a trabajar, ver a sus familias y fingir que todo va bien, son madres, madres perfectas, pero no demasiado, o sí, o que se note, pero solo la parte buena.

    Por suerte para las madres, no siempre es así. Lo del no decírselo a nadie, lo de dormir sí que parece que llega al 90% en el caso de las nuevas maternidades.

    Meses sin dormir.

    Años sin dormir.

    Y además, en trabajos precarios, uniendo la privacidad del sueño con la jornada laboral, con mantener la pareja, con mantener a la criatura viva y bonita de cara a los demás, mostrar ese éxito a cambio de todas las carencias. Si no me creéis o pensáis que es una reflexión propia de una persona que no tiene sentimientos maternales, podéis leer Maternidades precarias de Diana Oliver.

    Volviendo al «no decírselo a nadie» quiero hablar de un caso personal que servirá de luz a las madres.

    Entre mi 95% de amigas con hijos, hay una que tuvo a su criatura hace tres años, nada más acabar el COVID.

    Estamos en Barcelona 2020 y me cuenta que está en un grupo de madres por WhatssApp en el que se dan consejos, hacen preguntas y se dan apoyo.

    Una noche, una de las madres no consigue dormir a su criatura y escribe, desesperada, por el grupo.

    Silencio.

    El silencio de otra noche sin dormir y de una mujer pensando cómo es posible que no haga nada bien, cómo pudo acabar en esta situación, preguntándose si algún día será capaz de…

    Pero antes de que pueda seguir el devenir del pensamiento catastrófico, entra otra mujer, otra madre. Su salvadora esta noche. Y que ya haya una salvadora aunque sea una única noche, ya nos importa bastante.

    Le da ánimos, le recuerda que «ella es todo lo que su bebé necesita». Le pregunta qué estás haciendo. Se hablan. Le dice algo que ha probado y no funciona. Le recomienda algo. Quizá tampoco llega a funcionar. Quizá estoy mezclando historias en este punto. Quizá entra otra madre en ese momento a dar un poco más de feedback.

    Eso no importa porque allí, es allí donde se inicia algo.

    Se inicia una amistad.

    En persona.

    No una «comunidad online». Nos vamos al caso más clásico y físico de las amistades y estas madres inician una amistad.

    Una amistad que perdura hasta hoy, Septiembre 2023. Y son varias familias, varias madres y padres y niños que comparten las maternidades, que han tenido la suerte de hacerse amigos y de ser apoyo. Gracias a esta comunidad, pese a todo, hay un hilo de esperanza y luz en las vidas de todos.

    Tengo un 95% de amigas con hijos y ninguna más me ha hablado de esto.

    Ninguna más está viviendo su maternidad en colectivo, y pienso… ¿No es así cómo debería suceder? ¿No es esa la única manera en la que, hasta que el estado y el Gobierno o la propia sociedad gestione la vida de una manera digna, las maternidades no acaben con las madres?

    Todavía no he escuchado por parte de esta amiga que su grupo y ella vayan a hacer un sindicato de madres, que vayan a ir a presentar demandas, que vayan a hacer una huelga de consumo, pero las veo más cerca de ponerse a ello que a muchos grupos y colectivos que están más preocupados por su merchandising, podcast y beneficios que el cambio social.

    Porque es urgente el cambio social.

    Porque es lo más urgente de todo.

    Casi más que dormir.

    Dormir debería ser un derecho.

    Y ojalá la amistad fuera otro derecho.

    Porque si hay algo que saco de esta historia de mi amiga es que nos (me) falta la sensación de grupo.

    Es así, anoche no pude dormir.

    Y no eché de menos tener hijos. Eché de menos hablar con alguien.

    Me senté e intenté leer varios libros para ayudarme a dormir.

    No funcionó.

    No podía dormir porque estaba rodeada por mis pensamientos intrusivos, mis pequeños fracasos a lo largo del día, mi eco ansiedad, mi agenda imposible, y más pensamientos intrusivos, que si alguien no se acordó de mi cumpleaños, que si he tenido que volver a escribir yo a estos amigos, que si tendría que estudiar, que si la he cagado en el trabajo, que si he sido yo la responsable…

    Ya sabéis cómo funcionan los pensamientos intrusivos.

    ¿Vosotras llegaríais a vuestras amigas con hijos a hablarles de que tampoco habéis podido dormir? ¿Os atreveríais o hay algo en el código social que te recuerda que es ella quien no duerme?

    ¿No hay algo en el código social que indica que, cuando no tienes hijos, tus preocupaciones son inmaduras y tu salud mental vale menos?

    ¿No hay algo de ese momento en el que ella te pregunta «y tú qué tal» en el que dudas si contarle tus problemas y finalmente te callas y hablas de cualquier otra cosa o le das poca importancia?

    Entiendo que la soledad, el aislamiento, la privación del sueño por la frustración y la ansiedad no son motivos para hacer una huelga.

    Pero ¿y si el origen de todos esos sentimientos sí fuera motivo para hacer colectivo e ir a la huelga?

    ¿O será el sueño?

    Voy a tomar otro café antes de ir a trabajar y a fingir que el mundo, tal y como está, va bien,

  • Thora, Enid y yo: perdidas en el mundo fantasma

    agosto 25th, 2023

    ¿Sabes qué deberíamos hacer? Deberíamos montarnos en tu coche ahora mismo y, simplemente, marcharnos. Encontrar un lugar nuevo y empezar una nueva vida, de cero.

    Enid Coleslaw dice estas palabras en Ghost World. Y es una frase que, aunque venga de unpersonaje ficticio norteamericano nada más cumplir 18 años, creo que es un pensamiento que nos es común a todos, con 18 o 47.

    No hay muchas similitudes entre Enid, Thora Birch y yo misma a primera vista. Thora Birch no ha hecho ningún tipo de declaración sobre su actual no maternidad, yo estoy en plena crisis de los 40 y Enid…

    ¿Qué sabemos de Enid?

    Hace poco volví a ver Ghost World, la película de los 90 en la que Thora Birch interpretaba a Enid Coleslaw, una norteamericana disidente que presencia sus últimos días como adolescente antes de empezar su vida adulta, con el vértigo, el aburrimiento y el bloqueo que puede generar un paso tan grande.

    Está bastante bien.

    Aunque eso no es lo importante.

    Ya he hablado muchas veces por aquí de la madurez, y eso se debe a que es uno de los pasos inevitables a dar en la vida. Sin embargo, se nos enseña que hay una guía de comportamiento básica en la edad adulta de la que no podemos huir. O sí, pero con todas sus consecuencias.

    No podríamos contar una historia así sin una némesis de Enid, que es Rebecca, su mejor amiga, quien ha sido otra disidente como ella, otra pringada de instituto pero que ve la edad adulta como la oportunidad de vivir su vida por fin, de empezar, de ganar su dinero, de tener sus cosas, de entrar en la sociedad que, aunque Enid y ella hayan criticado millones de veces frente al televisor, tampoco le parece tan mal.

    Ghost World es un cómic de Daniel Clowes, quien luego adaptó su propia obra con Terry Zwigoff, el director de la película.

    La película y el cómic hablan de esta ruptura de la amistad entre dos mujeres, que es algo que muchas no imaginábamos que nos pasaría. Creciendo en los 80 y 90, el auténtico tema debería ser si Rebecca o Enid se enrollan o no con Josh o por qué Enid decide no seguir adelante una relación con Seymour… Ha sido genial ver en algunas páginas algo más modernas, como la narración de los personajes femeninos de Clowes dice mucho más que él y su miedo hacia las mujeres que de ellas mismas. Porque, aunque haya cosas muy honestas en esa relación, o elementos con los que se es fácil de congeniar, siempre ha habido algo que se me quedaba inconcluso, tanto al leer el cómic como al ver la película.

    SPOILER

    (A ver, si pensáis ver o leer Ghost World, voy a mencionar la última escena de la película y el análisis irá un poco por ahí)

    La idea del título de «mundo fantasma» es porque Enid, un personaje inadaptado, desencantado, que se niega a doblegarse a lo que parece que es la vida adulta, descorazonada ante las perspectivas de vivir con su mejor amiga, de buscar un trabajo, de tener o una amistad con un hombre al que apenas conoce, ella busca una huida.

    En el cómic hay un momento que le dice a su mejor amiga que se siente incómoda con ella porque quiere ser una persona completamente distinta, y cuando ella le pregunta qué tiene que ver con eso, Enid le dice algo por lo que hemos pasado todas con alguna mejor amiga: que es que ella recuerda todo lo que ella quiere olvidar.

    Una amiga quiere cambiar.

    Su amiga quiere cambiar… Pero no del modo que habían planeado.

    Enid no puede tener otro final que no sea el de ser fiel a sí misma y coger el autobús al mundo fantasma.

    FIN.

    Vale.

    Entonces…

    ¿Qué pasa con Enid?

    Nos hacemos una idea con Rebecca, se va a vivir al piso donde hay una tabla de planchar en la pared, tendrá el trabajo en la cafetería hasta que busque algo mejor, será novia de Josh, se casarán, tendrán hijos, o no… Pero es hacia allá a donde nos llevan Terry y Daniel.

    Pero, ¿y Enid?

    Podemos darle toda la magia que queramos, pero no me extrañaría que se contara la historia hasta allí porque ¿qué sabrían ellos donde puede acabar una disidente como Enid? Mejor la subimos al autobús y que la gente se imagine lo que quiera.

    Cuando no tienes hijos, y no quieres tenerlos, eres un lienzo en blanco. Te has subido a un autobús y vives en un mundo fantasma del que nadie te pregunta.

    ¿No os pasa? A mí a veces me pasa.

    Gente que en vez de preguntar qué haces asume que haces cosas. Asume que has ido a un sitio y no a otro. Que has cenado una cosa y no otra.

    La verdad es que algunas personas con hijos tienen mucha más imaginación para mi vida cotidiana que yo.

    Quizá ellos tengan muchas más ideas que yo acerca de lo que pudo ser de Enid.

    El caso es que el metacine lo complica.
    Thora Birch, la actriz que interpretó a Enid, era una de las grandes promesas de los Estados Unidos. Hizo esta película, la nominaron a varios premios, e hizo American Beauty. Era una actriz relevante, única, en la línea de Christina Ricci, tenía algo interesante, oscuro y daba esa imagen que siempre hablan de «vecina de al lado» antes de ponerle un moño despeinado a Elle McPherson.

    Iba a ser famosa.

    Como Scarlett Johansson, que interpretaba a Rebecca.

    ¿Y qué ha sido de Thora Birch?

    Cuando buscas información sobre ella, encuentras una entrevista en una convención, un proyecto que no salió, un telefilme, una pieza que dirigió, y algunos artículos sobre cómo no era una persona fácil (en Hollywood ser una persona difícil puede ir desde ser Russell Crowe hasta haber rechazado un proyecto por incompatibilidad de horarios, depende de cómo caigas).

    Thora Birch no hizo las cosas que se esperaban de ella. No se compró una casa en Malibú, no cogió aquel trabajo que se decía, quizá no tuvo una pareja que la asentara, quizá ella buscaba otra cosa…

    ¿Tomó Thora su propio autobus a un mundo fantasma?


    Cuando eres la disidente de la historia, tu final puede ser tan difícil para el autor, que, lo mejor que puede hacer es dejarte vagando en un autobús.

    Y eso fue lo que pensé al volver a ver la película.

    De repente, el final me molestó.

    Volví a mirar el cómic y no había muchas diferencias. Apenas la premonición de un personaje sobre el futuro de Enid, en el que hay «oscuridad y sufrimiento».

    Vale, Daniel, me lo pones un poco difícil para dejar de sentirme molesta. Pasado el relato de la ruptura de la amistad con tu mejor amiga, que la mejor solución para una mujer, pongamos «un poco distinta», es escaparse e irse a un mundo fantasma.

    Pero, ¿qué le voy a decir a Daniel Clowes cuando hay montones de artículos e investigaciones sociológicas sobre la soledad en la era post COVID? Cuando vivimos en una época de comunidades online cuando, con 16 años, simplemente llamabas a la puerta de la casa de tu amiga, sin planes, decidiendo sobre la marcha cómo pasaríais la tarde.

    En la disidencia, la nostalgia aparece más de lo que quisiéramos, pero gracias a identificarla, a sentir lo que he perdido, me he reconciliado con el final de Clowes (aunque si me pusiera a escribir algún día lo que pienso de algunos de sus cómics, me llamarían radical).

    Como autor, creó a Enid, le dio una vida, una historia, un final y un futuro incierto, pero no sólo por desconocimiento, sino porque el final ya no le pertenecía a él: me pertenecía a mí.

    Tal y como sucede en todas las novelas, películas, canciones, cómics que sentimos que hablan de nosotras, estas obras cogen nuestra voz. Y al estar en un momento de incertidumbre, de intentar encontrar ese lugar en el mundo como mujer sin hijos, verme en un autobús vagando y mirando una sociedad en la que no encajo, me sentó un poco mal.

    Pero es solo una manera de verlo, porque aquellas que vayamos en el autobús, aquellas que hayamos elegido el mundo fantasma, encontraremos a Thora, Enid y a todas las demás.

    Quizá les presentemos a nuestras Rebeccas, o quizás no. Pero aparecerán.

    Y será entonces, cuando nos bajemos del autobús y hayamos llegado a casa.

  • Emily Gilmore no debería haber sido madre

    agosto 18th, 2023

    Vaya por delante que soy una fan absoluta, o lo era, de la serie Las chicas Gilmore.

    La creadora de la serie Amy Sherman-Palladino se ganó el corazón de todas las adolescentes de los 2000 con la historia de Lorelei y Roree Gilmore y sus historias amorosas en Stars Hollow. Siguiendo una premisa de lo más común, que una madre soltera pida dinero a sus padres para ayudar a su hija a ir a un colegio de pago y estos le hagan el chantaje de “retomar el contacto”, Las chicas Gilmore llegó a contar la adolescencia de Roree hasta acabar la universidad en siete temporadas con un éxito arrollador.

    A día de hoy, Las chicas Gilmore ha vuelto a Netflix y chicas de 13 años están, no solo repitiendo el look de los 90, sino repitiendo conversaciones que teníamos en los 2000 como “¿quién te gusta más Jess, Dean o Logan?” y, con los ojos de ahora, me doy cuenta de lo profundamente enfermiza y tóxica que es la relación madre e hija entre Lorelei y Emily.

    Aunque no sólo Emily. Cada figura maternal que aparece en esta serie está a un nivel preocupante de indiferencia, inmadurez y, desafortunadamente, maltrato psicológico injustificable.  

    Pero solo voy a hablar de Emily.

    Antes de despotricar contra una de nuestras series favoritas, diré que era muy divertida, que no ha habido otro lugar como Stars Hollow en la historia de la televisión (salvo Washington Depot, el lugar en el que se basa realmente) y que, Lorelei era una madre de ensueño.

    Pero aquí, es aquí donde empieza lo tóxico, porque el hecho de que Lorelei viviera con su madre un abuso psicológico hasta el punto de escapar de su casa, hace que, cuando su propia hija abandona la infancia y pasa a la temidísima adolescencia, tenga reacciones y actitudes algo inmaduras pero que quede claro que vienen de un lugar extraño, triste y solitario. Del miedo que vivió de pequeña.  

    Y es que, de haber sido criados como Lorelei, nos pasaría a todos.

    ¿Intentaríamos todos vivir un cuento de hadas de cara a nuestra maternidad? ¿Arreglar todo lo que fue mal de pequeños? ¿Intentaríamos hacernos mejores amigos?

    Pues no.

    Tu madre no va a ser tu mejor amiga.

    Y, preferiblemente, tampoco debería ser Emily Gilmore.

    Las personas que han vivido con unos progenitores abusivos, y que han podido señalar la vivencia en una sesión de terapia, reconocerán el caso en cada momento que Emily Gilmore abre la boca para dirigirse a Lorelei, y en como intenta pasar por encima de cara a su hija, intentando hacerla quedar mal y humillarla siempre que tiene ocasión.

    Hay un vídeo de Youtube de Kierra Loves TV que dedica dos entradas a la manipulación y abuso emocional que ejerce Emily Gilmore en CADA CAPÍTULO. Sin exageraciones y sin efectos, el personaje no es un arquetipo, aunque lo pueda parecer, ni un estereotipo plano de la madrastra de los cuentos de hadas, sino que nos encontramos ante un personaje complejo, narcisista y centrado en sí mismo que tuvo una hija como causa efecto de un matrimonio y un status social, pero que nunca ha manifestado el más mínimo interés por su vida y por su relación. Y diréis “eso no pasa exactamente así”, y diré que, quizá no exactamente, pero las señales, muchas, están ahí, y son dolorasamente evidentes y claras.

    He leído en Reddit también sobre cómo Emily Gilmore vivió el embarazo de su hija, su escapada, y cómo su hija le negó cualquier tipo de relación con su nieta y cómo justifican que, probablemente, eso tuvo mucho que ver. Aunque hay millones de artículos sobre ella, que son muy interesantes.

    Os digo una cosa: las personas abusivas, aunque suelan venir de entornos abusivos, crueles y competitivos y hayan vivido sus propias experiencias, esto, en vez de enfocarse como una justificación, es un rasgo, una característica de la persona que ya tenía previamente a esa experiencia con la que todo el mundo la justifica. En el caso de Emily, si veis los flashbacks de cuando Lorelei era adolescente, veréis a una madre que nunca escucha a su hija, que critica su cuerpo en la adolescencia abiertamente, la desprecia, insulta y, para compensar, nunca recuerda haber infringido el más mínimo daño. Siempre es la víctima, nunca la perpetradora.

