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  • Louisa: una mujer(cita) sin hijos

    diciembre 1st, 2023

    Hace poco alguien escribió que la maternidad hace que estés en los relatos de más personas, y cómo la familia marca todas las tramas y todas las historias.

    Bueno, Louisa May-Alcott no tuvo hijos y está en todos nuestros relatos, de todas nuestras historias, gracias a haber escrito una de las obras más únicas y famosas de todos los tiempos: Little Women.

    Sin haber tenido hijos propios, consiguió crear la familia de nuestra vida: la familia March.

    Quizá no sea común, pero tengo entendido que el principal sueño de las hijas únicas es el de tener hermanos. Al menos ese era el mío.

    Y Louisa May-Alcott, que tuvo una infancia con otras tres hermanas: Anna, Abigail y Elizabeth supo retratar sus vivencias de un modo que, no sólo le generó éxito, sino que es una obra que ha quedado para la más absoluta posteridad.

    No hay novela que se haya comentado, discutido, elogiado o aparecido de refilón en una conversación como Little Women.

    Y tiene su gracia, ya que no fue su iniciativa, sino de su editor.

    Es decir, a lo mejor Louisa, tras haber sido enfermera en tiempos de guerra, habiendo trabajado como institutriz, entre otras labores, para dar apoyo económico a su familia, tenía ganas de hablar de sus hermanas y de contar las anécdotas que han llenado nuestras navidades ya fuera en televisión, cine o papel, pero no fue hasta 1868, tras un encargo de su editor habitual, el año en que Little Women llegó a las imprentas y librerías.

    Este hombre, empresario, vio cómo las lectoras jóvenes necesitaban un entretenimiento después de la guerra, al menos aquellas que habían conservado su fortuna. Y eso le traería dinero.

    Y aunque le rondara la cabeza esta historia de una gran familia durante la guerra de secesión en Connecticut, tampoco parece que viniera con libertad creativa; que a Louisa le encargaran semejante empresa no era un voto de confianza, ella ya llevaba publicando literatura juvenil desde 1851, cuando le publicaron su primer poema.

    Su primer libro «Fábulas de flores» se publicó en 1854 bajo el pseudónimo de Flora Fairfield, y siguieron varios, que compaginó siendo enfermera, entre otros trabajos, no solo para llenar su alma con su arte, sino para ayudar económicamente a su familia.

    Esto lo llevó a su novela.

    La familia March pasa por limitaciones económicas casi toda su vida y en la mayor parte del libro, y a través de Jo, entendemos cómo ella no sólo buscaba escribir, sino publicar, ser relativamente reconocida, tener un empleo, un empleador y una remuneración económica.

    Little Women, sin embargo, no parece una novela de encargo, sino un relato clásico, casi mitológico, algo que ya estaba ahí antes de que se escribiera, algo que se escribió a sí mismo, con unos personajes vivos, y con unas historias que ya existían antes de que se contaran…

    Pero no seamos ambiguas, por favor.

    Esta novela ha conseguido llegar a ser el legado de Louisa May-Alcott porque toca el corazón generación tras generación y eso solo es PORQUE ES MUY BUENA.

    Y si existe esta novela, no fue por magia, fue porque Louisa May-Alcott puso su tiempo, talento, labor y esfuerzo a que Jo, Amy, Meg y Beth llegaran al mundo.

    Hay una parte de mí que quiere pensar que las mujeres talentosas pueden alcanzar la grandeza en todo lo que hagan y que los únicos que ponen limitaciones al respecto son los hombres.

    Bueno, ni todos los hombres ni todas las mujeres.

    Pero Louisa alcanzó la grandeza… Una pequeña parte de su vida.

    Louisa consiguió ver que Little Women se convirtió en un superventas.

    Durante 20 años.

    20 años después Louisa sufrió un infarto. Tenía 55 años.

    Escribió uno de los grandes éxitos literarios de todos los tiempos con 35 años. Lo completaría pocos años después, con la segunda parte de Mujercitas.

    Sin embargo, pese a que fuese un éxito, también hay diversos elementos heteropatriarcales que, según se ha leído posteriormente, no venían tanto de la autora como del editor. Por ejemplo, según parece, no quería casar a Jo con Fritz (de hecho, hay una parte del final en el que intenta dar mucha menos importancia a esa narración que a la de la reunificación familiar de los March) y, lo que mantuvo, fue dejarles sin descendencia.

    Jo no tiene hijos. Como Louisa.

    Como yo.

    El éxito que cosechó la novela tras la muerte de Louisa, ha sido algo fuera de lo común.

    Y yo me planteo si Louisa May-Alcott estuvo aguantando, con todo el legado que iba a traer, que le dijeran constantemente que por qué no se casaba y tenía hijos.

    Su obra ha sido adaptada 6 veces al cine, traducida a todos los posibles idiomas, que cuenta incluso con un anime en sus adaptaciones…

    Consiguió que la gente fuera en masa a ver a Katherine Hepburn, cuando era conocida por ser «veneno para la taquilla» y todas sus películas un fracaso comercial…

    Es la novela que marca un antes y un después a Joey en Friends…

    Seguro que hasta ha salido en los Simpsons… Y sin embargo, tengo la sensación de que, el hecho de no tener hijos, le trajo alguna que otra duda sobre qué estaba haciendo con su vida.

    Si sus hermanas la tendrían protegida para que pudiera escribir, o si vendrían algunos juicios más desde casa.

    Y pienso mucho como ahora una madre no solo puede ser una madre, sino que también, con los hijos a cuesta puede y debe convertirse en una de las grandes autoras norteamericanas de todos los tiempos.

    Ser escritora es difícil.

    Ser una escritora con hijos, lo es más.

    ¿Cómo se hace? Si se hace… Pues no es un milagro, pero requiere de ciertas cosas milagrosas que no están al alcance de todas: dinero, una habitación propia, una abuela abnegada, dinero para un canguro, salud.

    Una mujer puede aportar tesón, todo y más. Pero, si se logra, es porque hay cierto PRIVILEGIO debajo de la alfombra.

    De no ser así, únicamente somos esclavas de la escritura, hijos, tareas domésticas y el patriarcado.

    Porque es este último quien nos la ha colado.

    Se ha de sucumbir al FOMO.

    Se ha de hacer todo.

    Se ha de tener un hijo/a y escribir una novela. Tus novelas. Tus poemarios. Tus obras. Tus hijos. Tus responsabilidades. Tus sueños. Tus deberes.

    Yse debe.

    No vaya a ser que se pierda algo por el camino.

    No vaya a ser que falte algo.

    Y puede que falten muchas cosas, como estabilidad, tranquilidad, seguridad, igualdad, fraternidad, comunidad… Pero te dirán que es un hijo lo que falta.

    No quiero pensarlo, pero a día de hoy una Louisa May-Alcott escribiendo Mujercitas estaría en grupos de NOMO, o quizá habría sucumbido a la presión.

    Una mujer que en 1868 publicó una de las mayores novelas de todos los tiempos en vez de criar una familia hoy se vería sobrepasada por esta idea, por este capitalismo que no te permite escoger, que solo te permite sacrificar. No puedes dejar de hacer esto de tu lista, así que simplemente añadiremos cosas y te diremos que es normal, que no tienes por qué renunciar a nada, que simplemente lo haces porque no estás a la altura.

    Y no podríamos escondernos detrás de Flora Fairchild para, simplemente, elegir.

    Yo agradezco que Louisa May-Alcott nos diera este legado.

    Todas se lo agradecemos, creo yo, madres, hijas y abuelas. Todas hemos llorado que Jo se cortara el pelo, que Amy fuera a Europa, que Meg no pudiera comprarse un vestido, la muerte de Beth…

    Si Louisa May-Alcott pudo elegir, tuvo que tenerlo difícil también, aunque puede que a día de hoy hayamos caído en una trampa que nos hemos puesto nosotras mismas. O más bien, que nos han puesto y hemos aceptado como propia.

    Yo prefiero elegir.

    Mi privilegio va a ser el de elegir.

    Y seguro que no tengo el legado de Louisa May-Alcott pero…

    Quizá algunas mujeres sin hijos estemos haciendo algo importante (o no) mientras pensáis que no estamos a la altura del conservadurismo rancio.

    Pero quizá vuestro conservadurismo rancio que solo ve maternidad en las mujeres, cuando tenemos y somos tanto, sea el que no está a nuestra altura.

    Quizá esta medida se está acabando.

    Quizá me quiero quedar con el final de la última versión de Mujercitas: Jo viendo cómo se imprime su libro.

    Ojalá ese sea mi legado.

  • La farsa

    noviembre 24th, 2023

    A veces la mentira es más simple que la verdad.

    No siempre, me explico.

    Ante la pregunta: ¿quieres tener hijos? – una respuesta negativa puede llevar a discusión e incomodidad, una respuesta positiva solo puede llevar a fotos de niños, alegría y momentos muy íntimos.

    Quizá demasiado.

    Quizá no se debería preguntar en la pausa del café, pero se hace.

    Eso no lo podemos cambiar, aunque nos gustaría.

    Solo podemos revisar qué decir y plantearnos si esa pausa del café merece más la pena escuchando un podcast que sentadas con José Luis.

    Es cierto, decir que «sí», aunque sea mentira, es más fácil.

    A mí me es más fácil.

    Pero no hay que cogerle el gusto a mentir, porque acabas perdiendo el foco. Puede que, de tanto mentir y decir que sí, haya personas que hayan cambiado de opinión en cosas incluso como la maternidad, aunque no tiene por qué… ¿Alguna psicóloga en la sala? ¿Esto puede pasar?

    Es mucho más profundo que decir que te gusta el tiramisú cuando no te gusta y fingir un dolor de barriga cada vez que te ofrecen.

    Pero un simple «sí» requiere menos matices, menos contexto, menos preguntas y miradas.

    ¿Qué es lo peor que puede pasar?

    Pues lo que pasa, acabar en otra conversación más que no nos interpela, en la que no tenemos mucho por lo que hablar y que, todo lo que podríamos decir, o no es cierto o no nos interesa pero… El mundo debe seguir adelante.

    ¿No es acaso mejor hablar de los niños de los demás que de la iniciativa de #STOPROSEBANK para acabar con los vertidos en los océanos? ¿No es mejor ver el mural que han hecho al bebé en la habitación que las imágenes que nos llegan de Palestina?

    La mentira también puede ser un salvavidas.

    E incluso, la mentira, puede ser inconsciente.

    Puedes acabar llegando a un lugar en el que no te das cuenta de que estás mintiendo.

    A mí me pasa.

    Suele venir con la falta de autoestima y las ganas de encajar, pero eso es muy básico, en realidad, es que tanto las mentiras como las verdades están llenas de matices, no son tan concretas.

    Y puede que alguna parte de nuestra mentira, sea verdad.

    No me refiero a, por ejemplo, cuando alguien te viene a pedir un euro y dices que no llevas nada porque, normalmente no llevas nada, y luego recuerdas que te dieron suelto por aquel café en la pausa del curro… No me refiero a una mentira involuntaria.

    Los sentimientos, por ejemplo. Los sentimientos están llenos de mentiras.

    Y las preguntas llenas de trampas.

    Y con la maternidad hay que analizar estas trampas. Y sus verdades o sus mentiras, y las condiciones con las que vienen.

    No todo es blanco o negro, no es una película de Bergman ni un tablero de ajedrez.

    Por ejemplo:

    • Si te gustan los niños no tiene por qué convertirte en madre; lo bueno podría ser convertirte en cuentacuentos, profesor de infantil, psicólogo infantil, canguro, enfermero o médico especializado en neonatos y los más pequeños. Te pueden gustar los niños, pero no el tuyo, o no en lo que se convierta, o tu vida con él. Hay muchos matices en los que pensar.
    • No quieres morir solo. Pero es que nadie quiere morir solo… Nadie tiene muy claro que le parezca bien morirse ni parece que podamos elegir, pero eso tampoco parece cambiar el paradigma.
    • Quieres pensiones. ¿Y no has pensado salir a manifestarte o votar partidos que protejan las pensiones? ¿Tienes que dejarle el problema a alguien que no sabe atarse los cordones de los zapatos? ¿O quieres enseñarle a atarse los cordones e intentar que pueda optar a pensiones ya que le has traído a este mundo?
    • No quieres que te acusen de ser egoísta. Pues mira, shit happens. En el colegio nos llamaron cosas peores y hemos sobrevivido. Piensa bien en quién te está acusando y cuándo fue la última vez que se planteó el bienestar de alguien que no fuera él mismo o sus propios hijos. El término suele venir de gente poco generosa. Como dice bien el dicho: «el que lo huele, debajo lo tiene».
    • Tus padres serían unos abuelos estupendos. Tus padres seguro que socializan muchísimo mejor que tú, ya que vienen de una generación en la que no se pasaban la vida pegados al móvil presos de un narcisismo enfermizo y se relacionaban con los demás, seguro que hablan con los peques del cuarto… Y de no ser así, ¿por qué debería ser tu problema? No hay un contrato de pertenencia del útero a tus padres, que yo sepa.
    • Nunca has conocido el amor antes. Pues háztelo mirar, porque yo sí.

    Todo lo que contestamos puede ser malinterpretado, modificado y llevado a lo contrario por alguien suficientemente hábil con el lenguaje. Hay montones de espadachines del lenguaje por las redes sociales, y en las mesas navideñas, del café y del bar. Quizá solo tengamos que ir encontrando respuestas más ingeniosas que esas preguntas de manual, no parece tan difícil.

    Pero habría que abandonar la farsa.

    En este tema, tendríamos que dejar de mentir.

    No solo dejar de opinar por lo que hace el otro, sobre todo cuando te ves empoderado en el lugar ganador y aprovechas tu condición para hundir a otro.

    Tu prima sin hijos no tiene por qué ser más egoísta que tú, ni menos normal, ni más fea, no sé… Déjala en paz, céntrate en lo tuyo.

    No pasa nada porque algún día cambiemos de opinión, no tenemos por qué decir lo que muchos quieren escuchar, porque callados, en una esquina, hay muchos que pueden estar deseando decir que les importa un pimiento las pensiones porque la economía está en declive de todos modos, y nuestra honestidad puede darles coraje.

    Además, es importante que llegue el mensaje para contrarrestar ciertos mantras posteriores a las preguntas que he planteado, que son el: «cambiarás de opinión» o «te arrepentirás».

    Solo creen que hay un sí tras el no.

    Por eso insisten, y por eso justifican tanta tristeza hacia mujeres sin hijos, porque asumen que es una cuestión de tiempo el arrepentimiento y la soledad. Y si ellas no lo confesan, no pasa nada, porque ya habrá alguien encargado y activo de gestionar esta narrativa en la que las mujeres giramos alrededor de nuestro útero.

    Por eso es más fácil mentir.

    Pero, ¿sabéis qué?

    Que hay que abandonar la farsa porque EN REALIDAD LES DA IGUAL.

    Igual que nuestros amigos con hijos no nos dicen nada al respecto porque entienden que no hay ningún juicio sino vidas plurales, entrar en ello solo dice algo de estas personas a las que les molesta que no quieras tener hijos: Que nadie les ha dicho nunca antes dónde se pueden meter y dónde no.

    Porque no entrarían a discutir absolutamente nada más, pero esto, como es algo en lo que nadie les pidió opinión, se sienten atacados y ven que no pueden influir, eso, eso sí lo pelean.

    El silencio y la mentira que ha llevado a ocultar el «no quiero tener hijos», lo han entendido como un espacio más para su propio discuso, pero no lo es.

    Les da igual tu respuesta, tus motivos, solo quieren sentir que nadie va a tomar decisiones que no estén aprobadas por ellos.

    La natalidad se ha entendido durante demasiado tiempo como algo democrático para los hombres, cuando solo es nuestra decisión y nuestro cuerpo los que nos lleven a esa decisión.

    No lo permitamos más.

    Incluso las madres saben que no todas las mujeres quieren ser madres. Incluso las que te dicen que es lo mejor que les ha pasado en la vida, están más cerca de entender el límite.

    La mentira y sus prejuicios no deben ganarnos terreno.

    Por incómodo que sea tu deseo, no tiene por qué serlo.

    Se acabó la farsa.

  • SUCHARD: «Lo hemos hecho bien»

    noviembre 19th, 2023

    Las cosas como son: el anuncio de Suchard está muy bien hecho.

    Han sido los primeros en anunciar que llega la Navidad y que tenemos que empezar a pensar en las cenas familiares, los regalos, los turrones… O sea, todas las cosas para las que no has podido ahorrar con la inflacción y subida de precios a lo largo del año, pero que tendrás que pagar igualmente porque ES NAVIDAD.

    Suchard ha apostado por la animación y se ha marcado un homenaje a UP como la copa de un pino, motivando con su estructura, guión y montaje todos esos sentimientos que nos despertaban los primeros diez minutos de la película de Pixar. Una película que, por otro lado, no es tan buena, pero cuyos primeros 10 minutos nos rompen porque nos cuentan el inicio y fin de una historia de amor. Y de una vida.

    ¿Qué cuenta la historia del anuncio?

    Que la vida es lo que sucede entre las Navidades.

    ¿Y qué es lo que importa en la vida?

    Que la FAMILIA HAYA IDO AUMENTANDO.

    Con una estructura a lo MEMENTO pero una historia adorable, todo comenzaría desde que se mudan a su casa para comenzar su vida.

    Y eso solo puede ser con cajas, en Navidad y con la mujer embarazada.

    Decir que el «lo hemos hecho bien» deja a mucha gente fuera es quedarse corto, pese a que sea bonito y esté bien hecho.

    Porque claro, muchos diremos: otra vez lo de siempre/ yo también lo he hecho bien… Pero, sobre todo, porque este anuncio vuelve a lanzar la idea de la familia ideal y eso hará que, otras navidades, vuelvan a preguntar el «y tú cuándo».

    Pero eso no es por el anuncio, lo hubieran preguntado de todos modos.

    Aún así, analicemos el mensaje con pinzas, porque no es tan malo ni nos deja tan fuera.

    ¿A quién no le gustaría formar parte de ese anuncio en Navidad en el que se ve a una familia que se quiere y no discuten NUNCA en las cenas navideñas?

    Vamos, en mi época EMO mi madre no me hubiera acercado unas galletas ni de coña, en vez de eso, me hubiera dicho que estaba gorda.

    Pero, a ver. El «lo hemos hecho bien».

    ¿Quiénes lo han hecho bien? Ellos, que son quienes cuentan la historia. Que comenzaron una familia, probablemente con cierta incertidumbre y sin saber qué les vendría encima.

    Y es que, para ellos, lo han hecho bien.

    La publicidad siempre ha sido así.

    Las decisiones que se toman de cara a la publicidad y al marketing no son altruistas ni suponen una representación de la pluralidad o la diversidad más allá de lo económico.

    Ser representada en la publicidad, solo significa que eres un cliente potencial.

    No voy a olvidar por un segundo de que soy una mujer blanca, nacida en España y vivo en el privilegio constante de verme en cada anuncio, de no ser excluída.

    Pero lo hacen porque quieren que compre Suchard.

    TODA MARCA, TODA PUBLICIDAD, TODO ANUNCIO quiere tu dinero.

    Y Suchard quiere el dinero de familias blancas y CIS, que parecen ser las únicas que existen en España… A ver, una marca como Suchard, que se fundó en 1826 bajo la marca Kraft Foods y en 2019 se unió a Heinz, probablemente, tras una guerra, bajada en acciones y pérdidas, quizá no ha sabido salir de las cavernas del pensamiento y no saben ni en qué año están.

    Su target es claro.

    Esta publicidad funciona para toda la gente blanca que vivió el paso de Disney a Pixar, y no de Pixar a Disney.

    Cualquier posible representación de la realidad en este anuncio, si funciona, es porque es ficticia. Y porque llega en el momento en el que todas venimos AGOTADAS tras el 2023 y pensamos en la Navidad como ese momento con la familia que merecerá la pena.

    Hay un equipo creativo que ha puesto trabajo, ideas y esfuerzo… Para que estas navidades todos asociemos Suchard con una Navidad que no es veraz.

    Está claro que si mucha gente ha estado hablando de ello es porque ha funcionado. Y la estructura tiene parte de culpa, esa estructura del presente al pasado es un acierto: nos pilla desprevenidos.

    Y, sobre todo, porque, mostrando tanto años, tantas Navidades, la idea que trabajan es la de que te veas reflejado. Y aunque no lo hagas, vas a intentarlo. Hecho esto, seguro que, en algún momento, sales tú.

    El mío fue verme poniendo las galletas a los reyes magos.

    También ponía agua a los camellos y los pajes porque iban por todo el mundo cargando a tres señores vagos y llevando montones de regalos…

    ¿Veis?

    Ya he recordado.

    Ya he recordado algo bonito de la Navidad.

    ¿Veis que bonito?

    Eso es la publicidad.

    Es como el tratamiento Ludovico de La Naranja Mecánica pero al revés.