    Si alguien ha vivido esto con su madre o padre, verá muchos elementos en los que vivieron luz de gas, en los que negaron hechos traumáticos de su infancia, o bien explicando una perspectiva diferente o cambiando de tema para despistar, restando importancia a los sentimientos, y culpabilizando al hijo de cualquiera de las situaciones que se expongan. ¿Os imagináis cómo debe ser vivir pensando en escapar de tu casa, en irte aunque sea a un puente, en coger cualquier trabajo que te permita poner tierra de por medio?

    Pero no me voy a poner en plan psicóloga, aunque si has vivido esto, no harás mal, en el momento en que puedas, en hacer terapia. Una serie no es un manual de psicología, y una comedia en la que se habla de las relaciones madre e hija desde el prisma “¿es tu madre tu mejor amiga?” no tenía por qué hacer absolutamente nada más que lo que hizo. No tenía por qué contar nada distinto ni suavizar el abuso de Emily, o señalarlo, ni el de la señora Kim con Lane, ni la lamentable paternidad de los padres de Paris o Logan, o incluso Christopher o Luke, PERO, ¿de verdad, en siete temporadas, se puede hacer las paces con un progenitor que fue tu maltratador psicológico?

    Porque, seamos honestas, Emily nunca acaba de entender a Lorelei, apenas se pone de su lado cuando necesitaría apoyo en sus propios problemas con su hija, solo acepta participar de su vida y ayudarla económicamente chantajeándola para meterse en sus asuntos de nuevo y critica todas y cada una de las decisiones que toma en su día a día.

    Y, sin embargo, hacia el final de la serie, Lorelei, supongo que sumida en la mierda que ha sido criar una hija hasta su adolescencia y darse cuenta de que NO, tu hija no podía ser tu mejor amiga porque en algún momento, ese castillo de naipes se caería, acaba “entendiéndose” con su madre.

    Quizá cada uno, incluso Amy Sherman-Palladino tiene una relación distinta con el dolor. Quizá un Acuario es capaz de perdonar más fácilmente que un Cáncer, o un eneatipo número 5, pero que al final Emily y Lorelei hagan las paces viene única y exclusivamente de que LA HIJA acepte que ha sido maltratada por su madre, asuma su parte de culpa por haber sido un escollo en su vida y dé las gracias por el tiempo que han compartido juntas…

    ¿EN SERIO?

    Y con esto no le pido explicaciones a la autora, ni al público, sino que me doy el espacio, y quisiera que conmigo lo tuviera más gente, para reconocer que igual no seríamos tan generosas como Lorelei, que haríamos cualquier cosa que estuviera en nuestra mano para no depender jamás de un progenitor abusivo, y que no dejo de pensar una y otra vez: ¿Por qué quiso esta persona traer hijos al mundo?

    ¿Por qué tiene una hija Emily Gilmore?

    No tiene instinto maternal, amabilidad, paciencia o educación y solo piensa en sí misma y su marido.

    ¿Por qué decidió añadir a una hija si nunca querría compartir ese espacio?

     Porque, a veces, parece que lo que le molesta no es que se escapara, (que tenga su casa y no esté con ella no le ha impedido hacer su vida, vacaciones y participar en obras de caridad con sus amigas republicanas) sino que lo hiciera de una manera pública que trajo tantas consecuencias sociales… Sean cuales fueran porque, tal y como se cuenta en la serie, no les pasó nada ni a ella ni a Richard, y siguieron teniendo amigos, trabajo y vacaciones.

    Un personaje del estatus social de Emily ha de tener por lo menos un hijo y ha de cumplir unas normas sociales férreas, y como buena general de la alta sociedad, cumple con todos los encargos, y condena al ostracismo a cualquiera que se oponga a ellos.

    Tenemos una gran cantidad de madres en aquella época que veían a sus hijas como unas Nancy a su imagen y semejanza, dóciles y complacientes (como se recuerdan ellas) y temerosas del castigo que conlleva cuestionar a los progenitores. Pero, SORPRESA: adolescencia. Las hijas no vienen a imagen y semejanza, y eso también debe ser un duro golpe para alguien como Emily, porque también entiendo que una persona no puede siempre cambiar de personalidad, incluso aunque entienda que sea dañina para los otros. En la vida real, se podrá sentir mal, podrá querer cambiar, podrá hacer terapia…

    ¿Podrá? ¿Sí? ¿No? ¿A veces? ¿Tendrá días buenos y malos?

    ¿Quién sabe?

    Una maternidad abusiva como esta, no funciona para las criaturas, pero es cierto que permite crecer y mantener este tipo de sociedad clasista neoliberal americana…

    ¿Y eso es lo único que podemos esperar?

    ¿No podría haber permitido la sociedad una Emily sin hijos?

    ¿Merecía la pena por tener a Lorelei?

    Pues yo creo que no.

    Es decir, que sí. 😉

    Es maravilloso encontrar una serie como esta y poder pensar en ello, y poder reconocer conductas en algo tan popular y que todo el mundo podrá ver, pero quiero que, la próxima vez que vea Las chicas Gilmore, realmente la gente piense en si todas las personas deberían tener hijos, si todas las personas son emocionalmente capaces de criar, cuidar y proteger a una criatura, y si no es así, ¿cuál es el objetivo?

    Porque no hablamos de que no exista Lorelei Gilmore, quien no existe, por otro lado, ya que es un personaje de ficción. Ya existe. Ya lo tenemos.

    Hablamos de que mujeres que no sienten un deseo maternal, no tengan hijos, y del peligro de que algunas personas que se ven en la situación, se conviertan en maltratadores psicológicos.

    Quizá a nadie más le preocupe.

    Quizá no tenga por qué existir la madre perfecta.

    Quizá Emily tampoco quisiera ser una madre abusiva.

    Pero quizá, una mujer como Emily, que no quiere tener hijos, podría ser consciente de que no tiene por qué tenerlos.

    Y quizá eso haría que mucha gente se quedara sin nietos, vale.

    Pero también haría que muchos adultos no se vieran indefensos frente a sus relaciones y tardaran años en entender problemas de autoestima, confianza y miedo a la intimidad. Porque todo eso sucede.

    Porque todos vivimos en el planeta y sería fantástico que intentáramos dañar lo menos posible a los demás. Y si eso supone que alguien como Emily Gilmore no tuviera hijos, firmo.

    Aunque seguramente vuelva a ver Las chicas Gilmore pasando a doble velocidad sus intervenciones.

    Otro día podríamos hablar de Mrs Kim, otro grandísimo ejemplo de madre abusiva.

  • El cuerpo crece pero el alma no

    agosto 14th, 2023

    Esta frase no es mía sino de Pablo Messiez, de su obra «Las canciones».

    «Las canciones» es una adaptación personal y moderna de «Tres hermanas» de Chejov, y, aparte de una gran experiencia teatral, fue uno de esos momentos de epifanía que no puedes superar fácilmente, de los que igual te cambian para siempre un domingo cualquiera en una sesión de tarde.

    O eso es lo que se supone que hace una epifanía, pero quiero asegurarme antes de seguir por ahí y consultaré la página de la RAE.

    Una epifanía puede ser, o bien una «manifestación, aparición» o una «festividad que celebra la Iglesia anualmente el día 6 de enero».

    Cuando veía la obra, en ese momento, en esa frase, mi niña interior se puso delante de mí y me dijo algo que no esperaba.

    Suspiró, se cruzó de brazos y soltó un:

    Te lo dije.

    Porque ella ya lo sabía y yo lo había olvidado. La había olvidado. No recordaba que dentro de una mujer funcional en los 37 vivía una niña, una niña con flequillo, ojeras, un flequillo difícil y que vestía un uniforme verde oscuro y triste a juego con una mochila también verde oscura que me compraron a juego. Ambas odiábamos esa mochila, y años después esa niña protestaría contra esa mochila por ser de una marca que explotaba a niños en la India.

    Pero esa es otra historia porque, en ese momento, esa niña solo quería dejarnos claro que podía pretender todo lo que buenamente pudiera, podría llevarme mil golpes y tener mil aprendizajes: no había madurado. Era algo que, simplemente, no me iba a ocurrir.

    Que mi cuerpo había crecido y mi alma seguía siendo la misma. Y en aquel momento, en el teatro Kamikaze de Madrid, yo aceptaba que no podía ser una adulta, solo fingirlo.

    Y que, probablemente, muchos adultos en aquella sala, estábamos igual.

    Aunque no podamos decirlo.

    No es así.

    No nos está permitido seguir siendo niños.

    Y punto.

    En contraste con la relatividad que tiene madurar, no hay ninguna duda: jugar a ser mayores es uno de los mejores entre todos los juegos para niños.

    Es normal porque, afortunadamente, cuando somos niños, no entendemos el mundo de los adultos. Solo sabemos que ellos deciden cosas tan importantes como si nos lavamos los dientes o no, si llevamos este abrigo o no, si te quedas con una abuela o la otra… Sabemos que no podemos tomar decisiones, y lloramos a veces por no tomarlas.

    No somos conscientes de todo lo que significa ser adulto. Ni siquiera los adultos queremos darnos cuenta de lo que significa ser adulto. De toda la presión que supondrá, y a la vez, de la vida tan maravillosa que podemos llegar a tener. Todo es un lienzo por desarrollar.

    Digan lo que digan, tengan razón o no Messiez y mi niña interior, un niño se convertirá en un adulto. O será la sociedad quien le convierta en adulto. El sistema capitalista le convertirá en un adulto que tendrá que ser utilitario y válido para el engranaje que soporta todo.

    La infancia dura demasiado poco.

    Por eso, cuando pienso en la maternidad, el concepto de la infancia y los bebés me parece que es demasiado corto. Y eso que los bebés humanos son los más lentos en desarrollarse, una gacela podría tramitar su propia declaración de la renta en un año de edad y yo tengo amigas con criaturas que, con esa edad, hablan en meses y se preocupan por si habla, come, anda o hace cualquier cosa en menor medida que otras criaturas de doce meses.

    Y se vive en meses. Los planes dejan de existir en maternidades más precarias y se piensa en cuánto durará la lactancia, la crisis de los tres meses, el porteo, la crisis de los ocho meses, la llegada de los dientes, la guardería, el colegio, el carro, la caída de los dientes…

    No se puede vivir la maternidad a largo plazo. Es sencillamente imposible.

    Pero, ¿y si se hiciera? ¿Cambiaría nuestra perspectiva?

    ¿Si en vez de proyectar una imagen idílica de los bebés de Annie Leibovitz pensáramos en un adolescente con una camiseta de los Red Hot, o en una mujer adulta corriendo a un autobus para ir a trabajar de dependienta, despertaría ese mismo instinto?

    ¿Piensan los padres y madres en sus criaturas como adultas?

    Los niños no son niños eternamente.

    La infancia dura un suspiro. Los niños dejarán muy pronto de ser niños.

    No porque quieran, no porque lo sean, no porque el concepto de «adulto» sea algo auténtico, pero les convertirán en adultos.

    Nosotros mismos les convertiremos en adultos.

    ¿Y eso qué tiene de malo, Irene? Es lo más normal… Pensarás la chorrada que sea sobre tu niña interior pero todos nos hacemos adultos, tenemos hijos y no le damos tantas vueltas, hija…

    Ok.

    Vale.

    Quizá he visto demasiadas veces una profunda decepción en la crianza al llegar a la vida más adulta. Un desinterés. El paso del juguete al adulto, el paso de los juegos a las responsabilidades.

    Escucho a muchos padres decir «y así 18 años» cuando es a partir de esa edad un momento que puede cambiar el destino de tu hijo al 100% y, si te ha necesitado toda la vida, ¿qué? ¿Ya no hay más?

    ¿Me vas a decir que te sabes cuándo ha sido suficiente la maternidad o paternidad? ¿Que hay, por suerte, una ley en la que ampararte para decir «cruci» y dejarles porque ya son adultos?

    A la gente con hijos: Vuestros hijos seguirán siendo vuestros hijos con 50 años, cuando se operen la vista, cuando les falle la cadera, cuando empiecen a tomar medicación para una dolencia, cuando les rompan el corazón, cuando se vayan a vivir lejos porque no encuentran trabajo.

    Y les querréis y estaréis allí para ellos.

    Y eso también es la maternidad. ¿O no?

    Quizá es uno de los motivos por los que no he tenido.

    Quizá ese «amor incondicional» me parece insoportable y tiene un lado cruel que veo con luces de neón tras el disfraz de Frozen.

    O puede que lo haya decidido con mi niña interior, no lo sé.

    Cuando la vuelva a ver, se lo pregunto.

  • Día Internacional Sin Hijos

    agosto 3rd, 2023

    Pues sí, el 1 de Agosto fue la celebración de este día.

    Tras llevar meses escribiendo el blog, defendiendo lo importante que considero que las mujeres no solo se valoren por su capacidad reproductiva y con el plus de haber encontrado referentes y lecturas de gente sin hijos en todo el mundo, pensaba que me haría más ilusión, que me daría algo nuevo, o al menos, mucho ánimo para seguir adelante.

    Pero ha pasado lo que me temía: que soy una escéptica total y le he encontrado tres pies al gato. Y ni siquiera el día internacional sin hijos se libra de las contradicciones de este concepto celebratorio.

    Si celebramos un santo, es porque alguien fue sacrificado por el bien de una deidad cuya existencia no ha sido, probablemente, demostrada, y que ha supuesto muertes poco agradables a personas jóvenes, cuyos deseos no conocemos. Igual no les apetecía morir sacrificados a los veinte, no sé.

    Si celebras el día de la madre, aunque tu madre se emocione con los obsequios y los ya mencionados marcos de fotos con macarrones, ya sabemos que quien sale mejor posicionada es la marca en cuestión, y en mucho menor medida la madre, precarizada y sometida a nuestra infancia, adolescencia y vida adulta en la que el 90% de nuestras decisiones suelen traerle disgustos.

    Si celebras el día del padre, ¿felicitamos a los hombres por tener un día cuando difícilmente son responsables de menos de un 40% de la crianza de sus hijos? ¿Les damos la enhorabuena por el éxito que han tenido con el patriarcado?

    El caso es que en 1973 la Organización de Personas sin hijos de Nueva York organizaba un desfile y una fiesta para conmemorar este día y su elección de vida. Entonces, Anna Silverman, autora de The case against having children, ganaba en la competición a la mejor persona sin hijos. Sin duda, Silverman, solo con su libro, ya había aportado su granito a la arena a la causa y se posicionó de un modo claro y conciso.

    Pero entonces, el desfile, la celebración, la festividad y, probablemente, el hype se desvanecieron, ¿por qué? ¿Fue acaso un desastre de convocatoria? ¿Hubo revueltas? ¿Qué pasó?

     En 1974 quizá la crisis por el petróleo, o el Watergate con la dimisión de Richard Nixon, hicieron que esta sociedad norteamericana, siempre mucho más preocupada en organizar festividades que en buscar soluciones a los problemas estructurales de su país, estuviera a otras cosas.

    El caso es que no es hasta 2013 cuando se retoma la celebración.

    Esta vez es gracias a Laura Carroll, autora y experta conferenciante acerca de la ética de la reproducción y la libertad de elección en cuanto a la maternidad, que volvemos a celebrar este modelo de vida como si fuera lo más normal del mundo.

    Y es que Laura Carroll estaba muy metida en el tema. En el momento que retomó este día como reivindicativo y momento de unión, ya había escrito The Baby Matrix, Familias de dos y Cómo la sobrepoblación está acabando con el mundo, tuvo a bien reunir a más gente como ella y empezar a crear una comunidad. ¿Por qué ella y no otro? ¿Por qué no Flaubert? ¿Y por qué no?

    Dicho esto, subo una publicación en IG, pongo unos memes, comento un par de entradas y leo los contenidos, y videos de personas celebrando esta elección.

    Veo a personas solas.

    No debería sorprenderme dado que las redes sociales son una reivindicación del “yo” a base de selfies y de falso empoderamiento pero… ¿Y las fotos del desfile? ¿Y la gente? ¿Y la sensación de grupo?

    El hecho de ver a personas que hablaban de lo felices que son en su vida, en la soledad de su dormitorio, dirigiéndose a completos desconocidos con los que no queda claro si han compartido tiempo en persona, no ha sido exactamente lo que yo quería.

    Ver a personas que quieren tarjetas de felicitación del día internacional sin hijos no es lo que yo quería.

    Ver a una pareja promocionando su comunidad online A LA QUE TE PUEDES APUNTAR POR UN MÓDICO PRECIO (¿cómo íbamos a ser los únicos en no lucrarnos con la soledad de los otros?), no es lo que yo quería.

    No me veo conectándome a un evento online, hablando con gente que no conozco, no sé qué me pasa pero siento que hay algo que no me interpela. Y de repente, sin entender por qué, no siento que tenga nada que celebrar en este día. Siento que ellos tienen algo que celebrar, que son felices, que tienen razones para ser felices, que entiendo el camino que han elegido, pero, sin embargo, me siento fuera de sitio, casi en la línea con el fraude.

    Pero, sobre todo, me siento engañada.

    Cuando busco en Internet la celebración del día sin hijos, fotos de la celebración, imágenes, no encuentro nada. Me aparecen bastantes imágenes de Reddit y de lugares estadounidenses en los que van a prohibir a personas sin hijos. Encuentro el desfile del Pride, manifestaciones proTrump, grupos de unión en apoyo a las mujeres de Irán, fotos del Primavera Sound… Reviso la búsqueda y los resultados no cambian, y no lo entiendo.

    ¿Dónde están las imágenes de ese desfile?

    ¿Por qué no encuentro ni una sola imagen de esa comunidad junta, de ese grupo de gente chocando vasos, hablando cerca, acortando distancias?

    Y me golpea.

    Me da un golpe en la cabeza como si me hubiera caído un ladrillo.

    Es 2023.

    Se trata de una comunidad online.

    No es que no haya habido fotos, las hay.

    No es que no haya plataformas, las hay.

    Es que mi mundo analógico ha desaparecido.