    Sentirte representado en la publicidad es el trabajo de los publicistas: eres protagonista porque eres consumidor.

    Y cuando llegues al supermercado a comprar turrón porque, al fin y al cabo es Navidad y tendrás que llevar algo, verás anunciado Suchard y recordarás…

    En realidad están ahí porque han pagado un dinero al supermercado para que sus productos se vean mejor.

    Han pagado una campaña de medios que ha comenzado en Septiembre, justo cuando estaban cerrando el Black Friday.

    Y han hecho el anuncio, con esa estructura que recorre TODA UNA VIDA para que te veas ahí y te sientas especial.

    Oye, y qué bien que la publicidad por una vez no te haga sentir gordo, estúpido o carente de cosas, sino pleno y navideño, pero no deja de ser una excusa para sacar dinero. Tu dinero. En el nombre de la familia y de la Navidad.

    La Navidad también puede ser una mierda.

    Puede ser un gran oasis de miseria en el que sientes que, si no eres feliz, no estás haciendo algo bien, que no eres apto, que hay algo malo en ti.

    Igual que compras Suchard, que celebras la Navidad, que finges estar bien, deberías hacer todo lo que se ha hecho toda la vida…

    Como tener hijos, como en el anuncio.

    Por qué va a llegar ahora gente y decir que no tiene por qué hacerse. Por qué más opciones. Por qué si «ellos lo hicieron bien». Por qué. Por qué.

    Pues porque no es un turrón.

    Porque no es una decisión tan leve.

    Porque no es obligatorio.

    Lo que molesta del anuncio de Suchard es que, una vez más, nos dice que las navidades son para las familias con hijos, son para la gente que hace que el mundo se reproduzca e incremente el consumo.

    En vez de pensar en ese tiempo para reflexionar, plantearte cambios en tu vida, retos, incluso abrazar al descanso, es un momento para mostrar esa elección de vida familiar más clásica como EL TRIUNFO.

    Pero solo es publicidad.

    Solo son las redes sociales.

    Solo son tus padres.

    Solo son tus hermanos.

    Es difícil encontrar la luz en un mundo que te lanza anuncios en el que dejan claro que tu elección no existe.

    Y entiendo que, para muchas personas, vienen unas navidades de muchas preguntas y juicios, o invisibilidad bajo christmas de familias perfectas con hijos.

    Pero, recordad, es solo un oasis.

    El christmas ha llevado cinco horas en las que los niños no querían posar, lloraban, estaban enfermos; vuestras amigas con hijos se han pasado la noche sin dormir y, puede que durante el día, hayan estado llorando sin parar, todo para una fotografía y el beneplácito de gente que insiste en que el mundo no es plural.

    Para Suchard el mundo, claramente, no es plural.

    Para la publicidad, el mundo solo es plural cuando quiere dinero plural.

    Para muchas personas, el mundo no es plural.

    Pero lo es.

    El mundo y las navidades son mucho más que un anuncio de Suchard o los comentarios inapropiados de algunas familias.

    Y ahí es importante el mensaje final del anuncio: «la vida es lo que sucede entre las Navidades».

    Tu vida queda fuera de todo eso.

    Fuera de la publicidad.

    Disfruta entonces de esa pausa publicitaria que es tu vida.

  • Pintando a Justine Frischmann

    noviembre 17th, 2023

    Mi girl power fue Justine Frischmann.

    Pintora residente en Estados Unidos y ex-fundadora de Suede y Elastica. Aunque quizá si me quedo con eso, nadie sabe quién es.

    ¿Y si ponemos una foto?

    ¿Os suena su pelo corto, chaqueta de cuero, tocando la guitarra en un grupo de punk inglés en el que habían tres chicas y un chico?

    ¿No?

    ¿Y aquí?

    Si digo, la novia a la que Damon Albarn dedicó Tender, quizá os suena más.

    Era una de mis ídolos durante la adolescencia, aunque era algo que ocultaría, para no generar rechazo. Ser invisible y sobrevivir a los espacios con bullying era una prioridad. Era bajita, enclenque, repipi, sabelotodo y no tenía muchas amigas. Sin duda era un blanco fácil y me escondía todo lo que me era humanamente posible. Si mis amigas escuchaban a las Spice Girls y los Backstreet Boys, yo también.

    Ahí empiezas a fingir, a mentir, sobre tus gustos, tus anhelos, la maternidad…

    Al final te acostumbras, te mimetizas con el ambiente y nadie sabe quién eres, ni siquiera tú misma. Solo sabes que no eres una ermitaña y que no te gusta el conflicto, y si consigues eso, ya vamos bien.

    Por suerte, Justine no tenía miedo de ser quien era, ni de decir quien era.

    A Justine, simplemente, no la escucharon.

    Su historia ha sido contada por otros.

    Y hoy, la contaré yo.

    Por si no sabéis quién es Justine Frischmann, os diré que se hizo famosa en los 90, pero no por las cosas que deberían importar.

    No se hizo tan famosa por ser la líder de una de las bandas de punk con un 75% de mujeres en el grupo.

    Ni por fundar Suede.

    Ni por tener un tema en la película TRAINSPOTTING.

    Ni por las letra de Stutter (la canción con la que se hicieron famosos).

    Ni por llegar al número uno.

    Ni por hacer gira mundial.

    Ni siquiera llegó muy lejos su conflicto con Stranglers por un posible plagio o por tener un carácter dictatorial propio de los hermanos Gallagher de Oasis…

    No.

    Por supuesto, lo que trajo a Justine Frischmann a las portadas de todas las revistas del mundo fue SU VIDA AMOROSA.

    Mucha gente ya sabía quién era por haber aparecido del brazo de Brett Andersson, líder de Suede, y, posteriormente, Damon Albarn, líder de Blur, como habéis visto más arriba.

    Justine había entrado en el salón de la fama como una simple +1.

    Cuando sacó el album de Elastica en 1994 y llegaron a ser la mejor banda votada por los lectores de NME en los premios Brit, no aparecía en los medios como la «fundadora de Suede», sino como la novia de Damon Albarn.

    Todo eso después de haber pasado años siendo la causa de enfrentamiento entre Brett Andersson y Damon Albarn, llenando revistas culpándola a ella por un conflicto de EGOS entre los dos líderes de las bandas.

    La Helena de Troya del Brit Pop, Damon Aquiles y Brett Menelao.

    Y picamos: ¿QUIÉN ERA ESA TÍA INCREIBLE QUE ROMPIÓ EL CORAZÓN A BRETT POR DAMON?

    Todas queríamos ser ella.

    La novia del músico, la musa…

    Por supuesto, no sabíamos que era arquitecta, ni que llevada por la fama, acabó con una adicción a la heroína bastante seria.

    Ni nos importaba, porque las revistas de entonces nos contaban que, o eras una Spice Girl, o eras la novia de un músico.

    Y nos perdimos a Justine, entre tantas otras, por esa necesidad de complacer a los Damon y los Brett.

    Era una tormenta perfecta en la que la maternidad puso la guinda definitiva para denostar a Justine: en ambas relaciones, Justine Frischmann manifestó su deseo de no ser madre.

    Tenía alrededor de 21 años cuando era la pareja de Brett y 27 cuando era la pareja de Damon… Era Londres, en los 90, eran todos adictos perdidos a la heroína y a la fama… ¿Y de verdad querían traer una criatura al mundo?

    ¿O más bien querían tener una madre y un juguete esperando en casa?

    Tanto Brett como Damon eran líderes, estrellas, y lo querían y merecían todo: y también una familia.

    Bueno, una mujer que les gestionara la familia.

    Y Justine… ¿Qué otra cosa podría querer?

    Y así continuamente se ha escrito la historia de Justine, desde la visión y las necesidades de sus ex-parejas famosas.

    Estamos más que acostumbrados a que eso suceda, que el deseo femenino y nuestras decisiones se hayan contado a través de un prisma externo a nosotras, y eso ha hecho que haya una Verdad Única para controlarnos a todas y dejarnos en las tinieblas: si Justine Frischmann no quería tener hijos ni con Brett Andersson ni Damon Albarn, tenía que tener un problema.

    Y sí, lo tenía.

    Tenía el problema de que todos eligieron a Damon y Brett. Aunque ella fuera joven, tuviera problemas de adicción, y SOBRE TODO, no quisiera poner su cuerpo, tiempo, salud, dinero y vida al servicio de una criatura, la narrativa que se ha escrito no es comprensiva con ella, sino destructiva.

    Pobres Brett y Damon…

    Pobre Damon, que se acaba de separar ahora en el 2023…

    Nunca nos ha importado Justine.

    Ni siquiera a las que éramos sus fans. Las que estábamos en la sombra, las que no queríamos decir que «hey, yo quiero ser ella» para que no la tomaran con nosotras.

    Y eso… Trae consecuencias.

    A Justine se las trajo.

    Tras ser acusados de plagio por Stranglers, y seguramente por muchísimos conflictos en los que Justine no fuera ninguna santa o víctima, la banda se separó.

    En España apenas llegaron las noticias. Solo fotos de ella con Damon hasta 1998, año en el que se separaron y Blur lo empezó a petar.

    Y Justine desapareció.

    ¿Desapareció?

    No. Y sí.

    Porque lo que dejó es de ser famosa a costa de otros.

    Se marchó a Estados Unidos, a Colorado, a tener una vida un poco más tranquila.

    Se marchó para hacer un master de artes visuales en una escuela con ideales budistas y liberales.

    La chica que había sido «novia de» se marchaba a un lugar donde no la conocía nadie a comenzar de cero.

    ¿Y sabéis qué?

    Que parece ser que le vino bien.

    https://www.justinefrischmann.net/

    Resulta que la rockera andrógina en blanco y negro que había llenado revistas, tenía una vida propia, unos intereses y una personalidad.

    Resulta que la rompecorazones que no quería ser madre de los hijos de Damon Albarn, no estaba rota por dentro y era capaz de ser feliz sin la heroína, sin Damon ni la música.

    Resulta que lo que todo el mundo había elegido como su felicidad, era erróneo.

    Justine Frischmann a día de hoy vende sus cuadros online, en galerías, y en ferias. Y, por lo que dicen, cuando le preguntan si es la cantante de Elastica, dice que les miente, que «siempre se lo dicen» o «se parece mucho».

    Porque Justine no quería ser famosa.

    Y lo sabe porque lo fue.

    Y eso la convierte en la villana definitiva, ¿no? Eligiendo la tranquilidad por encima del estrés, el arte por encima de la familia…

    Y pensaréis: LO PUDO TENER TODO.

    Pues si hay algo que me ayuda a entender la historia de Justine es que el «todo» no es, PARA NADA, importante. Sino lo suficiente.

    Por el momento, y a sus casi 60 años, parece que Justine Frischmann es feliz con esa vida tranquila y suficiente. Y somos nosotros los que la hemos puesto en portadas y roles imposibles porque, si hubiéramos mirado dentro de lo que era ella, dentro de lo que era su vida, no nos hubiera sorprendido nada su destino.

    No hay ABSOLUTAMENTE NINGÚN plot twist aquí.

    Carismática pero concreta, seca e, incluso poco comunicativa en las entrevistas. Esquiva en las fotos.

    Todo cantaba a una persona no convencional. Y todos la quisimos meter en un saco y la odiamos porque no entrara.

    Porque su historia cuestiona el heteropatriarcado y el «TENERLO TODO» como concepto.

    Irene, ya estás otra vez no hablando de no maternidad.

    Bueno, pues vuelvo, es que para una vez que hablamos de Justine, como tal, con sus logros y vida, me despisto.

    Justine Frischmann no quiso ser madre a los 20-25, en la cresta de la ola, con dinero, fama, recursos… Quizá la adicción no ayudaba, pero treinta años después… No ha cambiado de parecer.

    Ella ha seguido dejando la maternidad fuera de su camino.

    Ella que tuvo todo… Tiene todo lo que quiere.

    Porque deberíamos mirar las cosas no como si pasásemos las pantallas de un videojuego, como si la vida fuera una sucesión de misiones.

    Porque no pasa nada si pasas del «todo». Porque si hay alguien que te ataca por no elegir el todo, el problema es de esa persona, y no tuyo.

    Porque, seguramente, sabes lo que quieres mejor que todos los demás, ¿no?

    Porque eso te ha llevado a una vida, y quizá haya cosas que cambies, y quizá tu decisión de no tener hijos, si ha sido así, no es una de las cosas que cambiarías.

    Y acabaré sintiendo un poco de compasión hacia mi adolescente y Justine.

    Porque me merecía haber ido al instituto con una cazadora de cuero (falso y de segunda mano) y una camiseta de Elástica, y haber aprendido a tocar la batería, y haberme querido tal y como era.

    Me merecía haber querido más a Justine y menos a sus novios.

    Nos merecíamos todas haber tenido una adolescencia en la que nos pusiéramos en el centro, dado que toda la narrativa nos pone en el adorno, en la pasividad, en una destinación conservadora.

    Y quizá, no sea para todas.

    Para Justine no lo fue.

    Para mí no lo es.

    Justine se hizo este autorretrato que podéis ver en su página de Wikipedia.

    ¿Tú qué pondrías en tu autorretrato?

  • Orna fucking Donath

    noviembre 9th, 2023

    La primera vez que escuché algo sobre el libro «Madres arrepentidas» vivía en Berlín. Eran principios del 2011.

    Tenía 27 años y todavía no había comenzado a salir el tema de la maternidad.

    En mi círculo de amistades, todos estábamos todavía muy centrados en encontrar trabajo, ideal o no, terminando la carrera, o no, haciendo un posgrado, estudiando idiomas para añadir al currículum, buscando el amor, intentando no depender económicamente de nuestros padres, vivir nuestra vida.

    No todo era un éxito ni mucho menos, pero en esa época, tuvimos la oportunidad de irnos a malvivir a Berlín.

    Si ya en Madrid no era un tema ni el momento, en Berlín ni os cuento.

    A día de hoy, se sigue hablando de Berlín como una ciudad perfecta para no tener hijos. Aunque yo creo que, a día de hoy, esa ciudad, ese Berlín, no existe. Y que la idea se mantiene por el concepto de ser una ciudad de paso y por su fuerte pasado anticapitalista.

    Pero es todo ficción y perspectiva.

    Y lo cierto es que, allí, en Ostbanhoff, conocí a mi primera pareja de amigos que eran padres.

    Eran una anomalía, por el momento y el lugar. Y también lo era Orna Donath.

    Para mí, era pronto. Quizá las ayudas a la maternidad que se dan en Alemania hace que se pueda tomar esta decisión antes, y que se viva todo con una precariedad menor que la que se vive en España.

    Pero no era una norma, ni un dogma. Solo eran esa pareja de amigos que habían dado ese paso. No llegaba a imaginarme que, en el futuro, esa opción cogería el impacto y mensaje que tiene actualmente, enfrentando puntos de vista como si tuvieran que estar enfrentados.

    Y es ahí cuando un amigo le habla a mi pareja del libro «Madres arrepentidas» de Orna Donath.

    Pero fue diez años después cuando, realmente, necesité leerlo. Cuando necesitaba encontrar ese «no estás sola», cuando todo lo que encontraba de mujeres que no querían tener hijos eran comentarios fugaces, falta de vínculo y anécdotas de gente que nunca me ayudaban a construir.

    ¿A construir el qué?

    Pues a construir mi vida sin hijos en un mundo que decía que no había muchas más opciones. Y que la gente que elegía esas opciones, también tenía hijos.

    Me dio pena acabar el libro porque Orna me acompañó y me dio fuerzas. No estaba mi testimonio, es así, pero encontré unas páginas que hablaban de personas que no habían tenido hijos, de cómo no tenían ese instinto y construían una vida sana, constructiva y válida, e incluso con un valor colaborativo y fundamental para la sociedad.

    En cierto modo, Orna Donath hablaba de lo que yo quería.

    Lo que no sabía es que, en parte, también estaba hablando de ella.

    Y no lo he sabido hasta esta semana, cuando escuché el DINKY podcast en el que ella era entrevistada y hablaba de su libro Regretting Motherhood y de sus proyectos actuales.

    Y, francamente, encontrar su punto de vista, me parece imprescindible para tomar aire entre las oleadas de polarización, desinformación y narcisismo incontrolado.

    Hace meses, en el podcast de Ruby Warrington, hablaba de que su siguiente proyecto era hablar sobre abuelas arrepentidas.

    La base de esta idea es que, uno de los argumentos que atacan a aquellas mujeres que dicen no querer tener hijos es «a la larga, harás las paces con esta vida» o «te alegrarás cuando tengas nietos», así que llega mi socióloga favorita y dice ¿AH, SÍ? y comienza a entrevistar abuelas que no se sienten en paz con la decisión que tomaron en su día, la vida que han tenido y lo que les espera en sus últimos años.

    ¿Y por qué eso es bueno? ¿Critica madres? ¿La toma con las abuelas?

    NO.

    Orna Donath explica de una manera ejemplar, tanto en sus escritos como en el directo (se nota que también es profesora y tallerista), que para ella no se trata de enfrentarse con las madres, o de que se abandone la idea de la maternidad o se abandone a los infantes, sino más bien aportar diferentes opciones en la vida de las mujeres.

    Cree firmemente en dar el espacio para que se vea que existe diversidad en las vidas y tomas de decisiones y que eso consiga evitar que las mujeres que no han querido tener hijos no se encuentren aisladas, estigmatizadas, juzgadas y, peor aún, fuera de los cánones de la sociedad.

    La sociedad ha de tener espacio para todos y Donath es una mujer que, precisamente por vivir bajo las estrictas normas en cuanto a maternidad de un estado como Israel, un estado de dudosa legitimidad democrática, también en lo que se refiere a la maternidad y «sus» mujeres, lo tiene muy claro.

    Que saliera Orna Donath de allí no es casualidad, porque allí hay una media de 3,9 hijos por familia. Es decir, si tienes uno, la presión es para que tengas más, y cómo te atreves a tener menos.

    El proyecto de Orna Donath es que, con todas nuestras diferencias, todas nos sintamos en comunidad, y en libertad para hacer lo que sea.

    Dicho esto, como no estoy escribiendo una biografía de Donath, quiero centrarme en dos detalles esenciales de sus intervenciones, que interpelan a la no maternidad por elección.

    Una de las entrevistas que ella tuvo para escribir «Madres arrepentidas» fue con una mujer que, al abrir la puerta de su casa, estaba visiblemente embarazada. Y además, no era la primera vez, este era su tercer hijo. Su relato y confidencia en aquel momento fue que, ya que ella no había podido elegir, que la presión social y familiar habían sido más fuertes que ella.

    Por este motivo, había llegado a tener un primer hijo. Hecho esto, según ella, ya no había marcha atrás, así que lo único que podía hacer era dar una gran familia a este hijo. No era su deseo, pero ya no podía hacer más que lo correcto, que era proporcionarle hermanos, una familia, un soporte, una red.

    Esta mujer hubiera preferido no tener ningún hijo, le decía, pero ya que había sacrificado sus deseos, por lo menos lo haría de una manera pragmática e inteligente.

    ¿Cómo debe ser eso? ¿Conocéis algún caso?

    Siguiendo con lo que cuenta Orna, aparece en su relato, un órgano de poder en Israel que desconocía: los comités de terminación, en inglés «Pregnancy Termination Board».

    En Israel, en un lavado de imagen más, en su web en Wikipedia indican que el aborto es legal allí, que debe realizarse con un ginecólogo y en un quirófano PERO antes ha de ser sometido el caso al comité.

    No hace falta que leáis la wikipedia porque Orna Donath nos da el dato definitivo: el 98% de estas solicitudes se rechazan.

    De ahí que Israel se vanaglorie de una gran tasa de natalidad, de familias bien estructuradas y de apenas una tasa de 9 de cada 1000 mujeres que abortan al año, menor que en Inglaterra y en Estados Unidos. Eso significa una inseguridad tremenda para las mujeres en sus embarazos, partos y POR SUPUESTO en la nula posibilidad que tienen de tomar cualquier decisión contraria a la que imponga su gobierno.

    Orna Donath, residente en Tel Aviv, escribe sobre las madres arrepentidas y no tiene hijos bajo un gobierno totalitario que la desprecia.

    Ha creado una comunidad de mujeres sin hijos y madres arrepentidas, rodeada de mujeres que tienen prácticamente 4 hijos por familia.

    Ha dicho que el instinto maternal no existe en un lugar en el que el instinto maternal es un dogma de fe.

    Imparte talleres, da conferencias y participa en manifestaciones feministas en un lugar, y en un mundo, en el que las propias mujeres aceptan su destino reproductivo de manera automática.

    Y lo hace porque cree firmemente en que hay tanta gente que, por propia lógica, todos tenemos que ser distintos, todos tenemos que tener vidas diferentes, puntos de vista enfrentados, maneras de gestionar nuestro libre albedrío y, con eso y con todo, estamos invitados de manera inapelable a convivir como una sociedad plural.