    Lo que yo conocía, los grupos, la conexión, la sensación de unidad es algo que no está ni siquiera allí. Bueno, sí, en los festivales de música, donde la gente está más pendiente de grabarse con el móvil que de ver a Blur (estoy generalizando para llegar a una conclusión, no os preocupéis, sé que no todo el mundo es así).

    Cuando miro en la página de Facebook veo montones de páginas, un montón de referentes aislados de la comunidad sin hijos, fotos de personas en solitario sonriendo, completamente ajenos al sentimiento que experimento, y confirmo lo que temo.

    Que sí, que somos muchos. Y que estamos todos aislados.

    Betty White no era amiga de Dolly Parton. Diane Morgan no ha trabajado nunca con Lily Tomlin. Parece que Bernadette Petters y Christopher Walken no hicieron migas después de rodar Centavos del cielo en 1981.

    Existimos, y hemos creado espacios online en los que comunicarnos. Igual que hemos hecho Apps, igual que compramos ropa por Vinted, igual que nos vendemos muebles de segunda mano en Wallapop, igual que comentamos videos en Youtube y Twitch, igual que tenemos gente en un club de lectura en el que no conocemos a nadie en persona.

    Los individuos se han aislado.

    Nos llamamos “comunidad”.

    Y somos una comunidad.

    Supongo.

    Porque somos un grupo de gente que queremos lo mismo, vivimos lo mismo, sentimos cosas parecidas…

    Pero seguimos solos en lo que son nuestros grupos y entorno, el único sin hijos en el trabajo, en la familia, en el grupo de amigos, pero como tengo un canal online, parece que eso está bien.

    ¿Está bien?

    ¿Soy yo y mi incapacidad para encajar una vez más o es que creo que no es suficiente con el online, que tras años de aislamiento voluntario el ser humano habría vuelto a las comunidades con los brazos abiertos?

    Porque si me he dado cuenta de algo en base a este día, es que no sólo soy una persona que no quiere tener hijos. No solo tengo un problema como mujer y porque no se valore mi decisión como algo real y auténtico.

    También tengo un problema estructural con las relaciones actuales.

    Qué leches, con el mundo. Tengo un problema con el mundo.

    Tengo un problema con el individualismo y el aislamiento, y siento que deberíamos tenerlo.

    Es que es un problema. Es un problema que aceptemos términos que vinieron de boca de alguien como Thatcher y hayamos aceptado ser individuos que han abandonado la sociedad colectiva en pro del yo.

    Ojo que no va en contra de valorar el yo. Para nada.

    Va en contra de vivir en la absoluta soledad, sin apoyos, sin tejido, sin abrazos.

    ¿Se entiende?

    Es que es un problema si ya nadie siente el cuerpo, si hemos abandonado a los otros por el yo. Porque el yo es suficiente para el amor propio, pero no para la sociedad. Thatcher no debería tener razón, no hemos acabado con una sociedad colectiva, ¿o sí?

    Y tengo un problema con las teorías de Liv Strömquist y Eva Illouz que he leído en No siento nada. Tengo el problema de que dos mujeres que, obviamente, saben de sociología, estructura, economía y psicología tengan razón y, en el mundo actual, estamos perdiendo el nosotros por el yo.

    Y lo sé. Sé que tienen razón.

    Tienen mucha razón y por eso me estoy leyendo No siento nada y Happycracia, libros de dos mujeres sin hijos que me están gustando mucho… ¡Pero no quiero que la tengan!

    No puedo aceptar que la tengan porque…

    Porque yo lo siento todo.

    Porque quiero pensar que fuera de mi casa, del espacio para mi selfie, y de mi pareja, hay más personas que se sienten solas, desamparadas y que necesitan algo más que el yo digital. Las hay, ¿no?

    Lo siento todo.

    Incluso la tristeza de celebrar un día que pensaba que sería motivo de unión y solo parece una excusa más para hacerme un selfie y subir memes a Internet.

    ¿Y tú? ¿Qué sientes?

  • Barbie

    julio 29th, 2023

    Lo prometido es deuda y dije que escribiría, o haría un video sobre mi reflexión acerca de Barbie. Han pasado unos cuantos días y entradas del blog pero intento ser una persona de palabra.

    Va a ser muy diferente lo que escribiré que lo que pensé nada más salir de la película. Obviamente todo eso se debe a la opinión mediática, el trabajo de diversos medios de comunicación, cuentas, amigas, y una cosa que intentaré evitar es algo que veo con todo el mundo, que es, instrumentalizar la película para su propio discurso.

    Empezaré por decir que, para mí, Greta Gerwig está al nivel de las y los grandes directores de cine de Hollywood, y que espero que se la recompense en la misma medida ya que ha sido ignorada tras haber dirigido la preciosa Lady Bird y, para mí, la mejor adaptación que se ha hecho de Little Women. Gerwig sabe narrar, tiene un universo claro y un modo de presentar personajes y universos que ya es muy suyo. No es casualidad que empecemos con un homenaje BRILLANTE a 2001: Una odisea en el espacio acompañado con la voz en off de Helen Mirren. Este tono que va entre lo profundo, lo sesudo, lo clásico y lo divertido nos acompañará durante toda la película. Y qué gusto encontrarlo durante toda la película. Greta Gerwig será uno de los nombres que las futuras directoras podrán utilizar como referentes, abandonando a Bergman o Allen.

    Sin embargo, cuando leí que Margot Robbie producía, y Greta dirigía, la película sobre Barbie, no pude sentir menor interés.

    Cuando se comentó que Ryan Gossling interpretaría a Ken, tampoco hubo un llamamiento a ver la película.

    Realmente estaba convencida de que no sería de la gente que iría a verla. ¿Por qué?

    Porque yo no tenía Barbies.

    Yo jugaba con las Barbies de mi prima. Nunca hubo una en mi casa. No sé si porque realmente fue algo relacionado con venta, consumo de los 80 en España, ya que mi prima y muchas de mis compañeras de colegio sí tuvieron Barbies, pero no fue una imagen que se instalara en mi subconsciente, que viviera conmigo, que me acompañara. De hecho, ni siquiera me sentía identificada con ella, pero cuando jugaba con mi prima, sus Barbies y Kens me daban la oportunidad de relatar historias, hacer nuestras películas, con enfrentamientos, romances, viajes, coreografías.

    Ciertamente Barbie ha sido un referente en la vida de las niñas, aunque no lo fuera para mí, de modo que entiendo la expectación.

    Pero todo cobró sentido cuando vi el tráiler y escuché a Margot Robbie decir:

    Do you guys ever think about dying?

    Ahí recordé quién era Greta Gerwig, recordé que había coescrito la película con su propio Ken, Noah Baumbach, y que, realmente, podía prometer algo excepcional.

    La película, muy femenina, o al menos en lo que creo que es la creación más femenina, hace que todos los personajes tengan importancia. Greta da espacio para los arcos de todos los personajes y hace que tanto el mundo real como Barbieland se nos prometan auténticos y definitivos. El viaje que Barbie hace de su felicidad, pasando por su depresión hasta su empoderamiento, gracias por una Sancho Panza MAGNÍFICA como es América Ferrera es sublime y muy inteligente, porque no solo te está hablando de la historia de una muñeca, te está hablando de la relación de las mujeres con la vida, con nuestras crisis, con nuestro aburrimiento, nuestra creatividad.

    Gloria es todas las mujeres, y Barbie es todas las mujeres, y ambas, junto con todas las Barbies, nos muestran un mundo de hombres tomando decisiones ridículas y trabajando en puestos para los que no se sienten preparados (porque no lo están). He de decir también que aquí el desarrollo del personaje de Ken es fantástico, su descubrimiento de lo que es el heteropatriarcado, su intento de levantamiento contra las Barbies en una época en la que Trump aún amenaza en el horizonte y en Europa tenemos una ultraderecha soplándonos la nuca desde hace 5 años como poco, es casi demasiado real y hubo momentos en los que no me podía reír.

    Es cierto que ha habido algún momento que se me ha hecho largo o que las introspecciones de  los personajes, tan imprescindibles para el leit motiv, que encajan en el ritmo, que funcionan, a mí , personalmente, se me hacen largas (ya me pasaba en Frances Ha o en Lady Bird).

    Y en el apartado menos fan, también diré que el final para Will Ferrell y CEOS me supo a poco. Esos inútiles que seguirán gobernando Mattel, sin que haya ningún intento ni posibilidad de destronarles, me parece que pasa tan desapercibido como los micromachismos, y estamos con uno brutal. Y por mucho que entre la creadora de Barbie, cuyo tono tampoco me acababa de convencer demasiado, me dejó un poco fría, PERO no me parece mal. Al fin y al cabo ES UNA PELÍCULA, la responsabilidad de acabar con el patriarcado no es del cine, es de la sociedad.

    Pero eso es otra historia.

    La película me ha encantado, sin duda.

    Y Margot Robbie y sus Barbies consiguen, casi casi, hacer una representación global de las mujeres del mundo en la que todas nos vemos allí.

    Y aquí llega el momento de la verdad.

    ¿Es Barbie un símbolo para las mujeres sin hijos?

    No lo sé, Greta Gerwig no deja fuera a las madres de esta historia, y busca un espacio de unidad entre mujeres que sea bello, sanador y empoderador.

    Sin embargo aquí entran las redes sociales y la instrumentalización social de cualquier contenido para lanzar propagana. Y Barbie no se libra de la gente obsesionada con el Marketing y consumo comprando Barbies, camisetas y cosas de color rosa, e incluso de los pronatalistas.

    Porque, SPOILER, ya sabéis que la última escena y última frase de Barbie ha dado muchos posibles mensajes.

    Barbie, ahora Bárbara Handler, al final de la película, vive en el mundo real, lleva Birkenstock (Go Barbie) y va a… Su ginecóloga.

    No se ha hecho esperar la cantidad de teorías buscando la idea de que Barbie cambia Oz por Los Ángeles porque, al ver a Gloria, quiere ser madre, quiere crear vida, encuentra su misión.

    Aunque podría ofenderme y volver a mi ser y decir – NO TODAS LAS MUJERES QUEREMOS SER MADRES Y BARBIE NUNCA TUVO HIJOS, LOS TUVO SKIPPER Y MIDGE, ¿VALE? – no lo haré. ¿Qué necesitas creer que Barbie también quiere ser madre? Pues bien.

    Lo que me molesta es la percepción que causa esa escena.

    Y me temo que hemos protegido demasiado a los hombres y personas que no visitan al ginecólogo. Creo que es un tema tan tabú del que nunca se habla y, por tanto, los hombres que están entendiendo que Barbie va al ginecólogo porque quiere tener un hijo, realmente no tienen ni idea del cuerpo femenino ni de lo que hacemos allí. Y quizá nosotras también tengamos algo de ver al no normalizar el período, las ETS, las infecciones, los dolores menstruales, los ciclos.

    Una vez más, las mujeres tiramos hacia adelante y nuestras visitas anuales al ginecólogo pasan desapercibidas para la sociedad (la sociedad aquí son los hombres, una mujer es muy consciente de que va a la ginecóloga no solo cuando está embarazada).

    Pero Barbie… Barbie dos minutos antes de esa escena estaba en Barbieland y no tenía vagina. Lleva dos minutos en la película con una, ¿A NADIE SE LE HA OCURRIDO PENSAR QUE IGUAL TIENE QUE SABER PARA QUÉ SIRVE Y QUE HACE CON ELLA? La hemos visto descubriendo que cae agua de los vasos en el mundo real treinta minutos antes pero, antes de saber cómo masturbarse, o de tener relaciones sexuales, antes de saber lo que hay allí y lo que conlleva, ¿YA ME SALÍS CON EL INSTINTO MATERNAL?

    No lo negaré categóricamente. Igual hay algo de ello.

    Pero que la visión masculina asuma que por una frase en la que una mujer dice “vengo a ver a mi ginecóloga” lleve a la maternidad, supone un error de base. Supone que una gran parte de la sociedad es ajena a los ciclos menstruales, higiene genital, bultos, angiomas, quistes, desgarros, citologías, mamografías, infecciones, ETS’s, medicación anticonceptiva, REVISIONES, con revisiones ya tenemos una visita anual fija desde los 18 años (en Venezuela me contaron ayer que una amiga empezó a ir tras su primer período, con 13 años; en España creo que en mi época no íbamos hasta los 18, o quizá fue cosa de mi madre, ¿cómo fue vuestro caso?)…

    En fin, son un montón de posibilidades que nada tienen que ver con los embarazos y experimentamos la mayoría de las mujeres que tenemos una vagina.

    Pero tenemos, una vez más, que asumir que la palabra “ginecóloga” se asocie a “embarazo”.

    Diré que no lo asumo. Y que no es culpa de la película, sino de la mediática alrededor, que cogen cualquier chiste para justificar discursos conservadores y ajenos a muchas más realidades que la que les conviene. Y que no cuela.

    Porque aquí yo soy mi Barbie. Y Barbie puede ser quien ella quiera.

  • Es polémico

    julio 28th, 2023

    Dar-mi-opinión-sobre-la-elección-de-no-tener-hijos-es-polémico.

    Una-decisión-personal-intransferible-y-propia-que-no-afecta-a-la-vida-de-nadie-es-polémico.

    Lo-que-es- es absurdo.

    Pero cierto.

    Opinar que las mujeres, solo por nacer, no tenemos el instinto automático de convertirnos en gestantes, es polémico.

    Opinar esto, es polémico.

    Verbalizarlo es peor.

    Y además, es lógico.

    La enseñanza sobre como las mujeres están destinadas a convertirse en madres es definitiva. Hacer cualquier incisión en este dogma, en esta norma, implica algo peligroso. En vez de opinar o plantear el libre albedrío o la toma de decisiones, estás convocando un apocalipsis.

    Porque claro, si nadie tiene hijos, se acaba con la raza humana.

    Por tanto, si nadie tiene hijos, se acaba con la vida tal y como la conocemos.

    Así que tu compañero de trabajo tiene razón.

    O tu cuñado.

    O tu vecino.

    Cualquiera de los hombres que nunca tendrán que gestar y te dicen que no son «ni machsita ni feminista» y sienten el derecho a darte lecciones morales sobre la vida tienen razón.

    La reproducción es imprescindible.

    La natalidad no es cuestionable.

    Fin de la historia.

    Solo que…

    Bueno…

    Que pienso yo que menuda casualidad que todo lo que puede ayudar a la vida humana y su mantenimiento dependa de las mujeres, pero opinen tanto los hombres, ¿no?

    Es un problema gigantesco el que algunas mujeres decidan no tener hijos porque no sean lo suficientemente generosas.

    Pero a nadie le parece un problema que las personas sin capacidad gestante estén en posesión del discurso moral. Que la mayor parte de los periódicos, televisiones o agencias de comunicación, lancen mensajes nocivos a las mujeres y condicionen las decisiones de nuestra vida 24 horas al día, y en muchos casos sean pronatalistas los que están detrás de ello.

    ¿No le parece a nadie más que a veces los argumentos de «hay que tener hijos» o «el instinto maternal es general» son demasiado simplistas y, sobre todo, muy convenientes para no dejar espacio a una libertad de pensamiento que te permita alejarte de la norma?

    Además, ¿estos conceptos de dónde vienen?

    ¿Es ciencia? ¿Es humanismo? ¿Quién es el científico o pensador que estableció esta teoría? ¿Mejor para las mujeres o para los hombres? ¿Mejor para el individuo o para la sociedad? ¿Mejor en qué contexto socio-político-económico? ¿Cuál es esa base de la que hablan?

    En serio, es demasiado complejo para dar un dogma, y sin embargo, se da, sin vergüenza, sin reparo y sin cuestionamiento alguno.

    Pero yo me planteo de nuevo la división, el núcleo. Estamos todos escindidos, como partículas, pero en cada núcleo familiar, debe haber más miembros, todos los posibles. Sin corazón o con demasiado, da lo mismo.

    Establecer tantos núcleos diversos hace que cada vez nos relacionemos menos. ¿Dónde está el rol de los tíos, de los amigos de los padres, de los amigos de Toulouse?

    Perdemos la conectividad, la capacidad de estar juntos y de crear comunidades, a base de espacios unitarios en los que se diga que todos pensamos igual cuando, claramente, todos pensamos distinto.

    Si la sociedad se disgrega cada vez más y las conexiones y colectivos son, cada vez más, imposibles de convertir en realidad, entonces, dependiendo de la realidad de tu familia, puede ser una experiencia solitaria y demandante en exceso. Y no solo habrá soledad, sino que esta, inevitable con o sin hijos, se volverá más cruda para la gente sin recursos.

    Donde deberíamos estar todos de acuerdo, nos enfrentamos.

    Y evitamos tocar temas que puedan ser realmente polémicos, los blanqueamos y hasta los ignoramos.

    Porque no hay presión social hacia las mujeres para ser madres.

    Los niños no sufren las malas decisiones de sus padres.

    Es normal que las soluciones a la precariedad se solucionen CON DINERO.

    Es normal que el sistema que no te ayude.

    Es normal que sufras.

    Por eso, ten hijos, y, si no lo tienes, por lo menos, no lo digas.

    No cuestiones nuestro dogma.

    No escribas un blog.

    No hables de la desigualdad.

    No pretendas acabar con el concepto del instinto maternal.

    No pienses que hay más mujeres como tú.

    No dejemos de tener hijos.

    No dejemos de querer tenerlos.

    No nos quedemos sin pensiones.

    No eres especial.

    Claro que no soy especial. Pero tampoco soy polémica.

    Nos han hechos polémicas.

    Pero, para mí, que toleremos que se culpabilice a las personas en sus decisiones individuales, de lo que es responsabilidad del sistema y de sus políticas, es polémico.

    Que la gente piense que el que alguien no tenga hijos y eso afectará a su pensión, en vez de pensar cómo las grandes fortunas no pagan los impuestos que deberían pagar, es polémico.

    Que no entendamos el racismo, el machismo y la aporofobia y permitamos gente que apoya mensajes socialmente denigrantes hacia los más débiles, es polémico.

    Que no entendamos que no hay buenos millonarios, que matemáticamente es imposible acceder a según qué cantidades es porque no hay una repartición equitativa, mientras hay excedentes de producción que siempre acaban en las grandes fortunas, es polémico.

    Hay muchas cosas polémicas, muchas cosas por las que protestar, muchas cosas por las que salir a tomar las calles ya.

    Pero que algunas mujeres no decidan ser madres, no, no es polémico.

    Y nunca debería haber sido polémico.

  • Jane, la Spinster

    julio 25th, 2023

    Cuando empecé a buscar referentes de mujeres sin hijos, pensaba que estaba destinada a encontrar diversas figuras históricas con las que encajaría como un guante. Y aunque pensaba que eso me iba a pasar con Jane Austen, lo cierto es que no ha sido así. No del todo, al menos.

    Para empezar, porque no fue hasta casi los 27 cuando empezara a leer novelas de Jane Austen.

    Sí, era consciente de que me gustaba muchísimo Sentido y sensibilidad, la película, su primera novela, pero no, no diferenciaba un libro de Austen de cualquiera de las Bronte, Mujercitas o Regreso a Howards End.

    Tampoco soy una gran fan de la época georgiana. Ni de su literatura.

    Sin embargo, es posible que Jane Austen sea la mejor cronista de la vida femenina en una familia gentry en la época georgiana. No sólo a nivel económico, también a nivel histórico. En el podcast The thing about Austen hablan de las pinceladas sobre la revolución francesa y el miedo en Inglaterra a estas revoluciones, que aparecen en Northanger Abbey, por ejemplo.

    Pese a todo, pienso que su hype, viene de algo que no ha tenido que ver con ella en absoluto, sino sobre la propia romantización que ha hecho nuestra generación de narradores, con ella y con su trabajo.

    Hablamos muchísimo de la tensión entre Darcy y Lizzie de Orgullo y prejuicio, pero lo que Austen nos estaba contando realmente es uno de los principales dramas que pudo vivir su familia, o el de las familias amigas:

    La necesidad de casar a todas sus hijas para salir adelante y la tragedia que supone para una familia el hecho de criar más hijos de lo que podía resultarles asequible. Porque, a diferencia de tu amiga que te dice “y tú para cuando el segundo” Jane Austen no solo no tuvo hijos, además tenía muchísimas reservas y opiniones pragmáticas y críticas sobre una producción desmedida de progenie.

    Creyente en el control de la natalidad, ya fuese “en camas separadas” (como puso en una carta a su hermana Cassandra) o utilizando la piel de vaca a modo de preservativo (lo que también podía prevenir contra la sífils en aquella época), Jane consideraba que había gente que tenía hijos por encima de sus posibilidades y creía que no todo el mundo podía tenerlos. Ella misma sin duda. En otra carta se encontró, al respecto de la crianza de su propia cuñada Mary Austen, Jane escribió «Mary no se maneja tan bien como para que me entren ganas de imitarla. Pobrecilla. ¿Cómo es posible que esté criando otra vez?»

    Tal y como estoy leyendo en «Austen en la intimidad», el interés de Jane por experimentar la maternidad, era casi nulo. Y el modo en el que hablaba de ello lo dejaba a la altura de una de las experiencias más desagradables y poco apetecibles que pudiera experimentar. Su correspondencia la acerca más a una bloguera punki que una periodista de investigación bebiendo té en la campiña.

    Pero, ¿qué habría cambiado la cosa si Thomas Lefroy, el pretendiente que se le conoce, le hubiera hecho una pedida de mano?

    Nada.

    ¿Jane habría cumplido el destino de sus personajes casándose y…?

    Y nada, porque los personajes protagonistas de Jane Austen no tienen hijos.

    Los personajes secundarios tienen hijos. Alguno, por novela. Alguno lo tiene durante la novela, alguno carga con un niño pequeño, algunas madres mayores arrastran a sus hijas solteronas a las meriendas en sociedad. No hay ningún final feliz con un nacimiento, y si lo pensamos en serio, encontramos subtramas maternales que suceden como fruto de la estupidez y de la falta de planificación, véase el caso de Lydia en Orgullo y prejuicio o el de Eliza en Sentido y sensibilidad. En todo momento, los personajes de Austen se llevan las manos a la cabeza ante las dificultades económicas que atravesará la pareja y la triste y difícil manutención que tendrá la criatura. Nunca es un motivo de alegría, siempre es motivo de estrés y enfermedad y que ocasiona situaciones tan incómodas como pasar más tiempo con la figura materna.

    Porque si salen mal paradas las tramas de maternidad en ciertas novelas de Austen, no os quiero ni contar como salen paradas las madres en sus novelas, moviéndose entre una aspirante a Lady Macbeth o un personaje carente de cualquier tipo de sentido común, cuyo único objetivo, volvemos a decir, es casar a sus hijas.

    ¿Para que sean felices? No, para que paguen la dote y saquen a las familias de sus dificultades económicas.

    ¿Para que tengan muchos hijos? No, eso nunca sale. Y si tienen, que sea porque se los pueden permitir.

    ¿CÓMO ES JANE AUSTEN UN REFERENTE EN TRAMAS ROMÁNTICAS? ¿CÓMO SE LEYÓ ALGUIEN PRIDE AND PREJUDICE Y LLEGÓ A LA CONCLUSIÓN DE PONER A COLIN FIRTH SALIENDO DEL LAGO?

    Jane Austen tenía muchos más intereses que la maternidad o el amor romántico.

    Como la guerra. O la vivienda. O la ausencia de ella.

    Una de las grandes autoras de todos los tiempos, quizá por no contraer matrimonio, quizá por las bases económicas de su familia, nunca tuvo un hogar propio. Al igual que algunos de sus personajes como Fanny o Catherine, vivió por temporadas en Bath, en el colegio de señoritas de Abbey, tras salir de Steventon, volver a Bath, vivir como un anciano del Inserso en el mar, entre otros lugares… Sin tener una casa ni para ella, su madre y su hermana Cassandra.

    Cuando llegaron a Winchester, sin apenas dinero, y con una enfermedad que ya la cercaba y de la que fallecería con 41 años, ella todavía lo tenía todo por ganar, y no estuvo para verlo.

    Sin embargo, toda su familia ha contado su historia posteriormente y sus libros han llegado más lejos que cualquiera de los negocios que hicieran prósperos a cualquiera de sus coetáneos.

    Nuestra spinster, pese a irse joven, pese a ser un bicho raro, no estaba sola. A su lado tenía a su hermana Cassandra, su prima Eliza, su cuñada Mary Lloyd, amigas… Amigas con y sin hijos, creando todas un soporte en el que Austen no tuvo hijos ni se casó sino que escribió y, tiempo después, pasó a la historia. E hizo que sus amigas y su hermana también estén hoy en mi pensamiento mientras escribo estas palabras. Aquellas que criaron y aquellas que no. Todas entre Steventon y Winchester.

    No sé si guardaremos, más allá de escribir o no haber tenido hijos, cualquier rasgo en común.

    La historia ha convertido a una de las grandes creadoras de heroínas de la literatura georgiana en la referente de las mejores historias de amor.

    Quizá no era su intención, pero Austen es responsable de la llegada al mundo de Colin Firth como Mister Darcy, la adaptación al best-seller de El diario de Bridget Jones, los memes de Charlotte Lucas, Keira como Lizzie, aparte de innumerables vídeos de Tik Tok.

    Ha pasado por ser, desde una autora respetada y valorada, a un fenómeno pop hasta un fenómeno inmortal más allá de la literatura.

    Quizá no hizo mal en dedicar la vida a sus libros y no a tener hijos.

    Y quizá ella lo pensaba también cuando comentó esto a una amiga, por carta, antes de conocer a su recién nacido: «Al igual que yo deseo conocer a Jemima, estoy segura de que a ti te encantará conocer a mi Emma, por lo que me llena de alegría mandártela para que la leas con atención».

    Seguramente la amiga que leyera esa carta y recibiera EMMA no pensara que esa novela iba a perdurar en la historia más allá de su continente y época, sino que se ofendería pensando en el poco valor que esa escritora raruna le daba a su querida Jemima. Al fin y al cabo, ella era una madre hecha y derecha y su amiga Jane era solo la hija de los Austen, una solterona sin casa, sin hijos y con un futuro incierto.

  • …yo también quería hacer felices a mis padres

    julio 14th, 2023

    «Mi madre se va a poner tan contenta»

    «Mi padre va a disfrutar tanto con el peque»

    «Mis padres van a ser unos superabuelos»

    No soy ajena a los sentimientos, y mucho menos soy inmune a la profunda tristeza que me provoca pensar que mis progenitores puedan sufrir por mis decisiones vitales.

    Soy hija única, ¿sabéis lo que eso significa?

    Cuando eres hija única te crees el puto culo del mundo en lo que se refiere a la felicidad para tus padres. Llegas a pensar que cualquier decisión en tu vida ha de ser sometida, aprobada o, por lo menos, validada por ellos. Cualquier cosa cuestionable es un paso en falso. Cualquier momento en el que tú les generes cualquier tipo de dolor es imperdonable.

    La idea de familia cuando vienes de una familia pequeña es muy frágil. En vez de sentir que sois un equipo y que nada podría romperlo, el miedo a la separación es gigantesco. Una imagen que representa muy bien la de la pelea en una familia pequeña es la de la tortura del desmembramiento. Un poco como esto:

    Digamos que esa persona a punto de reventar su sistema óseo contra su voluntad es el núcleo familiar. Y los caballos somos la familia.

    Las familias a veces pueden ser cuatro personas tirando en direcciones opuestas.

    De hecho, de no haber sido por mis abuelos, no sé cómo lo hubieran hecho.

    Y aquí comienza la cadena: con los abuelos.

    Los abuelos son muy felices con la llegada de los nietos. That’s a fact.

    Sin embargo, este rol de ángel de la guarda que asumen personas en los años de su jubilación y un merecido descanso post jornada laboral eterna y maternidades, a veces se convierte en una segunda maternidad: Abuelos a la puerta del colegio, a la puerta de las extraescolares, sentados en un parque limpiándose las gafas sin saber si están sucias o tienen cataratas, abuelos leyendo el Pollo Pepe, personas en torno a los 60 años siguiendo la jornada laboral de sus hijos.

    La gente tiene hijos y eso hace felices a sus padres porque les da una labor, ¿no? Porque, ¿qué harían si no en su largo día de inactividad? ¿Cómo no van a querer repetir la maternidad?

    Es cierto que los abuelos disfrutan mucho de los niños, que se ríen con ellos, que les ayuda a conectar más con la vida y la alegría, pero, ¿eso hace que estén preparados para que sea un trabajo diario? Porque a veces lo es.

    Huy.

    ¿Cómo?

    Ah…

    Vale.

    Me llega la voz de la conciencia, el pepito Grillo que me recuerda cómo la gente con hijos está tremendamente superada y no tiene más opción que pedir ayuda… Y además que el Pollo Pepe es uno de los mejores libros de la literatura infantil moderna y que, aunque no imagine a mi padre leyéndolo, no significa que a NADIE le aburra o le canse leerlo 20 veces al día.

    Perdón.

    Lo que quería decir es que esto es una situación estructural. ¿Sabéis lo de «aprieta pero no ahoga»? Pues yo veo ciertos signos de asfixia.

    Si los trabajos son de 9:00 a 18:00 y los colegios de 8:30 a 17:00 está claro que los progenitores, o reducen su jornada (y dime tú si todo el mundo tiene un trabajo en el que puede reducir la jornada y conciliar), o hay que contratar un canguro o llamar a los abuelos. La canguro hay que pagarla y los abuelos salen gratis y, además, están encantados.

    Pero… Perdona, Pepito Grillo, es que tengo una pregunta porque, tal y como lo entiendo, cuando llega tu jubilación, llega el momento de abandonar las rutinas laborales y los cuidados. De hecho, con 40 años, yo ya estoy más cerca de pensar en cuidar a mis padres que en que ellos me cuiden a mí o se responsabilicen de mis cosas. ¿Es completamente erróneo el suponer que a los abuelos les gusta ver a sus nietos, quedarse con ellos a veces, regalarles cosas, malcriarles, llevarles al teatro sin adquirir nuevos horarios ni aprenderse de memoria el Pollo Pepe?

    Nos puede parecer normal que personas de más de 60 años, que están pendientes de su propia jubilación por cierto (algunos abuelos en España aún no se han jubilado), dediquen estos años a nuestras criaturas. Pero, ¿lo es?

    «Lo es.»

    Alguien ha decidido que lo es.

    Pero, ¿qué hacemos si son nuestros padres quienes necesitan nuestros cuidados?

    ¿Qué hacemos si ellos mismos están teniendo problemas con sus pensiones y jubilaciones?

    ¿Qué hacemos si no podemos, ni con ayuda de nuestros padres, pagar esa maternidad?

    ¿Qué hacemos si no hay hueco para los niños en los colegios?

    Y además, ¿qué hacemos si no queremos tener hijos?

    Ni Pepito Grillo ni yo tenemos una respuesta, pero diré una cosa.

    El sistema no lo pone fácil ante cualquier tipo de carga familiar, ya sea el tener hijos, nietos o cuidar de familiares enfermos, así que no me parece indecoroso decir que no le debemos nada.

    Tampoco debemos nietos a nuestros padres.

    Esa idea de los abuelos que viene del abuelo de Heidi es un ideal ficticio que sirve de solución y de condición. Genera un acuerdo entre la felicidad de unos y la responsabilidad de otros. Pero no todos los abuelos pueden gestionar una segunda maternidad, y muchas personas no pueden (o no queremos) gestionar la primera.

    Aunque algunos sigamos siendo niños deseando hacer feliz a la gente que son (o fueron) nuestros padres. Deseando que sonrían con nuestros logros. Deseando que nos quieran por encima de todo. Deseando su felicidad.

    Pero no, eso no se lo debemos a nadie.

    Y quizá deberíamos tener una copia del Pollo Pepe por casa.

    Realmente está muy bien.

  • Estarás sola cuando mueras

    julio 9th, 2023

    Una de las grandes respuestas al «no quiero tener hijos» de buena mañana y, a vece, sin café de por medio.

    Contundente e innecesaria.

    Una maldición.

    Porque no se trata de una simple descripción. Es una catástrofe. Es una tragedia.

    Y es algo de lo que no nos libraremos ninguno. Pese a que vivamos la necesidad de permanecer, de mantener un legado, de no ser olvidados, pese a creernos Hércules buscando un manantial de la vida eterna, los vampiros de Twilight o Sauron, no es así.

    La vida acaba. Y en el imaginario de muchas personas que lanzan la maldición, el final de su vida acaba en una cama rodeado por hijos y nietos. Y siento decir que, ojalá fuera así, pero estamos más en lo ideal que en lo real. Lamentablemente, cuando las cosas nos van bien, encajamos con las reglas y el sistema nos favorece, sentimos que todo va bien, que somos invencibles y que absolutamente nada malo nos puede tocar. No solo la muerte, tampoco la enfermedad, tampoco las guerras…

    Una cosa es ser optimista y otra cosa vivir completamente desconectado de la realidad en España e ignorar cómo están sucediendo los finales de la vida de nuestros, primero abuelos, luego padres, luego nosotros.

    Las ancianas y ancianos que mueren en residencias, con familias, sin familias, con nietos, suelen morir al lado de otra persona que han conocido allí, y que seguramente muera allí también. A su lado, personas que nunca han formado parte de su vida anteriormente. Han ido allí para acabar sus últimos días de la mejor manera. Y por mucho que hablemos de los cuidados y la familia, consideramos que la mejor manera es esa, con la separación. Y no hay ningún problema, lo asumimos con normalidad.

    Les enviamos ahí porque es lo mejor para ellos. Nos dejamos una pasta como hijos. No tenemos el tiempo ni la experiencia, los cuidados no resultan compatibles con la vida moderna así que decidimos que eso es lo mejor. Sin duda, es lo mejor. Seguramente sea lo mejor. Puede que sea lo mejor.

    Ojalá sea lo mejor.

    Esa persona, el anciano o anciana, que está en ese proceso del final de su vida, que se despide, puede llegar a tener un tiempo suficiente y crea un nuevo entorno. Esas personas con las que conviven, son personas a quienes puede coger cariño, o no.

    Lo mismo sucedería inevitablemente con el grupo de trabajadores que van allí cada día, que firman un contrato laboral para, no solo trabajar, sino ser durante unas horas, la nueva familia que esa gente tendrá en esos últimos días. Porque estas personas están yendo a trabajar, pero los ancianos les ven cada día, hablan de sus cosas, son su comunidad.

    En 2020 la estadística, pre-COVID, indicó que los ancianos que recibían visitas (ni siquiera regularmente) eran un 40%.

    Sólo un 40%.

    Pero, el hecho de tener hijos, te vengan a visitar o no, ¿querías tenerlos o es una manera de aplacar el golpe que nos supone darnos cuenta de que nuestra vida tiene un final? ¿De que llegará un momento en el que nos despediremos de la vida?

    Es difícil estar en las despedidas.

    Es imposible, en ocasiones, llegar al momento de las despedidas.

    Y además, es muy duro despedirse.

    Planteando que lleguemos a viejos, planteando que no hayamos sufrido una larga enfermedad, o corta pero mortal, planteando que lleguemos a un momento de despedida en el que sabemos quienes somos, y de quién nos despedimos, estando en el mejor de los casos, mucha gente muere sola, o acompañada por otra gente que no esperaba, que igual apenas conoce, o que igual ni le gusta.

    Mucha gente de mi edad recibe una llamada, no tiene tiempo para estar siempre con sus padres, o nunca, o incluso ha tenido una relación de mierda durante toda su vida y, llegados a este punto, no quiere pero debe hacerlo.