    Porque lo que más me ha gustado de la entrevista no solo ha sido todo lo que os he dicho.

    Orna Donath, socióloga, autora, conferenciante, profesora, activista y rockstar, dice que ella no es quien para opinar sobre la vida de nadie.

    Ella, que tiene base, conocimiento, argumentos, inteligencia y fundamento de sobra, es capaz de entender que, si ella le dijera a alguien que no debe tener hijos, si ella se metiera en su decisión, no estaría haciendo las cosas bien.

    Y dice lo siguiente, y perdonad que lo parafrasee:

    «si yo hiciera eso, si yo aprovechara mi posición para decirle a alguien que no debe tener hijos, para coartar una decisión tan importante en su vida, sería tan mala como es el patriarcado»

    Ojalá Orna Donath os suene tan fucking amazing como a mí.

    Porque lo es.

    Por cierto, si alguien quiere ampliar lecturas, conocer a Orna Donath más allá de Madres arrepentidas y aguantar los tres años que quedan hasta que llegue su nuevo libro (dice dos, pero en hebreo, así que hasta que se traduzca a inglés o castellano, pues haced números) tiene este otro libro que podéis leer: Ser o no ser madre. Maneras de estar en el mundo.

    Aunque no sea así, ese libro, en parte, está escrito para mí.

    Para darme ideas y generarme preguntas.

    Para ganar un referente.

    Me alegro de poder leer y escribir sobre ella, y de tenerla como faro para sea cual sea el camino que venga.

    Da igual lo que pase.

    Si ella puede, nosotras podemos.

  • Tu libre albedrío solo funciona si es mi libre albedrío

    noviembre 2nd, 2023

    «Puedes opinar lo que quieras, pero…»

    Creo que esta es la frase que más nos encontramos en general con respecto a la vida adulta en lo que es la vida posterior a las redes sociales.

    Tengo más de cuarenta años y he vivido una vida bastante larga sin Internet y WiFi.

    Internet llegó a mi casa con 16 años y medio para ver el trailer de «Lord of the Rings» con mi padre y para adquirir un correo electrónico y escribirme con un chico del que me había enamorado el verano pasado. Ambas cosas llenas de ilusión y posibilidad. La peli funcionó, lo del chico no. Y menos mal.

    El WiFi lo probé por primera vez en casa de unos amigos con 27 años en Berlín. Supongo que mis amigos en Madrid tendrían WiFi en algún caso, pero no era tan común.

    Era la época en la que apareció WhatsApp y los smartphones, a la que llegué unos meses tarde.

    Yo siempre llego tarde a las cosas.

    Aunque tarde, también fue increíble y creo que entré en un trance lleno de posibilidades.

    Spoiler: ha acabado siendo demasiado y ahora mismo relacionamos el tener una mejor salud mental con el tiempo que pasamos alejados de nuestro teléfono.

    Las redes sociales también aparecieron y nos colocaron en el mismo lugar en el que Beyonce y las Kardsahian hablaban de sus desayunos o podías escribir a los actores de la serie de Skins.

    Twitter, Facebook, Fotolog, Myspace o Tuenti aparecieron y nos daban una excusa a los menos populares para dar a conocer nuestros gustos y opiniones desde la tranquilidad de nuestro hogar, sin tener que hacerlo en un círculo público, sin enfrentar el posible rechazo. También los chats, fuente de ilusión para muchas de mis amigas, y de mucha ansiedad para mí, llegaron para anunciar que, algún día, podríamos saltarnos toda la ansiedad de las comedias románticas y conocer a nuestra persona ideal a través de un nick falso y la imagen de nuestra actriz preferida.

    No esperábamos que todo aquello nos reventaría en la cara.

    No creo que siquiera aquellas personas que se han lucrado con la precariedad de otros, supieran que ibamos a llegar a esto.

    Sin embargo, alguien lo propició. Es así porque hubo personas como Zuckerberg o Musk que aprovecharon recursos y trabajadores para crear espacios que han resultado ser inseguros de cara a la privacidad y, casi aún más preocupante, al debate y al sentido crítico.

    La llegada de las redes sociales vino perfecta para jugar al veo veo y entretener en casa, de manera gratuita, a todos aquellos que… A todos.

    Todos podíamos combatir la soledad, la frustración y la falta de casito que nos generaba la sociedad, el trabajo, la familia, algunos amigos de mierda y… ¡Las propias redes sociales!

    Ha habido muchos trabajadores y extrabajadores de redes sociales que han explicado en multitud de contextos y espacios, como las plataformas de redes sociales están creadas para la adicción y para crear una sensación de abandono que fomente la inseguridad y el consumo.

    Y, bueno, si fomenta que te conviertas en un troll, eso ya no entra en sus competencias, pero tampoco les importa ni se plantean regularlo. Siempre y cuando aquellos que les financien estén de acuerdo o no con el troll.

    Y aquí es donde empieza a perderse el sentido crítico y la capacidad del debate, porque hemos perdido la vergüenza del directo y la educación del espacio físico. Además de que su consumo propicia una sensación de adquirir el derecho de opinar, el derecho de insultar y casi el derecho de atacar, como si alguna de las tres fueran un derecho de por sí.

    Mejor para las empresas, ¿no? Si estamos entrando a trapo a criticar un tweet polémico de una persona, sentimos que hacemos algo, que llega a algún sitio, que hay una repercusión que es falsa, inútil y no cambia nada. Mientras que hemos perdido la capacidad de ver a la empresa y sus privilegios como algo a lo que enfrentarnos.

    Por suerte, esto puede cambiar, ya que en las redes sociales también hay colectivos dedicados a cierto activismo, online o físico, en el que se puede participar y en el que, seguramente, aunque no mucho, se cambien más cosas que con un tweet.

    Que sí, que a veces funciona.

    Pero si «funciona» y no nos ayuda a ser capaces de entender que las cosas son más complejas que un mero zasca, ¿de qué nos sirve?

    ¿De qué sirve una comunicación centrada en hundir al adversario?

    ¿De qué sirve toda la información que hay, si solo buscas la que tú ya crees?

    La burbuja es real, no me la he inventado yo.

    Por cosas como la burbuja hay lecturas tan naives como lo que sucede con las elecciones en ciertas capitales de España. En vez de leer sobre la ley electoral, en vez de que haya partidos trabajando en políticas que ayuden a los barrios que no les votan, los más marginados o los pueblos, en vez de intentar ir más allá, se escriben tweets asumiendo que esas personas (que pueden ser un colectivo de 6 millones de personas) simplemente son tontas, contradictorias, y se hace una lectura simplista y de manual a la que podamos acceder y en la que podamos opinar todos en nuestros tweets. Así, algo hemos hecho, porque militar, protestar, participar activamente… Pufff…. Qué rollo…

    Es mejor criticar.

    Y lo malo es que también estamos criticando en esa superioridad moral de nuestro libre albedrío basado en nuestra propia burbuja.

    Y así, acabamos a leches.

    Y sí, así acabamos gente con hijos versus gente sin hijos.

    Mis amigas con hijos leen el blog porque son buenas amigas, tienen sentido crítico y pueden ver más allá de su propia experiencia, igual que entiendo que para ellas ha tenido sentido la maternidad.

    Pero lo hacen porque ponen de su parte.

    Porque muchos nos hemos olvidado de poner de nuestra parte.

    Incluso, a raiz de escribir el blog, he sabido de personas que consideran ciertos aspectos negativos e incluso peligrosos sobre las personas sin hijos. Incluso sobre mí, cuando he participado activa y económicamente en cosas para sus hijos, he pasado tiempo con ellos de motu propio, he aportado recursos económicos en cosas para ellos, e incluso, son personas pequeñas que puede que hayan llegado a ser importantes para mí…

    Aún así, basta el blog, una entrada, un pensamiento crítico que no les afecta para ponerse en guardia.

    Y si es un blog que defiende la no maternidad lo que te pone en guardia, y no las políticas del partido de tu comunidad al respecto de la educación y futuro de tus hijos, si ves más preocupante cancelar cuentas en redes que lo que ellos hacen, si te haría incluso feliz pensar en mi desgracia a largo plazo… Quizá ahí el problema no es mío.

    Quizá ni siquiera es de las redes sociales.

    Y quizá el libre albedrío lo estamos enteniendo todos jodidamente mal.

    Quizá ni existe y es un modo más aún de discutir sobre abstracciones antes que salir a hacer algo concreto y que cambie para siempre este lugar en el que malvivimos algunos, peorviven otros, superviven otros casos y hay gente cuya preocupación es sobrevivir a algo como una guerra.

    ¿Qué podemos hacer?

    ¿Qué harías tú?

  • La primera mujer en visitar el Tíbet

    octubre 26th, 2023

    Es verdad, puedes (A LO MEJOR) ser madre.

    Quizá tu cuerpo, economía, recursos y conexiones te permitan ejercer el rol de madre.

    Y total, tampoco vas a ser ya la primera mujer en visitar el Tíbet. Esa mujer ya ha existido.

    Aunque puede que no quieras serlo. Madre, digo. O visitar el Tíbet, quizá ese tampoco es tu rollo.

    Pero volviendo a lo de no ser madre.

    Si no quieres serlo y te despiertan pensamientos intrusivos por la noche con frases de tu cuñado, la vecina del segundo derecha, o Instagram como: «Pero, ¿y si no eres madre qué vas a hacer con tu vida?».

    Pues hay muchas opciones y cosas que puedes hacer. Y siempre fue así.

    Puedes hacer cosas mundanas, agradables, sencillas.

    Pero si no te quieres quedar con lo mundano y lo que buscas es lo extraordinario, no eres la única.

    Este fue el caso de Alexandra David-Néel.

    Ella fue muchas cosas, y ninguna de ellas, madre. Pero, pese a no cumplir las expectativas del cuñado o la vecina del segundo derecha, Alexandra ha pasado a la historia como la primera mujer occidental a la que se le permitió visitar el Tíbet en el año 1924.

    No está mal, ¿no?

    Pero no adelantemos acontecimientos.

    Se ha contado la historia de Alexandra varias veces (no mil, aunque perferctamente pudiera hacerse), y siempre se habla de sus múltiples oficios, pasiones y talentos: cantante de ópera, autora, periodista, exploradora, anarquista, feminista, budista y espiritualista.

    Siempre que hay una figura femenina que se ha salido un poco del molde más normativo socialmente hablando, tengo la sensación de que se le añaden un montón de adjetivos para reivindicar que NO TUVO UN MOMENTO DE DESCANSO EN SU VIDA. Quizá por ello la vida de una madre no encajaba con ella, porque mira la de cosas que hizo…

    Aunque la historia de Alexandra realmente necesita muchos adjetivos y relata muchas aventuras, creo que poner esa responsabilidad en mujeres y hombres que, simplemente no quieren dedicarse a la paternidad de aquí al resto de su vida, no es justo.

    Creo que solamente padres y madres arrepentidos, abuelos sumidos en la frustración o aburrimiento, o gente también sumida en la misma frustración y aburrimiento, pondrían esa carga en personas que no tienen hijos, pero bueno… Sigamos con Alexandra, que ella no tuvo un momento como para reflexionar sobre esto.

    Sobre lo que sí reflexionó durante mucho tiempo fue sobre el orientalismo. Y no es de extrañar, viniendo de la casa de la que vino.

    Por un lado, su madre, católica, por otro, masón (que alguien me explique cómo acabaron estos dos casados y criando una hija), querían llevarla a los extremos más absolutos en su educación. Ganó el padre, anarquista, por goleada, dado que decidió que algo que podía educar correctamente a su hija era ser público de los últimos fusilamientos de la Comuna de París em 1871. Si así no se gana el premio a mejor padre del año por generar un trauma de manera voluntaria e indirecta a tu hija, no sé qué más se puede hacer.

    Sin embargo, él era padre y yo no, y mira la vida tan interesante que tuvo su hija así que, ¿yo qué sabré? No había móviles, ni Tik Tok y quizá Alexandra era insoportable cuando se quedaban mucho rato seguido en casa y dijo «bueno, pues acompáñame, que hoy tengo que hacer unos recados».

    En fin, yo qué sé.

    Pasados los fusilamientos, Alexandra hizo lo que cualquier niña de 15 años (quizá solo yo) hubiera hecho en su situación: escaparse de casa e irse a Gran Bretaña.

    Vale, lo de escaparse de casa es mi percepción, pero es cierto que se encontró con la prohibición parental ya que era poco decente que una mujer (no solo menor de edad, mujer en cualquier caso) viajara sola.

    Por suerte Alexandra no tuvo que seguir en esa casa mucho tiempo y pudo irse a recorrer la India y Túnez, incluso España, dejando todo atrás, salvo las ideas anarquistas de su padre, que esas sí se las llevó (en serio, cualquiera las iba a olvidar… ).

    Allí comienzan sus aventuras, pero esta aventurera no solo se dejó llevar por el mundo como una traveller de Instagram publicando fotos «aquí sufriendo» o haciendo camping al lado de unas jirafas en peligro de extinción, sino que, para ella, todo tenía un cauce, un sentido, algo mucho más profundo. Estaba más cerca de lo espiritual que de lo corporal.

    Por suerte para ella, en aquella época ya estaba empezando a despuntar la Sociedad Teosófica fundada en Nueva York en 1875 por Helena Blavatsky entre otros y Alexandra pudo iniciarse en el Orientalismo. Lástima que después fueran acusados de fraude, Krishnamurti abandonara la sociedad y, a día de hoy, sea un mito la existencia de estas logias y ramas posteriores… Pero el caso es que a Alexandra le vino muy bien para escribir su primera novela con 30 años y comenzar a viajar de manera incansable por la India y Nepal con el primer gran objetivo de su vida: conocer al Dalai Lama.

    Pero no nos adelantemos, porque antes de eso, Alexandra se casó.

    Vaya Plot Twist, ¿no?

    Conoció a su marido, Philippe Néel, cuando ya se había dado cuenta de que a las mujeres solteras no se las tomaba en serio y era mejor que vinieran acompañadas con un apellido y un señor con bigote que bebiera brandy.

    ¿Salió bien?

    Depende.

    Se separaron, eso sí.

    El matrimonio le dio a Alexandra parte de lo que ella soñaba, porque es cierto que ya podía dedicarse a escribir, e incluso hacía viajes en ferry y tren por el norte de África, donde residían.

    Pero… Esa no era la vida que quería.

    Y según he leído, Philippe tenía intención de tener descendencia pero ella no.

    Y tampoco pasa nada, a veces las parejas no se ponen de acuerdo en ese tema y eso hace que comiencen vidas separadas en las que, cada uno, cumple sus objetivos. No siempre gana uno para miseria del otro.

    Alexandra quería una cosa, Philippe quería otra.

    Y tampoco es que el punto de vista de Philippe no sea el más común, en el 2023 la mayor parte de hombres que conozco se sienten incómodos con mujeres que dicen de entrada que no quieren ser madres. Incluso hay hombres que las ignoran en Tinder, PERO ESA ES OTRA HISTORIA PARA OTRA ENTRADA.

    Si Alexandra no se veía en el mismo país, ciudad, con su marido, escribiendo, viajando y haciendo un poco una vida tranquila pero libre, lo de tener hijos ya tuvo que ser el punto y final e inició un viaje de 18 meses en India…. que acabó en 14 años.

    Pero que nadie se preocupe por lo importante, Philippe la perdonó y se siguieron escribiendo cartas. No vaya a ser ahora que Alexandra sea mala gente y, aparte de no tener hijos, nos vaya a caer mal.

    No.

    Simplemente, pese a todo, ella tenía claro que quería otra cosa.

    Ya os lo he dicho: ella quería conocer al Dalai Lama.

    Cosa que consiguió en 1912, yendo desde Madrás hasta Nepal. Que están como a esta distancia.

    El viaje pudo ser más o menos este. Con elefantes ya en Nepal, según se cuenta, ya que tenía contacto con el marajá, pero el resto… ¿A pie? ¿En tren?

    Hay muchos elementos en la vida de Alexandra que se completan con sus libros, ya que escribió una treintenta cuando acabó volviendo a vivir en Francia, habiendo pasado una vida entera entre viajes.

    En sus libros habla de sus colaboraciones como periodista, sus experiencias como cantante de ópera e, incluso, como cuando se convirtió al orientalismo, llegó a crear un TULPA, un fantasma corpóreo que decidió visualizar semejante a un budha pero que finalmente fue algo que tardó tiempo en conseguir apartar de su mente. Y es que no todo era positivo, Alexandra llevaba las cosas hasta el final, sintiéndose siempre capaz de lograrlo todo.

    ¿Y acaso eso es malo? Quizá lo del fantasma se le fue un poco de las manos, pero a base de insistir, consiguió conocer al Dalai Lhama, quien nunca daba audiencias a mujeres y, más aún, entrar en el territorio prohibido a los extranjeros de Lhasa.

    Cabezonería y valentía por bandera, Alexandra, con un ayudante que tuvo durante años, se disfrazó de mendiga, se pintó la cara, se ensució, pasó semanas, casi meses sin comer (su ayudante también, pero bueno, Wikipedia o National Geographic no entran mucho en el bienestar de los segundos de a bordo) pero, finalmente, gracias a una tormenta de arena, pudo entrar.

    Y lo logró.

    Entró en Lhasa. Territorio prohibido.

    Se convirtió en la primera mujer que, en su conexión con el orientalismo, decidió ir lo más lejos posible: hasta la ciudad en la que no se podía entrar.

    Hay apenas cuatro viajeros en todo el mundo que hayan sido capaces de ir tan lejos.

    Volvió entonces a Francia para comenzar a escribir y contar sus historias.

    Su marido ya no estaba y lamentó su muerte pero nunca lamentó haber elegido sus aventuras. Simplemente, eran lo que le esperaba a ella, eran su cometido, y lo más valioso que podía aportar a su vida.

    Y es que no había barrera, cerradura ni cerrojo que pudieran imponer a la libertad de su mente.

    La de Alexandra.

    Y la nuestra.

    No digo que vayamos a Lhasa o que vayamos a la India pero, ya veis que hay muchas más cosas con las que soñar si tu sueño no es el de ser madre.

    Si es ese es tu caso, no hay por qué limitarse.

    De hecho, Alexandra murió a los 100 años, poco después de renovarse el pasaporte.

    Por si acaso.

    Así que, por si acaso, soñemos a lo grande.

    Tanto como Alexandra o como sea el tamaño de nuestros sueños.

  • ¿Y si se acaba la raza humana?

    octubre 19th, 2023

    Esta mañana tomando el café, ha vuelto uno de esos memes tan serios, inteligentes y profundos como este:

    Si fueras la última persona en la tierra, ¿dejarías que se extinguiera la raza humana?

    SÍ.

    ¿Sí?

    Sí.

    A ver, me explico.

    Este «dilema» siempre me ha parecido una cuestión tan ridícula y absurda que no merecía respuesta, pero me lo he pensado mejor y pese a que una pregunta estúpida merece una respuesta de manual, voy a intentar expresar mi opinión al respecto lo mejor posible.

    Para empezar, si fuera la última persona de la tierra, eso implica que no hay nadie más, ¿no?

    De este modo, si pretendemos que geste, empezando por los medios más convencionales, al no haber otro, llamemos «primate» que me pudiera dejar embarazada, parece algo complicado.

    ¿Qué hago entonces, ya que soy la última persona en la tierra?

    Vale, ponemos que estoy en Barcelona, que es donde vivo actualmente y sucede este fin de la humanidad, y estoy sola. Ya me he paseado por la rambla, las playas de toda Barcelona, me he hecho un amigo imaginario con el que hablar de mis cosas y criticar a la gente que ya no está, me he leído mil libros, compuesto canciones y hasta he conseguido escalar Colón.

    También, planteemos que no me he muerto de inanición.

    He encontrado una fuente de agua y comida porque, nos hemos extinguido casi todos los humanos, pero las botellas de agua de plástico se han conservado intactas y tengo recursos ilimitados de alimentación, ¿por qué no?

    Si no, ya me habría muerto y no habría nadie.

    No queda nadie en la tierra. Fin.

    Pero sigamos sobreviviendo en esta fantasía distópica en la que, aunque no haya sociedad, estoy en deuda con la sociedad y le debo un primogénito.

    Vale, en ese caso, sola en Barcelona, última persona de la tierra, lo que plantea este dilema moral es que debo ser lo suficientemente considerada como para encontrar un modo de reproducirme, independientemente de que haya más humanos a mi alrededor o no.

    Ok.

    Me repongo de haber perdido a todos mis seres queridos, abandonar todos mis posibles instintos de acabar con mi vida, perder el miedo a encontrarme a otro ser humano desconocido que pueda asesinarme, violarme, robarme o las tres (aunque en el mundo fantástico de la pregunta, sería mi media naranja, POR NARICES) y buscar cualquier modo de traer otro ser humano al mundo.