    Tengo la necesidad de decir que creo que este tema no está relacionado con tener hijos. Esto tiene que ver con lo lejanos que podemos estar de la gente que consideramos familia, y del miedo que nos da esa despedida.

    Duele tanto que no podemos olvidarlo, ¿verdad? Duele tanto que la maternidad puede ser una vía de escape. Si hay nuevas generaciones merecerá la pena la vida y, sobre todo la muerte, por esa despedida, por ese momento en el que alguien nos mire y nos diga «sí, ha sido real». Merece la pena llegar a viejo para que haya alguien que nos recuerde nuestra vida antes de abandonarla.

    Ese «alguien» puede no ser un hijo, no sabemos qué será de la vida de los hijos, ni siquiera sabemos quién va antes. Igual ese alguien es la enfermera que te dio el desayuno por la mañana, tu hijo, tu médico, tu hermana, un transeunte que te dice unas últimas palabras por accidente… Y eso en el mejor de los casos.

    La vida puede ser maravillosa, y a veces cruel. Muy cruel.

    No sabemos cómo será la muerte, y quizá, por eso, no la sepamos gestionar.

    Y si ya tenemos una educación tóxica para la vida, no os quiero ni contar la educación tóxica que tenemos frente a la muerte en lo que es España (no entro a hablar en otros lugares, aunque me gustaría mucho informarme de su gestión precisamente en aquellos otros lugares).

    Para empezar, entendemos que es algo en lo que no hay que pensar, que hay que evitar, incluso que podemos evitar, o que cuando llegue, seguiremos ahí. Vivir continuamente en una fábula sobre el manatial de la vida eterna es mejor.

    Para seguir, una vez muertos, debemos permanecer vivos. No tenemos suficiente con nuestra propia vida, alguien tiene que mantenernos vivos, otra persona que mantenga vivo nuestro… ¿El qué? ¿Nuestro nombre? ¿Que parezca como si siempre siguiéramos ahí?

    ¿Vamos a perdurar ocho mil millones de personas?

    Y no sólo lo «queremos». Decidimos y sentimos que tenemos el derecho.

    Y en el momento en el que podemos ver que nos estamos yendo, cuando se hace real que igual se acababa todo, seguramente sintamos rabia, enfado, seguramente si nos dieran la opción de tener un abogado defensor para defender nuestro derecho a seguir vivos, contrataríamos al más caro, al peor de todos, al más sanguinario, a quien fuera capaz de negociar un rato más, un tiempo más de vida.

    ¿Existe algún modo de preparar la vida para la muerte? Ni idea. Aunque creo que, tener o no descendencia, condicionará mi vida, pero no mi muerte. Y si lo hago por condicionar mi muerte, y que alguien esté pendiente de mí, pague una residencia etc, ya no lo hago ni por el amor condicional ni por la despedida. Ya sería una decisión práctica, fría y sin sentimiento.

    Entiendo que una mano amiga a la hora de pensar que todo se acaba, la mirada de alguien que te quiere cuando todo se acaba, no tiene precio, pero no sabemos qué será lo último que veamos cuando eso pase.

    No tenemos ni idea del cuándo, cómo, dónde, con quién o por qué.

    Seguramente sí, estaré sola cuando muera. Y me aterra.

    Pero aquel que dice esa maldición, tampoco sabe cómo le sucederá. Y su terror, no tiene por qué atacar a otras decisiones.

    La vida es única.

    Así que tendremos que hacer con ella lo que queramos. Incluso si eso implica decidir no tener hijos.

  • (no) somos números

    junio 30th, 2023

    Me he pasado toda la tarde mirando la tabla de estadística del INE.

    Tenía cuatro entradas perfectamente buenas, perfectamente disponibles para publicar pero no he podido. En la cabeza no paraban las críticas, los comentarios, el autoboicot.

    Mirando las estadísticas del INE, he visto lo que asusta tanto a los pronatalistas. Por cierto que no hay una corriente clara de pronatalistas y de antinatalistas en España, estos términos están en alza en Estados Unidos y en otras zonas de Europa.

    Hungría es pronatalista, por ejemplo, en el sentido en el que da ayudas generosas a la gente por tener hijos y que anuncian y temen continuos apocalipsis por la bajada de la natalidad. No por una guerra que tienen al lado, sino por gente teniendo menos hijos, bueno…

    No he encontrado un estado antinatalista, apenas referencias a reflexiones filosóficas, políticas de control de la natalidad en China, la India, Assam, el Hong Kong británico (ni sabía que había un Hong Kong puramente británico), pero no una política de eliminación de los nacimientos, sino de una limitación. Conste que no soy una fan de la gestión de estos gobiernos.

    Con respecto al antinatalismo, en el que yo no encajo tampoco, en Reddit hay bastantes conversaciones y chats. Todas esas personas suelen vivir en lugares alejados, con una imposibilidad física de crear cualquier tipo de tejido social en el día a día.

    Pero bueno, ¿para qué ibamos a necesitar la gente sin hijos un tejido social en el que apoyarnos? Porque ya nadie tiene problemas de dinero, salud, logística, mental, por no tener hijos… Tendré que decir una vez más cómo soy PLENAMENTE CONSCIENTE DE LAS DIFICULTADES EXTRA QUE CONLLEVA SER PADRE, YA LO SÉ, YA ME LO HAS DICHO, pero eso no quita la dificultad que pasamos todas las personas en el sistema y la extema soledad a la que nos enfrentamos la mayoría.

    Pero no nos merecemos el tejido, por lo que parece.

    En España, esa comunidad antinatalista, ¿acaso existe como tal?

    En Internet, por el momento, he encontrado un podcast y un par de grupos en Facebook. Hecho esto, en menos de cinco búsquedas, me han salido tres grupos pronatalistas y en todos los antinatalistas entraban muchos padres buscando predicar.

    Vamos a ver, cuando una persona quiere buscar pelea, por lo menos debería reconocerlo. Hay una diferencia entre predicar y evangelizar y entrar en un sitio porque quieres bronca.

    En fin, no soy antinatalista, no quiero tener hijos, no soy madre, creo que la culpa de todo la tiene el capitalismo así que supongo que solo soy un número, ¿no? Un componente de una estadística.

    Cuando veo en las estadísticas la bajada en los nacimientos en toda España salvo en Madrid, Aragón y Murcia me viene a la cabeza otro concepto, que es el de la España vaciada.

    Si no hay gente, ¿quién va a tener hijos?

    Si toda la gente es muy mayor en Asturias, Navarra o Extremadura, ¿quién va a tener hijos en esas comunidades autónomas?

    Parece que olvidamos que, a lo largo de todo el año, se ha ido hablando de un gran problema en la economía global y, en el caso de España, que ha hecho que los focos laborales de todo el país se concentren en Madrid, Cataluña y, algo, en Valencia.

    Estamos aterrorizados de que no haya nacimientos en Galicia, pero nadie joven y con hijos se va a vivir allí porque no tienen posibilidad de encontrar un trabajo.

    Nos echamos las manos a la cabeza cuando en Extremadura no hay nacimientos cuando todos nuestros amigos extremeños trabajan en Madrid.

    La gente que teletrabaja y tiene hijos suele estar en las urbes también, o cerca.

    En Murcia ha habido una bajada del 6,78%.

    …

    Pero, a ver…

    ¡Que yo no he venido aquí a hablar estadísticas!

    Hay una técnica de retórica que consiste en aturullar con datos a la otra persona para desarmarla, para que pierda el hilo… Es lo que casi me pasa.

    Y por eso he pasado la tarde sin ser capaz de aceptar una sola idea para la entrada, porque sentía que debía eso, cuando no debo nada a nadie que venga aquí a decirme que el motivo por el que escribo este blog no existe.

    Que las mujeres sin hijos no nos sentimos solas.

    Que no es verdad.

    Y, sobre todo, que no nos necesitamos.

    Porque nos necesitamos.

    Yo sé que nos necesitamos para hablar, para encontrar nuestro legado más allá del que nos ha impuesto el sistema.

    Las estadísticas que me lanzan, aunque existan, no deben juzgarme a mí, sino al sistema.

    El sistema exige y no da.

    Y cuando no das, te aisla.

    Y cuando te aisla, pierdes toda la perspectiva sobre lo que quieres…. Y es más fácil caer en lo que otros quieren, cuando tú no lo sabes.

    Y eso es trampa.

    Es un problema que en España haya un 10% de mujeres que no quieran tener hijos y sientan que molestan, que son un problema, que no merecen tener un espacio y que sean juzgadas e, incluso, rechazadas.

    Si el sistema lo ha hecho tan mal como para que empiece a ver más de un 10% de mujeres que no quieren tener hijos y estén dispuestas a buscar la cooperación entre madres, no madres y amigos, no es nuestra culpa, y quien tiene que dar explicaciones no somos nosotras.

    Y el que nos las pida, que se vaya a repoblar.

    Dicen que la España vaciada está preciosa en esta época del año.

  • Si no, ¿cuál es el conflicto?

    junio 23rd, 2023

    Esta entrada va a hablar de otro de los grandes temas que siempre me alejaron de una idea sobre la familia o sobre un legado a través de la maternidad, y es que yo quería dedicarme a escribir películas. Mi legado siempre tuvo letra escrita e imágenes en movimiento.

    Cuando estudiaba para ser guionista, en el tercer curso, entre varios de los proyectos que teníamos que escribir, estaba el de escribir el guión de un cortometraje. Este cortometraje sería dirigido, producido y puesto en pie por otros estudiantes de nuestro curso con los que hiciéramos equipo.

    El año en el que estaba escribiendo este proyecto era 2008-2009. Era el año en el que hacían su aparición en el cine las RED ONE, el formato digital, aquel formato con el que acababa una manera de hacer el cine, se abandonaba nuestro bien amado celuloide, moría una parte de lo que todos habíamos amado como aspirantes a cineastas… O eso nos dijeron.

    Debo decir que, al estar en un equipo con una directora y estar trabajando en una comedia, a ambas nos dio bastante igual el tema del formato, de hecho, teníamos muchas ganas de ser de las primeras en probar el digital, de que nuestro proyecto fuera uno de los primeros digitales, de que nuestra comedia viera la luz con la misma cámara que estaba usando Steven Soderbergh y con la que había hecho pruebas Peter Jackson.

    Para muchos, el digital era una amenaza.

    Para mí, era el futuro, algo nuevo, una nueva posibilidad, aunque fuera distinta.

    No me equivoqué, ya lo sabéis, pero entonces…

    Aquellos días, había una presentación de proyectos, en los que solo llevábamos nuestra idea, una sinopsis y un «presupuesto estimado».

    En un campo de batalla de egos mayormente masculino (oh sorpresa) presentamos nuestro proyecto «Los planes de Cecilia» anunciando que nuestra comedia sería digital. No sé hasta qué punto interrumpimos los deseos de nuestro director de fotografía en su lucha de egos con sus compañeros de clase, pero nosotras lo teníamos claro: nuestra comedia hablaba de nuestra acuciante crisis de los 30 e iría con el fragor de los tiempos, y los tiempos decían comedia, decían comedia de estilo francés, decían color, decían protagonista femenina y decían DI-GI-TAL.

    Nuestra idea hablaba del paso a la vida adulta a través de una lista.

    Sí, era bastante infantil. Ambas teníamos una idea de la madurez bastante artística, y queríamos tocar esa infancia, y hablar de cómo abandonar la infancia: la madurez estaba sobrevalorada.

    Aún hoy es algo en lo que creo firmemente, en cómo todos somos niños fingiendo ser adultos, algunos con más éxito que otros, pero niños sin llegar mucho más lejos.

    Parte de la escritura de guión contaba con un asesor en el proceso de guión. Y aquí es donde entra la maternidad porque, con un tono claro, una idea infantil y dos autoras de 25 y 26 años respectivamente, nuestra asesora nos comentó lo absurdo de nuestro argumento en que NO HABÍA NINGÚN CONFLICTO CREÍBLE en nuestro personaje.

    Bueno… Nuestro personaje, una niña de 29 años para 30, en plena crisis, decide hacer varias tonterías para no abandonarse a la desesperación de su crisis por no tener un piso, no tener una pareja estable, no tener un trabajo estable, no haber viajado a la ciudad de sus sueños y un elemento más que aún no habíamos elegido… El argumento de nuestra asesora es que el único conflicto verosímil en un personaje de esa edad era…

    VENGA, CUÁL ERA.

    ¿Cuál creéis que era?

    Una mujer el día antes de cumplir los 30.

    Una mujer sin trabajo estable.

    Una mujer sin pareja estable.

    Una mujer que aún vive con sus padres.

    ….

    EL ÚNICO CONFLICTO QUE PODÍA TENER ESA MUJER EN EL 2008 ERA QUE QUERRÍA TENER UN HIJO.

    Aún recuerdo el silencio y estupefacción que vino tanto de mi compañera como de mí. Ambas fingimos entenderlo y, a día de hoy, sigo sin entenderlo.

    Aún estábamos hablando de la crisis del ladrillo, de una de las mayores crisis económicas, de una sociedad machista en la que una mujer las pasaba canutas para encontrar un trabajo estable antes de los 35 prácticamente, y en la que la estabilidad sentimental no era una cosa demasiado habitual (la mayor parte de mis amigos encontraron a sus parejas estables a partir de los 33… Otros siguen disponibles…) pero aún así, estos conflictos no le parecían realistas, e intentó concienciarnos de la crisis que suponía para una mujer no haber alcanzado la maternidad a los 30.

    Aunque esa tarde algo se nos revolvió, no desistimos. Nuestra historia no era la de una mujer que sufría por no tener un hijo aún, ESO NI SIQUIERA ESTABA EN SUS PLANES, de modo que seguimos adelante con nuestra historia de la lista y la llevamos hasta el final. Pese a que nos dijeran que no le iba a interesar a nadie porque no había conflicto, corrimos el riesgo.

    Terminé el guión con muchas ideas de la directora, cambiando lo que vi necesario como guionista, se rodó, se editó, se masterizó, se compuso la música y se estrenó.

    El cortometraje «Los planes de Cecilia» llegó a contar con más de 200 selecciones en festivales internacionales, gustó muchísimo e incluso yo misma fui a recoger un premio a un festival.

    El conflicto que no interesaba, INTERESÓ.

    Porque nosotras hicimos que interesara. Porque la vida da muchísimos conflictos, el sistema nos da conflictos con mucha más narrativa de la que quisiéramos vivir, y no nos vamos a quedar en una historia que no nos compete.

    Dejo el cortometraje por aquí por si alguien quiere echarle un ojo y porque, a veces, necesito recordarme qué cosas he hecho en un mundo en el que, para las mujeres, todo se sigue reduciendo al consumo, las experiencias y los hijos.

    https://cortosdemetraje.com/los-planes-de-cecilia/

    ¿Sabéis que hay montones de mujeres escribiendo sobre su maternidad?

    Pues nosotras escribiremos sobre otra cosa.

    ¿Y sabéis qué?

    Que siempre encontraremos un conflicto.

    Y esas palabras escritas e imágenes en movimiento, ese conflicto contado y vivido por personajes, puede que sea todo el legado que necesite.

  • ¿Por qué tiene que decirlo?

    junio 15th, 2023

    Esta respuesta es la más común en redes sociales ante publicaciones de mujeres que han tomado la decisión de manera activa de no ser madres.

    Dejando a un lado los insultos llenos de testosterona que, por supuesto, cuestionan la veracidad de este mensaje, este mensaje, que suele venir de otras mujeres, duele.

    Hemos aprendido que, cuando te sales de la norma, no sueles gustar a ciertos sectores masculinos. Ciertos sectores conservadores. Ciertos sectores neoliberales que manejan las redes sociales con total impunidad para decirte que, simplemente, te calles la boca.

    Pero a veces, no solo son los hombres.

    Durante la pandemia, mi círculo de amigos se llenó de hijos e hipotecas. Mientras que yo tenía cada vez más clara mi decisión, mi vida eran todo conversaciones unidireccionales en las que sentía que no tenía nada que decir. Y es que no tenía nada que decir.

    ¿Qué vas a decir? ¿Qué vas a decir cuando a ti misma te han enseñado que lo correcto, lo normal, y lo establecido es tener hijos?

    ¿Cómo vas a tener el morro de, como mujer, interrumpir a otra mujer en ese momento mágico de su vida por el que se celebran babyshowers y en el que comienzan a hablar por semanas y meses en vez de años? ¿Para qué? ¿Qué leches tienes que decir que sea más importante que eso?

    ¿Vas acaso a decir que Ay, mamá de Rigoberta Bandini no te dice nada? ¿Vas a decirle a tu amiga madre primeriza que no hace falta que te ponga la canción dos veces seguidas? ¿Que ibas con las Tanxugueiras en el Benidorm Fest?

    No puedes.

    No debes.

    No lo haces.

    En público, no lo haces.

    Así que empiezas por las redes sociales en las que hay cuatro cosas contadas sobre la no maternidad elegida. Con pies de plomo. Con miedo. Con tu manta de invisibilidad. Con todo el temor a ser malentendida, a ser odiada, a ser rechazada… Como si no te sintieras suficientemente invisibilizada o rechazada por tu entorno maduro y provechoso, en el que han comprado casas y tenido hijos mientras tú no has hecho absolutamente nada que merezca la pena.

    Probablemente, ese haya sido uno de los primeros espacios en los que te has atrevido a decirlo, a exponerte, a buscar a alguien con quien ir a tomar un vermú que comparta horarios contigo y una temporalidad numérica común.

    Y, por supuesto, eres malentendida.

    Y rechazada.

    Eres una amenaza por decirlo, pero, ¿para quién?

    Si no tienes hijos y lo dices, harás que… ¿Que alguien piense?

    Claro… Igual la gente se lo plantea… Lo empiezan a ver… Lo escuchan… Lo normalizan… ¿Y eso es malo?

    «ME PARECE MUY BIEN PERO, ¿POR QUÉ LO TIENE QUE DECIR?»

    Sucede esta reacción porque la maternidad es tremendamente solitaria. Y lo sé porque hay muchos espacios de madres hablando de sus experiencias.

    He leído Madres precarias, Madres arrepentidas, he visto The Let Down, Mira lo que has hecho, Cinco lobitos, Madres trabajadoras, Alabama Monroe, visto vídeos en redes de Madremente, de mami-fit, además de los vídeos y fotos de los hijos de mis amigas. Entre otros miles de contenidos disponibles.

    Sé que las madres se sienten solas, que se sienten precarias, y que, algunas, sienten rencor hacia las mujeres sin hijos porque parece que nos creamos mejores que ellas.

    ¿Nos lo creemos?

    ¿Creéis que si tuviera la seguridad, red y confianza de un grupo escribiría un blog intentando conectar con más gente sin hijos?

    ¿Creéis que las mujeres que eligen no tener hijos han esquivado los anuncios de Clearblue, las conversaciones incómodas o la invisibilidad?

    No somos iguales todos aquellos que no queremos tener hijos.

    No es que conozca mucha gente, sigo sin conocer suficiente gente como para sacar las mismas estadísticas que entre mis amigas con hijos (amplia gama de diferencias) pero no, en principio las personas que no queremos tener hijos somos bastante diferentes.

    Solo veo una cosa común entre las mujeres que eligen no tener hijos: las circunstancias no ayudan, y puedes sentirte muy sola.

    Pero eso no se ve, eso no lo vas a decir.

    Y las redes sociales y su scroll es la única cosa accesible para todos, y algunas madres sufren tanto que, cuando ven que una mujer dice PUES YO NO QUIERO, ya puede ser Santa Teresa porque, si no, surge un instinto de preservación, de competencia, de clase, en redes sociales, en las que, ese ser pequeño y molesto, debe ser callado, silenciado, eliminado. Pone en cuestión una decisión de vida…

    Puede que pase, puede que una persona con un instinto antinatalista, que no cree en la necesidad de la reproducción y que considera que sería mejor que hubiera un parón generalizado, seguramente alguien con esa opinión viva su vida bajo esa filosofía.

    ¿Es mi caso? No.

    Pero existe.

    Os diré que, dentro de la propia maternidad, entre mis amigas con hijos, al hablar de crianzas de unas y otras (algo hay que decir en esas conversaciones al fin y al cabo, no vamos a buscar algo de lo que podamos hablar todos por experiencia propia), ha habido críticas feroces y de puesta en cuestión desde partos hasta escuelas, pasando por lactancias. Nada está fuera de la crítica. Nada es sagrado.

    El drama está servido.

    Todas tenemos una opinión. Todas creemos que nuestra opinión vale más.

    Si las redes sociales fueran el lugar en el que se toman las decisiones vitales, las madres no deberían preocuparse. Los contenidos de no maternidad por elección tienen muchas menos visitas, menos comunidad, menos unidad y muchísimos más bots en contra que sobre todos los tipos de maternidad. Seríamos fácilmente baneadas y prohibidas. Recordad que Elon Musk, el Papa y Fernando, de mi entrada anterior, consideran que deberíamos no existir.

    Pero las madres no pierden nada porque haya mujeres que no tengan hijos. Y tampoco ganan nada si todas las mujeres se ponen a tener hijos (salvo competencia para conseguir plaza en las guarderías públicas en Madrid, por ejemplo).

    No pierden nada porque lo digamos en redes, así que, empecemos a decirlo. Empecemos a agotar ese «por qué tiene que decirlo».

    Porque sí.

    Porque las madres, en serio, ni ganan ni pierden nada con nuestro discurso ni con nuestro silencio.

    Sin embargo… Hay quien sí gana con nuestro silencio.

    ¿Quién es quien sale ganando con el silencio de las mujeres que no quieren ser madres?

    ¿Quién necesita que parezca que no existimos?

    ¿Quién se beneficia de la soledad, cansancio y falta de sensación de grupo entre las mujeres?

    Yo no.

    Seguramente, tú que me lees, tampoco.

    Te dejo que lo pienses.

  • «Un viento sectario y gélido»

    junio 8th, 2023

    Mucho antes de escribir este blog me hice Twitter.

    Después lo borré.

    En 2019 hice un curso sobre guión en comedia y me lo volví a abrir.

    No escribo comedia, pero sí uso Twitter. No mucho. O sí.

    Normalmente comparto cosas de amigos y cosas que me parecen interesantes pero, casi todo el tiempo, escribo y borro/publico (borro más que publico) comentarios en los que saco todo mi sentido crítico, comentando cosas que ya han comentado 100 personas antes y que no suelen ser, ni muy controvertidos, relevantes o comentados.

    Por eso quizá borro tantos en vez de sacarlos a la luz.

    Pero hubo una vez en la que uno de mis Tweets, tampoco muy comentados, tuvo que ver con la maternidad.

    Fue hace casi un año, en verano, y cuando la idea del blog solo era una posibilidad más.

    Lo compartía Gerardo Tecé @gerardotc en Twitter y lo había sacado del ABC de Sevilla.

    Yo decidí que era mi oportunidad de meter mi propio chascarrillo como mujer que no quería tener hijos. Quería ocupar mi lugar en Twitter. Era el momento de dar mi opinión.

    Pero, pero, pero, pero…
    ¿¡Cómo que hacer deporte!? https://t.co/XTiZoQalQS

    — Airin Hernanz (@HernanzIrene) August 23, 2022

    Un like y una respuesta de un amigo, que criticaba a los runners.

    Pues claro, ¿qué esperaba yo? ¿Hordas de lectores riendo mi chiste? ¿Alguien que dijera «ah, claro, has cogido una parte de la crítica para hacer como si las otras cosas fueran verdad pero lo otro no» qué graciosa?

    Con la rapidez que hay en Twitter, si nadie se quedó solo a mirar mi foto, a ver si me conocía, o la foto de Gerardo, o miró el periódico, o le llamaron la atención mis puntuaciones o el uso enfático de los «pero»… De no suceder nada de eso, ese Tweet estaba, por supuesto, condenado al olvido.

    Aún así, que esas declaraciones en el ABC en el que han visto «El cuento de la criada» y piensan que las criadas son los malos, amenazando a la buena sociedad cristiana, no pasen al olvido y se implanten en el inconsciente colectivo es un problema.

    Que sientan «pasmo» ante unas mujeres que no van a gestar por múltiples condicionantes sociales, como por ejemplo, la capacidad de decisión si no es lo que buscan en su vida, es un problema.

    Que les hayan metido en la cabeza que somos nosotras quienes tenemos la cabeza seca cuando ellos solo buscan milagros en los que nosotras no existamos, es un problema.

    Primero que habla de una «sociedad en la que las mujeres» como si las mujeres fueran gobernantas y piezas clave de la misma. Se sabe que, actualmente, en esa sociedad de la que habla, aunque haya habido un incremento de mujeres en puestos de responsabilidad política y de jefatura en las empresas, no se ha obtenido, ni de lejos, ni paridad ni igualdad ni cercanía en números con el número de varones en esos puestos de responsabilidad y de poder. Así que, ¿desde dónde gobernamos? ¿Desde casa? ¿Desde la cocina y las listas de la compra?

    Esto me lleva a lo segundo, que al parecer esas mujeres ya tenían una labor, según Fernando, quien escribe este texto, una labor que ya venía predeterminada, una labor en la que debían ser femeninas, obedientes y cuidadoras, tanto de la casa, como del marido y los hijos. Fernando, quien seguramente haya conocido realmente mujeres mucho más preocupadas en sus perros, su carrera, el deporte y los tatuajes que en él, se plantea que, sin duda, el problema son ellas.

    Si él no es capaz de encontrar una mujer sumisa en Sevilla que quiera cuidar de sus hijos, llevar su casa y a él mismo, el problema es de Fernando.

    Porque Fernando quiere que le adopten.

    No hay nada en el texto de Fernando en el que hable de la soledad, de la falta de alguien en su vida para tener una familia, cuidar una casa, tener un proyecto. Fernando quiere que venga alguien y lo haga todo por él.

    Porque Fernando quiere a su mamá.

    No me extraña, porque si la mamá de Fernando le trató tan bien que considera que se debe juzgar a TODA una sociedad ficticia en la que todas las mujeres se niegan a sacarle las castañas del fuego e incluso algunas priorizan la estética, los animales y su salud física, el problema ya es de él y de su madre. Y lo siento, Fernando, pero, al igual que la mayoría de los hombres, igual no es fácil encontrar una mujer que te quiera tanto y te ponga por delante de todas sus prioridades como seguramente hizo tu madre.

    Tu madre, que dejó aficiones, sueños, horas de descanso, dinero y autonomía para darte una prioridad que, por lo que escribes, debió ser total, porque no parece que fuera de tu crítica a la sociedad, tengas nada que ofrecer. Y si lo tienes, no lo parece, y culpar a las mujeres no te va a traer muchos Matchs en Tinder.

    ¿Y sabes qué pasa además, Fernando? Que hay muchas mujeres deseando tener hijos, que no tienen tatuajes, a las que no les gustan los perros, que no van al gimnasio.

    Pero ellas también pasan de ti.

    Y no creen ni en el viento gélido de Dios ni en los milagros. O igual sí, pero prefieren a alguien para tener una familia que tenga algo que aportar que no sea una crítica injustificada con una base en un artículo en el ABC.

    Si toda tu base es un artículo del ABC Sevilla porque te publicaron esta columna que tienes enmarcada en casa, te diría que amplies un poco horizontes. Que sigas suscrito si quieres, pero hay más periódicos, más visiones, más posibilidades en la vida. Pero tienes que poner algo de tu parte.

    Y quizá no lo hagas.

    Pero quizá eso no sea lo que más importa en este caso porque esta entrada no va dedicada a ti.

    Hoy va dedicada a todas las que habéis huido de un Fernando.

    Y a todas las que os habéis hecho tatuajes, tenéis perro y vais al gimnasio y la opinión de Fernando no os puede importar menos.

    Pero también a las lectoras con hijos o que quieren tener hijos. Porque ya sabéis que esto va de que todas podamos elegir y de que no haya más Fernandos decidiendo por nosotras.

  • Beatrix, Peter, Benjamin y la naturaleza

    junio 2nd, 2023

    Cada vez que quiero escribir sobre un personaje real e histórico pienso en lo mucho que desconecto con las biografías y los datos de nacimiento.

    ¿Son realmente relevantes?

    ¿Es lo primero que quieres leer de una persona cuando lees sobre ella?

    ¿Es lo primero que queréis saber de Beatrix Potter? ¿Dónde nació?

    Que es muy válido en realidad, solo se trata de una percepción personal. De hecho, os diré que Beatrix Potter nació en Londres, en el barrio de West Brompton. Pero entonces, claro, no era el barrio que es ahora y Londres no era el mismo Londres. En 1866, el año en que nace Beatrix, se encontraban en el Victorianismo Medio y Londres vivía una estabilidad económica que no duraría mucho tiempo, ya que los obreros se rebelarían y comenzarían los problemas con Irlanda…

    Pero ese no era el contexto de Beatrix. Ella era, como todas las niñas de familias adineradas, una pequeña reclusa de mansión e institutriz, sin amigos y sin ningún tipo de conexión social durante su infancia. Por muy bonita que fuera su mansión, fue cuando empezaron a veranear en Escocia, en Near Sawrey, cuando se gestó el destino de Beatrix.

    Pero, ¿por qué vengo a hablar de ella hoy precisamente? ¿Acaso leía a Beatrix Potter de pequeña? ¿Soy una de esas niñas fascinadas por el cuento de la oca Carlota o el conejito Benjamín?

    En absoluto, en mi casa sólo se leían los clásicos de los Grimm o, si nos poníamos muy contemporáneos, la sopa de pollo con arroz de Sendack.

    Hoy hablamos de Beatrix Potter porque, en mi crianza, en mis años jóvenes, cuando me estaba formando, cuando estaba decidiendo que, de mayor, querría ser escritora y no tendría hijos, me hablaron de figuras como Anais Nin o Virginia Woolf, gente que me quedaba muy lejos, personas que eran figuras relevantes en la literatura pero de las que siempre se cuestionó su salud mental o su sexualidad… Fuera de la época de Internet e hijos de una dictadura, los intelectuales de los 70, ¿cómo iban a estar pensando en Beatrix Potter? ¿Qué importancia tiene que ella fuera de las pocas escritorias sin hijos y que hiciera una carrera exitosísima?

    No estábamos en la época que es ahora, Internet llegó a mi vida para traerme el trailer de «El señor de los anillos». Beatrix Potter no se estudiaba en filología hispánica… Ni inglesa…

    Beatrix Potter no llegó a mi casa en Carabanchel, pero llegó a muchas casas, sobre todo, por lo que más la diferenciaba: sus preciosos dibujos de acuarela.

    En los 80 y 90 leíamos Mafalda, Astérix, las tiras dominicales… Los niños crecíamos con la poción mágica, la torpeza de Mortadelo, la agudez de Mafalda.

    Fuimos criadas por Lumen y Bruguera.

    Debate Editorial fue quien trajo los cuentos de Beatrix Potter, en una línea en la que se quería apostar por autoras feministas como Rosa Montero, pero trayendo también a Graham Greene o Ernest Hemingway. Fue fundada en 1977 y ha aguantado más de 40 años, siendo ahora propiedad de Penguin. Yo no conocía Debate. Los editores conocen Debate, que se preocuparon en traer a Beatrix Potter porque, realmente sus dibujos, no tenían comparación. Las personas de la época recuerdan a los personajes de Potter como algo de una calidad excepcional.

    Pero Beatrix Potter no solo fue una gran autora y dibujante infantil, no sólo abrió camino a las Flavita Banana, Agustina Guerrero, Lola Vendetta, Rosemary Valero O’Connell, entre otras, de hoy.

    Beatrix Potter fue una activista medioambiental.

    En una Inglaterra en la que la figura monárquica no disimulaba un machismo legislativo, judicial, económico, político y social, Beatrix Potter empezó a editar libros y sucedió algo que nadie esperaba: se hizo de oro.

    De repente, Beatrix Potter no necesitaba la aprobación de nadie, ni de sus padres, ni de un marido (aún, no se casó hasta los 47, pero eso tampoco es importante), ni siquiera apenas de sus editores. Beatrix era la persona que empezó a poner las reglas, era la persona con más poder en la habitación (in the room where it happens… como lloraba Burr en Hamilton) y podía decidir.

    Al encontrarse con esa capacidad, pudiendo retirarse a Near Sawrey, Escocia, que tampoco era la Escocia que es ahora, Beatrix Potter no sólo se dedicó a escribir y dibujar, lo cual hubiera sido lógico y comprensible. ¿Qué mujer no habría simplemente aprovechado la ocasión para vivir con independencia y desahogadamente y ya está?

    Y aquí es cuando Beatrix Potter, a sus 47 años, da un paso más allá por su comunidad en Near Sawrey y se hace filántropa y activista: como granjera y autora infantil. (también se casó con su abogado pero, llegadas a este punto… ¿A qué no es tan interesante?)

    Beatrix Potter se convirtió en granjera, empezando a trabajar en criar ovejas y dedicando su fortuna (SÍ, FORTUNA) a proteger la naturaleza. Compró terrenos que luego cedería al National Trust, protegiendo los espacios naturales de la especulación urbanística.

    Sin embargo, no todo fue reconocimiento para Beatrix, ya que la sociedad científica le puso la barrera definitiva. A ver, ¡no iban a permitir que una mujer en los 50, sin hijos, adinerada, autora, filántropa, ecologista, encima tuviera un reconocimiento académico!

    Años después la misma sociedad científica reconocería su error y valorarían su trabajo sobre los líquenes, en el que descubría que son una relación simbiótica entre algas y hongos. Pero no mientras vivía, no mientras cuenta.

    La figura de Beatrix Potter, si has leído hasta aquí, es prácticamente inalcanzable a día de hoy. Y aún así, habrá gente con hijos que dirá «claro, si no tenía hijos, tenía tiempo…».

    Si, como es mi caso, lees la historia de Beatrix Potter y sientes que lo que hizo ella es una cosa inalcanzable para ti y te abruma, es normal. No olvidemos que los casos de mujeres que cuestionan y vencen al patriarcado suelen venir de familias acomodadas son un 1% (este dato no es fehaciente), y que vivimos en un 2023 en el que hemos vendido nuestro tiempo e información a cambio de un consumo y horarios imposibles (esto no es un dato, pero es fehaciente).

    Si cuento la historia de Beatrix Potter es porque, para mí, marca un referente como mujer sin hijos precioso, idílico y lleno de bondad y consideración hacia su comunidad.

    El destino de Beatrix no fue tener hijos, sino contar historias. También con su vida.

    Todos nos podemos leer sus historias. Siempre.

    No todas las NO MO tenemos que aportar a las crianzas de NADIE, ni escribir, y no por ello nuestra elección debe cuestionarse.

    Pero, claro, yo que siempre quise ser una Beatrix Potter, descubrirla, me ha dado mucho.

    Porque ahora tengo un referente más. Una mujer sin hijos que hizo, para mí, todo.

    Una de tantas.

    Solo tenemos que encontrarlas.

    Seguro que están más allá de los cuentos de Benjamin, Peter y Near Sawrey.

  • Amor incondicional

    mayo 24th, 2023

    Siempre que alguien me habla de ese vínculo impepinable que existe entre las madres y sus recién nacidos, me puede el dramatismo, el amor por el cine y mi profundo escepticismo, y recuerdo una escena de «Persona» de Ingmar Bergman.