    Supongo que, después de rezar para que venga un espíritu santo en el que no creo a dejarme encinta, pensaré en los centros de inseminación artificial.

    Entiendo que yo puedo desplazarme a donde sea que se encuentre en esta clínica (¿hay metro? ¿hay Internet? ¿tengo la dirección?) y, una vez llegados allí, supongo que encontraré unas instrucciones médicas, o vídeos de Tik Tok en los que me expliquen cómo inseminarme a sí misma.

    Entiendo que podré identificar aquellas medicinas, líquidos, medicamentos, cosas que no conozco por no dedicarme a la medicina, en concreto a ese campo de la medicina, y me las podrá autoinyectar sin problema alguno, porque no necesitaré estar sedada, claro, y, hecho todo esto, me quedaré embarazada.

    …

    O también puedo salir al mundo con la «esperanza» de encontrar una persona de cromosoma Y heterogamética que abuse de mí lo suficiente como para quedarme embarazada.

    Hecho esto, supongo que podremos formalizar nuestra propia familia desestructurada y apocalíptica en la espera del nacimiento de un bebé, del que no sabremos cómo traer al mundo, confiando con los dedos muy cruzados en que no me desangraré y que estas dos personas, la hipotética persona que abusa de mí por el bien de la humanidad, y nuestro hipotético hijo, ambos sin comida, sin gente, transportes, bienes, hogar o recursos, repoblen la raza humana.

    …

    ¿EN SERIO?

    Mira, si acabo siendo la última persona en la tierra, lo siento mucho, pero ya no sería asunto de nadie lo que fuera de mí.

    ¿Acaso no puedo ser como el de Yo soy leyenda y pasear con un perro? ¿Qué le importa a nadie?

    Y si hay un niño. ¿QUÉ VOY A HACER CON ÉL?

    ¿Cómo lo alimento, lo cuido, lo salvo, lo protejo, lo mantengo para que pase por mi misma situación de que a unos años, si es que hemos durado tanto?

    Y aparte de lo ABSURDO de todo lo que acabo de decir, cada vez que he visto una serie o película apocalíptica en la que una pareja repobla el mundo (como Passengers, que es una CHORRADA de película que endulza un abuso masculino como una catedral), me da la sensación de que siempre se escribe con la idea de un final esperanzador, de cierta idea de futuro, de cierto concepto de la meta.

    Claro, porque es ficción.

    Es muy distinto que este ensayo o debate moral se implante en vidas humanas, teniendo en cuenta la circunstancia en la que estamos planteando el dilema.

    La mayor madre de todas las madres, encontrándose sola en el mundo, estoy COMPLETAMENTE CONVENCIDA que quizá pensaría más bien en cómo sobrevivir primero, que en cómo salvar la raza humana. Solo la gente con aires de grandeza se plantea que su vida anónima y pequeña cambie el curso de la humanidad; y si lo vemos en la ficción, no significa que eso se aplique en la vida. Los autores de películas apocalípticas y de zombies trabajan desde lo más oscuro de su psique hasta lo más esperanzador, pero eso no significa que serían los personajes que sobrevivieran en The Last of Us o Dawn of the Dead.

    El debate es absurdo y se lanza sobre las mujeres, una vez más, por nuestra capacidad reproductiva y nuestra responsabilidad de supervivencia.

    Ojalá no sea la última persona sobre la tierra.

    Ojalá no nos encontremos ninguno en esa situación.

    Pero eso no lo va a cambiar que todo el mundo, quiera o no, tenga hijos.

    Y lo sabes.

    Si aún tenéis más posibilidades hipotéticas apocalípticas, compartidlas. Igual es divertido ver hasta dónde podríamos llegar.

  • ¿No tienes más ideas?

    octubre 13th, 2023

    Pues a veces no tengo muchas ideas sobre la no maternidad.

    A diferencia de terapeutas, psicólogas y autoras que han encontrado un tema sobre el que centrarse al 100%, a mí no me acaba de pasar.

    Me interesan muchas cosas aparte de reivindicar la no maternidad, desde ese lugar en el que quiero contar cómo no todas las mujeres queremos ser madres.

    Pero es cierto que hay cosas que me acercan al bloqueo.

    Y es un buen momento para recordarme por qué empecé con el blog y por qué me pareció importante.

    Normalmente para escribir ideas necesito un cuaderno, el ordenador, y muchos muchos muchísimos días. A veces algunas ideas llegan a algún lugar y otras veces no.

    Aunque esto empezó como un proyecto con otra persona, un proyecto más de hablar, de comunicación, más en la línea de todo lo que se está haciendo ahora, cuando me senté a apuntar ideas, todo cobró sentido de inmediato.

    Todavía tengo 25 entradas pendientes de publicar, de ideas que encontré, gente a la que leí, ideas que me vinieron a la cabeza, necesidad de señalar la diferencia, de acusar cómo aunque se pretenda que todas las personas vivimos lo mismo, sentimos lo mismo y queremos lo mismo, no siempre es verdad.

    Porque no iba sobre acusaciones. Iba sobre dejar de ser invisibles para que una sociedad conservadora, consumista y represora no nos intente cortar las alas ni meternos en una caja. Porque para aquellas personas que no quieren tener hijos, que no creen que les vaya a traer la vida que quieren, que sienten que EN NINGÚN CASO ES SU CAMINO esa es una caja, una cárcel y una cueva.

    Y me da igual que me digan que «eso te cambia» o que «luego».

    Cuando tienes ese discurso es porque, en realidad, te daba lo mismo tenerlos o no tenerlos, y tú no eres la persona que se va a sentir representada con lo que yo te diga.

    El problema es que pienses que todo el mundo es como tú.

    Y es lo que veo en los medios, la publicidad, los podcasts, los blogs y las conversaciones de mujeres que no quieren pensar que haya algo más.

    Y yo entiendo que, por otro lado, las madres necesitan sus espacios, que tienen.

    Y las mujeres que no han podido tener hijos y querían, los necesitan también. Y los tienen.

    Y también las mujeres que no quieren tener hijos y deciden que les da igual plantarse y no seguir adelante con las expectativas de nadie. Porque hay una idea preconcebida sobre todas nosotras y, por tanto, hay una narrativa y una moralidad.

    Hay una narrativa y moralidad creadas mayormente por hombres privilegiados sobre lo que deberían hacer las mujeres con sus cuerpos, sus vidas y su consumo. Y no deberíamos aceptarla porque sí.

    No acepto que un hombre llegara a crear el término del «reloj biológico» tal como se explica en el documental My so-called selfish life.

    Ni tampoco acepto que, cuando nuevas generaciones se plantean la maternidad como una posibilidad y no una obligación, los titulares lo cuenten como «una tendencia creciente».

    Las sociedades cambian, aprenden, supuestamente, y evolucionan. Y el hecho de que haya un decrecimiento en una maternidad que está tocando niveles altísimos y que plantea las dificultades que tendrán en el futuro para tener trabajos, recursos y oportunidades, no debería suponer un problema más que para aquellos que necesitan mano de obra.

    Ayer mismo unos amigos con hijos se planteaban si podrán, en el futuro, acceder a una casa en el campo ya que, seguramente, su hijo, no pueda irse de alquiler ni comprar una casa propia. Era una broma. Por el momento.

    Que haya gente que deba aparecer, que haga que las tradiciones se vuelvan opcionales, que se empiece a ver como una vivencia y no una carencia, no debería suponer un problema para nadie.

    ¿Sabéis a quién veo que le supone un problema?

    Al primero que ha tenido hijos y quiere que sus amigos vayan con él y sus amigos al parque, ¿qué es eso de que viva la paternidad yo solo? ¿Tengo acaso que hacerme amigo de otros padres?

    Tampoco le vendrá muy bien a las parejas en las que la discrepancia, si uno quiere tener hijos y el otro no, acaba en manipulación, y en cómo la vida deseada de uno se convierte en la vida de los dos. Por cierto, en estos casos a todo el mundo le parece una opción casi normal, imponer la maternidad es positivo en el 100% de los casos y una ruptura en la que uno no quiere tiene un claro perdedor de cara a la sociedad.

    Tampoco le viene muy bien a los que promueven políticas parentales que luego no dan plazas suficientes en espacios públicos, no ayudan a familias uniparentales o con sueldos mínimos; si la gente deja de darles trabajadores y, ya que está, empieza a dejar de tener miedo a lo diferente y empieza a darse cuenta de cómo hay gente que REALMENTE se beneficia de su esfuerzo (y no la gente más pobre), ¿qué será de ellos?

    Tampoco le viene muy bien a las redes sociales, en las que tantos padres sacan dinero de las imágenes de sus hijos y son valorados como las familias del año.

    Y ya no te quiero ni contar a los concesionarios de coches, deseando que necesites un coche más caro para tu familia porque, ¿a dónde vas sin coche? España no es Berlín o Amsterdam, por favor.

    ¿No os parece todo bastante absurdo?

    A mí sí.

    Sobre todo porque hay gente que lee lo que escribo y piensa que por qué no cambio de idea, que por qué no cedo, que total, ellos tampoco querían al principio, que no tengo derecho.

    No tengo derecho a opinar.

    No tengo derecho a no desear.

    Aunque todo sea absurdo y contradictorio, siempre será mejor.

    Pues no.

    Esta maternidad absurda en la que los festivales donde la gente se droga, bebe y vomita promueven actividades infantiles y en la que Disney tiene el día del adulto ES ABSURDA Y EL DEBATE NO DEBERÍA IR DE ESO.

    Y mira, han salido ideas.

    Y las seguiré encontrando.

    Total, todo el mundo tiene bloqueos.

    Hasta las personas sin hijos.

  • (Futuras) fuerzas de trabajo

    octubre 6th, 2023

    «Los niños no son una fuerza de trabajo».

    Está feo hablar de los niños como una fuerza de trabajo, pensar de ellos que son contribuyentes a la economía, al sistema capitalista y a la sociedad de consumo. Porque son nuestros niños, les protegemos, les cuidamos, son un bien preciado, una joya.

    En este momento, todos cerramos compuertas, nos escondemos como un avestruz y nos enfadamos enormemente conmigo, yo incluída.

    Pero, lo peor de todo es que, no es mentira.

    También nosotros somos una fuerza de trabajo, y cerramos compuertas ante aquellos menos afortunados que nosotros pensando que nadie puede estar peor (SPOILER, se puede).

    A nivel individual todo se magnifica. Los hijos son nuestra posesión más preciada, nuestra pareja es nuestro mejor amigo y la persona con la que creamos un proyecto de vida, nuestros amigos siempre son los mejores, los más talentosos e inteligentes, nuestros padres son también nuestros modelos a seguir…

    …

    Y sin embargo, todos somos conscientes de que, fuera de nuestro rango de protección, todos estamos sometidos a la precariedad, la pérdida, la injusticia, el dolor y el capitalismo.

    Aunque, en realidad, el concepto de «fuerza de trabajo» venga de Marx:

    Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole.

    Pero bueno, ¿qué sabría Marx de la crisis de los tres meses? ¿O de la caída de los dientes de leche?

    Algo le contarían, porque Marx no fue precisamente arreproductivo, tuvo siete hijos con Jenny von Westphalen.

    Seguro que no estuvo todos los días cambiando pañales, ya que tenía a su mujer y un ama de llaves, pero Marx, que vivía ajeno a convenciones y que se enfrentó a todas las morales para hablar de un sistema distinto al que se venía imponiendo en el mundo, tuvo hijos, y no tuvo problema en entender que los adultos, y los niños, que se convertirían más adelante en adultos, se convertirían en proletarios y en parte del sistema.

    No es que me guste pensarlo pero, insisto. ¿Acaso es mentira?

    Además, su existencia vive rodeada de toda una industria de consumo de la que es difícil escapar, o eso me dicen.

    También hay muchos proyectos e intentos (personales, de colectivos ajenos a ayudas políticas o socioeconómicas para ello) que tratan de fomentar una economía circular ya que están más que concienciados de la falta de recursos económicos que conlleva la crianza; o bien por ganas de ahorrar o de formar parte de un colectivo de mamis.

    Pero estamos lejos de acercarnos, incluso así, a un consumo responsable en este campo. Aunque vamos, la huella de carbono y el consumo desenfrenado que fomentan algunas cuentas cómicas childfree tampoco me gustan, no estoy casada con nadie en esto.

    Volviendo a lo que quería contar, en el caso de la maternidad, la «ilusión» es una gran fuente de dinero. Y sus receptores, empresas que venden lo que se necesita en la maternidad, están más que aceptados, sean o no necesarios, SE VOLVERÁN NECESARIOS.

    Tus tatuajes no son necesarios, pero las maderas Montessori para un niño sí lo son.

    Será mucho más fácil criticar a la persona que hace tatuajes para vivir que una empresa que potencia una educación privada (y carísima) como sostenible aprovechándose de la precaria situación de la educación pública.

    Criticamos que los artistas sean malas personas, pero nos parece bien que las grandes corporaciones ganen millones de euros con tratamientos in vitro en los que deshumanizan a las mujeres (por voluntad propia en muchos casos, NO CRITICO A LAS MUJERES NI CRITICO A LAS MADRES, ESTOY CRITICANDO A ESTAS EMPRESAS Y EL MODO EN EL QUE SE REALIZAN ESTOS PROCESOS) y normalizan un gasto de 3000 euros antes que la posibilidad de no tener hijos.

    Si existen industrias alrededor de cada elemento de nuestra vida, ¿cómo no va a haber una a lo largo de todas las fases de la infancia?

    Obviamente ha de ser así.

    Obviamente los niños necesitan cosas, quieren cosas, y obviamente nos es fácil la amabilidad con los niños (o no, hay lectoras del blog a las que no les gustan los niños).

    Hay algo comprensible en ello, y siempre me molestará mucho más un adulto que insiste en que quiere la nueva Play Station a un niño que quiere la Play Station. Según cómo la reclame el adulto encuentras el resultado de un niño PROFUNDA E INSOPORTABLEMENTE MALCRIADO, uno con límites e incluso uno cuyos padres atravesaron dificultades económicas.

    ¿Lo podemos identificar a primera vista?

    Yo no.

    No creo en esas radiografías modernas del juicio a primera vista. Todos somos mucho más complejos que todo, y juzgamos a las personas desde nuestra perspectiva y lo que hemos vivido con ellas, cosa que hace que haya personas con quien no tenga nada en común pero con quien me sienta cómoda y tranquila por el entorno que compartimos y otras con las que haya vivido tantas cosas que su oscuridad supere CON CRECES su luz, por mucha luz que tenga. Es difícil juzgar a las personas si se hace con integridad y una actitud fría.

    Pero siento decirte que tu bebé, tu pequeño, esa bola adorable a la que recubres con mantitas, que flipa jugando al cucú-tras, que tiene lengua de trapo, cada día que pasa, se va acercando más y más a convertirse, inevitablemente, en una fuerza de trabajo.

    En la que tú estás hoy.

    Y en la que normalmente no sientes una gran felicidad ni motivación salvo en ese momento en el mes en el que cobras el sueldo.

    Porque estamos sometidos.

    Y tú no lo piensas ni lo quieres pensar porque bastante tienes, ¿no?

    Ni los abuelos, ni los familiares, ni los amigos lo pensáis.

    La gente con mayor nivel adquisitivo, capacidad de decisión, poder económico, social y político, no solo lo tiene más claro, lo tiene más fácil.

    Tienen contactos, dinero y facilidad para conseguir lo que se propongan. Y más vale que lo hagan si se han podido permitir no dar un palo al agua en toda su vida.

    Traer niños al mundo, implica también el paso a la vida adulta, lo he dicho muchas veces, y me parece muy bien que lo hagáis, pero debe haber algo intermedio entre el «amor incondicional» y el «ya se apañará».

    No creo que sea lógico pasar de la magia y Disney a cerrar los ojos ante su llegada a lo precario. Algo tendrás para ellos, ¿no?

    Sé que lo tienes más atado de lo que creo, que no tendrías dos hijos si no supieras que vas a poder dejarles algo preparado por si, por ejemplo, quieren estudiar, o si necesitan dinero para su piso, igual que tú se lo has pedido a tus padres.

    Porque tu status va a marcar el suyo.

    Ojalá puedas recurrir entonces a los abuelos.

    No me entiedas mal, sabes que no estoy en contra de que existan los niños, ni la maternidad, pero ciertamente estamos soportando un sistema en el que mientras hay niños mimados y con Play hasta los 25 años, hay otros que cosen zapatillas, viven guerras y entierran a sus padres con 4 años.

    Me parece genial que, una vez leas esto, sigas amando a tus hijos por encima de todas las cosas. Incluso que no quieras creer que esto pasa, aunque sepas que pasa, aunque tú mismo te plantees qué va a ser de ellos en el futuro.

    Hace poco mi pareja, que siempre ha disfrutado mucho el cine bélico, ha comenzado a pasarlo mal viéndolo. Y eso sucede precisamente por el amor que sentimos hacia nuestros niños de alrededor, no podemos soportar pensar que puedan estar en esa situación más adelante. No puedo dormir pensando que una niña a la que le he dado una clase de inglés y ha aprendido a decir building block conmigo vaya a acabar en un barco, rumbo a lo desconocido, sin sus padres, llorando, o cosiendo zapatillas para que una influencer en otro lado del mundo se haga un vídeo promocionado por una marca que no tiene ningún interés en ninguna de las campañas de sostenibilidad que anuncian, porque no tienen moral.

    Porque el dinero va antes que la moral.

    Porque hay mucha gente que dice amar a los niños, que dice amar la vida, pero cierran compuertas ante las muertes perinatales, ante el dolor de la pérdida de las madres, ante los niños problemáticos, ante las guerras y las desigualdades sociales.

    Primero va el dinero, y luego, si conviene, la moral, aunque solo sea para quedar bien.

    Yo no considero que mi elección sea la mejor por negarme a dar fuerzas de trabajo a un sistema como este. Pero todos deberíamos preocuparnos en que TODOS tuviéramos una mejor vida, y ahora, porque mañana ya es tarde.

    Que tus hijos apañen más adelante, es una realidad, que sea tu pronóstico es preocupante. Lo hecho, hecho está, me parece muy bien ante un corte de pelo o un cambio de trabajo o de una decisión, pero, ¿ante una nueva vida?

    Porque las cosas no cambiarán simplemente porque no sean justas.

    Cambiarán porque alguien se esfuerce en cambiarlas, porque haya colectivo, porque alguien proteste, grite y haga todas las cosas que se critican en las mesas navideñas.

    Porque todos hablamos del sistema en el sofá.

    Yo misma estoy escribiendo en el sofá.

    Tranquila, cómoda, en silencio.

    En realidad, padres, podéis estar tranquilos. Seguramente os pase lo que a todos, que veáis siempre a vuestros hijos en esos recuerdos idílicos en los que dijeron una palabra mal, se lanzaron a darte un abrazo, te dieron ese amor incondicional, te llenaron de momentos mientras el mundo se hundía alrededor, pero bueno, solo se vive una vez.

    ¿Qué importa? Total, el mundo se acabará, o ya llegará otro que lo arregle.

    NO.

    Salgamos TODAS (las personas) a arreglarlo.

  • Artémis: diosa y comadrona

    septiembre 28th, 2023

    Esta es la historia de un referente.

    De uno de esos momentos en los que, siendo pequeño, hojeas un libro, miras por la ventana, encuentras una imagen, un sonido, un objeto, que encaja perfectamente con lo que te va a llevar al siguiente paso.

    Como si dieras un paso hacia algo.

    Como si comenzara un cambio.

    Y a mí me pasó con Monstruos, dioses y hombres de la mitología griega de Giovanni Caselli.

    En concreto, con esta imagen de Artémis.

    Esta fue la primera vez que la vi, y que pude leer una parte de sus historias, mitos y leyendas.

    Viviendo una infancia de interiores, en la que apenas veía nada más allá que mi habitación, la terraza de mis abuelos, de los bosques de mi pueblo, en el que no había ningún tipo de contacto o visión de animales, ver esta imagen, en la que todos los ideales de belleza y libertad se unían, se quedó en mi retina para siempre.

    La belleza de esta ilustración es abrumadora, sobre todo por la sensación de ligereza y tranquilidad que tiene tanto animales como diosa. Están trotanto por el bosque.

    Es imposible compararse con una ilustración en la que una mujer de facciones perfectas, con pendientes y diadema en forma de luna, un pelo negro de rizos perfectos, un vestido vaporoso y favorecedor, armas que no parecen amenazantes, corre rodeada de animales desproporcionados (el jabalí tiene el tamaño de un ave).

    Yo quería ser Artémis solo por esa imagen, pero me ha resultado extraño como, con los años, lo que llamamos instinto, tiene algunos aciertos curiosos e inesperados. Porque esta diosa tiene muchos más mitos e historias que los de una simple diosa de la caza.

    Sus mitos crean un referente tan complejo, contradictorio y rico, que casi es una pena que no sea real.

    Para empezar, Artémis tiene un hermano, Apolo, que nació escasos minutos después que ella. Leto primero parió a su hija y, en este mito, se habla de como había ciertas complicaciones en el parto, de modo que, Artémis, su recién nacida (aunque ya sabéis que los dioses nacen «adultos» en mitologías occidentales) la ayudó en el alumbramiento.

    Quizá por haber tenido una función tan marcada nada más nacer, quizá por adelantarse a los acontecimientos, pero desde ese momento Artémis fue reconocida como diosa de los partos, de las asistencias. Fue comadrona y doula desde su primer aliento. 

    Siendo todo un mito, todo vale y todo cuenta, pero aunque ella estuviera de responsable en este momento de la vida, según se cuenta, pidió a Zeus, dios y padre, que la ayudara a mantenerse siempre virgen, como modo para prevenir un posible embarazo.

    Artémis nació, vio un parto y dijo NO WAY JOSÉ.

    Con ella no hay por qué hablar de un contexto, ya que era una diosa, estaba por encima de cualquier mentalidad mortal y, si encontraba lugar a discusión, tenía armas para acallar otros puntos de vista.

    Eso suele disgustar mucho de personajes como Artémis y Atenea, y suele encantar a los hombres con personajes como Marte, dios de la guerra. Supongo que es mucho más peligrosa una mujer que vive en el bosque, rodeada de belleza y naturaleza pero capaz de asesinar a sangre fría a cualquier hombre que pretenda abusar de ella, antes que un hombre con armas que incita al homicidio político a base de reclutar hombres menos
    privilegiados que ellos para que mueran por iniciativas que no les competen.

    Puede parecer una decisión limitada e inmadura, e incluso que «luego se arrepentiría», y eso se completa con una de las grandes teorías sobre Artemis, que es la de ser una adolescente, de no llegar a ser una diosa adulta como podrían ser Hera, Démeter
    o Afrodita.

    Una diosa adolescente especializada en los cambios.

     

    Está claro que dar importancia a esta historia en concreto nos ayuda a potenciar el hecho de que Artémis, si se diferencia de otros dioses es, precisamente, por ser una diosa de los cambios, de las intersecciones, de los cruces de caminos.

    De los caminos y los pasos.

    Artémis ayuda a los adolescentes y niños a dar el paso a la vida adulta.

    De modo que, para ganar la confianza de un adolescente, es mejor parecerlo, y mejor que parecerlo, es serlo. De modo que Artémis siempre permancerá adolescente y no dará a luz.
    Además, porque ese fue su primer pacto. Artémis no será madre, y no dará a luz, y será protegida de ello.

    Artémis pidió la anticoncepción definitiva. Se podría hablar de cómo ha habido mujeres que han abrazado el hábito y la vida religiosa, pero Artémis eligió la naturaleza y el mundo salvaje, ajeno a las polis, al cielo y a todo lo que fuera un asentamiento.

    Es una rebelde, una hippi, una antisistema hija del privilegio. Y eso acompañado de convertirse en la diosa de la caza, de las mujeres y, en muchos casos, de las causas perdidas (justas, siempre con los perdedores, que solo pueden ser bondadosos acusados de perder por una sociedad altamente y enfermizamente competitiva).

    Artemisa ayuda a Eneas. Eso se dice de La Ilíada.

    Salvó a Ifigenia, la sustituyó por una corza para que fuera sacrificada y la llevó a una isla.

    Esa es la Artémis que os quiero transmitir porque… ¿Por qué todas deberíamos ser Hera, Afrodita, Zeus, Clitemnestra? ¿Por qué no hay mujeres que eligen voluntariamente y primigeniamente la no maternidad?

    Si existe en una mitología tan patriarcal como la griega (como si las otras no lo fueran, en fin), ¿por qué no va a guardar el mito alguna semejanza con la vida?

    Hay mucho sobre Artémis, muchísimo. Que si Ovidio y Virgilio decidieron que Hécate y Artemisa podían ser la misma, que si era la protectora de los animales, la flor de azafrán, que si absorbía a los dioses locales, que si Worthasia, diosa de la guerra, se asoció con Artémis…

    Pero no acabaré con lo más alegre de Artémis, porque hay una parte más que, creo, es
    indispensable para su historia, la nuestra, y la de las madres.

    Porque Artémis también tenía una relación con la muerte.

    Con la muerte en los partos.

    A día de hoy, en España, la muerte perinatal está en 1 de 200 niños, y de unas 13 mujeres de 10000 nacimientos. Seguramente en la época en la que se escribieron los mitos, era un porcentaje mucho mayor.

    Artémis es una diosa de las transiciones. Y siempre que padecemos una pérdida, un dolor, se nos habla de la muerte como una transición.

    No sé si lo habéis pensado, pero cuando no tenemos ninguna muerte cercana, o vivimos en la burbuja de la vida, alejados de la muerte, se habla de de la muerte como el FIN, mientras que las palabras de consuelo se repiten como un loro, con facilidad, con ligereza, ya que no sabemos qué otra cosa decir.

     

    La muerte, si es una transición, es muy dura, porque es la única en la que no sabemos a dónde nos llevarán, y, sin embargo, sabemos que llegará. Incluso a los niños.

    Es muy duro pensar en los niños como seres vulnerables, y asumir que no están ajenos a esa transición, pensar que Artémis puede acercarse a la cuna de alguno para comenzar esa transición, sin explicaciones, sin argumentos, sin motivo.

    Y eso no la hace buena, ni santa, hay muchas historias chungas de Artémis como una líder femenina aunque totalitaria y radical que me han parecido de lo más chunga pero… ¿Acaso iba a ser un compendio de luz una diosa?

    ¿Acaso no están llenos de oscuridad los actos de los dioses? ¿Acaso no se les justifica por eso mismo?

    ¿Acaso no está la vida llena de oscuridad?

    Seguramente por eso es tan bonita cuando se llena de luz.

    Como cuando todo se parece a esa imagen de Artémis corriendo con todos sus animales en el bosque, cuando esa luz ligera nos alumbra y respiramos como si el acto de respirar no fuera un gran regalo por sí mismo.

    A veces no puedes elegir.

    Y cada día no es una imagen para enmarcar.

    Pero si puedes, y quieres ser esa mujer que corre con sus amigas y animales por el bosque, espero que encuentres pronto a esas amigas.

    Hazlo.

    Encuentranos.

     

  • Arreproductiva versus Nulípara… ¿Y qué más?

    septiembre 21st, 2023

    Llega un punto en la vida de toda mujer que no tiene hijos en el que, una vez te has reconciliado con esta vida (porque a veces no es tu elección y, a veces cuando lo es, tampoco es que sea muy fácil compartir la misma) la respuesta se vuelve larga, elaborada y, en muchas ocasiones, repetitiva.

    Estamos muy lejos de normalizar el ser una mujer sin hijos en todos los espacios; todavía queda mucho hasta que haya personas que se muerdan la lengua antes de pedir explicaciones; aún más hasta que la gente no lo pregunte por considerarlo un asunto demsaido íntimo; y más allá, incluso, llegar al espacio y tiempo en el que nadie se plantee preguntarlo ya que esta no sea la primera elección en la vida de una mujer, por mucha capacidad reproductiva que tenga.

    No soy la primera en decir esto, ya lo dijo Gloria Steinem. Ella ya en los 70 daba pasos de GIGANTE y se enfrentaba a los canones indicando que las mujeres no tenían por qué sucumbir a su capacidad reproductiva si no era su deseo y desafiando los grupos más machistas y conservadores en contra del feminismo. Igual yo no, pero ella seguro que sabía lo que decía.

    Y sabía, y nos anunció, que sería incómodo.

    Y que todo lo que teníamos por decir que se saliera de la norma, habría que repetirlo muchas veces.

    MUCHAS.

    Pero lo que no decimos aún es una única palabra que etiquete todo.

    Etiquetar está mal, te reduce, te limita y te corta las alas… Ok, muy bien.

    Pero a veces sería muy conveniente encontrar una palabra para quitarle toda la preparación, relevancia y carga que requiere toda una explicación.

    Si piensas que no la requiere, planteate un momento si piensas eso porque estás en el lugar del que hace la pregunta, y si estás leyendo esto buscando agujeros para invalidar un discurso, o bien si, simplemente, estás buscando lectura sobre la no maternidad.

    A veces pienso que quizá si hubiera una palabra, eso significaría que el hecho de no querer tener hijos se vería como algo más normal, habitual, factible, incluso lógico y aceptable en muchos casos viendo nuestras propias perspectivas.

    Aunque quizá no, hay muchas palabras que describen hechos, oficios y situaciones sentimentales que son bastante insultantes.

    También, de existir una palabra, quizá me quedaría sin nada que contar, sin nada de explicar… Pero también quizá podría construir alrededor de la palabra, igual que Jane Austen construyó varios universos alrededor de la palabra «solterona».

    En fin, yo creo que hay que encontrar un término.

    Uno que vaya más allá de una oración, una descripción profunda y llena de explicaciones asumidas y aceptadas desde una educación machista.

    Sé que la Generación Z lo encontrará, ya que ellos son mucho más críticos con el neoliberalismo de lo que seremos jamás en mis grupos de conocidos cuarentones, que, lamentablemente, en su mayoría, no pasan de ser una izquierda cuqui cómoda y agradecida al capital. Pero, ¿no estaría genial empezar a dar unos pasitos en este descubrimiento etimológico?

    A ver.

    ¿QUÉ TENEMOS POR AHORA?

    Nulípara.

    Arreproductiva.

    Y algunos términos ingleses como NoMo, que fue el que yo elegí para el blog y luego lo explicaré, pero vayamos primero por los primigenios.

    Pero empecemos con nulípara que, según la RAE, es el término para mujeres que no han dado a luz y, según Google, «las hembras porcinas que no han dado aún a luz». Yo he establecido el hembras porcinas, podría haber puesto simplemente «cerdas» pero le quería dar una vuelta de tuerca ya que Google no lo hace y toda su terminología sobre la no maternidad busca ser algo beligerante y amenazante. Por cierto, gracias a Google he descubierto el diccionario porcino, seguro que le encuentro algún uso.

    En cualquier caso, si indagamos más, resulta que nulípara bien puede haber sido una madre que no ha tenido un parto vaginal, y en muchos aspectos de la medicina, se trata como un problema médico, y no una característica, tal como explica un relato en Reddit.

    Gracias a Reddit me doy cuenta de que, al menos en el mundo anglosajón, nulípara como término se está perdiendo. Hace casi cuatro años en los que las publicaciones childfree no utilizan este término, y apenas lo he visto en artículos sobre control de la natalidad, hablando sobre medidas y métodos anticonceptivos.

    Parece que, realmente ha sido sustituido por chilfree y childless.

    Si estuviéramos en un contexto de lengua inglesa seguramente acabaríamos empleando estos términos, de hecho los usamos continuamente en redes sociales, aunque, por supuesto tienen la problemática de ser los sufijos aquellos que consiguen establecer la definición.

    Y, a veces, no pueden ser más distintos.

    Estoy de acuerdo con Ruby Warrington, pese a que ambas hayamos decidido no tener hijos de manera voluntaria y tener algunos lugares comunes al respecto, en que el término «childfree» da una ligereza casi superficial a nuestra existencia.

    Es gracioso pensar en una mujer adulta que hace cruci y dice «uf de menuda me he librado». Sería genial.

    Y será genial para próximas generaciones, que eso pueda hacerse, que sea normal y que nadie se sienta ofendido ni atacado personalmente por las decisiones reproductivas de nadie.

    Incluso iría más allá; que se acabe con una narrativa machista que convence a la sociedad de que las mujeres que no tienen hijos son un problema para la economía.

    No hay un solo día en el que alguna mujer sin hijos tenga que presentar argumentos y estadísticas frente a una narrativa que nunca ha presentado la mitad ni de argumentos ni de estadísticas para culpabilizar nuestros cuerpos de cualquier cosa que vaya mal.

    Volviendo a Ruby Warrington y al término «libre de hijos» que no funciona, ya que ella es una de las buscadoras de nuestro término más activas, sería conveniente poner sobre la mesa aquel que está intentando establecer:

    Arreproductiva.

    Una vez más, creo que el idioma se interpone y no juega a favor.

    Con el prefijo -a, estamos condenados a buscar alternativas en la traducción que acabarán en prefijos y sufijos que indicarán carencia.

    Quiero pensar que Ruby tiene razón y que es algo que tendrá que integrarse poco a poco, pero la verdad es que ahora mismo parece que las narrativas sobre la no maternidad merecen tanto espacio y tantas nuevas maneras de ver el mundo que da igual el término. Que puede incluso ser arreproductiva o nulípara, que tendremos que ser oídas sin una definición de por medio.

    Pero yo, yo no me veo diciéndole a alguien que soy arreproductiva.

    Realmente me veo hablando de lo importante que es dejar de educar a las niñas en la maternidad, que sepan que pueden elegir, que los niños vean que los cuidados también serán su responsabilidad en el futuro, y que sí, que el hecho de que no haya un término te posiciona en un espacio demasiado único, a veces demasiado solitario.

    Un lugar solitario en el que nos podemos acomodar, colocar unos libros y aceptarnos fuera de la sociedad.

    Pero no ha de ser así, porque nosotras también somos imprescindibles en los colectivos.

    Incluso sin nombre.

    Hasta que lo encontremos.

    Hasta que llegue alguien y nos ponga nombre, como en el final de la primera mitad de la Historia Interminable.

    Por ahora tendremos sufijos, seremos nulíparas, arreproductivas, hijas de la luna, emperatrices infantiles o ninguno de estos términos.

    Pero estaremos.

    Si tú has encontrado el término, cuéntanoslo.

  • ¿Una mujer sin hijos en el pueblo?

    septiembre 14th, 2023

    Vuelven a mí en muchas ocasiones las palabras de Rodrigo Cuevas en un concierto gratuito que dio en El Prat de Llobregat hace algunos años. No le conocía y, desde alegro, celebro haber tenido la oportunidad de verle cada día, no solo por su música, sino por estas palabras:

    «Se puede ser muy maricón en Malasaña, pero hay que ser muy valiente para ser el maricón en Covadonga»

    ¿Me equivoco en algunas palabras? ¿En los pueblos? ¿Dijo Ribadesella en vez de Covadonga? ¿Estuvo alguien allí que pueda atestiguar que me quedé bien con la información?

    En cualquier caso, es algo que, cuando vivimos en la ciudad, no nos preocupa y damos por sentada una mentalidad urbana que, en realidad, si miramos las redes sociales y los pueblos, no es exactamente lo que habíamos pensado. O lo es, y más. No lo sé.

    Tampoco pretendo saber lo que sabe o piensa toda la sociedad.

    Volviendo a los pueblos, y viniendo mi familia de un pueblo, entiendo más o menos lo que quiere decir ser «el del pueblo» y «veraneante».

    Cuando eres veraneante, si no encajas en un pueblo, no pasa nada, porque soléis ir un mes y luego volver a la ciudad. Tu vida no se desarrolla allí.

    Vale que ser una persona diferente siempre es difícil, ya sea en el instituto, en una empresa corriente, en el capitalismo extremo, pero ya en los pueblos…

    Dicho esto.

    ¿Cómo es ser la mujer sin hijos en un pueblo?

    Diríamos que no tiene una representación clara, que «pues no conozco a ninguna» o «no se puede generalizar» (mi frase favorita cuando no quiero decir nada y, a la vez, no quiero dar la razón).

    Sin embargo, me vienen a la cabeza algunos ejemplos que he visto. En el cine, por ejemplo:

    No es que tenga nada de malo ser Vanessa Redgrave, Helena Bonham-Carter o la Donna Reed en la realidad paralela de Qué bello es vivir, pero para aquellos que las han querido representar, para los que buscaban crear una imagen, para los que nos han cedido un imaginario, hay que reconocerles una capacidad limitada y centrada en el estereotipo de una mujer rechazada por la sociedad y, además, con razón.

    Nunca olvidaré cómo viendo Qué bello es vivir, James Stewart se lleva las manos a la cabeza al ver que su mujer, en una dimensión paralela en la que él no existe, es algo tan deleznable como una SOLTERONA aunque salen de sus palabras el inolvidable: BIBLIOTECARIA.

    …

    Por supuesto, la idea de que una mujer en el pueblo sea soltera y tenga un oficio, era entonces en los Estados Unidos, algo digno de lástima amplia y notoria, pero no nos pensemos que ahora la mujer del pueblo que no tiene hijos es un modelo a seguir o a envidiar.

    Bueno, o sí, pero no nos adelantemos.

    No pensemos que la componente de una pareja que vive en un pueblo y no tiene hijos es algo entendible o que se pueda dar por hecho. Hay una idea asentada en todas las mentalidades, apoyada por APP’s y publicidad que te ayudan a imaginar cómo serían los bebés de una pareja.

    Esto no viene siempre de las personas mayores de los pueblos.

    Se habla de cómo las personas mayores te insisten en la idea de los niños, tus padres.

    ¿Les vamos a culpar a ellos y a su aburrimiento o al sistema?

    Estas personas han visto suficiente en la vida como para entender que no van a entenderlo todo y que, incluso, saben que existen situaciones de la historia reciente, y de la vida, que no dan para pensar en hijos.

    Y ahí están, tomándose un refresco en el bar del pueblo sin molestarte.

    En mi opininión, es mucho peor la generación de cryptobros liderada por Elon Musk entre los 30 y casi 50 que ven a estas mujeres una amenaza que llega a cualquier parte, incluso a aquellos lugares en los que se sentían reyes y señores.

    Así que se invalidó su aporte social y la convirtieron en motivo de lástima.

    La solterona.

    Igual ahora ese término nos da la risa, pero igual no.

    Igual no estamos en una situación socioeconómica y de salud mental para que nos resbale el continuo ataque velado de psicologías positivas o neoliberales que te exigen que quieras cosas que no quieres.

    Y a veces no las quieres.

    Y no te queda más remedio que convertirte en esa figura de lástima y crítica sobre la que se construyen historias tristes.

    Hasta que llega alguien que escucha tu historia, contada tantas veces, contada por otros tantas veces, y ve que la historia en sí va de otra cosa.

    Hay varias mujeres sin hijos en el entorno de mis padres.

    Sus historias siempre acaban un paso antes del final de Madame Bovary pero van un poco en esa línea.

    Y estaba esta mujer.

    Esta mujer a quien yo apenas conocía, a la que debí dejar de ver con 16 años y que solo fue un recuerdo de anécdotas entre familiares.

    Era una mujer de buena familia, con varios hermanos, trabajadora y soltera. Aunque en los encuentros que habíamos tenido, siempre con varios niños alrededor, podía pasar perfectamente por la madre de alguno.

    No sé si os pasa, pero cuando vas a un evento en el que hay más niños que adultos, para mí, los lazos familiares pierden relevancia.

    Los padres de unos y los padres de otros no se organizan en árboles familiares, sino que son un grupo y, por tanto, van en manada.

    Nunca me había planteado que los niños que iban a esas reuniones familiares no tuvieran un parentesco maternal con ella. Tampoco me había planteado que iba sin una pareja que la acompañara.

    Sin embargo a mi interlocutor le parecía algo muy importante, ya que fue el origen de toda su miseria.

    Escuchad el relato.

    Esta triste historia de esta triste mujer soltera y sin hijos se remonta a los años 90, época en la que sus hermanos comenzaban a casarse, todos empezaban a encontrar trabajo, todos empezaban a abandonar la casa familiar, todos conocían a sus parejas… Menos ella.

    Todos se casaban… Menos ella.

    Todos tenían hijos… Menos ella.

    Todos se metían en hipotecas… Menos ella.

    Todos comenzaron a pagar las casas en las que vivían… Menos ella.

    Porque ella, al encontrarse sola y desvalida, recibió una casa de herencia.

    Para el narrador de esta historia, los violines acompasaban de una triste imagen con una mujer paseando entre las calles, mirando parejas, carritos de bebé, con una triste chaqueta de lana, pasando de la calle a una triste mirada por una ventana…

    Yo no.

    Yo veía a una mujer evitando plusvalías, discusiones con el banco y registrándose en lugares para pagar el IBI.

    El narrador se vio interrumpido por otro narrador. Como si fuera una novela con Miss Marple, las imágenes de otra historia con la misma protagonista cambiaron y fuimos a un lugar completamente diferente. Y LO RECORDÉ EN AQUEL PRECISO MOMENTO.

    Este otro narrador, en otra circunstancia, había coincidido en más ocasiones con esta «triste» mujer.

    Una de esas ocasiones fue su viaje a Nueva York.

    Un viaje en el que esta triste persona contrató una limousina y viajó con sus sobrinos para que pudieran conocer la ciudad, ya que a ella, tanto le gustaba.

    En esta historia, los violines por supuesto habían desaparecido hace un rato y esta mujer abandonaba esa chaqueta de lana triste para ser Carrie en Sex in the city.