    Que hombres como Bergman, con su narrativa, haya influido en mi relación con la maternidad tiene mucho que ver con mi crianza, relativamente solitaria, con unos padres que sentían más amor por la cultura que cualquier otra cosa y con ganas de compartir el cine y la literatura conmigo, cuanto antes y sin ningún tipo de filtro a mis ojos. El cine y la lectura eran un disfrute, pero ya desde pequeña se me inculcó, quizá se me adoctrinó, para que no me quedara solo en lo más literal, que siempre había una parte más cruda, más oscura, capas por explorar, y que quizá eso es, a largo plazo, lo que se te queda en el subconsciente.

    Estoy convencida de que no he visto tantas veces «Persona» como para habérmela aprendido de memoria, sin embargo vi La Sirenita, Grease, Daniel el Travieso, El príncipe de Bel-Air, Family Matters, o Die Hard en numerosas ocasiones y nunca se me ha quedado en el subconsciente.

    Sin embargo, si pienso en las relaciones entre madres e hijos, pienso en Alma y Elizabeth.

    Si alguien ha visto «Persona» o es conocedora de la obra, y de la biografía de Ingmar Bergman, estoy completamente de acuerdo en una de las posibles cosas que podríamos pensar de él es que, aunque tuvo nueve hijos, no fue un padre de familia.

    Con ocho parejas estables y nueve hijos de los que nunca quiso saber nada, Bergman como representación de la paternidad podría ser una gran red flag. ¿Cómo podemos comprar la narrativa de un hombre que nunca dio valor al rol de sus familias en lo que se refiere a las relaciones familiares?

    Yo tampoco lo sé.

    ¿Qué dice eso sobre mí?

    ¿Qué dice eso sobre mi crianza y mi incapacidad para dar un amor incondicional a mis futuros no hijos?

    Pues debo decir que absolutamente nada.

    Bergman , o incluso Woody Allen siguen siendo, pese a estar bajo un debate ético y moral, los directores favoritos u odiados de muchas mujeres con hijos. Hay montones de pósters de Annie Hall en sus casas.

    Por otro lado directoras como Nora Ephron, Chloe Zano, Agnés Varda o Mia Hansen-Love tienen un séquito de fans que se mueve entre el upper east side conservador de los Estados Unidos y la Europa menos vieja.

    DA IGUAL.

    Que a mis casi cuarenta años vuelva a Bergman con el monólogo entre Alma y Elizabeth en «Persona» cuando únicamente vi esa película una vez (la vi ya mayor, había visto Fresas salvajes, El séptimo sello y Fanny y Alexander entre el instituto y la universidad) no tiene nada que ver con mi crianza.

    ¿Por qué? Porque esa fase ya había terminado. Yo ya había decidido o tenía mis propias ideas en mente.

    Eso ya había pasado.

    Yo ya había desarrollado unos intereses y la maternidad no era uno de ellos.

    Pero, sin embargo, algo que me fascina de esa escena es que te muestra una cara sobre la maternidad que nunca veríamos en la vida real.

    Si hay algo que me da esa escena, como muchas escenas de teatro de Strindbergh es que no existe la más mínima posibilidad de que suceda fuera de un momento en terapia.

    Ese dolor no lo vamos a ver en una comida familiar, ni en el momento más íntimo con tu mejor amiga.

    Esa escena, en la que se habla de como un personaje se siente con respecto a su hijo, es tan descarnada, violenta, intensa, íntima, privada, en la que dos mujeres están hablando de algo que no puede salir de allí, que me resulta inolvidable.

    Esos dos personajes hablan de lo innombrable, del rechazo de una de las dos a su maternidad, un rechazo que se manifiesta durante el embarazo, se acentúa con el parto y, al nacer la criatura, aún se perpetúa, ya que, ésta ama incondicionalmente a su madre.

    Que Bergman cuente esta historia es revelador, y también lo es que cuente su propio rechazo a la paternidad a través de personajes femeninos.

    Las mujeres siempre han estado ahí en sus historias más crudas y oscuras, siendo partícipes y activos en sus sentimientos más contradictorios, inesperados y socialmente poco aceptados, tal y como ya pasaba con los autores que le influenciaban.

    ¿Autores como quién?

    ¿Os suena Ibsen?

    Ibsen ya revolucionó los personajes femeninos con el portazo de Nora marchándose de su familia, de su casa, de las mentiras, de su vida, al final de «Casa de muñecas». Se habla de cómo Ibsen trajo un feminismo rompedor al teatro contemporáneo con esta obra hacia finales del siglo XIX.

    Puede que Bergman lo hiciera por dar trabajo a sus actrices, quienes siempre eran mujeres de las que se enamoraba y desenamoraba (Harriet Andersson, Bibi Andersson, Liv Ullmann), tal y como hizo también Woody Allen (Louise Lasser, Diane Keaton, Mia Farrow) quien siempre intentó emularle. Hombres emulando a hombres. Artistas emulando a artistas. Pero volviendo a Bergman, ¿por qué quería contar una historia sobre una mujer que fue el peor caso de una madre arrepentida?

    En serio, si has leído «Madres arrepentidas» de Orna Donath, un libro buenísimo y muy revelador, no está al nivel de crueldad de este monólogo de 3 minutos. Quizá porque Orna Donath no pretende ser cruel, pretende ser compasiva, pretende dar perspectiva, pretende que veamos un punto de vista de un modo más documental y periodístico.

    El cine de ficción no es documental, aunque le intentemos dar esa idea, y aunque yo misma pueda decir que Elizabeth es el propio Bergman, incapaz de sentir el más mínimo interés por ninguno de sus hijos, incapaz de crear ese vínculo, sigue sin ser documental.

    Aunque crea que Bergman no tiene la sensibilidad para hablar del dolor que puede sentir una mujer en este caso, creo que sus actrices sí, y creo que la escritura también, y que el hecho de que lo haga tan cinematográfico y teatral al mismo tiempo, tan realista y tan artificial, tan doloroso, es lo que lo hace tan auténtico, tan inolvidable y, a la vez, tan plausible.

    ¿Hablamos de un exiguo porcentaje aquí? ¿Es posible tener un hijo y, tras nueve meses de embarazo, sentir que no existe ni las más mínima conexión con él y que se vea la madre obligada a fingirla y forzarla durante el resto de su vida?

    ¿Y cómo puede hacer eso sentir a una madre, la mayor esperanza y la figura más importante para cualquier recién nacido, cualquier persona?

    ¿Qué puede hacer una madre en esa situación salvo vivir la vergüenza, el sufrimiento y una soledad absolutas?

    La mayor parte de las madres que hablaron con Orna Donath sobre este tema ya habían pasado por una vida de silencio, de aceptación, incluso de buenos momentos, pero con la absoluta certeza de que podrían haber estado fuera del club de las madres. Ellas esperaron toda una vida para sacarse eso del pecho.

    ¿Hasta cuándo puede durar el dolor de un amor no correspondido? ¿De ese amor «incondicional» no correspondido?

    El problema de la narrativa es que se escribe desde lo humano, y tal y como escribía Bergman, desde lo más oscuro, vergonzoso y oculto del ser humano. Aunque no queramos ver esa oscuridad y pretendamos taparla al mundo, existe.

    ¿Y qué se hace entonces?

    ¿Qué podemos hacer?

    Os daré el único consejo que se me ocurre: Si no crees en la conexión incondicional entre madre e hijo, tienes dudas, sientes que no es tu momento, sientes que se te echa el mundo encima, que hay montones de cosas que quieres hacer y esa no es una de ellas, que hay alguien que está tomando esa decisión y ese alguien no eres tú… Piénsatelo.

    Y no veas «Persona».

    O sí.

    Haz lo que quieras, básicamente.

    Haz lo que quieras.

  • ¿Por qué?

    mayo 18th, 2023

    Si tuviera que elegir un sentimiento o reacción más habituales frente a la no maternidad, sería la incredulidad. La idea de que verbalmente se confirme el no deseo de ser madre ha de ser algo transitorio, circunstancial y efímero. Al final y al cabo, ¿quién decide un «no»?

    Hay una idea generalizada acerca del bienestar con una familia y una casa en propiedad. Supongo que viene tras la generación de nuestros padres por haber vivido en la transición y ser la primera generación tras la guerra, creyendo en una falsa transición democracia que encontró buenos argumentos apelando a los bienes materiales para abandonarnos a uno de los sentimientos clave en la vida: el miedo al abandono.

    Y este miedo, no es culpa nuestra. Viniendo de una guerra y un aislamiento, la novedad y un mundo enorme, debían dar miedo.

    Este miedo viene impuesto desde el sistema desde el día uno, a nivel social, económico y político. Decir que estamos supeditados y que solo podemos depender de nosotros mismos, sería decir poco.

    No tener a nadie y no tener un techo no es lo mismo que tener a alguien y tener un techo, ambos en propiedad, pero si no te sientes seguro con el sistema de alquiler o la familia sin hijos, es cierto que el sistema hará todo lo posible para que te sientas aislado e indigente.

    Es el todo o nada. Si tienes una familia propia, no habrá más soledad y esa transición que llega cerca de los casi 40 en la que hay un abandono social de los grupos de amigos para centrarse en el trabajo, familia y nuevas incorporaciones en la vida que viven mucho más cerca, será más sencilla y agradable, incluso lógica. Ya se sabe, tienes una edad, el transporte va mal, la gasolina está cara, el domingo madrugas y ya no te desplazas salvo en ocasiones especiales.

    Al cumplir 18, edad en la que en España se asume que eres suficientemente adulto como para tomar decisiones democráticas, laborales y sociales tras haber recibido, normalmente, una educación mediocre e insuficiente, muchas veces, viniendo de hogares precarios en los que nadie les ha dado tiempo ni posibilidad para dedicarte, tomar el transporte público es un símbolo de libertad.

    Sin embargo, cerca de los 40, cualquier indicio de movilidad que no suponga coger un avión a Tailandia en vacaciones, da una pereza increíble. Una semana de lujo compensa una vida de… Felicidad, ¿no? Porque has elegido la familia y la adquisición de la propiedad para ser feliz.

    ¿Por qué no te hace feliz?

    La mayor parte de mis amigos con hijos echan mucho de menos a sus amigos. A todos, pero sobre todo a aquellos que les recordaban el pasado previo a sus familias con hijos. Insisten en que necesitan quedar con ellos, hablan de la pérdida de su identidad como algo natural y lógico, ajustar horarios y agendas es imposible ya que son las vuestras de adultos y las de los niños… Y pasa otro año sin veros.

    Es lógico, forma parte de lo que algunos han dicho en voz alta como «sacrificios». Y eso me revuelve, porque yo entiendo el sacrificio como algo que es obligatorio hacer, como ese punto en el que tú no eres la prioridad porque se la das a alguien, normalmente a Dios, si eres creyente… Pero, claro, si hablamos de que tu elección de tener familia es el sacrificio que has hecho… ¿Dónde queda la felicidad?

    Ciertamente toda decisión anula otra posibilidad. Hacer una cosa, te quita otra. Pero entonces, siendo una elección, ¿por qué elegiste esa si solo hablas del sacrificio y nunca de la felicidad?

    ¿Qué da la felicidad? ¿La idea de la propiedad nos da la felicidad o nos da la tranquilidad porque, sinceramente, no nos han dado ninguna opción ni posibilidades de hacer otra cosa? Y aquí no hablo de hijos, hablo de propiedad en exclusiva.

    ¿Por qué compramos pisos? Porque queremos. Queremos algo nuestro. Es eso, ¿verdad? Decimos que así será algo para el futuro, para nuestros hijos, y sin embargo no veo a nadie de mi generación esperando en un piso de alquiler para ir al piso de sus padres. Tampoco veo a aquellos que se despiden de sus padres yéndose a vivir allí.

    Y eso desde la gente que puede comprar un piso, accediendo a todos los intereses de los bancos basados en unas leyes de Mercado que podemos resumir en «te pondré las condiciones que quiera y a ver si te apañas». Pero cierto es que no soy una experta en economía pero sí soy una experta en amigos con mucho nivel adquisitivo o un paupérrimo nivel adquisitivo, en mesas de reunión en las que la gente se va moviendo porque se sienten francamente pobres en comparación con la conversación de al lado. En nuestras propias mesas tomando un café hemos visto caer la clase media. Y nos está dando igual.

    ¿Por qué? Porque todos hacemos nuestra vida dentro de lo que buenamente podemos. Si tus padres no llegaron a comprar un piso, seguramente ya te pusiste a ello, o no, o igual no llegas. No compramos porque creamos que haya que comprar, compramos porque el mercado de alquiler nos ha traicionado, humillado, ridiculizado y se ha permitido llegar a unas cotas y unas condiciones vergonzosas, y aunque hay organizaciones trabajando en limitar los precios y en acabar con las condiciones abusivas, ya llegamos tarde. Ya se ha terminado con la clase media.

    La ausencia de un sistema igualitario en el que las empresas no decidan más que los Gobiernos, ha hecho que no podamos confiar, y que tras la crisis del 2008, solo pensemos que, al menos con una hipoteca, podemos estar seguros.

    El mercado es un factor dominante, y donde el estado y los Gobiernos deberían haber hecho un trabajo para asegurar una vivienda a la ciudadanía, un techo bajo el que vivir, y el cuidado de los mayores basado en una pensión tras una vida de esfuerzo, y que ven descontada cada día más, entendemos que nuestros derechos han sido vendidos. No podemos confiar. Estamos destinados a acabar nuestra vida solos y, si no podemos pagar un piso, además de solos, en la calle.

    Así que es una respuesta muy normal subir la apuesta, demostrarles que podemos más. ¿Cómo? Con una gran familia feliz.

    Pero, ¿cómo conseguimos esto si no tenemos una seguridad económica? Apostando por trabajos muchísimo más explotadores, más demandantes, que se odian más, en lugares más hostiles, a cambio de más sueldo, encerrándonos en una habitación pensando que el teletrabajo es una maravilla porque algún día podremos trabajar desde la playa (si es que llegásemos a hacerlo) para poder acceder a cuidar a esas familias que, igual nos hicieron siempre una gran ilusión, pero que igual ahora vemos como algo que no nos hace tan felices como nos dijeron, y, sobre todo, para pagar ese piso en un barrio en el que no conocemos a nadie, en el que establecemos nuevas raíces con más de 40 años (y menos capacidades sociales que antes, todas basadas en tus hijos y su desarrollo personal), en el que igual dentro de 10 años la estructura cambia y no nos gusta, pero no te podemos ir, pero es seguro, porque los hijos necesitarán ese piso.

    ¿Por qué?

    Ya no usaré la primera persona del plural, ya que quiero dejar un punto de vista externo.

    Siendo honestos, vuestros hijos no entienden si el piso en el que viven es de alquiler o propio. No entienden nada acerca de hipotecas o de pagas extra, solo entienden la felicidad, la tristeza, la ausencia. Se dan cuenta, igual que nosotros somos capaces de recordar aquellas épocas en las que nuestros padres estuvieron mal, en las que estuvieron enfermos, en las que faltó dinero, en las que hubo dolor, no porque faltara algo económicamente pero no, no se dan cuenta de que algún día pueden acabar su vida en soledad o pagando una hipoteca, de eso no nos dábamos cuenta. Y ellos tampoco.

    Ellos, en su futuro, incierto, también para nosotros, quizá decidan que van a ser nómadas, o que van a vivir fuera, o que sí, lo necesitan todo de ti, pero ellos tendrán tantas ganas de hacer su vida como tú de hacer la tuya. Y si ellos deciden que no quieren comprar un piso porque no se lo pueden permitir y no quieren entrar en esas competencias, o que no quieren tener familia, también estará bien.

    Y si eres tú el que estás bien solo y de alquiler (en serio, en Europa la compra es menos común de lo que sabemos), no caigas en ese miedo al abandono. ¿Por qué deberías?

    Y si eres tú el que no está incrédulo ante la respuesta, no te cortes. ¿Por qué deberías?

    Y si estás incrédulo ante la respuesta porque no la sueles oír pero te hace algo, te remueve algo, no tengas dudas en permitirte ese espacio. Igual te lleva a una maternidad increíble, o a una no maternidad increíble también.

    En serio, si no te ves entrando en esta visión ideal del sistema, si no te ves feliz en esa foto con tu pareja, tus hijos, y un salón con terraza decoradas de Ikea, no lo hagas.

    Si es lo que quieres, vale.

    Si no eres tú, no eres tú.

    ¿Por qué deberías?

  • Para serte sincero, he estado evitando todo. 

    mayo 12th, 2023

    Cuando era adolescente, no fui de esas chicas que no tenía problema en aislarse del mundo viendo películas y leyendo libros, como Maeve en Sex Education o The Perks of being a Wallflower. Para mí era un problema ser una de esas personas con dificultades para ser popular, tener un grupo de amigas o no meterme en amistades tóxicas en las que siempre salía mal parada y con un profundo sentimiento de fracaso.

    En cualquier caso, me gustaría mucho que alguien me dijera que su adolescencia fue algo realmente maravilloso y que le ayudó a comenzar un camino de felicidad y, a día de hoy, este camino le ha convertido en una persona adulta y funcional y que, dentro de lo que cabe, es feliz. Hay pocos, pero ciertamente me parece que podría llegar a ser un número mayor de personas en este caso que mujeres que hayan dicho en público que no quieren ser madres.

    Yo también he evitado decirlo. Ayer sin ir más lejos, en un entorno que no era hostil, con mujeres, mujeres jóvenes y agradables, al aire libre, caminando, surgió un momento en el que pude salir de la dinámica de hablar de «lo que toca» (por supuesto fue un momento en el que se comentaban las maternidades generalizadas en sus grupos de amigos, de las que no eran parte, pero confirmando que, a ambas, les llegaría un día en el que sería «lo que toca») para plantear más posibilidades en la vida, ver más puntos de vida, quizá incluso hacer la conversación un poco más profunda, no lo hice.