    Yo ya no podía volver a esa triste historia de esa mujer de pueblo.

    ¿Y sabéis por qué?

    Porque esa mujer, a mis ojos, tenía trabajo, una propiedad, ahorros, sueños, iniciativas, una rica vida familiar y una historia ajena que no le hacía ni la más remota justicia.

    Esa mujer, además, no tenía que esperar por nadie. No tenía que aguantar a nadie.

    Esa mujer despertó la compasión que a día de hoy puede despertar envidias y rencores.

    A día de hoy esta mujer es la pesadilla de los conservadores, las personas que no soportan la idea de que haya mujeres que no elijan los mimos sacrificios, o incluso los eviten. No soportan a las mujeres con poder de decisión, dinero y que no proclamen a los cuatro vientos las ventajas de una vida familiar que no les importa.

    Porque igual a ella le importaba, pero igual no.

    Igual toda su historia está mal contada.

    Igual no somos capaces de contar la historia de las mujeres sin hijos con un final feliz, porque una limousina en Nueva York…

    POR FAVOR.

    ¿A quién no le parece que una mujer independiente bebiendo champagne con sus sobrinos entrando a Nueva York en limousina no es un final más que feliz?

    Me he dejado el champagne para el último momento porque, para mí, no era necesario, y porque no quiero que nadie piense que mi modelo a seguir es algo que puede bien ser una Karen de pueblo, pero como sucedió de verdad, pues ¿por qué no incluirlo y acabar con un final por todo lo alto?

    Porque a ver…

    ¿Cuántas veces hemos brindado por una mujer que no tiene hijos?

  • Las Gilmore Girls: Mrs Kim y Lane

    septiembre 6th, 2023

    ¿No es la serie de las chicas Gilmore un lugar seguro de paz y tranquilidad, una serie que ver cuando quieres estar tranquila, cuando no tienes ganas de sobresaltos y solo esperas ver algo insustancial y con diálogos rápidos y divertidos?

    Yo también lo pensaba… Pero no lo es.

    Hay algo muy oscuro que yace debajo de la amabilidad, los tonos pastel, Stars Hollow y la sonrisa de Lorelei Gilmore, y es la presencia de una maternidad tóxica y despiadada que parece haber infectado a todos los personajes maternales de la serie (a excepción, precisamente, del personaje de Lorelei).

    En el universo de Stars Hollow la maternidad tiene un sinfín de conflictos divertidos en los que madres como Mrs Kim, Emily, la madre ausente de Paris, la manipuladora Sherry, la irresponsable (y a veces con tintes desequilibrados) hermana de Luke. Si la creadora de la serie, Amy Sherman-Palladino, pretendía reflejar que la maternidad no es perfecta, está más que conseguido, y quizá, sin pretenderlo, hemos puesto un marco bonito y divertido a ciertos maltratos psicológicos, represión y anulación maternal y nos ha creado un espacio al que volvemos pasada la adolescencia para sentirnos en casa.

    Pero también es «normal», porque vivimos esa vida en la que no se contempla una opción de no maternidad, y sin embargo campa a sus anchas ciertos modelos de maternidad que no parecen muy sanos, recomendables, ni tampoco deseados.

    Lo más parecido a una mujer sin hijos de la serie yace en la posibilidad de los personajes de Babette y Miss Patty, y porque apenas sabemos nada de ellas, pero no se menciona a posibles hijos, así que, PUEDE SER que estos dos personajes compongan todo el universo de mujeres sin hijos que haya en Gilmore Girls. (también Rachel, una ex de Luke, pero eso es otra historia)

    ¿Y cómo son? Tremendamente excéntricas y sin conexiones ni ningún tipo de protagonismo en la serie porque, ¿qué importancia van a tener si no han tenido hijos y la serie va sobre las fases de la maternidad?

    Si hasta en la segunda parte Roree y Paris (SPOILER) tienen una trama al respecto.

    ¿Es que no se ve la oscuridad bajo las tortitas y el delicioso café en el bar de Luke?

    Pero la que se lleva la palma es Mrs Kim, casi más que Emily Gilmore.

    Tiene todas las características de una madre tóxica y aterradora de la que salir corriendo. Lane huiría de su casa en cada capítulo de la serie. Lane vive con una mujer «dura» pero (asumimos) de buen corazón.

    El contexto, el tono y las relaciones en los personajes nos hace imposible creer que una mala persona viva en Stars Hollow, o que las acciones tengan mayores consecuencias que una buena carcajada.

    Todos nos reímos muchísimo cuando Lane se tiñe dos veces el pelo en el mismo capítulo porque quiere rebelarse pero, después, se da cuenta de las consecuencias que puede tener con su madre que… No sé, ¿qué más aparte de ya vivir como una de las vírgenes suicidas?

    ¿Quién no se ha reído muchísimo con el estereotipo de Mrs Kim en la televisión?

    ¿Quién no se ha reído al ver como Lane y Roree inventan planes imposibles para intercambiar cds?

    Incluso, ¿quién no ha visto a Lorelei disculparse con Mrs Kim por haber juzgado su conducta excesiva, y se ve claramente como Lorelei acepta que ella es la mala madre y Mrs Kim la auténtica madre preocupada?

    Aceptamos la conducta fanatista, represiva e insensible de Mrs Kim como matriarca de la familia, pero me da la sensación de que su personaje no puede ser menos heteropatriarcal, y que si la cambiásemos por un personaje masculino veríamos claramente la oscuridad que yace en esta relación, familia y abuso de poder.

    Mrs Kim no podría ser un personaje masculino en la serie ya que aparecería de una manera más realista y abusiva la gravedad de su comportamiento, pero la cruda realidad es que, con o sin risa, con o sin la gracia de no entender una cultura, etnia y raza diferentes a la blanquitud americana, Mrs Kim es una madre de pesadilla y, aunque nos cause comicidad, si la tuvieramos como madre, viviríamos aterrorizadas.

    No es fácil escoger entre el arco, los diálogos, las actitudes, los actos que lleva a cabo… Es que Mrs Kim reúne todas las características negativas que se han criticado de las madres y, apenas en un capítulo en siete temporadas, acepta una única cosa en la vida de Lane: al imbécil de Zack.

    Ya sé que Zack es un bonachón, que es como la relación de Sookie y Jackson pero en adolescentes, pero, ¿EN SERIO?

    No se entiende, perdonad si estáis en desacuerdo, pero para mí ese cambio en Mrs Kim es una falta de revisión al personaje más que considerable, y una vez más, la que paga las consecuencias de todo es Lane.

    Vale que encuentra el amor adolescente en Zack, un chico con una cabellera rubia preciosa pero, seamos sinceros, sin apenas un ápice de cerebro e inteligencia y cuyo referente como guitarrista es Kurt Cobain (ni aunque fueran finales de los 90 y se criara con el sonido Seattle, ¿qué guitarrista que se precie no ensalza a B.B. King, Joe Satriani, Jennifer Batten o Jimmy Hendrix, mientras que su gran admiración va a alguien cuyos solos iban a quintas?).

    Zack es un cutre.

    Lane merece algo mejor.

    Es la única vez en la que, si Mrs Kim hubiera dicho «piénsatelo mejor» hubiera estado de acuerdo con ella, pero, seguramente por llevar cinco temporadas y dieciocho años de vida reprimiendo y anulando a su hija, aquí decide que es suficiente, que puede irse con el guitarrista de melena y cintas a tener gemelos y a ser camarera con Luke.

    Esto no solo no hace feliz a Mrs Kim, Lane lleva años, temporadas, toda la adolescencia hablando de cómo iba a ser una gran batería, de sus sueños, de su potencial, y al final, ¿lo deja todo por la familia y estar cerca de su madre? Perdón, ¿hace eso cuando pocas temporadas antes se va de su casa para ser camarera en Luke’s?

    ¿Cómo es que Lane no huye y va a ver mundo como hace Jess?

    ¿Nos están contando un síndrome de Estocolmo en pleno Stars Hollow en clave de sitcom para que normalicemos que, si tu madre te anula durante toda tu vida no pasa nada?

    ¿Para normalizar que tu mayor acto de rebeldía sea quedarte a dos casas de distancia para, en algún momento, que ella perdone tu actitud osada y desafiante y volváis a ser una familia?

    NO.

    A ver….

    No diré que no acaben muchos casos en la vida real así, no quiero decir que el apego maternal incluso a una madre torturadora siempre acabe en una huida, desafortunadamente en los peores casos y relaciones con tu madre, es imposible cortar el cordón pero, en la ficción…

    ¿No creéis que Lane merecía algo más que ser sometida a este futuro mientras su mejor amiga se va a hacer periodismo en la campaña de Obama? ¿Lane, la que huía de su madre y soñaba con New York se queda en Stars Hollow y Roree, que tiene una mamitis inaguantable con 15, 20 y 30 años, no tiene problema en perseguir sus sueños?

    ¿Alguien me lo puede justificar?

    Porque, si es así como Amy Sherman-Palladino ve la maternidad y el modo de sanar una relación tóxica entre madre hija es esta narrativa, MÁS AÚN CUANDO VENIMOS DE LORELEI HUYENDO DE SUS PADRES DESDE EL PRINCIPIO DE LA SERIE, como si Lane no tuviera tanto valor como ella; además Lorelei rechazando una vida acomodada, Lane rechazaría maltrato psicológico y precariedad, probablemente por más precariedad, pero, de verdad, Lane no seguiría el refrán de «más vale malo conocido que malo por conocer».

    Pero para que nos quede claro que, ni Lane es protagonista, ni Mrs Kim, ni vamos a pensar en algo que sane esta vida, casi hacia al final, no solo hacemos que Lane se case con ese Kurt Cobain low cost, sino que Amy Sherman-Palladino hace que se quede embarazada la primera vez qie tiene sexo, y que tenga gemelos, confirmando que en el rebooth, Lane siga cerca de su madre, en Stars Hollow, intentando sacar tiempo para la batería mientras Zack y ella odian a sus hijos.

    El fin para Lane.

    Pero resulta que la creadora de todo este universo no tiene hijos.

    No sabemos si Amy Sherman-Palladino es childfree pero, si no lo es, he visto pocas autoras contar con más crudeza, escepticismo, desparpajo, rencor y dolor, la maternidad a través de la comedia.

    Es casi una maldición.

    La maldición de Mrs Kim y Emily Gimore.

    No queda duda viendo esta serie de que tu madre no podía ser tu mejor amiga. Lo que no me convence que no quede tan claro es que la maternidad es algo de lo que no se pueda escapar.

    Y Lane debería haber escapado.

    Al menos en ese momento y en esas circunstancias.

    Porque Lane se merecía escapar de verdad, irse a Nueva York, ser suplente en una banda, coger autobuses, probar, equivocarse, ser el personaje valiente que está esperando a salir al mundo en cuanto su madre se despiste.

    Lane era mucho más valiente de lo que le permitieron ser. Mrs Kim y Amy Sherman-Palladino la dejaron crecer lo mínimo.

    Que luedo vuelve a Stars Hollow y decide que quiere quedarse allí, que prefiere trabajar con Luke porque le deja tiempo para la música, que se reencuentra con Zack como adulta y deciden que lo suyo funciona y que pueden incluso, tener una familia, VALE.

    Pero ni siquiera lo habrá podido intentar. Habrá seguido la misma narrativa de su madre, igual que muchas seguimos las narrativas que nos han sido previas.

    En la vida es mucho más difícil que en la ficción.

    Si Lane no escapa de Mrs Kim, ¿cómo lo haremos las demás de nuestros propios destinos?

    Y si Lorelei pudo, ¿por qué no Lane?

    Tal como dice Emily Gilmore en el capítulo trece en la tercera temporada «no tenerlo no es una opción». Quizá sea la voz de la autora, atrapada en un mundo en el que no tuvo hijos y en el que no existía la opción, quizá ella tampoco sabía hablar de ello, igual que me pasa a mí en multitud de ocasiones, pero no pasa nada.

    Estamos aprendiendo a encontrar la narrativa de las mujeres sin hijos.

    Y yo siempre apreciaré, pese a Mrs Kim y Emily Gilmore, esta serie, que fue para muchas de nosotras. Fuimos muchas las que pasamos las tardes en Stars Hollow, soñando con una madre como Lorelei Gilmore.

    Quizá aún seguimos por ahí, con o sin hijos, tomando un café en Lukes.

    Yo estoy por ahí hablando con Lane. Estamos organizando su huida mientras tomamos la segunda taza de café del día.

    ¿Y tú?

  • ¿Es dormir un derecho?

    septiembre 1st, 2023

    Creo que debo empezar esta entrada hablando de cómo dormir tiene mucha importancia en mi vida. No tanto porque duerma demasiado, sino por cómo me siento ante la privacidad del sueño, tanto mía, como ajena.

    Y es que cuando alguien me comenta que no puede dormir, lo paso mal.

    Cuando alguien habla de que tiene dificultades para dormir, lo paso mal.

    Cuando me hablan de que existe medicación para dormir, lo cual lleva de nuevo a no poder dormir, lo paso mal.

    Eso me lleva a mucha comprensión hacia mis amigas madres, como es lógico. Porque están en esa etapa de la vida en la que padres y madres renuncian a su sueño (no es un juego de palabras, aunque podría serlo) para velar por su criatura.

    Se da por sentado.

    Sí, sí, es un hecho. Es lógico.

    Se entiende.

    Incluso en los blogs de mamis (no lo digo despectivamente, los nombres han sido elegidos cautelosamente y os aseguro que tienen mucha más repercusión, marketing y aceptación que algo como nomo) no se puede obviar esta situación, pero hablan de cómo hay que sobreponerse, salir adelante y, sobre todo, disfrutar de ese tiempo tan único y especial con tu criatura.

    Estamos a un paso de lo que tanto critica Eva Illouz y estoy empezando a leer en El murmullo de Belén Gopegui. Estamos a un paso de vender la autoayuda como si no lo fuera, como si todo dependiera únicamente de que tengas una mejor actitud. Si tienes una mejor actitud, acabas viendo que el problema no era para tanto. Lo normalizas. Y acabas teniendo un montón de madres que no pueden dormir y que no pueden decírselo a nadie, ya que, total, si se lo dicen, les dirás «pues qué esperabas» «es lo que hay» «no te queda otra» o incluso, la peor de todas «pues el mío sí que duerme TODA LA NOCHE». Y al día siguiente tendrán que ir a trabajar, ver a sus familias y fingir que todo va bien, son madres, madres perfectas, pero no demasiado, o sí, o que se note, pero solo la parte buena.

    Por suerte para las madres, no siempre es así. Lo del no decírselo a nadie, lo de dormir sí que parece que llega al 90% en el caso de las nuevas maternidades.

    Meses sin dormir.

    Años sin dormir.

    Y además, en trabajos precarios, uniendo la privacidad del sueño con la jornada laboral, con mantener la pareja, con mantener a la criatura viva y bonita de cara a los demás, mostrar ese éxito a cambio de todas las carencias. Si no me creéis o pensáis que es una reflexión propia de una persona que no tiene sentimientos maternales, podéis leer Maternidades precarias de Diana Oliver.

    Volviendo al «no decírselo a nadie» quiero hablar de un caso personal que servirá de luz a las madres.

    Entre mi 95% de amigas con hijos, hay una que tuvo a su criatura hace tres años, nada más acabar el COVID.

    Estamos en Barcelona 2020 y me cuenta que está en un grupo de madres por WhatssApp en el que se dan consejos, hacen preguntas y se dan apoyo.

    Una noche, una de las madres no consigue dormir a su criatura y escribe, desesperada, por el grupo.

    Silencio.

    El silencio de otra noche sin dormir y de una mujer pensando cómo es posible que no haga nada bien, cómo pudo acabar en esta situación, preguntándose si algún día será capaz de…

    Pero antes de que pueda seguir el devenir del pensamiento catastrófico, entra otra mujer, otra madre. Su salvadora esta noche. Y que ya haya una salvadora aunque sea una única noche, ya nos importa bastante.

    Le da ánimos, le recuerda que «ella es todo lo que su bebé necesita». Le pregunta qué estás haciendo. Se hablan. Le dice algo que ha probado y no funciona. Le recomienda algo. Quizá tampoco llega a funcionar. Quizá estoy mezclando historias en este punto. Quizá entra otra madre en ese momento a dar un poco más de feedback.

    Eso no importa porque allí, es allí donde se inicia algo.

    Se inicia una amistad.

    En persona.

    No una «comunidad online». Nos vamos al caso más clásico y físico de las amistades y estas madres inician una amistad.

    Una amistad que perdura hasta hoy, Septiembre 2023. Y son varias familias, varias madres y padres y niños que comparten las maternidades, que han tenido la suerte de hacerse amigos y de ser apoyo. Gracias a esta comunidad, pese a todo, hay un hilo de esperanza y luz en las vidas de todos.

    Tengo un 95% de amigas con hijos y ninguna más me ha hablado de esto.

    Ninguna más está viviendo su maternidad en colectivo, y pienso… ¿No es así cómo debería suceder? ¿No es esa la única manera en la que, hasta que el estado y el Gobierno o la propia sociedad gestione la vida de una manera digna, las maternidades no acaben con las madres?

    Todavía no he escuchado por parte de esta amiga que su grupo y ella vayan a hacer un sindicato de madres, que vayan a ir a presentar demandas, que vayan a hacer una huelga de consumo, pero las veo más cerca de ponerse a ello que a muchos grupos y colectivos que están más preocupados por su merchandising, podcast y beneficios que el cambio social.

    Porque es urgente el cambio social.

    Porque es lo más urgente de todo.

    Casi más que dormir.

    Dormir debería ser un derecho.

    Y ojalá la amistad fuera otro derecho.

    Porque si hay algo que saco de esta historia de mi amiga es que nos (me) falta la sensación de grupo.

    Es así, anoche no pude dormir.

    Y no eché de menos tener hijos. Eché de menos hablar con alguien.

    Me senté e intenté leer varios libros para ayudarme a dormir.

    No funcionó.

    No podía dormir porque estaba rodeada por mis pensamientos intrusivos, mis pequeños fracasos a lo largo del día, mi eco ansiedad, mi agenda imposible, y más pensamientos intrusivos, que si alguien no se acordó de mi cumpleaños, que si he tenido que volver a escribir yo a estos amigos, que si tendría que estudiar, que si la he cagado en el trabajo, que si he sido yo la responsable…

    Ya sabéis cómo funcionan los pensamientos intrusivos.

    ¿Vosotras llegaríais a vuestras amigas con hijos a hablarles de que tampoco habéis podido dormir? ¿Os atreveríais o hay algo en el código social que te recuerda que es ella quien no duerme?

    ¿No hay algo en el código social que indica que, cuando no tienes hijos, tus preocupaciones son inmaduras y tu salud mental vale menos?

    ¿No hay algo de ese momento en el que ella te pregunta «y tú qué tal» en el que dudas si contarle tus problemas y finalmente te callas y hablas de cualquier otra cosa o le das poca importancia?

    Entiendo que la soledad, el aislamiento, la privación del sueño por la frustración y la ansiedad no son motivos para hacer una huelga.

    Pero ¿y si el origen de todos esos sentimientos sí fuera motivo para hacer colectivo e ir a la huelga?

    ¿O será el sueño?

    Voy a tomar otro café antes de ir a trabajar y a fingir que el mundo, tal y como está, va bien,

  • Thora, Enid y yo: perdidas en el mundo fantasma

    agosto 25th, 2023

    ¿Sabes qué deberíamos hacer? Deberíamos montarnos en tu coche ahora mismo y, simplemente, marcharnos. Encontrar un lugar nuevo y empezar una nueva vida, de cero.

    Enid Coleslaw dice estas palabras en Ghost World. Y es una frase que, aunque venga de unpersonaje ficticio norteamericano nada más cumplir 18 años, creo que es un pensamiento que nos es común a todos, con 18 o 47.

    No hay muchas similitudes entre Enid, Thora Birch y yo misma a primera vista. Thora Birch no ha hecho ningún tipo de declaración sobre su actual no maternidad, yo estoy en plena crisis de los 40 y Enid…

    ¿Qué sabemos de Enid?

    Hace poco volví a ver Ghost World, la película de los 90 en la que Thora Birch interpretaba a Enid Coleslaw, una norteamericana disidente que presencia sus últimos días como adolescente antes de empezar su vida adulta, con el vértigo, el aburrimiento y el bloqueo que puede generar un paso tan grande.

    Está bastante bien.

    Aunque eso no es lo importante.

    Ya he hablado muchas veces por aquí de la madurez, y eso se debe a que es uno de los pasos inevitables a dar en la vida. Sin embargo, se nos enseña que hay una guía de comportamiento básica en la edad adulta de la que no podemos huir. O sí, pero con todas sus consecuencias.

    No podríamos contar una historia así sin una némesis de Enid, que es Rebecca, su mejor amiga, quien ha sido otra disidente como ella, otra pringada de instituto pero que ve la edad adulta como la oportunidad de vivir su vida por fin, de empezar, de ganar su dinero, de tener sus cosas, de entrar en la sociedad que, aunque Enid y ella hayan criticado millones de veces frente al televisor, tampoco le parece tan mal.

    Ghost World es un cómic de Daniel Clowes, quien luego adaptó su propia obra con Terry Zwigoff, el director de la película.

    La película y el cómic hablan de esta ruptura de la amistad entre dos mujeres, que es algo que muchas no imaginábamos que nos pasaría. Creciendo en los 80 y 90, el auténtico tema debería ser si Rebecca o Enid se enrollan o no con Josh o por qué Enid decide no seguir adelante una relación con Seymour… Ha sido genial ver en algunas páginas algo más modernas, como la narración de los personajes femeninos de Clowes dice mucho más que él y su miedo hacia las mujeres que de ellas mismas. Porque, aunque haya cosas muy honestas en esa relación, o elementos con los que se es fácil de congeniar, siempre ha habido algo que se me quedaba inconcluso, tanto al leer el cómic como al ver la película.

    SPOILER

    (A ver, si pensáis ver o leer Ghost World, voy a mencionar la última escena de la película y el análisis irá un poco por ahí)

    La idea del título de «mundo fantasma» es porque Enid, un personaje inadaptado, desencantado, que se niega a doblegarse a lo que parece que es la vida adulta, descorazonada ante las perspectivas de vivir con su mejor amiga, de buscar un trabajo, de tener o una amistad con un hombre al que apenas conoce, ella busca una huida.

    En el cómic hay un momento que le dice a su mejor amiga que se siente incómoda con ella porque quiere ser una persona completamente distinta, y cuando ella le pregunta qué tiene que ver con eso, Enid le dice algo por lo que hemos pasado todas con alguna mejor amiga: que es que ella recuerda todo lo que ella quiere olvidar.

    Una amiga quiere cambiar.

    Su amiga quiere cambiar… Pero no del modo que habían planeado.

    Enid no puede tener otro final que no sea el de ser fiel a sí misma y coger el autobús al mundo fantasma.

    FIN.

    Vale.

    Entonces…

    ¿Qué pasa con Enid?

    Nos hacemos una idea con Rebecca, se va a vivir al piso donde hay una tabla de planchar en la pared, tendrá el trabajo en la cafetería hasta que busque algo mejor, será novia de Josh, se casarán, tendrán hijos, o no… Pero es hacia allá a donde nos llevan Terry y Daniel.

    Pero, ¿y Enid?

    Podemos darle toda la magia que queramos, pero no me extrañaría que se contara la historia hasta allí porque ¿qué sabrían ellos donde puede acabar una disidente como Enid? Mejor la subimos al autobús y que la gente se imagine lo que quiera.

    Cuando no tienes hijos, y no quieres tenerlos, eres un lienzo en blanco. Te has subido a un autobús y vives en un mundo fantasma del que nadie te pregunta.

    ¿No os pasa? A mí a veces me pasa.

    Gente que en vez de preguntar qué haces asume que haces cosas. Asume que has ido a un sitio y no a otro. Que has cenado una cosa y no otra.

    La verdad es que algunas personas con hijos tienen mucha más imaginación para mi vida cotidiana que yo.

    Quizá ellos tengan muchas más ideas que yo acerca de lo que pudo ser de Enid.

    El caso es que el metacine lo complica.
    Thora Birch, la actriz que interpretó a Enid, era una de las grandes promesas de los Estados Unidos. Hizo esta película, la nominaron a varios premios, e hizo American Beauty. Era una actriz relevante, única, en la línea de Christina Ricci, tenía algo interesante, oscuro y daba esa imagen que siempre hablan de «vecina de al lado» antes de ponerle un moño despeinado a Elle McPherson.

    Iba a ser famosa.

    Como Scarlett Johansson, que interpretaba a Rebecca.

    ¿Y qué ha sido de Thora Birch?

    Cuando buscas información sobre ella, encuentras una entrevista en una convención, un proyecto que no salió, un telefilme, una pieza que dirigió, y algunos artículos sobre cómo no era una persona fácil (en Hollywood ser una persona difícil puede ir desde ser Russell Crowe hasta haber rechazado un proyecto por incompatibilidad de horarios, depende de cómo caigas).

    Thora Birch no hizo las cosas que se esperaban de ella. No se compró una casa en Malibú, no cogió aquel trabajo que se decía, quizá no tuvo una pareja que la asentara, quizá ella buscaba otra cosa…

    ¿Tomó Thora su propio autobus a un mundo fantasma?


    Cuando eres la disidente de la historia, tu final puede ser tan difícil para el autor, que, lo mejor que puede hacer es dejarte vagando en un autobús.

    Y eso fue lo que pensé al volver a ver la película.

    De repente, el final me molestó.

    Volví a mirar el cómic y no había muchas diferencias. Apenas la premonición de un personaje sobre el futuro de Enid, en el que hay «oscuridad y sufrimiento».

    Vale, Daniel, me lo pones un poco difícil para dejar de sentirme molesta. Pasado el relato de la ruptura de la amistad con tu mejor amiga, que la mejor solución para una mujer, pongamos «un poco distinta», es escaparse e irse a un mundo fantasma.

    Pero, ¿qué le voy a decir a Daniel Clowes cuando hay montones de artículos e investigaciones sociológicas sobre la soledad en la era post COVID? Cuando vivimos en una época de comunidades online cuando, con 16 años, simplemente llamabas a la puerta de la casa de tu amiga, sin planes, decidiendo sobre la marcha cómo pasaríais la tarde.

    En la disidencia, la nostalgia aparece más de lo que quisiéramos, pero gracias a identificarla, a sentir lo que he perdido, me he reconciliado con el final de Clowes (aunque si me pusiera a escribir algún día lo que pienso de algunos de sus cómics, me llamarían radical).

    Como autor, creó a Enid, le dio una vida, una historia, un final y un futuro incierto, pero no sólo por desconocimiento, sino porque el final ya no le pertenecía a él: me pertenecía a mí.

    Tal y como sucede en todas las novelas, películas, canciones, cómics que sentimos que hablan de nosotras, estas obras cogen nuestra voz. Y al estar en un momento de incertidumbre, de intentar encontrar ese lugar en el mundo como mujer sin hijos, verme en un autobús vagando y mirando una sociedad en la que no encajo, me sentó un poco mal.

    Pero es solo una manera de verlo, porque aquellas que vayamos en el autobús, aquellas que hayamos elegido el mundo fantasma, encontraremos a Thora, Enid y a todas las demás.

    Quizá les presentemos a nuestras Rebeccas, o quizás no. Pero aparecerán.

    Y será entonces, cuando nos bajemos del autobús y hayamos llegado a casa.

  • Emily Gilmore no debería haber sido madre

    agosto 18th, 2023

    Vaya por delante que soy una fan absoluta, o lo era, de la serie Las chicas Gilmore.

    La creadora de la serie Amy Sherman-Palladino se ganó el corazón de todas las adolescentes de los 2000 con la historia de Lorelei y Roree Gilmore y sus historias amorosas en Stars Hollow. Siguiendo una premisa de lo más común, que una madre soltera pida dinero a sus padres para ayudar a su hija a ir a un colegio de pago y estos le hagan el chantaje de “retomar el contacto”, Las chicas Gilmore llegó a contar la adolescencia de Roree hasta acabar la universidad en siete temporadas con un éxito arrollador.

    A día de hoy, Las chicas Gilmore ha vuelto a Netflix y chicas de 13 años están, no solo repitiendo el look de los 90, sino repitiendo conversaciones que teníamos en los 2000 como “¿quién te gusta más Jess, Dean o Logan?” y, con los ojos de ahora, me doy cuenta de lo profundamente enfermiza y tóxica que es la relación madre e hija entre Lorelei y Emily.

    Aunque no sólo Emily. Cada figura maternal que aparece en esta serie está a un nivel preocupante de indiferencia, inmadurez y, desafortunadamente, maltrato psicológico injustificable.  

    Pero solo voy a hablar de Emily.

    Antes de despotricar contra una de nuestras series favoritas, diré que era muy divertida, que no ha habido otro lugar como Stars Hollow en la historia de la televisión (salvo Washington Depot, el lugar en el que se basa realmente) y que, Lorelei era una madre de ensueño.

    Pero aquí, es aquí donde empieza lo tóxico, porque el hecho de que Lorelei viviera con su madre un abuso psicológico hasta el punto de escapar de su casa, hace que, cuando su propia hija abandona la infancia y pasa a la temidísima adolescencia, tenga reacciones y actitudes algo inmaduras pero que quede claro que vienen de un lugar extraño, triste y solitario. Del miedo que vivió de pequeña.  

    Y es que, de haber sido criados como Lorelei, nos pasaría a todos.

    ¿Intentaríamos todos vivir un cuento de hadas de cara a nuestra maternidad? ¿Arreglar todo lo que fue mal de pequeños? ¿Intentaríamos hacernos mejores amigos?

    Pues no.

    Tu madre no va a ser tu mejor amiga.

    Y, preferiblemente, tampoco debería ser Emily Gilmore.

    Las personas que han vivido con unos progenitores abusivos, y que han podido señalar la vivencia en una sesión de terapia, reconocerán el caso en cada momento que Emily Gilmore abre la boca para dirigirse a Lorelei, y en como intenta pasar por encima de cara a su hija, intentando hacerla quedar mal y humillarla siempre que tiene ocasión.

    Hay un vídeo de Youtube de Kierra Loves TV que dedica dos entradas a la manipulación y abuso emocional que ejerce Emily Gilmore en CADA CAPÍTULO. Sin exageraciones y sin efectos, el personaje no es un arquetipo, aunque lo pueda parecer, ni un estereotipo plano de la madrastra de los cuentos de hadas, sino que nos encontramos ante un personaje complejo, narcisista y centrado en sí mismo que tuvo una hija como causa efecto de un matrimonio y un status social, pero que nunca ha manifestado el más mínimo interés por su vida y por su relación. Y diréis “eso no pasa exactamente así”, y diré que, quizá no exactamente, pero las señales, muchas, están ahí, y son dolorasamente evidentes y claras.

    He leído en Reddit también sobre cómo Emily Gilmore vivió el embarazo de su hija, su escapada, y cómo su hija le negó cualquier tipo de relación con su nieta y cómo justifican que, probablemente, eso tuvo mucho que ver. Aunque hay millones de artículos sobre ella, que son muy interesantes.

    Os digo una cosa: las personas abusivas, aunque suelan venir de entornos abusivos, crueles y competitivos y hayan vivido sus propias experiencias, esto, en vez de enfocarse como una justificación, es un rasgo, una característica de la persona que ya tenía previamente a esa experiencia con la que todo el mundo la justifica. En el caso de Emily, si veis los flashbacks de cuando Lorelei era adolescente, veréis a una madre que nunca escucha a su hija, que critica su cuerpo en la adolescencia abiertamente, la desprecia, insulta y, para compensar, nunca recuerda haber infringido el más mínimo daño. Siempre es la víctima, nunca la perpetradora.

    Si alguien ha vivido esto con su madre o padre, verá muchos elementos en los que vivieron luz de gas, en los que negaron hechos traumáticos de su infancia, o bien explicando una perspectiva diferente o cambiando de tema para despistar, restando importancia a los sentimientos, y culpabilizando al hijo de cualquiera de las situaciones que se expongan. ¿Os imagináis cómo debe ser vivir pensando en escapar de tu casa, en irte aunque sea a un puente, en coger cualquier trabajo que te permita poner tierra de por medio?

    Pero no me voy a poner en plan psicóloga, aunque si has vivido esto, no harás mal, en el momento en que puedas, en hacer terapia. Una serie no es un manual de psicología, y una comedia en la que se habla de las relaciones madre e hija desde el prisma “¿es tu madre tu mejor amiga?” no tenía por qué hacer absolutamente nada más que lo que hizo. No tenía por qué contar nada distinto ni suavizar el abuso de Emily, o señalarlo, ni el de la señora Kim con Lane, ni la lamentable paternidad de los padres de Paris o Logan, o incluso Christopher o Luke, PERO, ¿de verdad, en siete temporadas, se puede hacer las paces con un progenitor que fue tu maltratador psicológico?

    Porque, seamos honestas, Emily nunca acaba de entender a Lorelei, apenas se pone de su lado cuando necesitaría apoyo en sus propios problemas con su hija, solo acepta participar de su vida y ayudarla económicamente chantajeándola para meterse en sus asuntos de nuevo y critica todas y cada una de las decisiones que toma en su día a día.

    Y, sin embargo, hacia el final de la serie, Lorelei, supongo que sumida en la mierda que ha sido criar una hija hasta su adolescencia y darse cuenta de que NO, tu hija no podía ser tu mejor amiga porque en algún momento, ese castillo de naipes se caería, acaba “entendiéndose” con su madre.

    Quizá cada uno, incluso Amy Sherman-Palladino tiene una relación distinta con el dolor. Quizá un Acuario es capaz de perdonar más fácilmente que un Cáncer, o un eneatipo número 5, pero que al final Emily y Lorelei hagan las paces viene única y exclusivamente de que LA HIJA acepte que ha sido maltratada por su madre, asuma su parte de culpa por haber sido un escollo en su vida y dé las gracias por el tiempo que han compartido juntas…

    ¿EN SERIO?

    Y con esto no le pido explicaciones a la autora, ni al público, sino que me doy el espacio, y quisiera que conmigo lo tuviera más gente, para reconocer que igual no seríamos tan generosas como Lorelei, que haríamos cualquier cosa que estuviera en nuestra mano para no depender jamás de un progenitor abusivo, y que no dejo de pensar una y otra vez: ¿Por qué quiso esta persona traer hijos al mundo?

    ¿Por qué tiene una hija Emily Gilmore?

    No tiene instinto maternal, amabilidad, paciencia o educación y solo piensa en sí misma y su marido.

    ¿Por qué decidió añadir a una hija si nunca querría compartir ese espacio?

     Porque, a veces, parece que lo que le molesta no es que se escapara, (que tenga su casa y no esté con ella no le ha impedido hacer su vida, vacaciones y participar en obras de caridad con sus amigas republicanas) sino que lo hiciera de una manera pública que trajo tantas consecuencias sociales… Sean cuales fueran porque, tal y como se cuenta en la serie, no les pasó nada ni a ella ni a Richard, y siguieron teniendo amigos, trabajo y vacaciones.

    Un personaje del estatus social de Emily ha de tener por lo menos un hijo y ha de cumplir unas normas sociales férreas, y como buena general de la alta sociedad, cumple con todos los encargos, y condena al ostracismo a cualquiera que se oponga a ellos.

    Tenemos una gran cantidad de madres en aquella época que veían a sus hijas como unas Nancy a su imagen y semejanza, dóciles y complacientes (como se recuerdan ellas) y temerosas del castigo que conlleva cuestionar a los progenitores. Pero, SORPRESA: adolescencia. Las hijas no vienen a imagen y semejanza, y eso también debe ser un duro golpe para alguien como Emily, porque también entiendo que una persona no puede siempre cambiar de personalidad, incluso aunque entienda que sea dañina para los otros. En la vida real, se podrá sentir mal, podrá querer cambiar, podrá hacer terapia…

    ¿Podrá? ¿Sí? ¿No? ¿A veces? ¿Tendrá días buenos y malos?

    ¿Quién sabe?

    Una maternidad abusiva como esta, no funciona para las criaturas, pero es cierto que permite crecer y mantener este tipo de sociedad clasista neoliberal americana…

    ¿Y eso es lo único que podemos esperar?

    ¿No podría haber permitido la sociedad una Emily sin hijos?

    ¿Merecía la pena por tener a Lorelei?

    Pues yo creo que no.

    Es decir, que sí. 😉

    Es maravilloso encontrar una serie como esta y poder pensar en ello, y poder reconocer conductas en algo tan popular y que todo el mundo podrá ver, pero quiero que, la próxima vez que vea Las chicas Gilmore, realmente la gente piense en si todas las personas deberían tener hijos, si todas las personas son emocionalmente capaces de criar, cuidar y proteger a una criatura, y si no es así, ¿cuál es el objetivo?

    Porque no hablamos de que no exista Lorelei Gilmore, quien no existe, por otro lado, ya que es un personaje de ficción. Ya existe. Ya lo tenemos.

    Hablamos de que mujeres que no sienten un deseo maternal, no tengan hijos, y del peligro de que algunas personas que se ven en la situación, se conviertan en maltratadores psicológicos.

    Quizá a nadie más le preocupe.

    Quizá no tenga por qué existir la madre perfecta.

    Quizá Emily tampoco quisiera ser una madre abusiva.

    Pero quizá, una mujer como Emily, que no quiere tener hijos, podría ser consciente de que no tiene por qué tenerlos.

    Y quizá eso haría que mucha gente se quedara sin nietos, vale.

    Pero también haría que muchos adultos no se vieran indefensos frente a sus relaciones y tardaran años en entender problemas de autoestima, confianza y miedo a la intimidad. Porque todo eso sucede.

    Porque todos vivimos en el planeta y sería fantástico que intentáramos dañar lo menos posible a los demás. Y si eso supone que alguien como Emily Gilmore no tuviera hijos, firmo.

    Aunque seguramente vuelva a ver Las chicas Gilmore pasando a doble velocidad sus intervenciones.

    Otro día podríamos hablar de Mrs Kim, otro grandísimo ejemplo de madre abusiva.

  • El cuerpo crece pero el alma no

    agosto 14th, 2023

    Esta frase no es mía sino de Pablo Messiez, de su obra «Las canciones».

    «Las canciones» es una adaptación personal y moderna de «Tres hermanas» de Chejov, y, aparte de una gran experiencia teatral, fue uno de esos momentos de epifanía que no puedes superar fácilmente, de los que igual te cambian para siempre un domingo cualquiera en una sesión de tarde.

    O eso es lo que se supone que hace una epifanía, pero quiero asegurarme antes de seguir por ahí y consultaré la página de la RAE.

    Una epifanía puede ser, o bien una «manifestación, aparición» o una «festividad que celebra la Iglesia anualmente el día 6 de enero».

    Cuando veía la obra, en ese momento, en esa frase, mi niña interior se puso delante de mí y me dijo algo que no esperaba.

    Suspiró, se cruzó de brazos y soltó un:

    Te lo dije.

    Porque ella ya lo sabía y yo lo había olvidado. La había olvidado. No recordaba que dentro de una mujer funcional en los 37 vivía una niña, una niña con flequillo, ojeras, un flequillo difícil y que vestía un uniforme verde oscuro y triste a juego con una mochila también verde oscura que me compraron a juego. Ambas odiábamos esa mochila, y años después esa niña protestaría contra esa mochila por ser de una marca que explotaba a niños en la India.

    Pero esa es otra historia porque, en ese momento, esa niña solo quería dejarnos claro que podía pretender todo lo que buenamente pudiera, podría llevarme mil golpes y tener mil aprendizajes: no había madurado. Era algo que, simplemente, no me iba a ocurrir.

    Que mi cuerpo había crecido y mi alma seguía siendo la misma. Y en aquel momento, en el teatro Kamikaze de Madrid, yo aceptaba que no podía ser una adulta, solo fingirlo.

    Y que, probablemente, muchos adultos en aquella sala, estábamos igual.

    Aunque no podamos decirlo.

    No es así.

    No nos está permitido seguir siendo niños.

    Y punto.

    En contraste con la relatividad que tiene madurar, no hay ninguna duda: jugar a ser mayores es uno de los mejores entre todos los juegos para niños.

    Es normal porque, afortunadamente, cuando somos niños, no entendemos el mundo de los adultos. Solo sabemos que ellos deciden cosas tan importantes como si nos lavamos los dientes o no, si llevamos este abrigo o no, si te quedas con una abuela o la otra… Sabemos que no podemos tomar decisiones, y lloramos a veces por no tomarlas.

    No somos conscientes de todo lo que significa ser adulto. Ni siquiera los adultos queremos darnos cuenta de lo que significa ser adulto. De toda la presión que supondrá, y a la vez, de la vida tan maravillosa que podemos llegar a tener. Todo es un lienzo por desarrollar.

    Digan lo que digan, tengan razón o no Messiez y mi niña interior, un niño se convertirá en un adulto. O será la sociedad quien le convierta en adulto. El sistema capitalista le convertirá en un adulto que tendrá que ser utilitario y válido para el engranaje que soporta todo.

    La infancia dura demasiado poco.

    Por eso, cuando pienso en la maternidad, el concepto de la infancia y los bebés me parece que es demasiado corto. Y eso que los bebés humanos son los más lentos en desarrollarse, una gacela podría tramitar su propia declaración de la renta en un año de edad y yo tengo amigas con criaturas que, con esa edad, hablan en meses y se preocupan por si habla, come, anda o hace cualquier cosa en menor medida que otras criaturas de doce meses.