    A veces tengo esta sensación que comenta una amiga, de estar predicando en el desierto. Es una imagen que me viene muy bien para entender cómo me siento, dado que el desierto es un espacio de soledad, de un espacio árido, seco, en el que buscas un oasis para tu supervivencia, y en el que sueles estar cansado, quemado y tratando de protegerte a toda costa. Y es exactamente eso lo que sucede a veces en estas conversaciones, y por eso las evitas, porque te quemas y, mientras te cansas, intentas protegerte de una doctrina que lleva intrínseca en la sociedad desde, no desde que el mundo es mundo, sino desde que alguien decidió que el mundo siempre había fomentado una natalidad desmesurada.

    Creo que, si ese fue el caso, también fue porque se vio posible a nivel social y político. Cuando las sociedades empezaban a sedentarizarse y abandonar el modo de vida nómada, incluso antes, había que poblar esas ciudades, había que crear una industria, realmente había espacios que llenar, se podía dar a entender un motivo… Aunque si eso te parece lógico, la teoría del instinto se cae de bruces en favor de algo utilitarista para el mantenimiento de la sociedad.

    No quiero caer en la simpleza porque cada día en el que intentamos hacer los mensajes más simples y negamos el hecho de que algunos temas tienen cierta complejidad para dejarlos en lo básico, nos va peor. Siempre que alguien espera conseguir algo de los otros, una de las cosas más importantes que había que conseguirse era que, esas personas de las que querías algo, pensaran que fue idea suya.

    No me lo invento yo, lo han dicho muchos, Maquiavelo, Shakespeare, Maggie O’Farrell. Si consigues convencer de que algo sale por puro instinto y lo asocias con unos valores positivos y le das un propósito en el que, inventando datos, supone algo que es bueno para la sociedad, ¿cómo no vas a entrar en ello? ¿Cuánta gente no se ha vuelto vegana como medida medioambiental? ¿Cuántas huelgas de semanas se hacen como medida para proteger los derechos laborales?

    Estas dos medidas me parecen, de hecho, bastante positivas, pero cuando hablamos de lo que se requiere de las mujeres, entran patrones mucho más exigentes y es casi un mujer contra mujer, el sí o el no, el convertirte en salvadora de la sociedad o en la destructora de la misma a ojos de gentuza como Elon Musk.

    A día de hoy, el mejor modo de convencer a los enemigos debe ser el de invisibilizarlos, aislarlos, que sientan que el mensaje no exista, que sean conscientes de que su blog no lo lee nadie y que sus opiniones no interesan. Si fueran interesantes, en las conversaciones laborales, todo el mundo estaría interesado en escuchar lo que tiene que decir esta persona. Si es invisible, es porque se lo merece, ¿no?

    Realmente, evitar todo durante la adolescencia como medida de prevención, me hizo invisible, a muchos ojos, a muchos oidos. Por eso empecé a escribir, supongo, porque una hoja de papel no era invisible, un libro nunca era invisible, el formato físico le protegía, y si alguien lo cogía, no podría ignorarlo.

    No es un mensaje que a día de hoy me consuele, ya que se ha abandonado mucho el formato físico, hay una crisis de papel horrible que encarece cada libro que sale y cada vez la gente joven lee menos.

    Si entonces me creía invisible y pensaba que, por ese motivo, lo mejor era pasar desapercibida, a día de hoy creo todo lo contrario… Pero me da miedo ser invisible y que este mensaje, realmente, no sea compartido por nadie.

    Así que tendremos que trabajar en ello.

  • El día de la madre: Anna Jarvis y los regalos

    mayo 6th, 2023

    Nunca me ha gustado la celebración del día de la madre, ni siquiera cuando era niña.

    Recuerdo cómo, en mi colegio, los días antes del domingo que se celebraría el día de la madre, sabía que llegaría el momento de hacer una manualidad para celebrar el día de la madre. Vivía ese momento con el mayor de los temores. Tendría menos de 2 horas, durante la asignatura de “Labores del hogar”, para hacer una manualidad con pegamento, macarrones, papel, cartulina y rotulador que reflejara el amor y el sentimiento de agradecimiento hacia mi madre. Pegamento, macarrones, papel, cartulina y rotulador para homenajear a una profesora titular universitaria de historia que compraba toda su ropa en Serrano, una de las calles más caras de Madrid. ¿Qué podría salir mal?

    Sí, sé lo que estáis pensando: labores del hogar.

    Lo creáis o no, sí, en los 80 y 90 en mi colegio esta era una asignatura que dábamos por las tardes. ¿Por qué aprendíamos los ríos de España y esto por la tarde después de comer? Por si acaso alguien se escandaliza con este concepto de labores de hogar, diré que era bastante normal en los 80 encontrar colegios concertados con esta asignatura, y que también venían niños a esta clase (Juan Carlos, si es que realmente te llamas así, compañero de mi clase durante años con el que no hablaba, siempre me acordaré de cómo la profesora alucinaba con tu capacidad para coser y para hacer bordados, espero que seas el que cose en tu casa).

    Volviendo al día de la madre ya que estamos en esta semana de homenaje a una de las funciones más precarizadas y más valoradas de puertas para afuera, pero menos sostenidas de puertas para adentro, me gustaría que pensáramos en nuestra madre, y en la persona que cumplió el rol de madre. Porque si has nacido en España en los 80 o 90, igual te pasó lo mismo que a mí, que durante mi infancia, adolescencia y vida adulta, yo tuve dos madres: mi madre y mi yaya, siendo criada por ambas figuras femeninas. Esto creó en mi cabeza dos referentes que no podían tener menos en común y que vivían en un conflicto constante. No podría, ni nadie debería, negar la crianza de ninguna de las dos, ya que sus roles fueron fundamentales siempre para mí. Entonces, ¿por qué no hacía dos manualidades? ¿Por qué mostraba el agradecimiento en forma de objeto deforme manual únicamente a una de las dos?

    Empezábamos mal esta relación con el día de la madre.

    Si algo recuerdo claramente de la celebración del día de la madre era el estrés y la incomprensión. Yo tenía claro de que, al entrar en aquella clase, tendría que salir con algo para mi madre (aunque no para mi abuela), algo que indicara lo mucho que la quería, lo agradecida que estaba por todo lo que me daba y, tal y como decía la profesora que teníamos “para cuando seáis las siguientes”.

    Ahí estaba el kit de la cuestión, con esa pieza deforme y absurda hecha con papel y elementos no biodegradables, había de demostrar las ganas que sentía por el momento en el que yo fuera ella, anhelando ser la siguiente en ocupar ese rol que me correspondía por ser una hija y, por tanto como asistente a una clase de labores de hogar, aprendiz de madre.

    A mí se me dan mal las manualidades. No soy mañosa. He sido un aprendiz mediocre en lo que se refiere a cualquier arte manual, ya fueran música, dibujo, escultura. He estropeado cualquier indicio de belleza en cualquier proceso creativo que tocara en ese aspecto, cualquier labor plástica que haya empezado no se ha finalizado o ha acabado siendo una pérdida de material, tiempo y espacio. Pido disculpas por ello, sobre todo a mis compañeros de universidad. Siento mucho aquella época en la que me dio por pensar que sabía hacer collages y llené vuestras casas con mis creaciones en vez de poner unos euros para comprar algo que os hiciera la más mínima ilusión. Si acaso habéis conservado algo por pura educación, os animo a que lo tiréis, y si habéis aprovechado alguna de vuestras mudanzas para deshaceros de despropósitos semejantes, que sepáis que lo entiendo perfectamente.

    Y cada vez que hacía una creación pensaba lo mismo: A mi madre no le va a gustar. ¿Y sabéis qué? Que tenía razón. Que siempre conservamos los regalos por la ilusión que les hacen pero, en el 2023, con el tamaño de los pisos, la precariedad, el cansancio y el nulo espacio en una casa de 50 metros cuadrados, ¿de verdad no hay una sola madre acumulando dibujos horrendos y cajas pegajosas medio pintadas en las estanterías de las que se acuerde, no para bien, cada vez que tiene que limpiar?

    ¿Sabéis que no fallaba casi nunca en el día de la madre cuando yo era pequeña? Las medias. Los pendientes. Los collares. Los anillos. Los bolsos. Una cartera. No pasaba nada porque yo hiciera algo horrendo y lamentable en el colegio, porque no era lo que se vendía, el regalo, el de verdad, el que viene bien a las empresas venía y viene de fuera: de los maridos. Los maridos. Ellos eran los que, a nivel de consumo, tenían que hacer algo para dar las gracias a esas mujeres que sostenían sus familias mientras ellos daban el 50% de su vida, a cambio del 150% de la de ellas.

    Las campañas del día de la madre, como cualquier campaña relevante en una gran empresa, se preparan con más de 4 meses, y los contenidos también. Hay cosas que hay que vender, hay cosas que hay que vender y pueden encajar, y que les harán ilusión. Además, ahora que el modelo de madre PUEDE HACERLO Y TENERLO TODO, no nos quedemos solamente con el consumo ajeno para celebrar, ahora la madre también tiene derecho a darse un capricho, y lo puedes conseguir con un objeto random al que se ha subido el precio durante un mes para luego bajarlo durante esa semana y que parezca un descuento, una oferta, UN REGALO.

    Un regalo para celebrar, para reconocer, para compensar… ¿Cómo podemos pensar siquiera que lo va a compensar? ¿Cómo va a ser suficiente?

    ¿Cómo llegamos, como sociedad, a considerar válida la compra de regalos que no necesitamos, que en realidad rara vez queremos, y que siguen elaboradas campañas de Marketing, a cambio de vivir una vida precarizada y sometida a cualquier obligación o norma que se ha impuesto de manera aleatoria?

    ¿Acaso nos salva el consumismo?

    Si fuera que no, ¿de qué nos sirve? ¿Y si no sirve, por qué está centrado sobre todo en las mujeres? ¿Por qué estamos deliberadamente más sometidas al sistema?

    Evidentemente no siempre siguió los mismos derroteros, los orígenes de este día tenían un sentido, un significado, un momento de reunión y comunión entre mujeres con hijos para hablar, desahogarse, colaborar… Hasta que alguien decidió que era mejor darnos cosas y que permaneciéramos sola, aisladas y, si era posible, tristes e inseguras con nosotras mismas.

    Parece ser que el origen de las celebraciones del día de la madre viene de los homenajes a Rea, madre de Zeus, Poseidón y Hades. Rea, ¿recordáis esa figura que protegió a todos sus hijos y que se fue hinchando de piedras hasta reventar? Ese era el padre y Rea, la primera madre de la humanidad.

    Luego llegaron los romanos y cambiaron el nombre de Rea por Hilaria, y en vez de una única celebración, comenzó a ser una celebración que duraba tres días. Al ser originaria de Madrid, se me ha hecho curioso el hecho de que se celebrara el 15 de Marzo en el Templo de Cibeles. Claro, la plaza de Cibeles en Madrid es el lugar en el que se celebran todos los eventos deportivos y donde hay una absoluta pasividad frente al desorden público y vandalismo dado que, son cosas de chicos y el fútbol ha de celebrarse. Me gustaría saber qué haría actualmente la policía si un grupo de madres se pusiera a hacer una rave en la Cibeles el 15 de Marzo, ellas no han ganado un partido, pero sí que han gestado a todos los policías que las llevaran detenidas, ¿no tienen acaso más derecho a celebrar su día en Cibeles? Históricamente, dado que se eligió esta escultura para instalar y nombrar esta plaza, tendría todo el sentido. Vale que no es la del Monte Palatino pero entonces cuando policías y futbolistas digan “viva la madre que me parió” que digan también qué le regalaron en el último día de la madre, o incluso, qué hacen diariamente para honrarlas, celebrarlas y compensarlas por todos los años que estuvieron a su lado.

    No os preocupéis que esto sigue siendo un blog NO MO y habrá muchas personas, incluso futbolistas y policías, a las que el día de la madre se les atragante mucho más que a mí. Hay muchas personas que este día no tienen nada que celebrar, nadie a quien darle nada, nada que conmemorar y un porrón de recuerdos dolorosos que les bloquean en su día a día. Y eso en algunos casos viene de su infancia, otros son por su propio proceso de haber sufrido esterilidad o de no llegar a fin de mes y dejar esta fase tan “natural” de la vida sin estrenar.

    ¿Sabéis qué pasaba en la celebración de las Hilarias? Seguro, seguro, no lo sabemos ninguno porque no estamos allí, pero por lo que se cuenta, celebraban nacimientos, o cualquier día escogido por el emperador en el que la alegría ERA OBLIGATORIA.

    Posteriormente llegó el cristianismo para volver a Rea, pero que fuera la Virgen María esta vez. Una iniciativa que surgió en Inglaterra vino de cómo, ese domingo de las madres, se daba el día libre al servicio para ir a visitar a sus madres y llevarles un regalo.

    Y ahora quiero ir hacia lo que me resulta más molesto del tema. A raíz de la Guerra de Secesión, dos activistas, Julia Ward Howe y Ann Jarvis, comenzaron a organizar reuniones de madres para discutir y buscar soluciones a raíz de la guerra. Eran varios días y la idea principal era reconciliar las partes que estuvieran en conflictos. ¿Sabéis cuando dicen que las mujeres acabarían con las guerras si estuvieran en el poder? No me cabe ninguna duda.

    Pero, ¿qué pasó? Llegó el presidente de los Estados Unidos a oficializar el asunto, a crear el Día de la Madre. Un día para celebrar a las madres, para comprarles cosas, dejarse el dinero y evitar discutir las condiciones por las que pudieran pasar las familias, ya fueran económicas o sociales. Esta persona que dio el día y nombre oficiales era Woodrow Wilson, quien, aparte de crear este día para “celebrar a las mujeres” era segregacionista y abierto partidario del Ku Klux Klan.

    Aunque ambas siguieron trabajando en los derechos de las mujeres y se abrieron a colectivos más extensos, el día de la madre tuvo que ser rescatado, ni más ni menos que por Anna Jarvis, hija de la segunda, que se quejaba de cómo se había comenzado a instrumentalizar el día de la madre para una comercialización excesiva y de cómo los intereses del presidente, con quien habían estado trabajando durante 7 años y, tanto ella, como su hermana Ellsinore, se dejaron un dinero para crear manifiestos y organizar eventos protestando contra el espíritu consumista sobre el día de la madre. Podéis hacer click para ver el artículo de 2019 de Kendall Trammell que habla del gasto que supone el día de la madre, solo en Estados Unidos.

    En 2019 era de 23 millones de dólares en todo Estados Unidos.

    Mientras escribo esto, prácticamente acabo de descubrir algo que me ha volado la cabeza y así lo voy a compartir:

    Anna Jarvis, la mujer responsable del día de la madre, la mujer que conmemoró a su madre y a todas las madres, no tuvo hijos.

    Después de pasar un rato leyendo sobre ella, ni me lo he llegado a plantear, pero sí, Anna Jarvis no tuvo hijos pero decidió que el día de la madre era algo que había que celebrar para honrar a las mujeres que habían sido responsables de su vida. Simplemente, creía que lo que las mujeres necesitaban era algo más que diamantes y regalitos, pero es mucho más fácil congregar a la gente hacia el consumo y lo puntual que los cambios estructurales.

    Escribo esto un siglo y 3 años después de que Anna Jarvis dijera los pensamientos que tuvieron mi madre y mi abuela sobre el día de la madre; así a grandes rasgos “todo muy bonito, pero ¿el Lunes qué?”.

    Si nuestras madres y abuelas pasaban el domingo con las lentejas en remojo, descongelando la comida, cuidando del niño, mirando las facturas, tendiendo la colada, cuidando del niño, abriendo los regalos, saliendo en la foto, comiendo una tarta (puede que por una vez no fuera ella quien fuera a comprarla), barriendo el suelo, haciendo las camas, limpiando los zapatos, recogiendo la ropa, doblando la ropa, metiendo la ropa en el armario, abrazando a sus hijos mientras les cuentan su vida y disfrutando cinco minutos de ese regalo para que al día siguiente no signifique ningún cambio estructural, la estructura está rota.

    Anna Jarvis creía que las madres se merecían más que unas flores.

    Y vivió toda su vida reivindicando su rol desde su no maternidad.

    Así que, aquí acabo esta entrada, celebrando el día de las mejores madres, las que tuve: mi madre y mi yaya, que ya nos dejó hace 7 años.

    Y dejo el poema de Julia Ward, que es lo que realmente merecían:

    ¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen corazones, sin importar que su bautismo haya sido de agua o lágrimas! Digan con firmeza: ‘No permitiremos que los asuntos sean decididos por agencias irrelevantes. Nuestros maridos no regresarán a nosotras en busca de caricias y aplausos, apestando a matanzas. No se llevarán a nuestros hijos para que desaprendan todo lo que hemos podido enseñarles acerca de la caridad, la compasión y la paciencia’. Nosotras, mujeres de un país, tendremos demasiada compasión hacia aquellas de otro país, como para permitir que nuestros hijos sean entrenados para herir a los suyos. Desde el seno de una tierra devastada, una voz se alza con la nuestra y dice ‘¡Desarma! ¡Desarma!’ La espada del asesinato no es la balanza de la justicia. La sangre no limpia el deshonor, ni la violencia es señal de posesión. En nombre de la maternidad y la humanidad, les pido solemnemente que sea designado un congreso general de mujeres, sin importar nacionalidad, y que se lleve a cabo en algún lugar que resulte conveniente, a la brevedad posible, para promover la alianza de diferentes nacionalidades, el arreglo amistoso de cuestiones internacionales.

    Rea, Hilarias, Julia, Ana y Anna no querían labores del hogar, figuras de papel, regalos o tarjetas. Nos querían juntas.

    A lo mejor empiezo a tomármelo como el día de Anna Jarvis y empieza a gustarme este día.

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