    Y se vive en meses. Los planes dejan de existir en maternidades más precarias y se piensa en cuánto durará la lactancia, la crisis de los tres meses, el porteo, la crisis de los ocho meses, la llegada de los dientes, la guardería, el colegio, el carro, la caída de los dientes…

    No se puede vivir la maternidad a largo plazo. Es sencillamente imposible.

    Pero, ¿y si se hiciera? ¿Cambiaría nuestra perspectiva?

    ¿Si en vez de proyectar una imagen idílica de los bebés de Annie Leibovitz pensáramos en un adolescente con una camiseta de los Red Hot, o en una mujer adulta corriendo a un autobus para ir a trabajar de dependienta, despertaría ese mismo instinto?

    ¿Piensan los padres y madres en sus criaturas como adultas?

    Los niños no son niños eternamente.

    La infancia dura un suspiro. Los niños dejarán muy pronto de ser niños.

    No porque quieran, no porque lo sean, no porque el concepto de «adulto» sea algo auténtico, pero les convertirán en adultos.

    Nosotros mismos les convertiremos en adultos.

    ¿Y eso qué tiene de malo, Irene? Es lo más normal… Pensarás la chorrada que sea sobre tu niña interior pero todos nos hacemos adultos, tenemos hijos y no le damos tantas vueltas, hija…

    Ok.

    Vale.

    Quizá he visto demasiadas veces una profunda decepción en la crianza al llegar a la vida más adulta. Un desinterés. El paso del juguete al adulto, el paso de los juegos a las responsabilidades.

    Escucho a muchos padres decir «y así 18 años» cuando es a partir de esa edad un momento que puede cambiar el destino de tu hijo al 100% y, si te ha necesitado toda la vida, ¿qué? ¿Ya no hay más?

    ¿Me vas a decir que te sabes cuándo ha sido suficiente la maternidad o paternidad? ¿Que hay, por suerte, una ley en la que ampararte para decir «cruci» y dejarles porque ya son adultos?

    A la gente con hijos: Vuestros hijos seguirán siendo vuestros hijos con 50 años, cuando se operen la vista, cuando les falle la cadera, cuando empiecen a tomar medicación para una dolencia, cuando les rompan el corazón, cuando se vayan a vivir lejos porque no encuentran trabajo.

    Y les querréis y estaréis allí para ellos.

    Y eso también es la maternidad. ¿O no?

    Quizá es uno de los motivos por los que no he tenido.

    Quizá ese «amor incondicional» me parece insoportable y tiene un lado cruel que veo con luces de neón tras el disfraz de Frozen.

    O puede que lo haya decidido con mi niña interior, no lo sé.

    Cuando la vuelva a ver, se lo pregunto.

  • Día Internacional Sin Hijos

    agosto 3rd, 2023

    Pues sí, el 1 de Agosto fue la celebración de este día.

    Tras llevar meses escribiendo el blog, defendiendo lo importante que considero que las mujeres no solo se valoren por su capacidad reproductiva y con el plus de haber encontrado referentes y lecturas de gente sin hijos en todo el mundo, pensaba que me haría más ilusión, que me daría algo nuevo, o al menos, mucho ánimo para seguir adelante.

    Pero ha pasado lo que me temía: que soy una escéptica total y le he encontrado tres pies al gato. Y ni siquiera el día internacional sin hijos se libra de las contradicciones de este concepto celebratorio.

    Si celebramos un santo, es porque alguien fue sacrificado por el bien de una deidad cuya existencia no ha sido, probablemente, demostrada, y que ha supuesto muertes poco agradables a personas jóvenes, cuyos deseos no conocemos. Igual no les apetecía morir sacrificados a los veinte, no sé.

    Si celebras el día de la madre, aunque tu madre se emocione con los obsequios y los ya mencionados marcos de fotos con macarrones, ya sabemos que quien sale mejor posicionada es la marca en cuestión, y en mucho menor medida la madre, precarizada y sometida a nuestra infancia, adolescencia y vida adulta en la que el 90% de nuestras decisiones suelen traerle disgustos.

    Si celebras el día del padre, ¿felicitamos a los hombres por tener un día cuando difícilmente son responsables de menos de un 40% de la crianza de sus hijos? ¿Les damos la enhorabuena por el éxito que han tenido con el patriarcado?

    El caso es que en 1973 la Organización de Personas sin hijos de Nueva York organizaba un desfile y una fiesta para conmemorar este día y su elección de vida. Entonces, Anna Silverman, autora de The case against having children, ganaba en la competición a la mejor persona sin hijos. Sin duda, Silverman, solo con su libro, ya había aportado su granito a la arena a la causa y se posicionó de un modo claro y conciso.

    Pero entonces, el desfile, la celebración, la festividad y, probablemente, el hype se desvanecieron, ¿por qué? ¿Fue acaso un desastre de convocatoria? ¿Hubo revueltas? ¿Qué pasó?

     En 1974 quizá la crisis por el petróleo, o el Watergate con la dimisión de Richard Nixon, hicieron que esta sociedad norteamericana, siempre mucho más preocupada en organizar festividades que en buscar soluciones a los problemas estructurales de su país, estuviera a otras cosas.

    El caso es que no es hasta 2013 cuando se retoma la celebración.

    Esta vez es gracias a Laura Carroll, autora y experta conferenciante acerca de la ética de la reproducción y la libertad de elección en cuanto a la maternidad, que volvemos a celebrar este modelo de vida como si fuera lo más normal del mundo.

    Y es que Laura Carroll estaba muy metida en el tema. En el momento que retomó este día como reivindicativo y momento de unión, ya había escrito The Baby Matrix, Familias de dos y Cómo la sobrepoblación está acabando con el mundo, tuvo a bien reunir a más gente como ella y empezar a crear una comunidad. ¿Por qué ella y no otro? ¿Por qué no Flaubert? ¿Y por qué no?

    Dicho esto, subo una publicación en IG, pongo unos memes, comento un par de entradas y leo los contenidos, y videos de personas celebrando esta elección.

    Veo a personas solas.

    No debería sorprenderme dado que las redes sociales son una reivindicación del “yo” a base de selfies y de falso empoderamiento pero… ¿Y las fotos del desfile? ¿Y la gente? ¿Y la sensación de grupo?

    El hecho de ver a personas que hablaban de lo felices que son en su vida, en la soledad de su dormitorio, dirigiéndose a completos desconocidos con los que no queda claro si han compartido tiempo en persona, no ha sido exactamente lo que yo quería.

    Ver a personas que quieren tarjetas de felicitación del día internacional sin hijos no es lo que yo quería.

    Ver a una pareja promocionando su comunidad online A LA QUE TE PUEDES APUNTAR POR UN MÓDICO PRECIO (¿cómo íbamos a ser los únicos en no lucrarnos con la soledad de los otros?), no es lo que yo quería.

    No me veo conectándome a un evento online, hablando con gente que no conozco, no sé qué me pasa pero siento que hay algo que no me interpela. Y de repente, sin entender por qué, no siento que tenga nada que celebrar en este día. Siento que ellos tienen algo que celebrar, que son felices, que tienen razones para ser felices, que entiendo el camino que han elegido, pero, sin embargo, me siento fuera de sitio, casi en la línea con el fraude.

    Pero, sobre todo, me siento engañada.

    Cuando busco en Internet la celebración del día sin hijos, fotos de la celebración, imágenes, no encuentro nada. Me aparecen bastantes imágenes de Reddit y de lugares estadounidenses en los que van a prohibir a personas sin hijos. Encuentro el desfile del Pride, manifestaciones proTrump, grupos de unión en apoyo a las mujeres de Irán, fotos del Primavera Sound… Reviso la búsqueda y los resultados no cambian, y no lo entiendo.

    ¿Dónde están las imágenes de ese desfile?

    ¿Por qué no encuentro ni una sola imagen de esa comunidad junta, de ese grupo de gente chocando vasos, hablando cerca, acortando distancias?

    Y me golpea.

    Me da un golpe en la cabeza como si me hubiera caído un ladrillo.

    Es 2023.

    Se trata de una comunidad online.

    No es que no haya habido fotos, las hay.

    No es que no haya plataformas, las hay.

    Es que mi mundo analógico ha desaparecido.

    Lo que yo conocía, los grupos, la conexión, la sensación de unidad es algo que no está ni siquiera allí. Bueno, sí, en los festivales de música, donde la gente está más pendiente de grabarse con el móvil que de ver a Blur (estoy generalizando para llegar a una conclusión, no os preocupéis, sé que no todo el mundo es así).

    Cuando miro en la página de Facebook veo montones de páginas, un montón de referentes aislados de la comunidad sin hijos, fotos de personas en solitario sonriendo, completamente ajenos al sentimiento que experimento, y confirmo lo que temo.

    Que sí, que somos muchos. Y que estamos todos aislados.

    Betty White no era amiga de Dolly Parton. Diane Morgan no ha trabajado nunca con Lily Tomlin. Parece que Bernadette Petters y Christopher Walken no hicieron migas después de rodar Centavos del cielo en 1981.

    Existimos, y hemos creado espacios online en los que comunicarnos. Igual que hemos hecho Apps, igual que compramos ropa por Vinted, igual que nos vendemos muebles de segunda mano en Wallapop, igual que comentamos videos en Youtube y Twitch, igual que tenemos gente en un club de lectura en el que no conocemos a nadie en persona.

    Los individuos se han aislado.

    Nos llamamos “comunidad”.

    Y somos una comunidad.

    Supongo.

    Porque somos un grupo de gente que queremos lo mismo, vivimos lo mismo, sentimos cosas parecidas…

    Pero seguimos solos en lo que son nuestros grupos y entorno, el único sin hijos en el trabajo, en la familia, en el grupo de amigos, pero como tengo un canal online, parece que eso está bien.

    ¿Está bien?

    ¿Soy yo y mi incapacidad para encajar una vez más o es que creo que no es suficiente con el online, que tras años de aislamiento voluntario el ser humano habría vuelto a las comunidades con los brazos abiertos?

    Porque si me he dado cuenta de algo en base a este día, es que no sólo soy una persona que no quiere tener hijos. No solo tengo un problema como mujer y porque no se valore mi decisión como algo real y auténtico.

    También tengo un problema estructural con las relaciones actuales.

    Qué leches, con el mundo. Tengo un problema con el mundo.

    Tengo un problema con el individualismo y el aislamiento, y siento que deberíamos tenerlo.

    Es que es un problema. Es un problema que aceptemos términos que vinieron de boca de alguien como Thatcher y hayamos aceptado ser individuos que han abandonado la sociedad colectiva en pro del yo.

    Ojo que no va en contra de valorar el yo. Para nada.

    Va en contra de vivir en la absoluta soledad, sin apoyos, sin tejido, sin abrazos.

    ¿Se entiende?

    Es que es un problema si ya nadie siente el cuerpo, si hemos abandonado a los otros por el yo. Porque el yo es suficiente para el amor propio, pero no para la sociedad. Thatcher no debería tener razón, no hemos acabado con una sociedad colectiva, ¿o sí?

    Y tengo un problema con las teorías de Liv Strömquist y Eva Illouz que he leído en No siento nada. Tengo el problema de que dos mujeres que, obviamente, saben de sociología, estructura, economía y psicología tengan razón y, en el mundo actual, estamos perdiendo el nosotros por el yo.

    Y lo sé. Sé que tienen razón.

    Tienen mucha razón y por eso me estoy leyendo No siento nada y Happycracia, libros de dos mujeres sin hijos que me están gustando mucho… ¡Pero no quiero que la tengan!

    No puedo aceptar que la tengan porque…

    Porque yo lo siento todo.

    Porque quiero pensar que fuera de mi casa, del espacio para mi selfie, y de mi pareja, hay más personas que se sienten solas, desamparadas y que necesitan algo más que el yo digital. Las hay, ¿no?

    Lo siento todo.

    Incluso la tristeza de celebrar un día que pensaba que sería motivo de unión y solo parece una excusa más para hacerme un selfie y subir memes a Internet.

    ¿Y tú? ¿Qué sientes?

  • Barbie

    julio 29th, 2023

    Lo prometido es deuda y dije que escribiría, o haría un video sobre mi reflexión acerca de Barbie. Han pasado unos cuantos días y entradas del blog pero intento ser una persona de palabra.

    Va a ser muy diferente lo que escribiré que lo que pensé nada más salir de la película. Obviamente todo eso se debe a la opinión mediática, el trabajo de diversos medios de comunicación, cuentas, amigas, y una cosa que intentaré evitar es algo que veo con todo el mundo, que es, instrumentalizar la película para su propio discurso.

    Empezaré por decir que, para mí, Greta Gerwig está al nivel de las y los grandes directores de cine de Hollywood, y que espero que se la recompense en la misma medida ya que ha sido ignorada tras haber dirigido la preciosa Lady Bird y, para mí, la mejor adaptación que se ha hecho de Little Women. Gerwig sabe narrar, tiene un universo claro y un modo de presentar personajes y universos que ya es muy suyo. No es casualidad que empecemos con un homenaje BRILLANTE a 2001: Una odisea en el espacio acompañado con la voz en off de Helen Mirren. Este tono que va entre lo profundo, lo sesudo, lo clásico y lo divertido nos acompañará durante toda la película. Y qué gusto encontrarlo durante toda la película. Greta Gerwig será uno de los nombres que las futuras directoras podrán utilizar como referentes, abandonando a Bergman o Allen.

    Sin embargo, cuando leí que Margot Robbie producía, y Greta dirigía, la película sobre Barbie, no pude sentir menor interés.

    Cuando se comentó que Ryan Gossling interpretaría a Ken, tampoco hubo un llamamiento a ver la película.

    Realmente estaba convencida de que no sería de la gente que iría a verla. ¿Por qué?

    Porque yo no tenía Barbies.

    Yo jugaba con las Barbies de mi prima. Nunca hubo una en mi casa. No sé si porque realmente fue algo relacionado con venta, consumo de los 80 en España, ya que mi prima y muchas de mis compañeras de colegio sí tuvieron Barbies, pero no fue una imagen que se instalara en mi subconsciente, que viviera conmigo, que me acompañara. De hecho, ni siquiera me sentía identificada con ella, pero cuando jugaba con mi prima, sus Barbies y Kens me daban la oportunidad de relatar historias, hacer nuestras películas, con enfrentamientos, romances, viajes, coreografías.

    Ciertamente Barbie ha sido un referente en la vida de las niñas, aunque no lo fuera para mí, de modo que entiendo la expectación.

    Pero todo cobró sentido cuando vi el tráiler y escuché a Margot Robbie decir:

    Do you guys ever think about dying?

    Ahí recordé quién era Greta Gerwig, recordé que había coescrito la película con su propio Ken, Noah Baumbach, y que, realmente, podía prometer algo excepcional.

    La película, muy femenina, o al menos en lo que creo que es la creación más femenina, hace que todos los personajes tengan importancia. Greta da espacio para los arcos de todos los personajes y hace que tanto el mundo real como Barbieland se nos prometan auténticos y definitivos. El viaje que Barbie hace de su felicidad, pasando por su depresión hasta su empoderamiento, gracias por una Sancho Panza MAGNÍFICA como es América Ferrera es sublime y muy inteligente, porque no solo te está hablando de la historia de una muñeca, te está hablando de la relación de las mujeres con la vida, con nuestras crisis, con nuestro aburrimiento, nuestra creatividad.

    Gloria es todas las mujeres, y Barbie es todas las mujeres, y ambas, junto con todas las Barbies, nos muestran un mundo de hombres tomando decisiones ridículas y trabajando en puestos para los que no se sienten preparados (porque no lo están). He de decir también que aquí el desarrollo del personaje de Ken es fantástico, su descubrimiento de lo que es el heteropatriarcado, su intento de levantamiento contra las Barbies en una época en la que Trump aún amenaza en el horizonte y en Europa tenemos una ultraderecha soplándonos la nuca desde hace 5 años como poco, es casi demasiado real y hubo momentos en los que no me podía reír.

    Es cierto que ha habido algún momento que se me ha hecho largo o que las introspecciones de  los personajes, tan imprescindibles para el leit motiv, que encajan en el ritmo, que funcionan, a mí , personalmente, se me hacen largas (ya me pasaba en Frances Ha o en Lady Bird).

    Y en el apartado menos fan, también diré que el final para Will Ferrell y CEOS me supo a poco. Esos inútiles que seguirán gobernando Mattel, sin que haya ningún intento ni posibilidad de destronarles, me parece que pasa tan desapercibido como los micromachismos, y estamos con uno brutal. Y por mucho que entre la creadora de Barbie, cuyo tono tampoco me acababa de convencer demasiado, me dejó un poco fría, PERO no me parece mal. Al fin y al cabo ES UNA PELÍCULA, la responsabilidad de acabar con el patriarcado no es del cine, es de la sociedad.

    Pero eso es otra historia.

    La película me ha encantado, sin duda.

    Y Margot Robbie y sus Barbies consiguen, casi casi, hacer una representación global de las mujeres del mundo en la que todas nos vemos allí.

    Y aquí llega el momento de la verdad.

    ¿Es Barbie un símbolo para las mujeres sin hijos?

    No lo sé, Greta Gerwig no deja fuera a las madres de esta historia, y busca un espacio de unidad entre mujeres que sea bello, sanador y empoderador.

    Sin embargo aquí entran las redes sociales y la instrumentalización social de cualquier contenido para lanzar propagana. Y Barbie no se libra de la gente obsesionada con el Marketing y consumo comprando Barbies, camisetas y cosas de color rosa, e incluso de los pronatalistas.

    Porque, SPOILER, ya sabéis que la última escena y última frase de Barbie ha dado muchos posibles mensajes.

    Barbie, ahora Bárbara Handler, al final de la película, vive en el mundo real, lleva Birkenstock (Go Barbie) y va a… Su ginecóloga.

    No se ha hecho esperar la cantidad de teorías buscando la idea de que Barbie cambia Oz por Los Ángeles porque, al ver a Gloria, quiere ser madre, quiere crear vida, encuentra su misión.

    Aunque podría ofenderme y volver a mi ser y decir – NO TODAS LAS MUJERES QUEREMOS SER MADRES Y BARBIE NUNCA TUVO HIJOS, LOS TUVO SKIPPER Y MIDGE, ¿VALE? – no lo haré. ¿Qué necesitas creer que Barbie también quiere ser madre? Pues bien.

    Lo que me molesta es la percepción que causa esa escena.

    Y me temo que hemos protegido demasiado a los hombres y personas que no visitan al ginecólogo. Creo que es un tema tan tabú del que nunca se habla y, por tanto, los hombres que están entendiendo que Barbie va al ginecólogo porque quiere tener un hijo, realmente no tienen ni idea del cuerpo femenino ni de lo que hacemos allí. Y quizá nosotras también tengamos algo de ver al no normalizar el período, las ETS, las infecciones, los dolores menstruales, los ciclos.

    Una vez más, las mujeres tiramos hacia adelante y nuestras visitas anuales al ginecólogo pasan desapercibidas para la sociedad (la sociedad aquí son los hombres, una mujer es muy consciente de que va a la ginecóloga no solo cuando está embarazada).

    Pero Barbie… Barbie dos minutos antes de esa escena estaba en Barbieland y no tenía vagina. Lleva dos minutos en la película con una, ¿A NADIE SE LE HA OCURRIDO PENSAR QUE IGUAL TIENE QUE SABER PARA QUÉ SIRVE Y QUE HACE CON ELLA? La hemos visto descubriendo que cae agua de los vasos en el mundo real treinta minutos antes pero, antes de saber cómo masturbarse, o de tener relaciones sexuales, antes de saber lo que hay allí y lo que conlleva, ¿YA ME SALÍS CON EL INSTINTO MATERNAL?

    No lo negaré categóricamente. Igual hay algo de ello.

    Pero que la visión masculina asuma que por una frase en la que una mujer dice “vengo a ver a mi ginecóloga” lleve a la maternidad, supone un error de base. Supone que una gran parte de la sociedad es ajena a los ciclos menstruales, higiene genital, bultos, angiomas, quistes, desgarros, citologías, mamografías, infecciones, ETS’s, medicación anticonceptiva, REVISIONES, con revisiones ya tenemos una visita anual fija desde los 18 años (en Venezuela me contaron ayer que una amiga empezó a ir tras su primer período, con 13 años; en España creo que en mi época no íbamos hasta los 18, o quizá fue cosa de mi madre, ¿cómo fue vuestro caso?)…

    En fin, son un montón de posibilidades que nada tienen que ver con los embarazos y experimentamos la mayoría de las mujeres que tenemos una vagina.

    Pero tenemos, una vez más, que asumir que la palabra “ginecóloga” se asocie a “embarazo”.

    Diré que no lo asumo. Y que no es culpa de la película, sino de la mediática alrededor, que cogen cualquier chiste para justificar discursos conservadores y ajenos a muchas más realidades que la que les conviene. Y que no cuela.

    Porque aquí yo soy mi Barbie. Y Barbie puede ser quien ella quiera.

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